CINCO PALABRAS DEL APÓSTOL SAN PABLO COMENTADAS POR EL ANGÉLICO DOCTOR SANTO TOMÁS DE AQUINO
DE FRAY FRANCISCO DE LA CRUZ, VALENCIA, ANTONIO BALLE, 1723

Gabriela Torres Olleta
Doctora en Historia del Arte

“No hay libro tan malo, que no tenga algo bueno” leemos en el Quijote y bien puede aplicarse el dicho a este libro de fray Francisco de la Cruz, carmelita descalzo. 

Tras un pomposo título, que ciertamente nos retrae de su lectura imaginando un tratado teológico de difícil comprensión, encontramos una obra más superficial que profunda, insulsa, un cúmulo de tópicos, palabrería y simplezas escritas con buena intención “para desengaño del mundo y crédito de la religión”, nos dice el autor, y mediocre resultado, añado yo.

El libro fue escrito en el convento de la Madre de Dios en Nápoles y reeditado en Valencia en dos tomos, manejo esta última edición. 

 

Fray Francisco de la Cruz 
Cinco palabras del apóstol san Pablo 
comentadas por el angélico doctor santo Tomás de Aquino

Valencia, Antonio Balle, 1723
Fondo Antiguo Biblioteca Universidad de Navarra. EST 306 059 
(Foto: María Calonge)


El sentir de Santa Teresa de que “todo el daño que viene al mundo es el no conocer las verdades de la Escritura con clara verdad” (Vida, cap. 40) induce al carmelita a escribir su obra tomando textos de san Pablo, y comentarios de santo Tomás y ella misma en torno a cinco palabras, que son: Agenda sobre la Muerte; Timenda sobre el Juicio; Vitanda sobre el Infierno; Credenda sobre el Purgatorio y Speranda sobre el Cielo.

El autor invita al “devoto letor” a la conversión siguiendo el exemplum de numerosos carmelitas, las enseñanzas de los santos citados y otros muchos que van apareciendo en el relato. 

De hecho la obra es un vademécum de ejemplos prácticos que puedan ayudar al lector en su vida espiritual y además una exaltación de la Orden. 

El libro no culmina los buenos propósitos iniciales por una doble razón, de forma y de fondo. En primer lugar, la mediocridad de la prosa, la nula belleza del texto, la carencia de figuras literarias, de imágenes simbólicas, metafóricas, emblemáticas o cualquier otro barroco recurso reducen, o mejor dicho anulan, el impacto que en las emociones del lector deberían producir tantas citas sagradas, tantos ejemplos de pobreza, mortificación y caridad. La segunda razón referente al fondo es que no entra en la esencia de las cuestiones y las trata superficialmente. Las pretensiones moralizantes se desvanecen en una variopinta sucesión de anécdotas tópicas, repetitivas, y a veces incomprensibles y desagradables. Claro está que hablo desde la actualidad, el hecho de que el libro se editara en Nápoles primero y en España después hace suponer cierto éxito (también se publicó aparte la Primera Palabra en Nápoles, 1682).

Pero, ¿dónde está la bondad del libro que anunciaba al comienzo? Tras la lectura de 579 páginas creo encontrarla en la contribución (por mínima que sea) al conocimiento de los Carmelitas descalzos, así como en la exposición de unas formas de vida cristiana ya desaparecidas, extrañas hoy en gran parte y ejemplares entonces. 

Es decir, nos ayuda a conocer y esto hay que agradecerlo siempre.

Respecto a los religiosos descalzos que se citan llama enormemente la atención el que sean en su mayoría nobles, imposible reproducir todos los títulos que aparecen: españoles, italianos, franceses o polacos, incluso hijas de reyes y de emperadores. O al menos son fiscales generales o hijos de ministros, cardenales, Justicias, o ayas y camareras. La milicia, por supuesto, también proporcionó al Carmelo aguerridos frailes, son excepcionales los hijos de padres honrados y pobres [sic]. Por curiosidad cito alguno de los carmelitas descalzos navarros nombrados.

