11 noviembre de 2010

La Historia del Arte o la Historia a secas: 40 años de experiencia

D. Ramón Serrera Contreras. Universidad de Sevilla


Sigue asombrando en la actualidad la cantidad y la calidad de la creación pictórica, escultórica y arquitectónica producida por la Iglesia en Indias durante el siglo XVII. Más que en su análisis formal, tendríamos los historiadores que volcarnos en la consideración de esta producción plástica como lenguaje y expresión cultural de una sociedad multiétnica que se desenvolvió en el seno de unas estructuras políticas, económicas y administrativas muy precisas, marcadas por el signo de la dependencia a un poder exterior metropolitano. Por ello, para profundizar en el Arte Colonial hay que estudiar las condiciones históricas en que nace y se desarrolla.

En líneas generales, toda la producción artística indiana estuvo condicionada por varios factores que no dudamos en calificar de estructurales: la distancia, medida en espacio y en tiempo, entre España y sus provincias de Ultramar; la continentalidad e inmensidad territorial de las Indias; las profundas diferencias regionales en su geografía; la diversidad de niveles culturales de la población indígena sobre los que se levantó el nuevo orden colonial; la mayor o menor concentración demográfica aborigen en las distintas áreas del continente; la heterogénea evolución administrativa y económica que experimentó cada reino a partir del siglo XVI; y la dispar cronología regional en los procesos de descubrimiento, conquista y ocupación del territorio durante toda la Edad Moderna. Resultante de lo dicho fue un progresivo proceso de regionalización de los estilos, en el que la creación de cada zona dependió de los materiales locales, de sus recursos agrícolas y mineros, del índice de miscigenación étnica y cultural de la población, del grado de integración administrativa y de su inserción en la red de comunicaciones marítimas y terrestres que permitían la recepción de influencias exteriores. Nacen así las llamadas escuelas regionales tanto en producción pictórica como escultórica y arquitectónica. Y por ello hoy hablamos de escuelas quiteña, cuzqueña, arequipeña, bogotana, poblana, mexicana, etc. 

¿Nos llama la atención que aparezca un rey inca como Gaspar en un lienzo de la Adoración de Reyes Magos en una parroquia rural de Juli?, ¿o que San José sea representado con claros rasgos indígenas en una tabla de la escuela cuzqueña?, ¿o que en el Cuzco se use como material la dura piedra basáltica, en Arequipa la blanda y blanca piedra pomita, en Lima la quincha y en México la chiluca y el tezontle?, ¿o que la escuela poblana relance en el Nuevo Mundo la tradición yesera andaluza en interiores y la polícroma azulejería trianera en exteriores?, ¿o que el artesonado mudéjar sea la estructura de cubierta más utilizado durante los tres siglos del periodo colonial en los Andes como adecuada prevención arquitectónica ante los frecuentes movimientos sísmicos?, ¿o que Guatemala levante sus templos con maciza volumetría en aras de la estabilidad y rotundez de las edificaciones?. Porque, al igual que ya dejamos expresado anteriormente al tratar del habla criolla, ya no se trata sólo de que la creación plástica colonial se exprese en un “lenguaje” distinto al peninsular, sino de que cada zona (Perú, México, Nueva Granada, Quito, las Antillas, Chile, etc.) comience a reflejar en esta centuria del XVII unas inflexiones estilísticas propias y específicas dentro de ese doble proceso descrito de criollización y regionalización de la expresión artística.

Todo lo dicho terminó gestando en Indias un arte que debe ser “explicado” más por épocas que por estilos, atemporal e incluso arcaico por la persistencia de determinadas invariantes regionales; que combina, encabalgándolos, elementos de diversos estilos y procedencias; que se adapta -se “criolliza”- a los condicionantes orográficos y sísmicos del territorio; en el que coexisten aportes cultos y populares, oficiales y no oficiales; en el que predomina la ornamentación (luz, color, complejidad decorativa) sobre las innovaciones espaciales; y, sobre todo, que está al servicio de los intereses del Estado, tanto profanos como espirituales.

El Seminario del profesor Ramón Serrera tuvo lugar en el Aula 31 del Edificio Central de la Universidad de Navarra