UN LIENZO DE LA VIRGEN DE SOTERRAÑA DE 1733

 

Ricardo Fernández Gracia
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro
Universidad de Navarra

 

La relación con el santuario segoviano de la Virgen de Nieva o Soterraña fue para Navarra secular, pues en él se sepultó a la reina doña Blanca. Sin embargo, será a partir de la tercera década del XVIII, cuando las maravillas obradas por intercesión de la Virgen de Soterraña se divulgaron por muchos territorios y, por supuesto, en Navarra a través de  diversos medios,  propiciándose la llegada de varias de sus imágenes para implorar su especial protección contra incendios, rayos y centellas, tal y como era invocada desde tiempo atrás en otros muchos lugares. Los Arcos, Valtierra, Falces, Puente la Reina y varias localidades de Valdizarbe, Peralta, Pamplona y otros pueblos la veneraron con especiales cultos, incluso con el establecimiento de cofradías, patronazgos y novenarios. Sus milagros fueron publicados por el Padre jesuita Juan de Villafañe en España y por el dominico español Padre José Cabezas en México. En esta última obra que recoge lo grueso de la tradición y todo lo referente al culto de su imagen en la península, leemos al glosar sus milagros y prodigios: “Caer en pozos y ríos y echarles fuera el agua invicando a esta Señora; arruinarse los edificios y caer sobre la gente sin recibir lesión alguna; haberse defendido con la invocación de esta Soberana Reyna de Soterraña de Nieva de culebras disformes, pues tiene colgada una en su santo templo de tanta magnitud que cabe un hombre en sus entrañas; de caimanes, toros y bueyes y otros ponzoñosos animales… Liberarse de tempestades de mar y tierra, de la voracidad de los incendios… sólo con la invocación de este Nombre Soberano o trayendo su medalla, esto es el pan de cada día…. Ha sanado infinidad de cojos, mancos, sordos, endemoniados, enfermos de todo genero… Será muy raro el edificio nuevamente fabricado en España de cimborrio, torre o iglesia con especialidad en aquellos parajes o sitios en que suele haber tormentas en que no esté puesta la estampa o medalla de nuestra Señora de Nieva”.

Al parecer, todo aquel renovado fervor tuvo un verdadero hito en la capital navarra y de manera puntual, en 1732, con motivo de un incendio del molino de la pólvora y la incombustión de una estampa de la Soterraña. Semejante prodigio con la misma estampa se repitió el 17 de marzo de 1733 en el mismo establecimiento en otro pavoroso incendio y explosión, lo que trajo consigo junto a otros hechos milagrosos que narra el Padre Barcáiztegui, prior del convento dominico de Pamplona, en 1733, un frenesí devocional hacia la advocación mariana en estas tierras. En Pamplona su cofradía, radicada en el convento de Dominicos desde 1733, no es considerada por Gregorio Silanes como cofradía propia de labradores, aunque no deja de ser significativo el culto que todos ellos le rindieron, como primeros interesados en evitar las catástrofes derivadas de las tormentas. Su retablo fue costeado por don José Ezquerra, alcalde de la Real Corte, en 1734.

Lienzo de la Virgen de Soterraña procedente de la parroquia de San Juan Bautista de Pamplona (Palacio Episcopal).

En el contexto de la difusión de la leyenda de la imagen y su aparición se produjeron muchísimas estampas y medallas devocionales, colgantes y placas decorativas de pizarra, cuya factura se realizaría en un taller o talleres de cierta especialización y en la que el tamaño de la placa en cuestión será la circunstancia que determine el nivel de detalles resaltado en cada caso. De hecho, una gran parte de los milagros obrados por su intercesión afectan a personas salvadas por llevar sus medallas o estampas. Entre estas últimas destacan las que incorporan viñetas. Conocemos un par de ellas en Navarra, muy divulgadas en España en la primera mitad del siglo XVIII, una realizada entre 1724-1725 y la otra entre 1715 y1731. En ambos grabados, una de las viñetas representa de igual modo a un tullido sostenido por una mujer en el interior de un templo y ante el altar de la Virgen de Nieva, cuya imagen aparece bajo dosel. La inscripción que les acompaña, en los dos casos, reza así: “Vuelbe sanº a un Navarro vecino de ella  que vino arrastrando a visitar la Sª Imagen”. Este hecho, en su día muy divulgado, ayudaría, sin duda, a difundir por estas tierras la devoción a la imagen, especialmente por sanar a tullidos y proteger contra rayos y centellas.

