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La huella de la pandemia en el campus

Doce vidas de las más de 200.000 que forman la Universidad de Navarra. Con ellas asomamos la cabeza a los insomnios y las alegrías, los corazones rotos y los deberes hechos, las lágrimas y la serenidad con las que cada una y cada uno ha vivido estos meses que han marcado a fuego la historia del siglo XXI. Sirvan estas páginas como homenaje.

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El médico del bingo

Nico tiene 21 años, no es del Barça pero sí barcelonés y estudia Medicina. Se toma muy en serio lo de la llamada vocacional. No pudo quedarse en Pamplona cuando un conocido le dijo que necesitaban personal médico en una residencia de Barcelona. Se colgó el fonendo y atendió durante las semanas más críticas a enfermos de coronavirus.

 

TEXTO Bea Jiménez Nácher [His Com 20]

FOTOGRAFÍA Nico Amich [Med 22]

El bingo es el deporte nacional de nuestros mayores. En la residencia privada donde se presentó Nico Amich [Med 22] de voluntario lo sabían. El ritual era sencillo. Nico se ponía al final del pasillo con el bombo, los ancianos aguardaban en sus habitaciones con las puertas abiertas, y la función empezaba. Para que nadie se perdiera, subía y bajaba las escaleras cantando los números a pleno pulmón. Nunca se imaginó ejercer de médico en cuarto de carrera. Y mucho menos tener que correr gritando cifras al azar en un asilo afectado por covid-19 en Barcelona. Pero jugar al bingo hacía que ese centro volviese a ser un hogar y no un pretendido hospital sin recursos.

Viajó desde Pamplona al enterarse de la falta de personal. Llegó el 15 de marzo por la noche, y desde entonces sus días se convirtieron en jornadas continuas sin apenas descanso. «Horario como tal no tenía. Era el tiempo que pudieras dar», dice. Un tiempo de exposición al virus que había reducido la plantilla sanitaria en el peor momento. Solo quedaban una enfermera, una doctora a tiempo parcial, una veintena de auxiliares y él. Así que se convirtió en la única autoridad médica permanente: la única referencia para más de cien personas.

Empezaron poniendo pegatinas en las puertas para marcar los posibles casos de coronavirus. A partir de ahí «había que hacer lo que se pudiera con lo que se tuviera», explica. No era posible derivar enfermos por la falta de camas en los hospitales. Así que puso en práctica lo aprendido en la Universidad, auscultando a los pacientes, desentrañando los síntomas comunes de la neumonía y aplicando el tratamiento pautado. Como la situación cambiaba diariamente, por la noche se informaba de los últimos avances sobre el virus. Además intentaba —sin mucho éxito— estudiar para los exámenes finales. En medio de esa incertidumbre lo peor era lidiar con la frustración. El protocolo no preveía la falta de bombonas de oxígeno, tener solamente cuatro trajes sanitarios o no poder examinar en una radiografía los pulmones de un enfermo. Atado de manos, solo le quedaba medicar con corticoides, jugar al bingo y no fallar en la cercanía.

Nico Amich

Después de las semanas más críticas, Nico explica que ha aprendido tres cosas esenciales. La primera, el valor de acompañar: «Lo que se trata no es una enfermedad, es un paciente». Intentaba convertir las rondas médicas en visitas agradables, porque «muchos se preocupaban por si les llegaba una mala noticia». Así, con el tiempo, el anciano de la 310 acabó siendo Joaquín. Y Joaquín empezó a esperarle. Como también otros tantos, que, entusiasmados, le comunicaban el nacimiento de un nieto o la sorpresa de un regalo recibido. En segundo lugar, la importancia de comunicar. «Cara a las familias y a los pacientes, era clave que supieran lo que ocurría en cada momento» para que ninguna situación les pillara por sorpresa. Por último, que en la batalla contra el coronavirus era necesario aferrarse a las victorias antes que a las derrotas. Cuando alguien se recuperaba, era el momento de la ovación. Los aplausos daban paso a una euforia momentánea que, como el bingo, reconquistaba un hogar.

Nico descubrió su vocación a los dieciséis años. Le cogieron en un programa estadounidense para investigar la mejora del sistema inmunológico contra el cáncer. Le entusiasmó, pero se dio cuenta de que quería ver el impacto de esos resultados en las personas. Esa aspiración le ha llevado a entregar esos minutos de más en cientos de habitaciones y, en definitiva, consagrarse como médico antes de serlo. Bingo.

Nota: Joaquín es un nombre ficticio para preservar su identidad.

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350 litros de ayuda en cadena

El covid-19 escribió historias de dolor y otras de alegría. «San Fermín 208» es una de las que salvaron vidas, levantaron el ánimo y entrelazaron personas. Es el nombre de los 350 litros de gel hidroalcohólico que los seis científicos del equipo de Terapias Moleculares del Cima produjeron y donaron a los más vulnerables ante el coronavirus.

 

TEXTO Salomea Slobodian [Fia Com 19]

FOTOGRAFÍA Manuel Castells [Com 87]

El doctor Antonio Pineda-Lucena vio la fragilidad humana y no volvió la espalda. Sus horarios como director del Programa de Terapias Moleculares del Cima Universidad de Navarra no se alteraron durante el confinamiento; su ingenio no se nubló por la crisis sanitaria. Todos los días Antonio acudía al laboratorio 208, un espacio soterrado en el estrés y la incertidumbre que la crisis del coronavirus supuso para su personal. «Teníamos 3 compañeros de Madrid o Córdoba que sufrían por no poder acercarse a sus familias, cuidar de sus padres ya mayores y brindarles seguridad en medio del desasosiego», describe.

A pesar de todo, el equipo de Antonio se organizó para afrontar la pandemia con dedicación y creatividad. Por un lado, su equipo participó en el desarrollo de un test diagnóstico del covid-19; por otro, desplegó la elaboración propia del gel hidroalcohólico «San Fermín 208».

