LA CASA DE LOS MUNÁRRIZ EN ESTELLA

Pilar Andueza Unanua
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Las diversas investigaciones realizadas sobre la arquitectura doméstica señorial navarra del siglo XVIII nos han permitido establecer dos perfiles muy nítidos entre sus promotores: por un lado los hombres de negocios y comerciantes y, por otro, aquellos navarros que hicieron fortuna en América y cuyos caudales fueron invertidos en la construcción de una suntuosa residencia familiar en su tierra natal. En ambos casos pretendían a través de las nuevas construcciones proclamar ante sus vecinos la nueva posición económica y social alcanzada. Así lo podemos comprobar en numerosas localidades del viejo reino y Estella no es una excepción. El primer caso estaría representado en la ciudad del Ega por el hombre de negocios de origen francés Manuel Modet y el segundo por el estellés Juan Antonio Munárriz. Ambos eligieron la calle Mayor, vía principal de la ciudad, para ubicar sus respectivas mansiones, optando en ambos casos por una arquitectura culta en la que los balcones se convirtieron, como era propio del barroco, en los grandes protagonistas de sus fachadas.

Ubicada en el número 41 de la calle Mayor, la casa de los Munárriz resulta una construcción extraordinaria, sin duda, uno de los mejores ejemplos de arquitectura doméstica de toda la Navarra del Siglo de las Luces. No obstante, a veces pasa desapercibida por hallarse construida entre medianiles y carecer de un espacio amplio delante que le otorgue perspectiva y permita admirar el despliegue escenográfico de su frontispicio. 
 

Estella. Calle Mayor
Fachada principal de la casa de los Munárriz

 

La casa fue levantada por Juan Antonio Munárriz, un estellés que viajó a Indias en 1755, de donde regresó cinco años después, en 1760, a bordo del navío llamado de Nuestra Señora y San Juan. Desconocemos a qué se dedicó en tierras americanas, pero cabe pensar que fuera el comercio, como otros muchos navarros, el que incrementara su cuenta corriente. Sea como fuere, lo cierto es volvió con ciertos caudales que empleó, como era habitual entre los indianos regresados, en la adquisición de bienes raíces y en la construcción de una casa. Como por entonces en los núcleos urbanos los solares eran estrechos y profundos, fruto de la herencia medieval, fue habitual entre los promotores de arquitectura señorial la adquisición de varias casas que, una vez derribadas, constituían un solar amplio y regular donde erigir la nueva vivienda. Y así ocurrió en este caso. En abril de 1760, la esposa de Juan Antonio, Rosa Iraizoz, antes de la llegada de su marido, adquirió una casa a Catalina Lezáun, en la llamada calle Larga por 850 ducados. La casa tenía huerto, pozo y pila. Pocos meses después, el 17 de agosto 1761, ya regresado Juan Antonio Munárriz, él mismo procedió a comprar junto con su mujer otra casa pegante a la anterior de manos de la misma familia (Juan Francisco y Jerónima Lezáun). Debía de ser más pequeña pues costó 355 ducados. 

Corría el mes de noviembre de aquel mismo año de 1761 cuando Juan Antonio firmaba el contrato de obras para construir la nueva casa con los canteros vecinos de Estella Francisco Azcargorta y Juan Ángel de Eguren, que deberían seguir para la construcción las trazas dadas por el maestro de obras Juan Antonio Igaregui. 