Los grabados de la Virgen de Soterraña se requerían por doquier, pero la estampación de los mismos era algo reservado al santuario segoviano. El derecho fue otorgado por Felipe V en 1733, en unos momentos en que la popularidad de la Soterraña estaba en alza. Según su contenido al convento de Santa María de Nieva correspondía privativamente imprimir y vender estampas, justificándolo en que todos aquellos objetos debían estar tocados a la mano derecha de la imagen de la Virgen “donde el poder de su precioso Hijo la tenía formada la figura o materia de un rayo, iban seguras de cualquier peligro”. Aquellas estampas que no estuviesen tocadas al original no poseían aquel poder contra rayos y centellas, por lo que se pensaba que eran un auténtico fraude para los devotos. En general, los puntos de venta de las estampas eran los conventos de dominicos, los mismos que se quejaban de estampaciones ilegítimas en Segovia y otros lugares de la geografía peninsular. Se conocen las diversas notificaciones hechas a plateros e impresores para que en ningún caso reprodujesen las imágenes de la Soterraña, por no gozar de sus poderes al no haber sido tocadas a la mano derecha de la imagen. Debido a la producción fraudulenta de muchos plateros e impresores, desde el convento de Nieva se difundieron circulares de aviso entre grabadores y orfebres, incluso entre buhoneros, de Segovia, San Sebastián, Alcalá de Henares, Granada, Córdoba, Ávila y Arévalo, para dar a conocer el carácter exclusivo que tenían sobre aquella producción. En 1768 aún se produjo una advertencia a la ciudad de Córdoba en donde se seguían estampando ejemplares.

Grabado de la Virgen de Nieva. Siglo XVIII

La parroquia pamplonesa de San Juan Bautista, sita en el templo catedralicio, recibió un interesante lienzo de la Virgen de Soterraña en el referido año de 1733, donado por un anónimo devoto, adornándose con un rico marco dorado y su hermoso dosel. La pintura estuvo en el ático del desaparecido retablo de San Pedro de la citada parroquia hasta mediados del siglo XX, en que se trasladó al dormitorio viejo de la seo, desde donde pasó a los pasillos del Palacio Episcopal hace unos diez años.

Bastantes datos de la pieza quedaron recogidos en un expediente parroquial que hemos localizado entre los fondos de su archivo de la desaparecida parroquia. En él se contienen, entre otros papeles, la certificación del prior dominico del convento de Nieva, en el que hace constar la autenticidad del cuadro tocado al original de la imagen, la autentificación notarial y el recibo de José Pérez de Eulate por la confección del marco y dosel.

Reproducimos el texto de la certificación del prior por su obvio interés, dado el escaso número de este tipo de documentos. Su texto reza: “Certifico yo el maestro en Sagrada Teología, fray Mauro Rodríguez, Prior actual del Real Convento de Nuestra Señora de la Soterraña, orden de Predicadores, desta villa de Santa María la Real de Nieva, en el obispado de la ciudad de Segovia, especialísima defensora de rayos y centellas, como he tocado por mi misma persona a el original de dicha milagrosísima imagen, una copia suya en pintura de vara y media algo más de largo y cinco cuartas escasas de ancho con su vestido azul y una espiga en la mano izquierda y un cetro en la derecha, con sus dos faroles a los lados y tres milagros a el pie, los dos de su gloriosa aparición y el otro de la libertad y estrago de un rayo, con sus rótulos, la que se me dice va por devoción a la ciudad de Pamplona. Y para que así conste, doy la presente firmada de mi mano en el dicho Real convento a diez y nueve de abril de mil setecientos y treinta y tres años. Fray Mauro Rodríguez, Presentado y Prior”. La autentificación notarial no añade sino el detalle de que el acto de tocar al original se hizo en el camarín de la Virgen en su presencia y la de otras personas, cuyos nombres no especifica.