«La iniciativa surgió por la escasez del gel en el Cima», relata Antonio. Enseguida se dio cuenta de la posibilidad de ayudar a más personas, ya que contaba con los recursos y la capacidad necesarios para producirlo a gran escala. Los números se volvieron elocuentes: más de 350 litros del gel desinfectante en los dos primeros meses de producción. Un 90% se repartió entre los veinticinco centros navarros que cuidaban de los grupos sociales más vulnerables: Cáritas, residencias de ancianos, asociaciones de voluntarios e incluso algunos colegios y parroquias.

Antonio Pineda-Lucena

Como quienes pasan cubos de agua de uno a otro, formando una fila que llega hacia la casa en llamas y apagan el fuego, así varios colectivos navarros se movilizaron para apoyar la iniciativa solidaria. Miguel Castiella donó un palé de las botellas que produce su empresa, Berry Superfos, para envasar el gel; Carlos Embid las etiquetó en el propio Cima; Paula Salvador organizó su reparto por medio de Tantaka y, de este modo, la Policía Foral llevó la primera caja de gel a la residencia pamplonesa Amavir Oblatas.

La pandemia ha ensanchado corazones. Antonio confiesa haberse dado cuenta, a raíz de la crisis, de que las personas no podemos aislarnos de los demás, escondernos en nuestra pequeña zona controlada, «sino que debemos salir al encuentro del otro, conmovidos por su dolor».

A veces, durante un descanso, Antonio introduce dos dedos en el bolsillo de la bata y desenvuelve un caramelo: cinco gramos de «gracias» de aquellos cinco kilos que su equipo recibió de la Asociación de Voluntarios Olímpicos de Navarra. Estos voluntarios desinfectaron coches de policía y protección civil con gel del laboratorio 208. «Vinieron al Cima en una furgo y nos entregaron el regalo con un vídeo. Fue emocionante», recuerda. «Nunca hemos buscado el agradecimiento, pero es hermoso saber que, a través de tu labor profesional, has acompañado al otro en su sufrimiento y lo has aliviado un poco».

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Dolor y esperanza

El virus mostró su dureza al matrimonio Gracia Landa. Maricarmen falleció a causa de la enfermedad —solo una de sus hijas, enfermera, pudo darle en persona el adiós de la familia—, y su marido José Luis también se vio afectado por el coronavirus.

 

TEXTO Miguel Ángel Iriarte [Com 97 PhD 16]

FOTOGRAFÍA Familia Gracia

José Luis llegó hasta donde pudo. Dejó a Maricarmen en la puerta de Urgencias de la Clínica en manos del personal sanitario. A partir de allí, no estaba permitido el paso a los acompañantes. Su esposa presentaba insuficiencia respiratoria y fiebre pero él no pensó que podía ser la última vez que la viera. Ingresó en la uci y la intubaron a las pocas horas. Esto ocurrió el 20 de marzo, en las semanas iniciales y más duras de la pandemia.

Los análisis confirmaron que Maricarmen tenía covid-19. Durante los días posteriores, la familia abrigaba la esperanza de que la estabilidad de las primeras jornadas implicara una mejora dentro de la gravedad; sin embargo, en la madrugada del 26, la situación empeoró y hacía prever un desenlace inmediato. Avisada la familia, fue Ana, la hija mayor, enfermera en la Clínica, la única que pasó un momento para manifestar a su madre el cariño de todos y la gratitud por los cuidados de toda su vida. Maricarmen abrió los ojos, la reconoció y pudo escuchar a través del móvil de Ana la voz de José Luis, que, esta vez sí, se despedía de ella.

Maricarmen Landa falleció el 26 de marzo con 72 años. Conoció a José Luis Gracia cuando ambos eran adolescentes en Pamplona. Se casó con 21 —él con 25— y se embarcaron en una vida matrimonial muy fecunda, con cinco hijos y tres embarazos que no llegaron a término. José Luis resume con sencillez los 57 años junto a su esposa: «Hemos sido muy felices siempre, aunque ha habido grandes dificultades, de todo tipo: económicas, de salud…». Precisamente las varias dolencias sufridas por Maricarmen han preocupado con frecuencia a sus parientes en las últimas décadas. A pesar de todo, ha sido, según su marido, el pilar fundamental de su hogar. «¿Quién ha sacado adelante nuestra familia? ¡Ella!». José Luis, que trabajó en la Asociación de Amigos de la Universidad (ADA) desde 1968 hasta 2009 —¡41 años, ahí es nada!— ha tenido largas temporadas de viajes, muchas veces de lunes a viernes. Tras su jubilación, su esposa procuró organizar planes para visitar lugares que les ilusionaban a ambos, como Londres, París o Roma, ciudades que no habían podido conocer por la intensa tarea profesional de él.

Maricamen Landa y José Luis Gracia con su nieta

La despedida familiar en el cementerio fue necesariamente sobria. Pudieron asistir su marido, sus cinco hijos y una nieta. Mientras la enterraban, rezaron el rosario. Al terminar, José Luis dijo: «Creo que lo primero que Dios ha hecho con vuestra madre al llegar al cielo es presentarle a los tres hijos que no ha conocido». El ambiente reflejaba una aceptación serena de la voluntad de Dios. Todos los presentes eran conscientes de que Maricarmen se encontraba preparada para ese paso apoyada en su visión cristiana de la vida y, en particular, tras haber recibido la unción de los enfermos durante sus días de ingreso.

Cuando parecía que la pérdida de Maricarmen, llevada con entereza por sus personas queridas, era el final de ese sufrimiento, José Luis comenzó a experimentar tos, algo de fiebre… Le diagnosticaron el covid-19 y, aunque no tuvo una evolución aguda de la enfermedad, permaneció varios días ingresado en la Clínica. Ahora, ya en casa, se encuentra tranquilo, rehaciéndose y disfrutando de algunas visitas.

