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Introducción

Las innovaciones que posibilitaron el aprovechamiento del agua de los ríos para la producción de energía eléctrica tuvieron una amplia repercusión en Navarra. En la última década del siglo XIX y las dos primeras del XX, el sector hidroeléctrico experimentó un formidable crecimiento hasta convertirse en la principal industria de la provincia. La mayoría de las centrales, de corriente continua, se instalaron en los antiguos molinos harineros para suministrar fluido al alumbrado de los pueblos cercanos. Sin embargo, el desarrollo de la corriente alterna, que permitía el transporte de más cantidad de energía a largas distancias, favoreció la construcción de centrales de mayor potencia, cuyo negocio era el abastecimiento de Pamplona y, sobre todo, de Guipúzcoa, un territorio muy industrializado con sus recursos hidráulicos explotados al máximo.

La cuenca más importante en cuanto a producción hidroeléctrica fue la del Bidasoa, una zona de condiciones propicias por sus precipitaciones abundantes y fuertes desniveles. En la década de 1930, allí se localizaba el 30 % de la capacidad instalada en Navarra, que era transferida en su práctica totalidad al mercado guipuzcoano. Las instalaciones de algunas de las principales empresas del sector –como Electra Puente Marín o Saltos del Bidasoa– se alimentaban del agua del Bidasoa y sus afluentes.

En los conjuntos hidroeléctricos, el elemento patrimonial más representativo es la central o casa de máquinas, donde se aloja la maquinaria que transforma la energía contenida en la masa de agua en energía eléctrica. En muchos casos se trata de una arquitectura industrial que va más allá de lo meramente funcional, pues se hace un alarde de creatividad que convierte al edificio en la imagen de la prosperidad de la compañía propietaria. En su diseño se percibe una actitud de caprichoso eclecticismo, con influencias de las corrientes de moda a comienzos del siglo XX: Regionalismo de inspiración vasca y Modernismo. Por el contrario, desde finales de los años veinte, poco a poco se va imponiendo el lenguaje aséptico y desornamentado propugnado por el Racionalismo.

En líneas generales, las casas de máquinas suelen presentar una planta rectangular, de mayor o menor longitud y anchura en función del número de grupos de generación que albergan. La cubierta más frecuente es metálica, de doble vertiente y situada a cierta altura. En los muros laterales se abren grandes ventanales que proporcionan luz y ventilación. El resultado es un interior amplio, diáfano y luminoso. En uno de los extremos se sitúan los aparatos de transformación, medida, seguridad, etc. y la salida de las líneas aéreas de alta tensión, lo que en ocasiones da lugar a un pabellón que sobresale del edificio. Los cimientos son de hormigón para sostener el peso de la maquinaria y absorber las vibraciones de su funcionamiento. Hay que subrayar el valor de las turbinas y del resto del equipamiento del interior de las centrales, piezas centenarias de importación, que en su momento estuvieron a la vanguardia de la técnica y muchas todavía siguen en uso.

Los proyectos de los saltos hidroeléctricos fueron encargados a una reducida nómina de ingenieros, que en algún caso contaron con la colaboración de arquitectos para diseñar las casas de máquinas. Uno de los más destacados fue Miguel Berazaluce Elcarte (1886-1954), vinculado al menos a cinco de las centrales analizadas en este itinerario. Hijo del primer director de Diario de Navarra, finalizó sus estudios en la Escuela de Ingenieros de Madrid en 1908. A partir de entonces se inicia su densa y poco conocida trayectoria profesional, en la que, además de centrales hidroeléctricas, se pueden señalar el empleo por primera vez del cemento armado en Navarra (1911), la puesta en marcha junto a su suegro, Julio Altadill, de la fábrica Electro-Química San Miguel en Pastaola (1923) o el impulso a la explotación de la potasa durante sus últimos años de vida.

Pero las centrales hidroeléctricas son mucho más que la arquitectura de las casas de máquinas, puesto que se trata de grandes proyectos de ingeniería cuya construcción transforma de forma irreversible el paisaje existente. El agua, tras ser captada con una presa o embalse, es conducida por una larga canalización hasta la cámara de carga, un depósito de regulación del que cae por la tubería forzada hasta la turbina situada en la casa de máquinas, cuyo movimiento giratorio hace comenzar el proceso de generación de electricidad. La altura del salto, esto es, la diferencia entre el punto de toma del agua y el punto en que esta es devuelta al río una vez turbinada, determina las características de uno de los elementos más espectaculares de la obra, la tubería forzada, que puede llegar a trepar centenares de metros en plena montaña.

La transformación del medio natural ha sido especialmente intensa en la cuenca del Bidasoa, que se puede reconocer como un paisaje cultural “eléctrico”. Este planteamiento, con muy poco recorrido hasta ahora, podría contribuir a la salvaguarda de un patrimonio en peligro por la finalización de las concesiones y la eliminación de las presas para recuperar el hábitat piscícola. Además, con su puesta en valor, las centrales hidroeléctricas podrían convertirse en otro atractivo turístico para la zona. Un primer paso en la difusión y puesta en valor de este patrimonio ha sido el libro coordinado por Susana Herreros Lopetegui, Centrales hidroeléctricas en Navarra (1898-2018), en el que se han catalogado todas las instalaciones de las que se tiene noticia y se ha puesto de manifiesto su dimensión histórica y cultural, que en el área del Bidasoa alcanza gran relevancia por la alta concentración de proyectos y la originalidad de su arquitectura industrial.

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Situación de las centrales del itinerario en la cuenca del río Bidasoa.

Central de Oronoz poco después de su construcción (Catálogo Construcciones Erroz y San Martín, Archivo Municipal de Pamplona).

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ALEGRÍA SUESCUN, D., “El molino harinero de Zubieta. Evolución histórica”, en Cuadernos de etnología y etnografía de Navarra, n.º 82 (2007), pp. 5-15.

APEZTEGUÍA ELSO, M. e IRIGARAY SOTO, S., “El Ecomuseo del Molino de Zubieta (Navarra): experiencia pionera en la recuperación y musealización de una instalación preindustrial”, en Museo: Revista de la Asociación Profesional de Museólogos de España, n.º 4 (1999), pp. 181-192.

BERAZALUCE ELCARTE, M., “La industria hidro-eléctrica en Navarra”, en Rafael Guerra (ed.), Navarra. Ayer, hoy y mañana, Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1933.

HERREROS LOPETEGUI, S. (coord.), Centrales Hidroeléctricas en Navarra (1898-2018), Pamplona, Gobierno de Navarra, 2020.

Plano de situación elaborado a partir de El agua en Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1991.