Pilar Andueza Unanua

La arquitectura señorial de Pamplona en el siglo XVIII. Familias, urbanismo y ciudad.

Pamplona, Gobierno de Navarra. Departamento de Cultura y Turismo.
Institución Príncipe de Viana, 2004, 401 p. : il.; 29 cms.

Estamos acostumbrados a ver Pamplona como un libro ya leído del que conocemos todos sus capítulos y ya no se espera novedades de él. Sin embargo, una mirada atenta a nuestra ciudad nos hace ver cómo la historia del Casco Antiguo y sus Ensanches está marcada por grandes hitos en su desarrollo, separados por zonas de casi desértico conocimiento y valoración por la gran mayoría de los pamploneses.

Nuestra pintoresca ciudad amurallada tiene, como es bien sabido, un Casco Histórico de trazado medieval que constituye una de sus mejores herencias patrimoniales. Las calles estrechas de los Burgos medievales acogen al viandante y son el marco adecuado para las fiestas de la ciudad. Nos acercamos al Casco Viejo cuando queremos recuperar el pasado de la ciudad, su escala humana, el sabor de lo antiguo todavía vivo y palpitante, o deseamos participar en la fiesta y en la vida ciudadana. Las casas que se alzan sobre las calles medievales con sus fachadas de balcones y sombríos portales son, no obstante, construcciones tardías, en su mayoría del siglo XIX y XX que ocupan, eso sí, los solares antiguos. Si exceptuamos algún edificio aislado como la Cámara de Comptos, construcción tardomedieval, o el gran bloque en esquina entre las calles Mayor y Jarauta, de la Casa del Condestable del siglo XVI, edificio importante y fundamental de la Pamplona monumental, habría que saltar hasta el siglo XVIII para hallar otro hito en la conformación de Pamplona, refiriéndonos sobre todo a las casas de vecindad, a la llamada arquitectura doméstica. Para simplificar, es preciso pasar del trazado medieval de nuestras calles que constituiría la primera fase de la conformación de la ciudad en extenso, tras la fundación romana, hasta el siglo XVIII. Un gran salto entre siglos en los que se nubla el conocimiento de la marcha de la ciudad. Hasta ahora la atención de los estudiosos de la Pamplona del siglo XVIII se había fijado en la segunda mitad de siglo, en el espíritu de la Ilustración que llevó a dotar a la ciudad por iniciativa del virrey -el ilustrado conde de la Ricla-, de infraestructuras de saneamiento, pavimentación y traída de aguas, tal y como estudió el archivero municipal José Luis Molins en la Exposición por él organizada con motivo del II Centenario (1790-1990). Interesaban en aquella época los conceptos de salud, higiene y comodidad y, en Pamplona, una ciudad que intentaba modernizarse, surgen las bien diseñadas fuentes de Paret. Unas mejoras de la ciudad que irían acompañadas de algunas construcciones, la más destacada de las cuales fue la fachada de la Catedral del académico don Ventura Rodríguez.

Una reciente publicación de Pilar Andueza Unanua, "La arquitectura señorial de Pamplona en el siglo XVIII", fija su mirada en un momento anterior al de la Ilustración, entre el final del siglo XVII y la primera mitad del siglo XVIII, para demostrar con todo lujo de documentación y de interpretación que éste fue el segundo período importante en la conformación del Casco Histórico actual, tras la creación de su urbanismo medieval. Es indudablemente en este período cuando se monumentaliza Pamplona, cuando se construyen algunos de sus edificios oficiales más significativos a la par que se levanta la arquitectura señorial. A este impulso se sumarán las iniciativas públicas y las privadas. El Regimiento de la ciudad tuvo mucho que ver en la renovación de los edificios representativos e inició una serie de reformas en los Tribunales del Reino, el Consejo Real y la Real Corte; las Cárceles Reales y la Casa de la Galera, con los que se fue conformando la Plaza del Consejo. Pero, sin duda, la gran empresa municipal fue el nuevo Ayuntamiento y su monumental fachada barroca. Fruto también de las iniciativas municipales fue la construcción de las dos capillas de los patronos, San Fermín y Nuestra Señora del Camino, ambas de patronato municipal y exponentes del barroco exaltado de Pamplona. Es palpable el deseo de dotar a nuestra ciudad de monumentos que pongan en evidencia su condición de capital del reino, y también de sede diocesana con la construcción del Palacio Episcopal justamente en este mismo momento.