José Luis no ha perdido su buen aspecto y su vitalidad, aunque se da cuenta de que pueden llegar momentos bajos, con emociones de efecto retardado. Se siente arropado por su familia e ilusionado por ver crecer a sus veintidós nietos, que le «dan la vida». Además, estas semanas ha respondido centenares de mensajes y llamadas de personas conocidas por su trabajo en ADA, con los que mantiene una amistad profunda. Está impresionado y agradece el cariño recibido y, a otro nivel, los años junto a su mujer. En una conversación reciente encontró un modo de explicar en pocas palabras cómo era su esposa: «El otro día me dijo un amigo que, en una entrevista en La Vanguardia, Leopoldo Abadía dio un consejo: “Si quieres ser feliz, haz felices a los demás”. Yo inmediatamente pensé: ¡Como Maricarmen!».

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Al otro lado de los ojos

La Organización Mundial de la Salud destacó la labor desarrollada durante la pandemia del covid-19 por el Servicio de Medicina Paliativa de la Clínica Universidad de Navarra, donde trabaja Carmen Molina. En la sede de Madrid, integró una unidad creada para asistir a los pacientes críticos. Ataviada con un EPI, apenas se la reconocía por los ojos.

 

TEXTO Blanca Rodríguez Gómez-Guillamón [Com His 15]

FOTOGRAFÍA Clínica Universidad de Navarra

Ella sabe que está asustado, por eso le anima con una sonrisa. La boca, por supuesto, no se ve, pero se intuye. Carmen Molina viste un equipo de protección individual verde, tres pares de guantes sellados con esparadrapo, una mascarilla, gafas, una pantalla y un gorro. Solo le asoman los ojos. Es enfermera en la Clínica Universidad de Navarra de Madrid y, durante la pandemia, pertenece a la Unidad de Soporte y Control de Síntomas, del Servicio de Medicina Paliativa, creada específicamente para atender a los pacientes más frágiles.

—Buenos días. ¿Cómo ha pasado la noche?

Se acerca al paciente infectado por covid-19, prepara los medicamentos y le toma la saturación del oxígeno, la temperatura y la tensión. El enfermo está cansado y apenas puede hablar. Respira rápido, siente que le falta el aire. Ha apagado la televisión porque prefiere no ver las noticias; él es una de esas miles de personas contagiadas que no saben si van a sobrevivir.

Carmen Molina

El hombre extiende la mano y cuando Carmen se la estrecha, su mirada se desborda. «Te sonreía con los ojos de tal manera que no podías soltarle —recuerda—. Transmitía fuerza, miedo, y sin hablar te decía “Estoy aquí, por favor, no me dejes”».

Y no le dejaba. Carmen se turnaba con otras enfermeras para acompañar a los pacientes tantas veces como hiciera falta. «El gran reto ha sido humanizar el cuidado y mostrarles que eran importantes; que, aunque el mundo de fuera se cayese, nosotras estábamos ahí con ellos», explica.

Humanizar era estar en los detalles y adelantarse a lo que quizá no se atrevían a pedir: una videollamada con la hija, con el marido, asistencia espiritual… «Trataba de saber qué le importaba a cada paciente y de qué modo podía cuidarle mejor», apunta Carmen.

La Clínica fue uno de los primeros hospitales de Madrid que habilitó una zona en la UCI para que las familias se despidiesen de los pacientes críticos. Carmen acompañaba a los visitantes antes y después del adiós: «Facilitar ese reencuentro final ayuda al paciente, a la familia y a los profesionales, porque permite expresar las emociones. Cuando los recibía, les contaba lo que se iban a encontrar y, al terminar, ellos me explicaban cómo lo estaban viviendo».

Al salir de la habitación, Carmen Molina se lava con alcogel, tira el tercer guante y se enfunda un par nuevo. Luego vuelve a presionar el dispensador y camina hacia la siguiente puerta. En el pasillo el sonido de los soportes respiratorios, que se asemeja al de una cafetera, interrumpe el silencio. Se palpa la tensión. Sobre las paredes, dibujos y cartas de agradecimiento. Está cansada, pero, aunque solo se le ven los ojos, no pierde la sonrisa: «Cuando te pones delante del paciente y lo miras, comprendes que lo primero no eres tú».

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El apocalipsis será así

Javier Azanza viajó a Perú el 11 de marzo para dar un curso de doctorado y regresó a Pamplona el 16 como tenía previsto. Lo que pasó durante esos cinco fatídicos días marcó su experiencia del confinamiento. A punto de quedarse atrapado a más de 9 000 de kilómetros de distancia de su familia, vivió al límite hasta poder encerrarse con su mujer y sus dos hijos.

 

TEXTO Ana Eva Fraile [Com 99]

FOTOGRAFÍA Editora Perú

La historia de Javier Azanza no empieza la tarde del 13 de marzo, cuando el Gobierno anunció el estado de alarma. Su odisea arranca dos días antes, cuando a las trece horas se subió a aquel avión rumbo a Lima. Durante el vuelo, el país en el que estaba a punto de aterrizar restringió la entrada de pasajeros procedentes de España. En su asiento, Javier ojeaba la prensa: el 11 de marzo Perú confirmó trece casos de coronavirus y no registró ningún fallecido.

Cuando llegaron al Aeropuerto Internacional Jorge Chávez pasaron un control sanitario. A Javier, el segundo en la fila, le apuntaron con una pistola térmica. En aquel momento le llamó la atención la presencia de tantos reporteros. Lo que no sabía entonces es que su vuelo era uno de los últimos que cruzó esa frontera. Fue al finalizar el control de aduana cuando aterrizó de emergencia en la realidad: «Bienvenido a Lima. Sepa que tiene que quedar en cuarentena durante catorce días en una habitación de hotel».