Certificado sobre el cuadro, tocado por la imagen original

El lienzo llegaría a Pamplona a los pocos días y el vicario de San Juan Bautista, don Félix Amatriain, encargó al prestigioso José Pérez de Eulate el marco y dosel para el mismo, a los que se denomina como “adorno”, cuyo coste ascendió a 24 ducados correspondientes al dorado y 200 reales por las labores de talla. El día 24 de mayo, el maestro firmó el recibo correspondiente a sus tareas.

Los coristas de la parroquia pidieron al cabildo catedralicio que autorizase un repique de campanas para su recibimiento, pero los canónigos se negaron, el 22 de mayo, aludiendo a que no era causa suficiente la colocación del cuadro, amén de que estaban quejosos de los excesos de la citada parroquia en el recinto de la catedral, especialmente por el entorpecimiento de algunas celebraciones como la misa de los sábados.

Sobre las fechas, hay que recordar los incendios en Pamplona a los que hemos aludido, principalmente el de marzo de 1733 y la llegada a la ciudad de la primera imagen de bulto tocada al original, a instancias de una persona particular el 31 de mayo de 1733 y su traslado a los Dominicos el día 14 de julio del mismo año. Da la impresión de que ambas imágenes –la de escultura y la pintura que nos ocupan- compitieron por su llegada, en singular carrera, a la meta de la capital navarra, al poco tiempo de la explosión del molino de la pólvora y en unos momentos en que plateros estelleses y pamploneses habían realizado medallas de la misma, pero sin tocar al original, tal y como se hacía con medidas, estampas y medallas, lo que les originó una severa advertencia de castigo por parte del autor de la novena editada en las prensas pamplonesas en aquel mismo año de 1733.

El impulso de la devoción fue, sin lugar a dudas, la finalidad primordial del cuadro. Como recuerda Pérez Sánchez, todas aquellas imágenes en lienzo con advocaciones de vírgenes iban destinadas, a manera de “trampantojos a lo divino” , a las gentes sencillas en quienes inspiraban el mismo respeto y piedad que los retablos, esculturas y pinturas de los templos, a la vez que por un módico precio -en el caso de las estampas- podían disponer de sus devociones preferidas para satisfacer sus devociones particulares. De ese modo, el interés de muchas personas por poseer los “verdaderos retratos” y las “milagrosas imágenes”, tal y como se veneraban en las iglesias, quedaba plenamente compensado al adquirir, por distintos medios, las imágenes de sus fervores.

La pintura se basa en alguno de los numerosos grabados que se hicieron de la imagen, la mayor parte de los cuales incorporaron viñetas con toda la leyenda de su aparición y los principales milagros, algunos de los cuales se conservan en distintos lugares de Navarra. No sigue lo más usual que era representar las escenas a los lados, ni el número de las mismas que suele ser mayor en las estampas. Sólo tres se incorporan en la parte inferior de la composición, a modo de basamento. De izquierda a derecha se suceden la aparición al pastor, la audiencia de éste con el obispo y uno de los milagros más divulgados, el que narra la muerte a consecuencia de un rayo de un caminante que no quiso recogerse en el término del santuario. Los tres pasajes con sus correspondientes cartelas tienen ricas orlas de hojarasca y ces enfrentadas, muy propias de los gustos del momento. La primera muestra a la Virgen en un paisaje en su aparición. Su inscripción reza así: “APASE NA SA AL PASTOR Pº DE BVENA / BENTVRA ENTREGALE VNA PIZARRA / PARA QVE SE LA DE Y SEA CREIDO AL / ILMO SR OBISPO DE SEGOBIA”. La segunda, en formato más apaisado, prosigue con el relato, con el pastor ante el trono episcopal en el momento de entregar la pizarra y con un par de familiares del prelado, con evidentes gestos de admiración y sorpresa en segundo plano. En su correspondiente inscripción leemos: “ACVDE EL PASTOR CON LA PIZARRA Y LOS PAJES / SE LA QUISIERON QVITAR Y LA ALLARON VNIDA A LA / MANO Y AL LLEGAR SV ILLMA SE DESPEGO Y ALMIRA / DOS DEL MILAGRO LE CREIERON”. El tercer pasaje se aleja, como hemos indicado, del relato legendario para insistir en la protección de la advocación mariana en su protección contra rayos y centellas. Su composición copia las viñetas de los grabados antes mencionados. Su inscripción reza así: “MATA UN RAIO A VNO DE DOS / CAMINANTES QVE NO QVISO RE / FVGIARSE A EL TERMINO DE Nª Sª”.

