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8 de agosto

Mesa redonda en torno al 450 aniversario del retablo de Cáseda

Ricardo Fernández Gracia
Director de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

 

El pasado 8 de agosto la localidad de Cáseda conmemoró el 450 aniversario de la contratación del retablo mayor de su parroquia, con unos actos que tuvieron como denominador común esa noble belleza que emana de la entraña de un pueblo. Con la participación de campanas con un toque por la Asociación de Campaneros de Navarra,  la comparsa de gigantes de la localidad, gaitas, chirimías del conjunto “Miguel de Arrózpide”, el órgano con un gran intérprete, Álvaro Cía, y el coro polifónico de Añorbe, dirigido por Iosu Martínez. Todos ello asociado, tradicionalmente al mundo de la fiesta y de lo celebrativo. También, se sumaron unas intervenciones en una mesa redonda para dimensionar y contextualizar la obra, en la que participaron Sergio Lanas, alcalde del municipio; María Teresa Goyeneche, historiadora que realizó su memoria de licenciatura sobre el templo parroquial; Alicia Ancho, directora del Servicio de Patrimonio Histórico de la Institución Príncipe de Viana; Miguel Larrambebere, vicario general de la archidiócesis y el que suscribe. Toda esta orquesta estuvo bajo la batuta y dirección del párroco Íñigo Serrano Sagaseta de Ilúrdoz. Cada uno de los participantes glosó, brevemente la historia, el contexto, la importancia y la responsabilidad de conservar el patrimonio adecuadamente. La explicación iconográfica de la pieza queda para más adelante, porque el ayuntamiento de la localidad, junto a la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro pondrán todo su empeño en la edición de una monografía sobre el retablo, que correrá a cargo del prof. Pedro Echeverría.

Entre los asistentes, con un aforo a rebosar, figuraron autoridades locales: la corporación de Cáseda con los ediles de todos los colores, los alcaldes de Sangüesa, Liédena, Sada y Añorbe, representantes de Eslava y Rocaforte. Entre el público reinaba la satisfacción de haber sido testigos de algo realmente excepcional. 

Música, patrimonio escultórico y belleza

La unidad de las artes se hizo palpable en el interior del monumental templo renacentista, presidido por el retablo de Anchieta. Destacaron los sonidos de las chirimías, órgano bien timbrado, así como las voces del magnífico coro de Añorbe, en su interpretación de una de las Salves de Eslava, no la más conocida, pero que nada desmerece de las que estamos más acostumbrados a escuchar. ¡Menudo mérito el de la Coral de Añorbe!, un pueblo que no llega al millar de habitantes, y canta con gusto exquisito, meticulosa afinación y, lo que es más importante, con una gran ilusión.

El retablo de Cáseda lo merece todo, a fortiori, porque estamos ante una de las obras más relevantes de su autor. Simplemente, recordaremos que, en 1577, cuando lo empieza a trabajar, fallecía el gran escultor Juan de Juni y, desde Valladolid ponderaba a Anchieta, considerándolo como el mejor del momento. En el testamento de Juni, protocolizado aquel año y aras a terminar el retablo de Santa María de Medina de Rioseco, dejó escrito en una de sus cláusulas que la citada obra: “la encarguen y den a hazer a Juan de Ancheta, escultor, residente en Vizcaya, que es persona muy perita y suficiente y de los más esperitos que hay en todo el Reyo de Castilla, para acabar y proseguir la dicha obra, y que conforme a la calidad de ella, a lo que Dios me da a entender, no hay otra persona ninguna del dicho arte de quien se pueda fiar la dicha obra, sino es del dicho Juan de Anchieta, lo qual digo y declaro por descargo de mi conciencia”. Asimismo, al poco de terminar Anchieta el retablo de Cáseda, el escultor fue requerido a El Escorial para dictaminar sobre unas piezas encargadas para el gran proyecto de Felipe II, el monasterio de el Escorial. 

Afirma Julio Valdeón que la historia de un pueblo es de todos sus habitantes y constituye el mejor soporte para saber hacia dónde se camina. Si ese pasado se vincula a testimonios materiales, a los bienes culturales, la conciencia colectiva será mucho más fuerte. Perder las referencias del pasado equivale a borrar el camino y favorecer la desorientación. Octavio Paz escribió aquello de “la arquitectura es el testigo menos sobornable de la historia”, afirmación que puede extrapolarse a otros bienes culturales.

Faustino Menéndez Pidal nos recordaba que “el pueblo que no conoce su pasado, que ignora las vías por donde llegó a estar donde está y a ser lo que es, queda a merced del que quiera mostrarle una historia falsificada con fines sectarios. La instalación en la historia es la más sólida base del hombre, porque condiciona todas las estructuras que le sitúan en la sociedad. Cuando la pierde, queda sin raíces, privado de elementos de juicio y de elección”

La implicación con la sociedad y las entidades locales 

Hemos sido testigos en numerosas localidades navarras, a lo largo de varias décadas, de cómo los asistentes a ciclos de difusión en torno a su rico patrimonio, han seguido con atención distintas intervenciones y han salido satisfechos, llegando a redescubrir su pasado en los grandes edificios, arquitectura civil y doméstica y piezas de todo tipo, así como en “el arcano de las cosas que parecen vulgares y son maravillosas” (Valle Inclán dixit). Tras el conocimiento, viene el aprecio y una decidida actuación en pro de su conservación. Invitar, animar, inspirar y entusiasmar en torno a los bienes culturales pueden ser los objetivos que complementen al aforismo que recuerda: Nihil volitum quin praecognitum (Nada es querido si antes no es conocido). De ese modo, el conocimiento por parte de los ciudadanos se traduce en aprecio y cariño hacia el acervo cultural, como mejor garantía para su conservación. Hombres y mujeres que, sin ruido, porque “el bien no hace ruido y el ruido no hace bien”, han comprendido que una persona no es importante o sabia por ocupar un cargo, sino que el prudente y sabio hace grande al cargo. Y con la alusión a la sabiduría, no me refiero a la erudición, sino a esa mezcla de saber y de moral, de ciencia y de conocimiento, de trabajo y de orientación vital hacía lo justo, lo verdadero y lo bello.

Desde la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro nos felicitamos de esta colaboración con personas e instituciones de la localidad de Cáseda, en muchos casos de manera visible, en otros desde el anonimato, en pro de la conservación del patrimonio para legarlo a las futuras generaciones, como mejor dádiva, procurando superar polémicas estériles y dinamizar el estudio, conservación y difusión de las obras con claridad, profundidad y verdad. Si en el pasado, ayuntamientos y parroquias contrataron grandes conjuntos, hoy es el momento de que las entidades locales se comprometan con la conservación del patrimonio heredado.