Tanta importancia como la arquitectura representativa tendrá en este período clave la arquitectura señorial, -las casas principales de mayorazgo como las llama la documentación y no de otra manera-, que un grupo relativamente reducido de familias levantará en las principales calles del trazado medieval. La autora del libro analiza con sagacidad el cambio de coyuntura política y económica que se produce ahora, así como el cambio de mentalidad de la minoría dirigente y la clase adinerada de la ciudad. Estos navarros que participan de las reformas borbónicas, pues habían apoyado el cambio de dinastía, estuvieron en constante relación con Madrid y con Francia, y compartieron una nueva mentalidad; educaban a sus hijos en el país vecino y tenían en sus bibliotecas libros de economía e historia, algunos en francés. Disfrutaban también de objetos de lujo traídos de Francia. Al contrario de lo que podía pensarse sobre un aislamiento en el reino periférico navarro, su mentalidad era de preilustrados, conocedores de las nuevas ideas económicas, de temple inquieto y emprendedor, y de este modo desarrollaron brillantes carreras en Indias como hombres de negocios o prósperos comerciantes. Una vez conseguido un nivel económico boyante, buscaron el ascenso en la escala social y uno de los signos más visibles de haberlo conseguido era construir para su familia una casa principal de mayorazgo en el Casco Antiguo de la ciudad. La calle Mayor y la Zapatería, vías ceremoniales de la ciudad por donde transcurrían los cortejos y procesiones, fueron los lugares elegidos de su trama urbana. También la plaza del Consejo y la plaza del Castillo, que terminarán de conformarse en este momento como plazas con estas casas principales. El estudio de estas mansiones ha sido iluminado por Pilar Andueza con la historia de su correspondiente familia. Solamente siguiendo las andanzas de unos hidalgos, los Echeverz, Marqueses de San Miguel de Aguayo, sus idas y venidas de América- -una historia que encierra el más fascinante guión cinematográfico-, se explica la casa de la calle Mayor conocida como Teresianas, se ve el edificio y se conoce su sentido. Hasta ahora lo veíamos de manera plana, su fachada espectacular pero hermética. En los avatares de la familia se documenta el promotor de la construcción de la casa, los maestros que la llevaron a cabo, y los recursos económicos que se emplearon. Todo esto en el contexto de la dinámica Pamplona de la primera mitad del siglo XVIII.

Y cuánto conocimiento y sentido vemos ahora en la casa de los Marqueses de la Real Defensa, llamada del conde de Guenduláin, después de conocer la historia de la noble familia de los Eslava, y en la casa de los Urtasun que conformarán ahora la plaza del Consejo, y algo parecido podríamos decir de la casa de los Navarro Tafalla y su carrera de Indias y la casa Mutiloa, ambas en la calle Zapatería núms. 50 y 40, respectivamente; todas ellas de gran volumen, ocupando un gran solar formado por la integración de varios espacios anteriores, con imponentes fachadas con su heráldica parlante, sus zaguanes oscuros, y monumentales escaleras iluminadas por ligeras cúpulas barrocas. Sus salientes balcones permiten ver y ser vistos.

También la casa señorial de los Goyeneche en la Plaza del Castillo fue construida por el adinerado hombre de negocios Pedro Fermín de Goyeneche, nacido en Pamplona pero de familia originaria de Garzáin. Mantuvo relaciones económicas con los Goyeneche de Madrid y, como apoderado de Juan Bautista de Iturralde, se ocupó de levantar el seminario de San Juan Bautista, patrocinado por éste. Piensa Pilar Andueza con razón que los dos edificios debieron construirse por los mismos maestros. La casa Lastiri en el Paseo de Sarasate contribuye a delimitar un lado del futuro Paseo y, más allá, en la Plaza de la Navarrería, se levanta la casa de los Guendica, llamada del Marqués de Rozalejo, cuyos miembros se dedicaron a la carrera militar en Flandes e Indias y consiguieron reunir un buen patrimonio. Fue Luis Guendica el fundador de la casa a partir de 1739, y en ella invirtió una buena suma de dinero. Gran portalón, órdenes de pilastras estructurando la fachada y baquetones enmarcando los balcones hablan de los criterios de suntuosidad y lujo imperantes ahora en la arquitectura señorial.

Pleno de nueva información muy bien interpretada por la autora, este libro nos ofrece ante todo otra mirada sobre Pamplona, la de la ciudad que en la primera mitad del siglo XVIII se monumentaliza, la que levanta edificios públicos, capillas de los patronos y suntuosas casas señoriales, y termina por definir su urbanismo, porque desea mostrarse con lujo y ostentación como ciudad barroca y como capital del reino.

Mª Concepción García Gaínza
Catedrática de Historia del Arte