Javier Azanza [His 91 Phd 96] es profesor de Historia del Arte de la Facultad de Filosofía y Letras. A finales de febrero le propusieron impartir en la Universidad de Piura unas sesiones en el curso de doctorado que dirige Enrique Banús, antiguo profesor del campus de Pamplona. Cuando, recién llegado, Javier encendió su móvil, tenía varias llamadas de sus colegas: iban a hacer lo imposible para que regresara a España.

Javier Azanza

Durante cuatro días lo único que Javier vio fue «un trocito del cielo limeño» porque su habitación tenía una pequeña terraza de paredes altas. Mentalmente se preparó para dos semanas de encierro. En sus cálculos, el bajón podría llegar a partir del octavo día. Pendiente de cualquier síntoma de covid, daba su parte médico a la gerencia del hotel a primera hora de la mañana y a última de la tarde.

Conversó con su familia, amigos, autoridades académicas, colegas y alumnos a ambas orillas del océano. Entonces sonó el teléfono de nuevo: podría abandonar el país el sábado, el día 14, a las once de la noche. Se presentó en el aeropuerto con tres horas de antelación, pero su avión ya había despegado, sin previo aviso. «Fue un momento crítico —recuerda—. Todo el mundo quería salir de Perú, cada vez quedaban menos vuelos y las compañías no daban ninguna explicación. La terminal se convirtió en una ratonera; hubo disturbios y detenciones».

Afortunadamente, el profesor consiguió una vía de escape haciendo escala en São Paulo. Voló sin certezas. Confiaba en encontrar allí un avión con destino a Madrid. Tras medio día de espera, Iberia le confirmó su regreso. Javier pisó suelo español el lunes 16, según lo previsto en su plan inicial, y le impactó ver a todos los funcionarios con máscaras antigás: «Tuve la sensación de guerra bacteriológica, de película de ciencia ficción». Nunca olvidará la imagen «fantasmagórica» de una T4 absolutamente desierta. «El apocalipsis será así», pensó.

Ciento veinte horas antes, la T4 bullía. Ese contraste tan fuerte le hizo tomar conciencia de que «se avecinaba algo que marcaría un antes y un después». Sintió miedo, pero mientras recorría en soledad la terminal empezó a recuperar la calma: «Sea lo que sea lo que viene ahora lo podré pasar en el lugar en el que quiero estar: junto a mi familia».

Cuando abrazó a su mujer y a sus dos hijos de nuevo agradeció a Dios «este pequeño milagro». «Te das cuenta de que en esta vida, incluso encerrado en la habitación de un hotel, no estás solo. Hay muchas personas pendientes de ti, dándote fuerzas para que todo salga bien», reconoce. Después de haber recorrido miles de kilómetros y estar a punto de quedarse atrapado en Perú, acabó impartiendo el curso de doctorado desde el salón de su casa.

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Planes para el futuro

Albert Vidal es un joven inquieto —Pamplona, Nueva York, Israel, Jordania, Hong Kong—, un recién graduado de la promoción corona que se vio abocado durante los meses del confinamiento al heroísmo cotidiano de la formación online.

 

TEXTO José Lacarra [LEC 21]

FOTOGRAFÍA Íngrid Ribas [Com 12]

Otro lunes o miércoles o sábado del estado de alarma, Albert Vidal, estudiante del último curso del grado en Relaciones Internacionales, recibe un correo en el que le piden que explique su experiencia durante el confinamiento. Ha pasado de su año académico en Hong Kong, durante la época de las protestas, a quedarse encerrado en casa, ¿qué se siente?

Al día siguiente, en una llamada telefónica, relata la sensación emocionante de haberse visto envuelto entre banderas, láseres e himnos; de escuchar algunas noches la voz de un joven que se alzaba gritando el comienzo de un eslogan, y cómo miles de balcones rugían la respuesta una y otra vez; habla también de las pintadas en los suelos, de los carteles en las paredes, de los estudiantes con pasamontañas y máscaras antigás.

Cuenta cómo las manifestaciones alcanzaron la Chinese University of Hong Kong. Los alumnos se atrincheraron en el campus y el centro tuvo que suspender las clases a solo tres semanas de que finalizasen. La mayoría de las embajadas —la española no— evacuaron a los extranjeros de intercambio ante la creciente intensidad de las protestas. Albert terminó online las asignaturas. Dos meses más tarde, de vuelta en España, se cancelaron las clases presenciales en la Universidad por el coronavirus —«¡Qué graciosa coincidencia!», señala Albert.

Albert Vidal

Pero esta segunda experiencia de estudio a distancia no ha sido igual. Ahora está en su casa de Sant Just Desvern (Barcelona), con su hermano y sus padres. Después de cuatro años fuera —en Pamplona, durante el curso, o en Nueva York y Jordania, en los veranos— la vida hogareña ha conllevado un desafío. Aunque la intensidad de su ritmo haya bajado considerablemente y no tenga tanta libertad de movimientos ni de horarios; y a pesar de que ya no sea decano de un piso de estudiantes, ni esté colaborando como voluntario en el Bronx, ni aprendiendo árabe en el Qasid Arabic Institute en Amman, ni gozando de la mezcla entre naturaleza y metrópolis de Hong Kong, Albert no ha dejado de formarse humana y profesionalmente. Ha continuado con el estudio, con su investigación a distancia sobre las cuestiones que el profesor Micha’el Tanchum le va proponiendo, como las dinámicas diplomáticas entre Irán vs. Arabia Saudí y los Emiratos Árabes; ha organizado también clubs de lectura, ha mantenido el contacto con sus amigos y ha aprovechado para hacer planes en familia.

Ahora que ha terminado su etapa universitaria la crisis del covid-19 le ha obligado a reorientar su futuro. Antes de cursar un máster en Estados Unidos, pensaba buscar trabajo en Oriente Medio. Su intención era probar en el ámbito empresarial y en el de investigación para ver qué le atraía más. No obstante, la situación actual no le permite traspasar fronteras, por lo que continuará su investigación online con Micha’el Tanchum desde casa.