Nuestra Señora de Soterraña. Viñetas en la parte inferior.

Nuestra Señora de Soterraña. Aparición al pastor

Nuestra Señora de Soterraña. Audiencia del pastor con el obispo

Nuestra Señora de Soterraña. Muerte de un caminante por un rayo

La imagen de la Virgen se apoya en la peana argéntea, adopta la conocida disposición frontal con corpiño y  delantal en forma cónica con un rosario pendiente en lugar de la típica arracada de perlas con tres vueltas. Empuña el cetro con la mano derecha y, a diferencia de los modelos más difundidos, no sostiene al Niño con la izquierda, en que porta excepcionalmente una espiga, sino que lo mantiene con el antebrazo. Otra nota que no suele aparecer ni en exvotos, pinturas y grabados es el escudo de la orden dominicana que figura en la peana de plata, en lugar del dosel que suele acompañar a la imagen, como coronamiento de los cortinajes que descubren el icono. La aparatosa corona con los dos ángeles se adapta perfectamente a los diferentes ejemplos impresos que conocemos. El detalle de la espiga debió de ser algo que los promotores del cuadro impusieron al pintor y habla de la protección de la Virgen sobre los sembrados. Quizás haga alusión también a un texto de las rogativas a la Virgen de Soterraña que reza: “La Virgen es una espiga que nunca se desgranó”.

Virgen de Soterraña (Palacio Episcopal de Pamplona)

En cuanto a la autoría, resulta muy difícil aventurar tan siquiera si la pintura se hizo en Pamplona para llevarla a Santa María de Nieva y cumplir con el ritual de tocarla al original, o se hizo en talleres segovianos muy acostumbrados a copiar la imagen en distintos materiales y técnicas. Se trata de una obra de factura discreta, con más apariencia e interés iconográfico y antropológico que artístico. Destacan los enmarques de las cartelas muy del momento.

El marco y dosel son ejemplos documentados de ese tipo de piezas de madera dorada que realizaban generalmente en los talleres los retablistas y cuyos modelos se perpetúan en ocasiones a lo largo de décadas. Su autor, José Pérez de Eulate (1703-1783) fue una de las figuras más importantes en el panorama artístico pamplonés del siglo XVIII. Realizó su aprendizaje con el escultor Fermín de Larrainzar, casando en primeras nupcias con una de sus hijas en 1726. Su actividad profesional es desbordante, ocupó por más de cuarenta años el puesto de veedor de obras de la diócesis de Pamplona. Entre sus retablos destacan los de las Clarisas de Arizcun y el de la capilla del palacio episcopal y las trazas de los de las Benedictinas de Corella.

Respecto al donante, conviene recordar al vicario don Félix Amatriain, que se documenta como el que encarga el marco y dosel y que años atrás donó a la parroquia de San Juan Bautista un Crucifijo grande con su dosel para sacristía recién construida entre 1721-1722. Al año siguiente, el mismo vicario con los coristas de la parroquia costearon el nuevo órgano que estaba concluido para el año siguiente y para el que costeó el antepecho de hierro. También encargó el relicario de San Sebastián, la cajonera de la sacristía y regaló varias piezas textiles.

 

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

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