El más destacado y al que dedica más páginas (pp. 39-42, t. I) es el p. fray Martín de Jesús María Óriz, “en el siglo Cruzat y Señor de Óriz, caballero muy noble de Pamplona, tan amado de todo el reyno de Navarra”. Entre sus méritos están el haber hecho testamento, cuestión muy seria para el autor “oh qué poco se entiende esta verdad” (p. 39, t. I) y el hacer una venta junto a Óriz para los pobres y religiosos que iban de paso. En una ermita que levantó en este lugar llevó una vida de penitencia hasta que ingresó en el Carmelo. De sacristán en la casa de Segovia pasó a superior y prior y llegó como presidente a la nueva fundación de Pamplona. Murió en el convento tras una vida entregado a la caridad (sobre este carmelita hay una breve biografía en Santa Teresa en Navarra. IV Centenario de su muerte, de José María Jáuregui).

De las cuatro hijas que tuvo antes de hacerse carmelita, dos entraron en el convento de santa Engracia y una de ellas, Doña Rosa, tuvo una curiosa muerte: “se encendió tanto en júbilos espirituales cantando unos motetes que había hecho para la profesión de unas sobrinas suyas, que no pudiendo sufrir el natural, a vista de todas las monjas del Convento, se le arrancó el alma” (p. 42, t. I). De Gorráiz fue fray Lorenzo, en el siglo Jiménez. Otro navarro fue el p. fray Miguel de la Madre de Dios, antes Miguel de Arbizo y Díaz, señor de Arizu, quien: “Fue tan raro en oración, penitencia, humildad, mortificación y devoción con la Virgen Santísima que los demonios le temieron” (p. 223, t. I). La madre Francisca del Santísimo Sacramento de Pamplona (p. 204, t. II) y la Venerable Leonor de la Misericordia, Ayanz y Beaumont (p. 282, t. II) priora en Pamplona y Barcelona.

De Tudela salieron fray Juan de san Alberto y la madre Catalina de la Encarnación. Por último recordamos a Fray Martín de Jesús María señor de la casa de Aoiz que tomó el hábito de carmelita descalzo en el noviciado de Pastrana. Este buen fraile, decidido a salvarse, ingenió una penitencia que consistía en ayunar de pan y agua “y pareciéndole demasiado regalo, comía en el suelo y lo deshacía el pan y lo comía tomándolo con la boca, como si fuese bruto” (p. 230, t. I). 

Nos sirve esta curiosidad para enlazar con la cuestión de las formas religiosas en los siglos del barroco. Chocantes resultan al lector actual los casos de matrimonios rotos para que uno de los cónyuges, o los dos, pudieran entrar en el convento. Cuando doña Juana de la Cerda duquesa de Montalto dejó a su marido y a sus seis hijos para tomar el hábito, estos le suplicaron que no se fuera, pero rogaron en vano (p. 177, t. I). Por encima del amor a sus hijos prevaleció el deseo de asegurarse la salvación, su marido el duque eligió la Compañía de Jesús, por no tener salud para ser descalzo, y el cronista no cuenta qué fue de los hijos... 

Ciertas diversiones monjiles fluctúan entre lo ingenuo y lo morboso; el anhelo de padecer por Cristo llevaba a algunas monjas a representar escenas de martirio en las horas de recreo: “unas hacen los tiranos, otras los carnífices y otras los condenados a la muerte […] desta manera engañan sus ansias con el martirio afectado, pero con grandes veras apetecido” (p. 106, t. I). Para entretener a la madre Catalina ya enferma “la ponían en la cama como muerta, con todas las insignias funerales y la cantaban un responso” (p. 145 t. II).

Modos de mortificación hoy en desuso serían, por ejemplo, hacer oración con “la cabeza y la cara cubierta de ceniza, una mordaza en la boca y una calavera en las manos” (p. 132, t. I); amargar la comida con polvos de ajenjo o acíbar; comer de las sobras; ir por las celdas pidiendo que les den bofetadas y les pisen la boca y un larguísimo etc. Curiosa es la cadena de muertes que se dieron en un convento: estando para expirar fray Sebastián, fray Diego le pidió que intercediera para “su descanso”. A este se lo pidió otro religioso e incluso el enfermero... hasta que “reparando el Padre Provincial y viendo que unos a otros se llamaban con gran pérdida de los sujetos” mandó en obediencia pedir salud al Señor (p. 47, t. I). 