Con independencia de que los planes de la promoción corona se cumplan o se transformen, una cosa es segura: necesitaremos gente normal, como Albert, hombres y mujeres cultivados humanamente con el estudio y las buenas conversaciones con amigos.

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Centro de gravedad permanente

María José y Pep han vivido el covid-19 no solo como sanitarios, sino desde la experiencia de ver cómo su familia se derrumbaba. Han tenido que aprender a sostenerse mutuamente y, aunque no saben si esto habrá cambiado algo a la sociedad, han comprobado que en el sufrimiento sale reforzado el amor.

 

TEXTO Blanca Basanta [Com 20]

FOTOGRAFÍA Cedida

La vida no era tan sencilla aquella tarde de sábado. María José [Enf 91] se presentó con su dolor en forma de sonrisa valiente. Aunque llevaba puesta la mascarilla, se intuía por sus ojos. Era una de esas sonrisas con las que se dice «No tengo nada que ofrecer, pero estoy aquí», porque ella es de esa clase de personas que todo lo hacen para darse a los demás. Como cuando en marzo empezaron a llegar pacientes con síntomas respiratorios al centro de salud donde trabaja y se acercó a aquel hombre, confuso y con miedo por si tenía el covid. María José se sentó a su lado y le sostuvo las manos. «Mírame a los ojos —le dijo—. Yo me quedo contigo hasta que venga una ambulancia para llevarte al hospital».

A María José la acompañaba su marido, Pep. Se conocen desde los quince. Terminaron la carrera, se casaron y se fueron cinco años a la Amazonía para mejorar las condiciones sanitarias de veintiuna comunidades indígenas. La historia de uno es la historia del otro. El dolor de María José estos días también es el de su marido. Él es médico y ella enfermera. Los dos viven con la misma firme vocación de servicio con la que iniciaron sus estudios en la Universidad. Estar con ellos es como presenciar un partido de tenis amistoso donde los puntos suben al mismo lado del marcador.

Aquel sábado, Pep hablaba cuando María José buscaba en su mirada las palabras para seguir. El 15 de marzo ella empezó a tener tos, aunque el test que le hicieron dio negativo. Atendía a los pacientes, desinfectaba las zonas de trabajo, llegaba tarde a casa y aún se pregunta si podía haber hecho algo más. Su hija María [Med 13] regresó de Colombia, donde trabajaba en un proyecto de cooperación, para incorporarse a un hospital navarro. Le dijo a su madre: «Recuerda que por edad eres grupo de riesgo». Pero María José, olvidando su propio miedo, no dejaba de ir hasta las casas de sus pacientes para asistirles desde el umbral de la puerta.

Pep y María José

Su hijo Toni [Med 11] volvió de Londres para ocuparse de su abuelo afectado por covid-19. Había mostrado síntomas a mediados de marzo, le pusieron oxígeno domiciliario y estuvo cinco días con cuidados paliativos y tratamiento. No lo ingresaron en ningún hospital. Durante esos días sí que hospitalizaron a la madre de María José, también por coronavirus. Además, el 27 de marzo falleció una tía de ella, y una hermana suya también se contagió y estuvo en el hospital. En casa, a diario, Pep auscultaba a María José, le medía la temperatura y ella tomaba paracetamol. A finales de mes el malestar se acentuó, aparecieron la fiebre y la insuficiencia respiratoria. El 2 de abril tuvo que ir a urgencias ella. «Vi cómo la vida pasaba como una película delante de mis ojos», evoca. El 5 de abril falleció su padre. A los doce días a ella le dieron el alta y llegó el verdadero dolor, el que se carga en el corazón.

Aquel sábado los ojos de María José permanecieron largo tiempo en alguna otra parte, con sus recuerdos aún sin reposar, porque al volver a casa la vida se había derrumbado sin previo aviso. Le hieren las despedidas que no hubo: «No estoy enfadada con el mundo, pero no sé si mi historia va a sumar o a quitar algo a lo que ha sucedido».

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Un faro en medio de la pandemia

Iñaki González creó durante el confinamiento SOS4Pymes junto con sus compañeros de promoción del IESE para asesorar a empresas que estaban sufriendo problemas económicos. Gracias a esta consultoría online, varios pequeños negocios han sobrellevado mejor el descalabro.

 

TEXTO Eva Baroja [Filg Com 19]

FOTOGRAFÍA Justy García Koch

Termina de cenar con su familia, les da un beso a sus tres hijos de 5, 7 y 15 años y se sienta, solo, ante el ordenador. Entra a la videollamada y empieza la reunión. Son las once de la noche de un jueves. Ha sido un día duro de trabajo, pero Iñaki González [MBA 14], director de Operaciones en una multinacional de sistemas hidráulicos, saca horas de donde no las hay. Todo para colaborar y poner su granito de arena en la crisis del covid-19: «Lo fácil es criticar al Gobierno y a todo el mundo, pero en estos momentos lo que hay que hacer es aportar y sumar».

Junto a los veinticinco compañeros con los que compartió aula en el IESE hace seis años, ha creado SOS4Pymes, una plataforma que presta asesoramiento gratuito a las pequeñas empresas para ayudarlas a superar los problemas económicos provocados por la pandemia: «Pensábamos que la peluquería, la panadería o el bar no se podían permitir el lujo de pagar este servicio. Ante todo, queríamos apoyar al negocio a pie de calle porque es el que verdaderamente lo está pasando mal». Muchísimos autónomos tuvieron que frenar en seco por culpa del coronavirus —la Asociación de Trabajadores Autónomos calcula que en 2020 cerrarán hasta 300.000 negocios unipersonales— y se quedaron sin ingresos de un día para otro. Buena parte de ellos no sabían cómo gestionar su empresa en una situación tan complicada e incierta. «Tienes familia, conocidos, compras el pan debajo de casa… Resulta fácil empatizar con ellos porque detrás de cada empresa hay personas», explica Iñaki.