Poco tiempo después fallecía Juan Antonio que no llegó a gozar de la nueva residencia familiar. La documentación hallada pone de manifiesto que las ansias de grandeza de Juan Antonio Munárriz debieron ser muy superiores al dinero traído de América y, fallecido poco después de construir la casa, su familia vivió auténticos apuros económicos, pues eran grandes sus deudas y escasos sus ingresos que venían de la explotación de viñas y olivares. De hecho, a su muerte, su esposa Rosa Iraizoz y sus tres hijos quedaron bajo el amparo de un hermano de Juan Antonio, Pedro, cura beneficiado de la parroquia de San Juan, quien, además de llevar las cuentas familiares y la administración de la hacienda, tuvo que ayudar en la educacion de sus sobrinos. Pero aquello no fue suficiente, porque para darles formación académica la familia se endeudó a través de varios préstamos por vía de censos. No obstante, los dos hijos menores hicieron magníficas carreras. Juan Manuel, se formó en Segovia como cadete y estudió matemáticas. En 1791 vivía allí como capitán graduado del quinto batallón del real cuerpo de artillería. El más pequeño, José Luis, se doctoró en la universidad de Ávila y fue catedrático de Artes en la universidad de Salamanca. En 1791 era rector del colegio mayor de San Salvador de Oviedo en Salamanca. Estas biografías ponen de manifiesto, una vez más, la prolongación en el tiempo de lo que Julio Caro Baroja denominó la hora navarra del XVIII y la importancia de la formación académica para mantener la preeminencia social en las segundas y terceras generaciones de dicha hora navarra. Sin embargo, el primogénito, Miguel, llamado a heredar los bienes familiares siempre y cuando contrajera nupcias con el beneplácito de su tío sacerdote, en la mencionada fecha de 1791 no tenía oficio conocido -aunque en 1804 lograría un título como oficial segundo de la Renta de Correos- ni ingreso directo alguno, pues tanto los bienes paternos y maternos eran administrados por su tío cura, motivo que enfrentó a ambos en los tribunales navarros, agudizándose el conflicto, además, por el rechazo de Miguel a varias propuestas de matrimonio ofrecidas por el tío. 

Cabe destacar el parentesco, aunque lejano, de esta familia Munárriz con Manuela Munárriz, esposa de Juan Bautista de Iturralde, sobresaliente hombre de negocios baztanés, nacido en Arizcun y asentado en la Villa y Corte, que llegó a ser ministro de Hacienda con Felipe V, fundadores ambos del colegio seminario de San Juan Bautista de Pamplona y del convento de clarisas de Arizcun. Avanzado el siglo XVIII, José Luis gozaba de unas rentas de una fundación realizada por el matrimonio Iturralde-Munárriz, merced a dicho parentesco.
 

Casa de los Munárriz. Portada
 

Construida la fachada en piedra y ladrillo, como es propio de la Zona Media de Navarra, presenta en la planta baja la portada y dos ventanas laterales convertidas posteriormente en puertas, según denota el corte de los sillares. Estos vanos están enmarcados por gruesos bocelones mixtilíneos con orejetas y en el caso de la portada se flanquea además por pilastras de diseño curvo. El piso noble está recorrido en toda su extensión por un balcón al que se abren tres vanos, mientras en el segundo piso se sitúan tres balcones individuales sobre voladizos con forma de venera trilobulada. El ático presenta un alero cóncavo de obra revocado con yeso. Se decora con placas recortadas y se articula por medio de pilastras y lunetos, lunetos que son aprovechados para ubicar tres ventanas. Justo bajo el ático se localiza el escudo de la familia Munárriz, que debió de ser añadido algún tiempo después, concretamente en 1776, de acuerdo con la sentencia de los tribunales reales que concedió a Rosa de Iraizoz y a sus hijos la correspondiente ejecutoria de hidalguía como descendientes del palacio del lugar de Munárriz, en el valle de Goñi.

Casa de los Munárriz
 

Casa de los Munárriz. Escudo de armas
 

Nos hallamos ante la fachada civil más barroca de toda la ciudad y una de las más decorativistas de Navarra. En ella se combinan materiales, formas cóncavas y convexas, y motivos ornamentales variados. Pero en ella hay que destacar la conservación de varios elementos imprescindibles en este tipo de casas que completan su imagen barroca: la rica forja cincelada de los antepechos y la carpintería de cuarterones así como de casetones y rocallas. La introducción de formas curvas en la carpintería y las decoración de la cubierta de la escalera nos hablan además de los gustos rococós vigentes en esta época.

Casa de los Munárriz. Escalera
(Fotografía: Catálogo Monumental de Navarra)