EL CUADRO DE LAS ALMAS DEL PURGATORIO DE LA PARROQUIA DE SESMA, OBRA DE DIEGO DÍAZ DEL VALLE

Iñigo Serrano Sagaseta de Ilúrdoz
Licenciado en Historia y Estudios Eclesiásticos

Dentro del conjunto de retablos laterales que se realizaron en la parroquia de Sesma a lo largo del siglo XVIII se encuentra en el lado de la Epístola y debajo de la tribuna del órgano, el dedicado a las Almas del purgatorio, el cual alberga un gran cuadro de altar firmado por Diego Díaz del Valle (1740-1817).

La dedicación de un altar a las Ánimas es algo habitual en las parroquias, ya que en él se ofrecen misas y novenas como sufragio por los difuntos. Se trata de una de las devociones que cobran auge en la Contrarreforma como reacción a la doctrina de Lutero que negaba la realidad del purgatorio.

El purgatorio -del latín Purgatorius, que purifica- es el estado de expiación temporal de los pecados veniales. Así, las almas de los fieles que mueren arrepentidos, sin haber hecho penitencia, o antes de cumplirla, alcanzan su completa purificación y la gloria de la vida eterna. El Concilio de Trento ratificó el dogma del purgatorio en su sesión XXV, en la cual se asienta “que hay un purgatorio y que las almas que están retenidas en el mismo son socorridas por los sufragios de los fieles y principalmente por el santo sacrificio del altar”.

Después de este decreto, ya a finales del siglo XVI, el purgatorio comienza a ser representado en el arte cristiano. En Roma, en la capilla de los Ángeles del Gesù encontramos una de las más antiguas representaciones. El fresco de Federico Zuccaro pone ante nuestros ojos una hoguera ardiendo y los ángeles sumergiéndose en este mar de fuego sacan de allí pequeñas figuras que representan a las almas y las ofrecen a Cristo y a la Virgen, sentada a su lado en el cielo.

El cuadro de Sesma (1796) también presenta en la parte inferior a las almas entre  las llamas de fuego del purgatorio. Entre ellas se pueden distinguir hombres y mujeres de diferentes edades. Sobre una nube elevada encima del purgatorio, se encuentra la bella y airosa figura de San Miguel Arcángel, perfectamente identificable, con su casco y coraza. Se trata de una iconografía conocida como San Miguel psicopompo, es decir, conductor de las almas. Aparece el arcángel con un alma en sus brazos, a la cual ha sacado del purgatorio y la eleva entre las nubes hacia la Santísima Trinidad que está esperándola en lo alto del cielo. Esta función del Arcángel San Miguel no se encuentra explícitamente en la Sagrada Escritura, pero así se ha transmitido tradicionalmente en la historia de la Iglesia. La religiosidad popular también lo recoge con distintas letrillas en honor del Arcángel: “¿Quién como Dios? Nadie como Dios. San Miguel Arcángel gran batallador, presenta las almas al tribunal de Dios.”

En un nivel superior, entre nubes y ángeles se encuentra la Virgen María, principal intercesora entre Dios y los hombres, quien ataviada con manto azul, dirige la mirada a su Hijo a fin de suplicar por las Almas del purgatorio, para que las “libre de penas y las lleve a  descansar”. Finalmente, en la parte más alta se encuentra la Trinidad Santísima, Dios Padre, pintado como un anciano con la bola del mundo y a su derecha Dios Hijo portando la cruz a través de la cual redime a las almas. Entre ambos el Espíritu Santo en forma de paloma remata todo el conjunto.

Sobre el gran cuadro de altar, destaca una elegante cartela de estilo neoclásico, en cuya inscripción se lee lo siguiente: Miserere mini mei, miserere mini mei, saltem vos amici. Estas palabras tomadas del Libro de Job son una apelación a todos aquellos que pasan por delante de este altar para que ofrezcan oraciones en sufragio por los difuntos. Del mismo modo, la calavera esculpida en el frontal del altar recuerda la fugacidad de esta vida y la vanidad del mundo, invitando a aspirar a los bienes eternos.

La pintura de Sesma es de mediana calidad, al igual que el conjunto de obras del artista Díaz del Valle dispersas a lo largo y ancho de la geografía foral y de las provincias limítrofes. Sin embargo, su iconografía resulta interesante y es reflejo sin duda, del manejo que el pintor cascantino tenía tanto de las fuentes gráficas como literarias. Gracias a algunos escritos que nos dejó y que fueron publicados tras su muerte, conocemos que había leído a Vitruvio, Carducho y Alberti entre otros. También manejaba la Iconología de Caesare Ripa.

Además de los encargos que recibió por instituciones religiosas como los franciscanos de Olite, la colegiata de Borja, la basílica de la Purísima de Cintruénigo, las carmelitas de Araceli en Corella y la parroquia de su Cascante natal entre muchos otros, Diego Díaz del Valle recibió también encargos desde el ámbito civil, especializándose en galerías de retratos.

Realizó la galería de retratos de los reyes de Navarra para el Ayuntamiento de Pamplona, así como algunos retratos aislados para el regimiento de Tudela. También pintó siete lienzos para la catedral de Tudela que retratan a distintos benefactores de la misma que contribuyeron a elevar el rango de colegiata a catedral, y en Sada se conserva en una colección particular un retrato del Obispo Úriz y Lasaga, natural de dicha villa, que fue publicado por Goñi Gaztambide en su Historia de los obispos de Pamplona. En cambio no se conserva la galería de retratos encargada por el Marqués de San Adrián.

Realmente, los retratos que pintó no destacan por su calidad. Afirma Fernández Gracia que la razón de que recibiera dichos encargos hay que buscarla, sin duda en que fue el único de los pintores de caballete afincado en Navarra durante el último tercio del siglo XVIII.

Volviendo a Sesma, el cuadro de las Almas del purgatorio no fue la única obra que realizó para esa parroquia. También se encargó nada menos que del Monumento de Jueves Santo. Una obra de arquitecturas efímeras con gran perspectiva, del cual se conserva el sagrario en cuyo reverso se lee claramente: AD MAIOREM DEI GLORIAM HOC MONUMENTUM FAECIT DIDACUS DIAZ VALLE CASCANTE  ANNO 1796. Hemos de tener en cuenta que para esta fecha ya había realizado otros monumentos como el de Cintruénigo (1768), el de Cascante (1782) y el de la catedral de Tudela que serviría como modelo del anterior.  La parroquia de Sesma suma así dos nuevas obras al ingente catálogo del artista cascantino.

 

BIBLIOGRAFÍA:
FERNÁNDEZ GRACIA, R., “Diego Díaz el Valle: un pintor de Cascante en el Siglo de las Luces”, en Cátedra de Patrimonio y Arte navarro. Memoria 2013, Pamplona, Cátedra de Patrimonio y Arte navarro, 2014, pp. 170-173.
MALE, E., El Barroco. Arte religioso del siglo XVII, Madrid, Encuentro, 1985, pp 84-87.