Opinion articles

Ana Marta Gonzalez Gonzalez, Profesora del Departamento de Filosofía e Investigadora del Instituto Cultura y Sociedad en la Universidad de Navarra

El coronavirus, un punto y aparte en la globalización

          
02/04/20 Publicado en El Norte de Castilla

La pandemia que padecemos ha alterado profundamente nuestras vidas; nos lleva a preguntarnos hasta qué punto nuestras coordenadas vitales dependen de cierta normalidad social, y nos lleva a especular sobre los cambios que necesariamente tendrán lugar después de esta crisis. Algunos cambios que estamos experimentando con ocasión del confinamiento se convertirán seguramente en nuevos hábitos, que nutrirán una normalidad social diferente: desde prácticas cotidianas como el saludo, hasta el refuerzo del teletrabajo en aquellos sectores que lo admiten. También la comprensión de la “disciplina social” como una forma de solidaridad dejará su huella en la conciencia colectiva.

Pero, de manera particular, la crisis del coronavirus puede constituir un punto y aparte en el modo de afrontar la globalización de mercados y comunicaciones; nos hace pensar en el significado ambivalente de la globalización, y la necesidad de revisar nuestro modelo social y de desarrollo. Aunque ahora la atención esté puesta en afrontar la crisis y sus consecuencias económicas inmediatas, no podemos esquivar esa reflexión.

Por de pronto,  la movilidad de personas que propicia un mundo globalizado ha constituido un elemento acelerador de la pandemia, sobre el que deberíamos reflexionar. Llevamos unos años viviendo aceleradamente en todos los ámbitos, empeñándonos en viajar por todo el mundo a encuentros en los que podríamos estar presentes virtualmente. Habría que ver por qué no escogemos esta opción en primer término, considerando que la tecnología nos pone soluciones al alcance de la mano. Conviene recordar que las personas no viajan con la misma facilidad que los capitales y las mercancías. De hecho, imponen distintas condiciones: a raíz de la pandemia, Donald Trump prohibió durante un mes la entrada a personas de la Unión Europea, no a las mercancías; ahora es China quien ha tomado una medida similar. La globalización de los mercados no debería olvidar esa asimetría entre personas y cosas, que por lo demás está en el origen de otras muchas disfunciones económicas y sociales.

La interconexión global no trae por sí sola la solidaridad o la humanidad. La pandemia pone de relieve una trágica ironía del destino: las fronteras que desgraciadamente hemos levantado en Europa frente a los inmigrantes, argumentando que nuestros sistemas sanitario y laboral no podían afrontar su llegada, han sido vulneradas fácilmente por un virus; todavía ahora, ante la pandemia y sus repercusiones económicas Europa sigue experimentando la tentación de levantar fronteras, internas y externas, minando su ya quebrantada credibilidad moral ante propios y extraños.

Sin embargo, la necesidad de prevenir futuras pandemias que provoquen un estrés parecido en nuestro sistema de salud nos obligará a realizar reformas profundas en nuestro modelo económico y social que solo tendrán la eficacia esperada si tienen alcance global. En ese planteamiento, el fortalecimiento de la sanidad y de la investigación ha de ocupar un papel central. No otra cosa venía reclamando desde hace años Gro Harlem Brundtland, expresidenta de la OMS; la última vez en un artículo publicado en octubre de 2019, significativamente titulado “Preventing the next pandemic”, que conviene conocer.

Si hasta hace pocola prevención de pandemias no ocupaba los primeros puestos en la agenda de los políticos, el panorama es ahora bien distinto. La legitimidad social para introducir las reformas necesarias existe: una de cuestiones que más se están poniendo en valor en estos momentos es la atención que el personal sanitario está brindando a los enfermos, y la disciplina y dedicación con la que están realizando su trabajo. En este reconocimiento se esconde una invitación a imaginar un modelo social que refleje más claramente la importancia crucial de estos trabajos, cuyo valor no se mide adecuadamente con dinero; trabajos que potencian el sentido de identidad y solidaridad; un modelo social que no descanse de una forma tan exclusiva en una visión del trabajo modelada a partir del trabajo productivo, más o menos remplazable por máquinas, y que en cambio subraye valores como la creatividad o la solidaridad, que ahora brillan con fuerza especial en la labor del personal sanitario. En último término se trata de caer en la cuenta de que hay en circulación otra moneda distinta del dinero, y propiciar un modelo social que subraye los valores más específicamente humanos del trabajo.

Ahora bien, si algo pone de relieve una pandemia es que de poco sirve tener un sistema sanitario excelente si tu vecino lo tiene de poca calidad. Justamente eso te condena más que otra cosa a vivir confinado en tus propias fronteras. Ahora más que nunca advertimos que, no solo en el nivel individual, sino también internacional, el cuidado de sí y el cuidado del otro son dos caras de la misma moneda. El compromiso con el desarrollo del otro es la otra cara del propio desarrollo.

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