LAS LLAVES DE LA CIUDAD DE PAMPLONA

 

Ana D. Hueso Pérez
Archivera Municipal de Pamplona

 

A lo largo de los siglos medievales y modernos, las ciudades europeas celebraron la visita de sus soberanos. Este encuentro entre señor y súbditos, si era la primera ocasión que ocurría, se celebraba con una gran ceremonia de carácter festivo conocida como entrada real que simbolizaba la relación del rey con la ciudad. El rey, procesionalmente, entraba acompañado de una gran comitiva integrada por miembros de su séquito y de las autoridades municipales. El público, que abarrotaba las calles de la ciudad, observaba el paso de su señor mientras este se dejaba ver ante sus súbditos; fiesta en la que se reflejaba la estructura de la sociedad de la ciudad a la que llegaba el monarca y, a su vez, una reafirmación de las élites municipales.

La entrada real suponía la puesta en marcha de todos los mecanismos gubernativos, jurídicos, administrativos, sociales, religiosos, económicos y culturales de la ciudad y su población, hasta el punto de ser catalogada por E. Konigson como un “hecho social total”, que no solo movilizaba la capital sino que repercutía en la totalidad del reino. Simplificando en extremo la descripción del ritual, la entrada real solía comenzar siempre con la recepción de las autoridades en una puerta de las murallas y el acto de entrega de las llaves de la ciudad; con el juramento de los privilegios y tras el paso por la iglesia principal de la ciudad, que le daba el carácter sagrado a la visita, se acompañaba al monarca hasta su posada y finalizaba la fiesta. La llegada del rey, además del ornato de edificios con flores, banderas y pendones con las armas de la ciudad, de decoraciones efímeras que desarrollan programas iconográficos en cuyo diseño participan artistas locales y regionales para hacerle sentir que entraba en una ciudad ideal, también iba acompañada de festejos y espectáculos (salvas de honor, luminarias, danzas, bailes, etc.), para abundar en mayor agasajo durante la estancia.

Pamplona, capital de un venerable reino por su historia y antigüedad, es una de las pocas ciudades que conserva actualmente las llaves de sus seis portales, con las que desde mediados del siglo XVI agasajó a los monarcas que la visitaron.

La primera referencia documental al respecto, que se conserva en su Archivo, data de 1560. Se trata del testimonio de las gestiones que el Consistorio pamplonés pretende llevar a cabo para recibir a una joven princesa francesa, Isabel de Valois, quien, tras contraer matrimonio por poderes con Felipe II en París, viajaba a la Corte española, asentada en Toledo. Es Tristán de Aguinaga, secretario de la Corporación pamplonesa, quien recoge en el Acta de 4 de enero de 1460 las instrucciones que el virrey D. Gabriel de La Cueva da a los regidores de Pamplona, la primera ciudad de España que recibiría a la reina. Significativo es el hecho de que aperciba a los regidores para que sea el Regimiento, mediante D. Luis de Elío, el que entregue las llaves a la reina, sin perjuicio de la preeminencia que ostentaban los virreyes, y regocijándose por ello.

El día 7 de enero llegó la reina Isabel a Pamplona. Los regidores, ataviados con ropas nuevas rozagantes, salieron de la casa del Regimiento a caballo, que también lucían nuevas gualdrapas de paño, y le recibieron en el Portal de San Lorente, en la Taconera. Allí, el regidor cabo del burgo le entregaría las llaves de los seis portales abiertos de la ciudad, tres de ellas doradas y las otras tres bruñidas, que según explicación del secretario denotan riqueza y fortaleza respectivamente, unidas por un cordón de oro y seda azul. La reina se las devolvió, sin apenas tocarlas, respondiendo palabras amorosas, recibiéndolas finalmente el secretario.

Las llaves de la ciudad de Pamplona

Las mismas llaves se debieron de usar para agasajar a Felipe II (1592), a Felipe IV (1646) y Felipe V (1706 y 1719), así como a Isabel de Farnesio (1714) y a Mariana de Neoburgo (1738). También para Fernando VII (1814), a su regreso del destierro en Francia, pero como este optó por volver por Zaragoza en lugar de por Pamplona, los regidores acordaron obsequiar las llaves al duque de Wellington por su intervención en la capitulación de Pamplona (1813) para liberarla de la ocupación francesa.

Viene al hilo referir que en el Archivo Municipal se conserva la medalla conmemorativa de dicho episodio, obra del escocés James Mudie en 1820, en cuyo reverso se representa a Wellington a caballo, ataviado como un segundo Pompeyo, que recibe las llaves de Pamplona por parte de una personificación de la misma, a modo de matrona romana, con corona mural, ateniente a su condición de plaza fuerte, pieza que testimonia el uso original de las llaves como símbolo de conquista. En ocasiones, cuando una ciudad se rendía, le entregaba al invasor las llaves de las puertas de las murallas, iconografía representada en obras magistrales de la pintura española como la rendición de Breda, de D. Velázquez, o La rendición de Granada, de F. Pradilla, donde el desafortunado Boabdil entrega las llaves de Granada a los Reyes Católicos.

Las tan traídas y llevadas piezas acabaran en posesión del virrey, ya que los jefes de las tropas francesas, que habían ocupado la plaza desde 1808, se las habían retirado a los portaleros en 1812. Las sucesivas reclamaciones instadas por el Regimiento para su devolución fueron baldías. Solo en 1828, con motivo de la visita real que harían a Pamplona los reyes Fernando VII y María Josefa Amalia de Sajonia, el virrey de Navarra, conde de Castro-Terreño, accedió a prestar las llaves para que la ciudad hiciera otras al único efecto de cumplir con la antiquísima ceremonia de entregar las llaves a los monarcas. Dicha concesión ha hecho posible que estas piezas fabricadas por el cerrajero Marcos Bergara en 1828 sigan siendo testigos de una parte ya perdida del pasado de nuestra ciudad.

La séptima es la llave que hoy abriría la Casa de Toriles, sede del Ayuntamiento, en tanto que las corridas de toros se celebraban en la actual plaza del Castillo, desde cuyos balcones las autoridades municipales presidían. De la preparación de la llave de la Casa de Toriles para su entrega queda constancia documental en las relaciones de gastos de la visita real de 1828: “Llaves: Puertas de la ciudad y la de toriles...720 reales”; “Dorado de llaves y llave de Toril... 440 reales de vellón… que quedan en la Secretaría”. El ceremonial de su uso se conoce por J. M. Arvizu, que así lo describe:

...y después de haber entrado en el Circo la cuadrilla de Toreros y Picadores... el Señor Mayordomo mayor de S.M., viendo a los dos encargados del Ayuntamiento que esperaban en la Plaza la llave de los Toriles que se le había entregado por la Ciudad, la tiró desde el balcón; y dada la señal por los clarines del Ayuntamiento con mandato del Señor Mayordomo mayor, que de orden de S.M. dirigió y gobernó la Plaza, se soltó el primer toro...
 

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

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