A principios de marzo, cuando el material sanitario escaseaba, este donostiarra de cuarenta años consiguió traer una gran cantidad a España: «Por mi trabajo, viajo mucho a China y tengo contacto con proveedores, así que no me fue difícil hacerme en poco tiempo con 25.000 mascarillas para consumo propio de mi empresa y para la sanidad pública vasca». Después de este logro, pusieron en marcha SOS4Pymes. La iniciativa nació a partir de una tormenta de ideas en el grupo de WhatsApp de la promoción: «Alguien dijo: “Oye, ¿por qué no montamos algo grande para ayudar más?"». El éxito de la plataforma se basa en el altruismo y la generosidad de decenas de voluntarios: trabajadores de banca, profesionales de fondos de inversión, abogados… En unos pocos días, empezaron a prestar servicio a negocios de todo tipo, desde Creaciones Demar, una pequeña mercería en Logroño, hasta Bugaraje, un taller de coches en Boadilla del Monte, en Madrid.

Iñaki González

Durante cuatro meses, Iñaki ha dedicado horas y horas a captar colaboradores y asesores para el proyecto: «Es muy gratificante cuando recibes el feedback de alguna de estas micropymes dándote las gracias. Por ejemplo, un empresario de Astorga nos ha invitado a una comida cuando pase todo». Su mayor ilusión es que SOS4Pymes siga creciendo y llegue a más gente con dificultades económicas. Además de esta iniciativa, que le ha traído muchas satisfacciones, reconoce que, a nivel personal, los meses de confinamiento han tenido una parte muy positiva porque, por primera vez en mucho tiempo, ha podido cenar todos los días en casa con sus hijos y su mujer: «Bastante gente se quejaba de no poder salir, pero en lugar de lamentarte hay que pensar en lo que has ganado». Seguro que esto es lo que piensan muchas de las familias que precisamente han ganado en tranquilidad y para las que Iñaki y sus compañeros han sido un faro, lleno de luz, que las ha guiado en medio de la oscuridad de la pandemia.

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Una lucha compartida

Francisco Carmona de la Torre es médico de la Clínica Universidad de Navarra en Pamplona. La pandemia le situó en primera línea, cuando tuvo que dejar temporalmente a sus pacientes habituales para atender a los infectados por covid-19.

 

TEXTO María Acebal Fuente [Com 19]

FOTOGRAFÍA Manuel Castells [Com 87]

Reunión del departamento al inicio de la jornada para hacer repaso de la situación actual de los pacientes ingresados por covid-19. Una mañana de tantas otras que la pandemia ha llenado de novedades y transformaciones, de un poco más de esfuerzo y de bastante más dolor. «Una enfermedad que lo ha cambiado todo», según explica Francisco Carmona de la Torre. Él es uno de los más de 2.500 profesionales de la Clínica a los que esta pandemia les ha afectado de manera muy directa. Además, su especialidad en Medicina Interna —en concreto en el estudio de las enfermedades infecciosas— le ha situado, desde el comienzo, en primera línea de batalla.

El coronavirus era algo para lo que nada les había preparado: ni la carrera, ni la vida laboral, ni ningún congreso. Y desató un verdadero terremoto. Se desdibujaban las agendas de trabajo; Francisco apenas salía del hospital salvo para dormir y, en vez de relojes, las horas las marcaban los cambios de guardia. En el epicentro de la vorágine «no había tiempo ni para pensar». Francisco y sus compañeros se enfrentaban al virus a partir de las experiencias de la sede de Madrid y con el apoyo del resto del equipo: «Ya no importaba si eras de infecciosas, digestivo, interna, oncología…». Después de la pandemia, «eres más consciente de que solo no se llega a ningún sitio: todos luchábamos en lo mismo».

La Clínica se partió en dos. Por un lado, el circuito covid; por el otro, el resto de pacientes. Francisco se quedó en el lado contagioso del edificio y tuvo que dejar a quienes trataba habitualmente para dedicarse a los afectados por el virus. «Además de atender la patología, hemos procurado consolar al enfermo y a su familia», a la que llamaban a diario para informar de la evolución. «En los días más duros había compañeros que solo se ocupaban del teléfono y, cuando disminuyó el número de contagios, cada uno pudo empezar a contactar a los seres queridos de sus pacientes», añade.

Francisco Carmona

Ante los fallecimientos, Francisco «desearía haber hecho más, pero no teníamos toda la información necesaria, nadie la tenía». A eso se suman otras situaciones complicadas, como «ese miedo con el que hay que convivir» de contagiar a la propia familia. Al inicio de la pandemia, Francisco acogió en su casa a su padre y a su madre, a la que le acababan de diagnosticar un cáncer. «Lo más difícil es mantener la distancia social con ellos: llegar y dejar en una caja todo lo que llevas, dormir aparte, utilizar otro baño, comer separado...». En los pocos momentos que le quedaron libres, aprovechó para charlar en familia tranquilamente o ver una película.

Tras el pico de la pandemia, cuando «lo excepcional acaba volviéndose normal», Francisco siente «un poco de indignación». «Salgo a la calle y veo que se relajan las medidas: grupos de personas sin distanciamiento social, sin mascarilla, como si todo lo que hemos sufrido se nos hubiera olvidado. ¿Y si estamos ante la calma que precede a la tormenta?».

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El rector tiene un plan

Alfonso Sánchez-Tabernero tuvo que tomar una decisión difícil: cerrar las aulas de la Universidad. Y todo lo que vino después. Pero la máxima autoridad académica no ha perdido la calma —dice que nunca la pierde— porque en cuanto el plan estuvo listo lo único que había que hacer era seguirlo.

