Publicador de contenidos

entrada_santo_tomas_de_aquino

La imagen de santo Tomás de Aquino


FotoCedida/Grabado de santo Tomás de Aquino por Juan de Courbes, que ilustra el Curso de Teología de fray Juan de Santo Tomás (Alcalá, 1635)

La insigne figura de Santo Tomás (†1274), por haber sido una de las grandes personalidades de la filosofía y la teología, posee un sobresaliente interés en relación con las artes. Así lo avalan, de una parte, el hecho de haber teorizado sobre la belleza en el momento estelar del Gótico y, de otra, su rica iconografía. 

Santo Tomás escribió en momentos de florecimiento de las ciudades, cuando se asentaron los fundamentos de la cultura moderna, con la renovación de los conocimientos científicos, literarios y filosóficos que impartían las prósperas universidades, cada vez más pujantes y con criterios más amplios.

La estética en los escritos tomistas

La belleza, junto a la captación de quien contempla las obras artísticas, han sido dos puntos importantes en el proceso creativo de las obras de arte, que han tenido muy en cuenta mentores y artistas. Los sucesivos periodos históricos han aplicado a la belleza distintos parámetros, conscientes de que se trata de una cualidad presente en la mente de los seres humanos, que produce un placer intenso y proviene de manifestaciones sensoriales. Platón incluyó a la belleza junto a la verdad y la bondad en el conjunto de los principios divinos. El arte griego y romano propugnaron la simetría y la proporción como normas de estética y san Agustín insistió en los principios de unidad, número, igualdad, proporción y orden. 

 Para Santo Tomás “Pulchra sunt quae visa placent” (bellas son las cosas que agradan a la vista), afirmando que bellas son aquellas cosas cuya percepción, en su misma contemplación, complace: “Pulchrum est id cuius ipsa aprehensio placet”, lo que está en relación con la vista, como sentido más perfecto que sustituye al lenguaje del resto de los sentidos. 

Concretando, su visión estética nos presenta tres principios. El primero la “integritas” o perfección, porque no puede ser bello aquello que tiene deficiencias. Lo que está deteriorado, o incompleto, es de por sí feo.  El segundo en base a la “consonantia” o proporción adecuada, orden y mesura. Trata de la debida armonía y relación entre las partes del objeto mismo pero, sobre todo, en torno a la conexión entre la obra y quien la percibe. Por último, en tercer lugar, se refiere a la luz-nitidez o “claritas” concepto que sería sustituido, siglos más tarde, por lo relacionado con el lujo y la ostentación.

Todas esas ideas, encajaban perfectamente en las manifestaciones del arte de la Baja Edad Media, cuando se repiten insistentemente los conceptos de “bien y belleza”, y “estética de la luz” como reflejo divino y signo inmaterial. 

Por otra parte, Santo Tomás, al tratar de la eutrapelia, redescubriendo a Aristóteles, elaboró una doctrina en torno a la citada virtud integrada en la ética cristiana, por la que justificaba la risa y la delectación que proporciona la vista, siempre de modo moderado. Como la sonrisa de las vírgenes góticas de la Île de France y la del Buen Dios de Amiens, su doctrina sobre la diversión y la distracción inauguraron, en perfecta convergencia, una nueva era de la teología moral, pese a que no sería muy seguida por los teólogos de tradición rigorista, exceptuando a san Francisco de Sales, que amplió los contenidos tomistas en la citada materia.


Triunfo de santo Tomás de Aquino en los Dominicos de Pamplona, por Vicente Berdusán, 1764

Leer en clave cultural y religiosa sus imágenes

En 1323 fue canonizado y más tarde elevado a la categoría de doctor de la Iglesia, en 1567. Fue usual calificarlo como Doctor angelicus, Scholarum princeps, Lumen Ecclesiae.  En su numerosa iconografía se le representó en diversos pasajes de su vida, tanto en los históricos, como en otros con los que distintas leyendas engalanaron su figura.

Su relación con las artes se acrecienta por sus numerosas representaciones desde la Baja Edad Media hasta nuestros días, por parte de sobresalientes artistas, en distintos periodos históricos y con diferentes estilos, entre los que destacan Filipino Lippi, Fra Angelico, Rafael, Pedro Berruguete, Velázquez y Zurbarán en su famosa Apoteosis del santo, destinada a su colegio sevillano, en 1631.

Esculturas, pinturas con su imagen, ciclos narrativos y sobre todo triunfos, lo han representado solo o entre Aristóteles, Platón, otros filósofos, doctores, fundadores, apóstoles y santos. En otras ocasiones, lo encontramos venciendo a los heréticos Arrio y Sabelio, que impugnaron con Averroes la verdad revelada. Los dominicos encargaron a los pintores numerosas alegorías triunfales “ad maioren ordinis Praedicatorum gloriam”, llegando a popularizarse su figura no corpulenta como era en realidad, sino adelgazada, sometida a un proceso de idealización.

Su identificación iconográfica resulta fácil. Viste el hábito de los dominicos, que consiste en una túnica blanca larga hasta los pies ceñida por correa, escapulario del mismo color, esclavina con amplia capilla (capucha) y capa coral negra. Como es sabido, el hábito, además de ser un elemento unificador para quienes lo llevan dentro de una comunidad, también identifica, en buena medida, sus ideales espirituales, que generalmente están relacionados con su origen, con las personas que fundaron cada orden y con las reglas que los rigen. En el caso de los dominicos, su carisma viene definido por el estudio de la verdad, la universidad, la filosofía, la conjunción de la vida contemplativa y apostólica, la predicación y la profunda oración

Entre los atributos propios de Santo Tomás de Aquino figuran el libro y la pluma, la maqueta de una iglesia, el sol, el rosario y las alas, acompañándose en numerosas ocasiones de la Paloma del Paráclito. El libro -generalmente abierto- y la pluma hablan de su faceta de escritor infatigable, su sabiduría y la doctrina revelada, fruto de su inteligencia y tesón. La revelación vendrá significada por la presencia de la paloma del Espíritu Santo. Su pecho suele estar adornado por un sol sostenido por rico collar, en alusión a que con su doctrina ilumina a todos, del mismo modo que el astro rey, con sus rayos, da luz a toda la tierra. El sol, desde fechas tempranas, poseía carácter divino y junto al santo de Aquino su luz universal se hacía paralela a la doctrina de sabiduría y verdad de su doctrina.

El rosario es propio de la orden de los dominicos por haber colaborado a su difusión y al culto de la Virgen del Rosario. La maqueta alude a su condición de doctor de la Iglesia, ya que es atributo de fundadores y doctores. Por último, las alas hacen referencia a su condición de doctor angélico y a la posesión de las mismas cualidades de los ángeles: inteligencia, sabiduría y pureza.


Lienzo de santo Tomás de Aquino, autor del oficio del Corpus Christi, en la parroquia de San Pedro de la Rúa de Estella, tercer cuarto del siglo XVII

Para saber más

RÉAU, L., Iconografía del arte cristiano. Iconografía de los santos, t. 2, vol. 5, Barcelona, El Serbal, 1998, pp. 281-285
PÉREZ SANTAMARÍA, A., “Aproximación a la iconografía y simbología de Santo Tomás de Aquino”, Cuadernos de Arte e Iconografía, núm. 5 (1990), pp. 31-54. 
MATILLA, J.M., La estampa en el libro barroco. Juan de Courbes, Vitoria, Ephialte, 1991, pp. 137-138

BUSCADOR NOTICIAS

BUSCADOR NOTICIAS

Desde

Hasta