LA ESCULTURA DE SAN FRANCISCO JAVIER EN LA PARROQUIA DE SAN FERMÍN DE PAMPLONA,
OBRA DE JOSÉ LÓPEZ FURIÓ (1969)

Jorge Aliende Rodríguez
Historiador y periodista


José López Furió (Benimaclet, Valencia, 1930-Pamplona, 1999) fue quizá el imaginero más relevante de la Navarra del siglo XX al firmar desde Pamplona cientos de esculturas repartidas por todo el orbe, la mayoría en la Comunidad Foral. 

Hijo del imaginero José López Catalá (Benimaclet, 1903-1958), se formó en la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia mientras trabajaba en el taller familiar. Una vez finalizada su formación académica, llegó en 1957 a Navarra tras aprobar las oposiciones de profesor de Dibujo en el Instituto Laboral de Alsasua.

Durante su estancia en La Barranca recibió su primer encargo como escultor independiente: las nuevas imágenes de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Alsasua. Aquellas tallas que hoy visten el muro perimetral de las naves le sirvieron como tarjeta de presentación ante quien se convirtió en su principal cliente: la Iglesia.

En 1964 se trasladó a Pamplona para impartir clase en el colegio El Redín, pues la actividad docente estuvo presente ininterrumpidamente durante toda su carrera. A posteriori sería también docente del desaparecido colegio San Miguel de Aralar. 

Dedicado de pleno a la imaginería sacra, su particular estilo como artista neofigurativo se resume en una unión entre modernidad y vanguardia cuyo resultado es una obra que él mismo definió como “moderna, pero de líneas clásicas. Simplificada y estilizada”. La estilización de sus figuras se sintetiza en el alargamiento del canon y la finura de los cuerpos y rostros, amén de las posturas longitudinales escogidas. La simplificación se da en la ausencia de atributos superfluos y de pliegues, gestos y demás elementos barroquizantes. 

La iconografía de su producción se halla presidida por imágenes de la Virgen, pero no son pocos los crucificados y distintos conjuntos realizados para decenas de iglesias. A su gubia se debe también un buen número de esculturas de san Francisco Javier en Navarra (como las del Seminario, Cristo Rey de Pamplona o La Asunción de Alsasua), siendo una de las más destacadas el que ocupa este estudio.
 

San Francisco Javier. Parroquia de San Fermín. Barrio de la Milagrosa. Pamplona

 

En el lado derecho de la parroquia de San Fermín del barrio de La Milagrosa de Pamplona se sitúa una escultura en madera del santo jesuita, tallada para la bendición del templo, que tuvo lugar el 20 de marzo de 1969 por el obispo de Tudela D. Ángel Riesco.

El patrón de Navarra eleva la cruz con el brazo derecho en actitud triunfante y se lleva la izquierda al pecho en llamas, como queriendo sostener el dolor humano que le causa la divina abrasión. El rostro de san Francisco, alejado del hieratismo acostumbrado en la imaginería del escultor, es el de un hombre de edad madura que transmite un cierto dolor soportado heroicamente por quien parece emplear sus fuerzas en aferrarse a la cruz. La imagen, de 160 cm, alcanza los 2 metros en el extremo de la cruz.



San Francisco Javier. Detalle


Su mirada, donde la decisión vence al cansancio, se dirige hacia el lado izquierdo. El pie diestro se retrasa bastante respecto al derecho (ambos descalzos) y el santo se inclina ligeramente. Buscando dotar de inestabilidad a la escena –como acostumbra-, el autor saca el pie del santo del pedestal granítico que lo eleva sobre el suelo. 

El binomio cansancio-esperanza que genera esta expresividad en la imagen puede encontrar su explicación en algunas de las sensaciones descritas por Javier en las epístolas a sus compañeros jesuitas en Europa:
“…muchas veces me acaece tener los brazos cansados de bautizar, y no poder hablar de tantas veces decir el Credo y los Mandamientos en su lengua de ellos (…) son tantas las consolaciones que Dios nuestro Señor comunica a los que andan entre estos gentiles convirtiéndolos a la fe de Cristo, que si hay contentamiento en esta vida, este se pude decir”.

Lo más novedoso de la escultura que nos ocupa es la bella policromía cobriza que cubre la sotana de S. Francisco (realizada por Agustín Guillén, socio de López Furió en decenas de encargos), creando sombras verdosas en los pliegue más marcados. A diferencia de la mayoría de las esculturas del valenciano, que apenas recibieron una capa de pintura muy aguada que cedía protagonismo al alma arbórea sobre la que posaba el pincel, la pintura de esta pieza contribuye a resaltar las marcas de la gubia sobre la madera, sello inconfundible de las obras del artista valenciano. 

Las imágenes de la Inmaculada y el titular de la parroquia, san Fermín, situadas en torno al altar del templo se deben también a la mano de López Furió, como se debía también el Crucificado de hierro que originalmente se colocó junto a la puerta de la parroquia y que hoy recibe culto en una ermita cisterciense del monasterio de Santa María la Real de la Oliva.

Las tres imágenes del escultor en el templo dan una idea de la calidad técnica y personalidad artística alcanzada por el imaginero que realizó para Pamplona conjuntos como los de la Asunción de San Juan, la Piedad de Cristo Rey o el Sagrado Corazón del Seminario de Pamplona. López Furió fue un artista prolífico y discreto que hoy, apenas transcurridos 15 años de su muerte, comienza a recibir la atención que merece desde el mundo académico.


BIBLIOGRAFÍA
-ALIENDE RODRÍGUEZ, J., La escultura religiosa de José López Furió (1930-1999) en la ciudad de Pamplona, Trabajo Fin de Grado, Universidad de Navarra, 2014.
-ALIENDE RODRÍGUEZ, J., “La escultura de José López Furió fuera de Navarra”, Príncipe de Viana, 262 (2015), pp. 929-940.
-DOMINGO, J. M., “Francisco Javier, siempre más allá”, “Santos y santas”. Centre de Pastoral litúrgica, Barcelona, 2006.