 

TEXTO Teo Peñarroja [Fia Com 19]

FOTOGRAFÍA Manuel Castells [Com 87]

Sus pasos le responden con el eco del mármol. Le fastidia, porque es un hombre sociable, no poder saludar a nadie hoy en la primera planta del Central, porque es el único. Vino todos los días del confinamiento. Entra en su despacho, que de ordenado que está parece que no se usa. Alfonso Sánchez-Tabernero [Com 84] toma cinco folios en sucio. Escribe a vuelapluma las ideas que dirá a los antiguos alumnos con los que va a encontrarse por videoconferencia. Primera clave: prioridades. 1. Salud, 2. Proteger los puestos de trabajo, 3. Hacer bien nuestra tarea: docencia, investigación, asistencia sanitaria. Que los estudiantes nos pongan un diez, 4. Buscar soluciones solidarias. Segunda clave: información frecuente, precisa, coherente y empática. Rasga los papeles que sobran, apaga la luz y cierra la puerta. Anda cuatro pasos y da marcha atrás: va a dejar el teléfono para que no le suene durante la conversación.

El Faustino está vacío de la algarabía del curso, pero lleno de cables y alargadores, dos focos, una mesa de mezclas y un portátil frente a la silla donde se sienta. Una técnico le indica que mejor se enganche el micro en la camisa. El director de Alumni le cuenta el esquema de la sesión. Inés García Paine [Com 93], presidenta de Alumni, lo ha ensayado en su casa de Madrid veinte veces. La llaman por teléfono y el rector le dice que hay que dinamitar el guion. «Dejemos que la creatividad fluya un poco —termina Alfonso—. ¡A disfrutar!».

Cuando comienza la charla, al rector le incomoda no ver a los 1.200 alumni inscritos. Balancea casi imperceptiblemente la silla sobre las patas traseras. La conexión con los ojos, piensa, es una experiencia extraordinaria. Resulta difícil hablar al ordenador sin ver el lenguaje de los rostros.

Eso, no estar con las personas, fue lo más difícil del confinamiento, junto con percibir el dolor de sus seres queridos. Lo ha llevado mejor gracias a un talante que tiende a establecer pautas, cronologías, objetivos. Por ejemplo: una hora de elíptica cada dos días, leer el último libro de Irene Vallejo y disfrutar series como Press, The English Game —«Es sobre fútbol, pero no solo sobre fútbol»— Fauda o The Good Fight.

Alfonso Sánchez-Tabernero

Se le ve tranquilo. En realidad, confiesa que nunca ha sentido tensión. Ni siquiera cuando tomó la decisión más difícil, cerrar la Universidad, ni al retrasarla veinticuatro horas por deferencia con el Gobierno de Navarra. La garantía de su paz fue que tenía un plan. Lo complicado fue establecer las prioridades, pero luego solo había que cumplirlas.

La conversación con García Paine va llegando a su fin. La campana del reloj del Central, que va dos minutos adelantado, da las ocho en punto. Cada uno se despide con sus sueños para la Universidad. Más del 90% de los que se conectaron han permanecido hasta el último segundo. Alfonso llama a la presidenta para felicitarla. «La próxima con mesa y mantel».

Cuelga el teléfono. Parece cansado. El teletrabajo acentuó, para él, algo ya cotidiano en su oficina: un horario que se ensancha. El desgaste de estos meses ha sido tremendo. Quiere desconectar. «Hay gente que no sabe parar», reconoce. Pero le gustaría que todos los que se han dejado el lomo transformando la docencia de la Universidad en circunstancias extraordinarias descansen también. Él, por lo pronto, espera volver al fútbol, leer y, en cuanto pueda, bañarse en el mar.

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La Clínica en el cielo

Don Ángel Roitegui se encerró en la sede de la Clínica de Pamplona durante los cuarenta días de mayores dificultades para atender a los enfermos de coronavirus las veinticuatro horas. Con sus manos curtidas y delicadas —de mecánico y sacerdote— ungió, bendijo, arropó a los pacientes que, solos, sufrían la enfermedad.

 

TEXTO Victoria De Julián [Fia Com 21]

FOTOGRAFÍA Manuel Castells [Com 87]

En los despachos de capellanía de la Clínica Universidad de Navarra hay una agenda llena de nombres. En los días más duros de la pandemia, los de Semana Santa, hay más. Nombres y apellidos. A la derecha, el número de habitación. Y a la izquierda, unas siglas que indican si ese día murió o recibió la unción de los enfermos. Don Ángel Roitegui acaricia las páginas.

Todo el mes de abril y parte de mayo se quedó a vivir en el hospital con don Claudio, capellán de la Clínica. Dormían en la cuarta planta con un teléfono y un busca en la mesilla por si había que dar una unción de urgencia. Las enfermeras estaban al quite. Una noche, a las dos de la mañana, las auxiliares avisaron a don Ángel de un fallecimiento en la zona covid para que fuese a rezar el responso. No había familiares. Después de estas visitas nocturnas, don Ángel conseguía dormir tranquilo.

A don Ángel le gusta correr. Ha subido montañas y disfrutado en maratones. Ahora, con sesenta y ocho años, padece artrosis y solo recorre los pasillos de la Clínica. Después de la misa de la mañana, se prepara para la carrera. La comunión para Antonio antes de que le operen, escapularios para llevar a la uci y estampas de Eduardo Ortiz de Landázuri para repartir. La mascarilla, el gorro y las gafas encima de sus gafas habituales. Guantes. Otro par de guantes encima de los guantes. Bolsas de plástico en los pies. La bata de tela plastificada. Y el gel alcohólico. Toc, toc. ¡Qué alegría su visita! Toc, toc. ¿Me estoy muriendo? ¡No! Solo vengo a saludarle, por si necesita algo. Toc, toc. ¡Quiero confesarme! ¿Sin anestesia?

