Luis Montuenga Badia, catedrático de Biología Celular. Decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad

El atractivo intelectual de la mirada serena

24/12/20 Publicado en Diario de Navarra

EL lunes, 21 de diciembre, nos dejó el profesor Francisco Ponz Piedrafita, catedrático de Fisiología Animal y rector de la Universidad de Navarra durante 13 años (1966-1979), un periodo clave en la historia de esta institución, fundada en 1952 por san Josemaría Escrivá. Don Francisco había cumplido 101 años hacía dos meses. Falleció repentinamente en el mismo Edificio Central de la Universidad de Navarra, donde había trabajado desde 1966.

Mis primeros recuerdos de don Francisco están envueltos en la bruma de mis memorias de estudiante universitario de Biología. Nos impartió toda la Fisiología del Sistema Nervioso. Sabíamos que era el rector: alguien "muy importante". Pero, desde el primer momento, nos dimos cuenta de tres cosas: de que no pretendía ser nadie más que nuestro profesor de Neurofisiología, sin darse mayor importancia; de que, aun siendo difícil la materia, el rigor con que impartía sus clases, su conocimiento profundo y su gran experiencia didáctica nos iba a hacer la tarea asequible; y, por último, se nos hizo evidente que don Francisco era una persona amable, asequible, que generaba confianza entre sus estudiantes. Nunca le vi enfadado, ni entonces, ni en los siguientes casi cuarenta años que han transcurrido desde esos momentos del aula de la Facultad de Ciencias, hasta la última vez que coincidí con él hace apenas unos días. Don Francisco era entonces, y lo ha sido siempre, un hombre sereno, un sabio sereno, un sabio amable.

Un sabio amable, sin duda. Y un sabio humilde. "La investigación es interioridad", dejó escrito José María Albareda, su antiguo profesor de bachillerato en Huesca, que luego fue su mentor académico y personal en las primeras etapas de vida universitaria y que precisamente le precedió en el cargo de rector de la Universidad de Navarra. Albareda también afirmaba que la investigación es el antídoto de la "actitud de suficiencia, torre de marfil en que se encastilla la petulancia". Don Francisco aprendió bien esas lecciones. El "doctor Ponz", como le llamábamos muchos, era un hombre de una interioridad riquísima y de una sencillez a prueba de bombas. Era un sabio muy discreto, que mostraba, de modo continuado, el gran atractivo intelectual de la sonrisa serena, de la mirada acogedora, de la actitud prudente. Había llegado a las cumbres más altas de la ciencia y la academia, y había puesto con gran eficacia al servicio de la Universidad de Navarra, por encargo de san Josemaría en 1966, todos sus talentos; pero, con una actitud profundamente cristiana, nunca se dio importancia. Era, repito, un gran sabio discreto.

El doctor Ponz ha tenido una trayectoria académica riquísima, en el ámbito de la investigación, la docencia y la gestión. No quiero en estas líneas, escritas a vuelapluma, glosar todos esos méritos. Solo diré que, como joven académico, yo me sentía especialmente atraído por su personalidad. Me admiraba su pasión por la ciencia, su capacidad de hacerse cargo de las dificultades, de apoyar en el momento oportuno, de animarnos en nuestras iniciativas, de estar siempre cerca. Ese sentido de la proximidad y el apoyo de don Francisco son los que he seguido percibiendo, incluso muchos años después de su jubilación oficial en 1992. En estas últimas horas, desde que nos ha dejado, he caído en la cuenta de que la sistemática visita semanal de don Francisco a la Facultad, todos los miércoles por la mañana, a tomar un café con otros profesores jubilados, mantenida durante años hasta el marzo de la pandemia, era su modo sencillo de decir: "Aquí estoy para lo que necesitéis". He comprobado, sin ningún género de duda, que para los que trabajamos en el área de Ciencias de la Universidad de Navarra, esa cercanía, esa presencia de don Francisco, era una manera no pretendida, no buscada, de apoyar, de sostener, de animar, de ofrecerse para lo que hiciese falta. No lo había pensado hasta ahora pero esas visitas, preguntando por unos y por otros, interesándose por la vida de la Facultad, asistiendo a eventos señalados, asegurando sus oraciones por lo que teníamos entre manos, nos han dado muchísima seguridad, nos han señalado la meta y nos han puesto el listón muy alto.

Desde luego, seguiremos necesitando la ayuda de don Francisco desde allí arriba, donde se habrá encontrado con san Josemaría, a quien conoció y tanto quiso, y con muchos otros pioneros de la institución por la que trabajó excelente e incansablemente durante décadas: la Universidad de Navarra. Gracias, don Francisco, por esa vida lograda.

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