Antonio Moreno Ibáñez, Profesor de la Facultad de Económicas. Doctor en Economía, Columbia University

El coste económico de la soledad

03/03/19 Publicado en ABC

Según el World Economic Forum, el nivel actual de soledad mundial es una de las tres grandes amenazas para la economía en 2019 -los otros dos son el clima extremo y las vulnerabilidades económicas globales-. Como botón de muestra, una de las sesiones organizadas en los encuentros mundiales de Davos de este pasado enero llevó por título: "La soledad: ¿una epidemia?" 

Algunos de los datos ofrecidos por el World Economic Forum sobre la incidencia de la soledad son, precisamente, desoladores: en París, el 50% de la población vive sola, mientras que en Estocolmo es el 60%. En Reino Unido, la proporción de personas que viven solas se ha doblado desde 1960 hasta el 31%. Es más, la mitad de las personas mayores de 75 años en Reino Unido viven solas, y muchas de ellas no han hablado con un pariente o amigo en más de un mes. En EE.UU., el número de los muy amigos cayó de 3 a 2 entre 1985 y 2004, y el número de personas sin amigos de verdad se triplicó en este intervalo hasta llegar a ser el estado más habitual en cuanto a amigos se refiere. 

Los costes económicos de la soledad son enormes. En Reino Unido se calcula que, para personas ancianas, la soledad incrementa los costes sanitarios en 6.000 libras por persona anciana. Asimismo, la soledad incrementa el riesgo de depresión y de enfermedades mentales -estas enfermedades tuvieron un impacto global de 2.5 trillones americanos (billones en Europa) de dólares en 2010-. Se calcula que la soledad es tan tóxica como fumar unos 15 cigarrillos al día.

Tan acuciante es la situación en Reino Unido, que se ha creado un Ministerio dedicado exclusivamente a la soledad -el Ministerio de la soledad-, para enfrentarse a un problema tan real y costoso. La situación de desesperanza ante la soledad entre algunos ancianos japoneses ha llegado a tal punto que cometen deliberadamente pequeños hurtos para ser arrestados y llevar así "una vida mejor" en prisión, donde podrán por fin disfrutar de otras personas con las que hablar y socializar. 

Lo dicho hasta aquí debería suscitar muchas preguntas y debates relevantes. Una que seguro se nos pasa por la cabeza es la siguiente: ¿cómo hemos llegado hasta esta epidemia? Ciertamente el individualismo reinante surge como un candidato claro. Asimismo, parece razonable afimar que dos aliados delindividualismo y de la falta de convivencia son el número excesivo de horas de trabajo que padecen muchas personas, y el uso masivo de las nuevas tecnologías unipersonales -la media mundial personal es de 24 horas semanales en internet-. 

No es sencillo el remedio ante esta tendencia secular de la soledad, pues implica un cambio en el estilo de vida y en la forma de pensar, algo así como una catarsis social. De hecho, los mejores antídotos contra la soledad son la familia y la amistad, y éstas ni se construyen de la noche a la mañana, ni se generan con ingeniería social. Dicho esto, el recurso a políticas públicas y empresariales puede ayudar en términos de a conciliación laboral y estabilidad familiar. Es más, el uso de la tecnología podría facilitar jornadas laborales reducidas o trabajo desde el propio hogar, de modo que se permita disfrutar más tiempo de los seres queridos. Más importante que el impacto directo generado por estas políticas, es la cultura que generan en la sociedad civil, aunténtico motor de la sociedad.
Pues cuando personas o instituciones transmiten un estilo de vida en los que se cultiva la convivencia, y donde se generan espacios de amistad y unión, se generan más recursos sociales contra la soledad. Se genera riqueza social y, como consecuencia, se reducen los costes económicos.

Todos hemos notado el peso de la soledad al menos en algún momento. Y es natural sentir compasión por personas, más o menos cercanas, que se encuentran solas y faltas de acompañamiento, aprecio y cariño. Es la respuesta humana ante tal fragilidad existencial. Lo que quizás no se vislumbraba con tanta claridad es este otro motivo adicional para luchar contra la soledad: el gran coste económico que constituye. Este motivo, seguramente menos profundo que la degradación humana que implica la soledad, debería  hacernos sin embargo reflexionar con vistas a construir una economía más sostenible.

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