Ángel Roitegui

Don Ángel también decora habitaciones. Por algo dice don Claudio que, de los dos, «don Ángel es el bueno». Después de cartografiar a los pacientes, don Ángel imprime mapas y fotos ad hoc. A Damián le empapeló el cuarto con fotos de Guayaquil. Es un niño de once años de Ecuador que le recuerda a Michael Jordan. Sufre leucemia y en mayo recibió un trasplante de médula de su madre. Van a celebrar su bautizo en la Clínica.

Las manos de don Ángel son pequeñas. Y aunque están curtidas porque trabajó como mecánico, sostienen con delicadeza a muchos enfermos. «Son almas», me corrige. «Detrás de cada persona hay un hijo de Dios». Por eso no solo habla con ellos. Los escucha, los confiesa, los unge y les ayuda a «dar el salto definitivo» para «recibir una visita muy especial de Jesús».

Don Ángel predica confiado que «estamos de paso», pero sabe que cuesta más aceptar determinadas muertes. Cuando tenía cuarenta años, poco después de ordenarse sacerdote, ofició el funeral de su padre. Su madre vivía entonces en su Vitoria natal y él era capellán en un colegio de Bilbao. Los martes conducía por la noche a Vitoria para cenar con ella y volverse temprano a Bilbao al día siguiente. Hace ya más de diez años del fallecimiento de su madre, pero aprieta el puño y se duele asombrado al recordarlo: «Todo se revoluciona por dentro. Algo se muere».

El día 26 de cada mes envía un whatsapp a una familia de Zaragoza, las hijas de Pilar, una mujer que murió en la Clínica un 26 de junio. Ahora dice que sufre por Marta, una chica de veintisiete años que está en oncología. «Hoy he hablado con la madre, por si quisiera algún sacramento». Cuenta que, gracias a Dios, convierte su sufrimiento en oración. En el bloc de notas de su móvil tiene una página que se llama «La Clínica en el cielo». Dentro hay muchos nombres y apellidos. «Son los que he ayudado a morir. No están todos. Rezo por ellos, los recuerdo. Todos nos ayudan desde el cielo».

Nota: aunque los pacientes de este texto son reales, sus nombres son ficticios.

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Ni una clase sin dar

El confinamiento impuso un ritmo de trabajo intenso que se trasladó a las casas y convirtió los hogares en oficinas, aulas, despachos… al mismo tiempo que en colegios y guarderías. Así fue en el caso de María Iserte. Ella y sus compañeros del Servicio de Calidad e Innovación son los responsables de que la docencia no haya parado ni un solo minuto.

 

TEXTO Lucía Martínez Alcalde [Fia 12 Com 14]

FOTOGRAFÍA Víctor Manzanal

El viernes 13 de marzo, María Iserte [Com 10] trasladó su puesto de trabajo al salón de su casa. Ese lugar ha sido el escenario de videollamadas, decenas de sesiones impartidas, cientos de consultas de profesores —algunas también desde la cocina—, y muchas horas robadas al sueño. Todo ha compartido espacio y tiempo con los cuadros y esculturas de Víctor Manzanal, su marido, y los juguetes de su hija Luz, de tres años.

En dos días, María y sus compañeros del servicio de Calidad e Innovación idearon un calendario con las sesiones formativas y crearon tutoriales. El lunes 16 de marzo, profesores y alumnos volvían a encontrarse, pero a través de Google Meet o Zoom. No se quedó ni una clase sin dar.

Se vivió tensión e incertidumbre, pero con un componente de emoción. Luego, el ritmo frenético se prolongó semanas: empezaba su jornada a las 6 de la mañana y atendía llamadas a la hora de comer y casi a medianoche. Cuando estaba todo encarrilado, llegaron los exámenes: nuevas dudas, nueva formación para los profesores.

María Iserte

María cree que el teletrabajo es una oportunidad para avanzar en medidas de conciliación. Reconoce los retos que plantea —«Cuando vas a la oficina los límites están más claros, no solo en cuanto a las horas dedicadas, sino también entre lo profesional y lo personal»— pero también lo ha tomado como una ocasión de hacer más partícipe a su familia de su trabajo: «Antes llegaba a casa y contaba alguna anécdota del día, pero ahora han vivido todos los pasos de los diferentes proyectos. Y se han dado situaciones curiosas: por ejemplo, me da pavor hablar en público, y de repente Víctor me ha visto impartiendo sesiones».

Gracias a esos límites desdibujados, se ha ganado en cercanía: los profesores con los alumnos, pero también desde el Servicio con los profesores: antes de la pandemia solían tener un trato asiduo con unos 150 docentes. Esa cifra se ha multiplicado, así como el grado de confianza: «Hemos cuidado nuestro escenario de trabajo siendo muy conscientes a la vez de que estábamos abriendo las puertas de nuestra casa».

Al principio, Víctor se ocupaba de Luz. Pero la organización familiar se complicó cuando él volvió al trabajo. «Se concatenaron tantos elementos que acabé muy cansada», confiesa María. Solo en la primera semana había atendido 360 consultas de profesores. En ese punto, fue crucial la confianza de Pepa Sánchez y Unai Zalba, los jefes del Servicio, poder decirles cómo se sentía y saberse escuchada.

De esa conversación surgió un cambio que sabían que le gustaría: dejar lo que tenía entre manos, bajar el ritmo de «hacer cosas» y poder dedicar tiempo a la reflexión. «¿Y si piensas en un posible curso de formación para los profesores?». Así nació el seminario «Redefinir la docencia presencial», al que asistieron 850 profesionales. María siempre ha creído en la humanización de las pantallas y en el potencial de lo audiovisual y piensa que en estos meses, una vez más, se ha demostrado que, «si eres consecuente con los objetivos que buscas, puedes darles un buen uso». Al mismo tiempo que lo impartían, estaban pendientes de los exámenes de junio, organizaban encuentros online para profesores y empezaban a prepararlo todo para el 1 de septiembre.

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