Otros casos son más cándidos: penaba por el Purgatorio una monja de Córdoba “porque en viendo alguna fruta buena o cosa semejante en el Refitorio se la comía” y porque entraba en la cocina y a escondidas echaba especias en la olla para darle sabor (p. 100, t. II) y más graciosos como el don de la madre Leonora que “conocía al olfato quien estaba en desgracia del Señor y en pecado mortal” (p. 177, t. II). 

Grabar en la propia carne con un cuchillo los nombres de Jesús y María (y renovarlos de cuando en cuando) (p. 30, t. I; p. 221, t. II) o acumular en el cuerpo tantas costras que lleguen a parecer escamas de pescado (p. 15, t. I) son ejemplos de mortificaciones que el autor toma de las Crónicas más antiguas y que a la altura de 1723 sigue considerando ejemplares. No considero necesario insistir en el gusto por lo sangriento que se despliega en el libro, pero sí en el carácter superficial. Cuando fray Francisco pone el ejemplo de un religioso que se aplica a la oración no repara en el proceso interior, el camino espiritual, la relación del individuo con Dios, de esto apenas habla, pero subraya, en exceso, lo externo: duración, inmovilidad, nocturnidad y, especialmente, lo truculento: las llagas en las rodillas, los dolores físicos, los cilicios, las pústulas. Igual ocurre con los ejemplos de caridad al prójimo o el cuidado a los enfermos que parecen limitarse a sobrellevar con paciencia lo desagradable. 

Los grabados que ilustran el texto están firmados por Quart, poco he averiguado sobre este grabador. En el Repertorio de Grabados Españoles de Elena Páez Ríos solo aparecen tres entradas y las tres relacionadas con el Carmelo. Las láminas son de escasa calidad artística e ilustran fielmente el texto.

El tomo primero lleva un frontispicio de tipo arquitectónico con santo Tomás de Aquino y santa Teresa a los lados y san Pablo sedente en la zona superior. El título ocupa el vano central, en la parte superior dos angelotes sobre aletones portan el escudo del Carmelo y puras azucenas. En el del segundo tomo los mismos santos comparten un escritorio, subrayando así la faceta de escritores que les une. 

 

Fray Francisco de la Cruz 
Cinco palabras del apóstol san Pablo... 
Grabado de Francisco Quart
Fondo Antiguo Biblioteca Universidad de Navarra. EST 306 059 
(Foto: María Calonge)


Fray Francisco de la Cruz 
Cinco palabras del apóstol san Pablo...
Valencia, Antonio Balle, 1723
Grabado de Francisco Quart
Fondo Antiguo Biblioteca Universidad de Navarra. EST 306 059 
(Foto: María Calonge)


Los grabados, de gran simplicidad estilística, van intercalados entre las páginas y dentro de la variedad tienen en común el empeño didáctico, la claridad y la abundancia de textos. Todas llevan en la parte inferior una franja con los nombres de los personajes que aparecen o la explicación de las escenas representadas. Abundan las filacterias con frases que penden de las manos o salen de la boca a modo de modernos “bocadillos”. Inexpresivos retratos imaginados de frailes y monjas, visiones, revelaciones, escenas conventuales, muertes, todo en populares e ingenuas viñetas. No podían faltar imágenes de la Virgen del Carmen como liberadora de las almas del Purgatorio de san Juan de la Cruz y santa Teresa.

Fray Francisco de la Cruz 
Cinco palabras del apóstol san Pablo...
Grabado de Francisco Quart
Fondo Antiguo Biblioteca Universidad de Navarra. EST 306 059 
(Foto: María Calonge)


Fray Francisco de la Cruz 
Cinco palabras del apóstol san Pablo...
Grabado de Francisco Quart
Fondo Antiguo Biblioteca Universidad de Navarra. EST 306 059 
(Foto: María Calonge)

 


BIBLIOGRAFÍA:
-FRAY FRANCISCO DE LA CRUZ, Cinco palabras del apóstol san Pablo comentadas por el angélico doctor santo Tomás de Aquino, Valencia, Antonio Balle, 1723.
-JÁUREGUI, J. M., Santa Teresa en Navarra. En el IV centenario de su muerte, Pamplona, s. e., 1982.
-PAEZ RÍOS, E., Repertorio de grabados españoles, Madrid, Ministerio de Cultura, 1985.