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Imagen napolitana de la catedral de Tudela

Desde Nápoles, en el sur de Italia, llegaron a Navarra algunas esculturas singulares, siempre a través de destacados personajes que se habían dejado cautivar por la estética de aquel virreinato hispano.

El primer templo tudelano también recibió un par de tallas -San José y Santa Teresa- que se destinaron al oratorio de los canónigos y más tarde pasaron a la sacristía mayor. Ambas fueron un donativo de uno de los deanes de aquel templo, don Sebastián Cortés y Lacárcel, natural de Olmedo. El citado prebendado estuvo al frente de la principal dignidad del cabildo tudelano, según el catálogo de sus deanes de Juan Antonio Fernández, entre 1693 y 1703. Con anterioridad a su designación para deán de la colegial tudelana, había pertenecido al Consejo Supremo de Italia y al de Castilla y presidido el de Hacienda. Sus merecimientos le llevaron a ser Comisario General de la Santa Cruzada, en 1701, motivo por el que el Ayuntamiento de Tudela ordenó realizar regocijos públicos y pintar unos vítores a Jacinto de Blancas en 1702. Según varios testimonios, no residió con asiduidad en la capital de la Ribera de Navarra. Tomó posesión por procurador en 1694 y falleció en la capital de España, en donde vivía habitualmente, a comienzos de 1703.

Para poder disfrutar de su dignidad en Tudela hizo la preceptiva profesión de fe en manos del arzobispo de Cesarea en la ciudad de Nápoles, ciudad en la que desempeñaba el cargo de lugarteniente del rey en la Cámara de Nápoles. Esta circunstancia le llevaría a adquirir algunas piezas artísticas que, por su calidad y primor, llamaban la atención de cuántos españoles viajaban a aquellas tierras del sur de Italia. La imagen de Santa Teresa llegó a Tudela en vida del deán, mientras que la otra, lo hizo, a petición del cabildo tudelano, tras su muerte, dándose la circunstancia de que hubo de requerirla a sus albaceas testamentarios, siendo conducida, a costa del cabildo, desde Madrid.

La imagen de Santa Teresa es la de mejor calidad. Presenta a la santa según los modelos popularizados desde el mismo momento de su canonización, en su faceta de escritora inspirada por el Paráclito, dispuesta a escribir y vestida con el hábito y manto carmelitanos. Es en este último donde se desarrollan unas labores polícromas a base de rameados de flores muy colorísticas y típicas de la escuela napolitana. En el rostro de la santa el escultor apuró de manera muy especial las gubias.

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Imagen napolitana de la catedral de Tudela

aula_abierta_itinerarios_13_bibliografia

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