PORTADA DE EJECUTORIA DE HIDALGUÍA DE LOS LARRAMENDI- OCTAVIO DE TOLEDO

Eduardo Morales Solchaga
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Nos encontramos ante lo que en su día fue el frontispicio de una ejecutoria de hidalguía, un tipo de documento de gran trascendencia durante la Modernidad, si se atiende a la fuerte jerarquización que imperaba en aquellas sociedades. En aquellos farragosos manuscritos quedaba plasmada la antigüedad e hidalguía de los linajes en cuestión, lo que garantizaba a las familias el reconocimiento social de su status y no pocos privilegios respecto al resto de los estamentos. A su innegable valor jurídico hay que sumar un inmenso y rico contenido histórico de gran trascendencia, pues a lo largo de los folios se da cuenta de los orígenes, matrimonios, protocolos, propiedades y mayorazgos de dichas privilegiadas estirpes.

El documento que se presenta, estampado en tafetán amarillo como correspondía a los ejemplares que quedaban en manos de la familia o de gentes muy ligadas a ella, está configurado como un árbol genealógico, sustentado por dos figuras tenantes, presidido por las armas del linaje y coronado por el matrimonio que fusionó ambas dinastías y que obtuvo la carta de hidalguía en la tardía fecha de 1774, cuando el Real Consejo pronunció sentencia favorable, tras casi dos años de pruebas testificales y pesados procedimientos.
 

Portada de la ejecutoria de hidalguía de los Larramendi-Octavio de Toledo
Pamplona, 1774. José de Estepillo. Colección particular

 

El matrimonio en cuestión, conformado por Manuel Bernardo de Larramendi y Joaquina Octavio de Toledo, fue uno de los más pujantes de la villa de Lerín en la segunda mitad del siglo XVIII. Larramendi, a pesar de contar con una formación artesanal en cerería, como se deduce de sus contratos matrimoniales, se mostró como un perfecto comerciante, pues participó de diferentes arriendos de la villa, como el de las carnicerías y regadío, así como también de otros cargos administrativos como el de sustituto patrimonial o el de arrendador del diezmo de las casas excusadas. Además de ello, contó con numerosos viñedos en la zona, lo que le permitió alcanzar una alta producción vitícola e incluso instalar una oficina de aguardiente. En 1796 ejercía como síndico del convento de capuchinos de Lerín, un puesto que quedaba prácticamente reservado para los religiosos, lo que por sí solo da una idea de su talento innato para los negocios. También es preciso recordar que el navarro más insigne de aquel siglo, Juan de Goyeneche, hizo lo propio con la colegial de Roncesvalles.

El procedimiento de hidalguía se inició en abril de 1773, cuando el matrimonio colocó con alevosía y nocturnidad sus armas en la casa señorial que poseía en aquella localidad. Según testimonio del notario, que se refrenda con la pervivencia física del emblema, el recién colocado escudo lucía de este modo: “He visto y reconocido con el debido cuidado el escudo de armas que modernamente se halla fijado en el frontispicio de la casa en que viven Manuel Bernardo de Larramendi y Joaquina Octavio de Toledo, su mujer, vecinos de esta villa que es propia suya, y sus divisas puestas en los cuarteles, y en el primero se halla un árbol a modo de encino y travesado a su tronco por un jabalí, y hacia las espaldas del lado derecho tiene dicho jabalí una media luna moruna con las puntas por arriba y en el lado izquierdo en el tronco de dicho árbol se halla una flor de lis, y debajo de dicho primero cuartel se halla una descripción que dice: de los Larramendis; y en el segundo cuartel del mismo escudo se halla un bulto de una imagen de Nuestra Señora con el niño en brazos, y debajo otro bulto de hombre que está de rodillas con un rosario en la mano izquierda, mirando a Nuestra Señora, y debajo de aquel una raya que sostiene dicho bulto, y más abajo un castillo, y sobre él una estrella, y a los dos lados del castillo una flor de lis en cada una, y más abajo, a un lado una descripción que dice: de los Octavios de Toledo”.

La villa levantó proceso contra ellos, pues las leyes del Reino inhibían específicamente el que familias no pertenecientes a linajes de hidalguía colocasen sus armas a la vista pública. En ese momento es cuando el Consejo pidió que acreditasen su supuesta hidalguía, lo que se fue certificando en los meses posteriores. Por parte de Joaquina, se probó que era descendiente de infanzones, localizados en Tarazona y que emigraron a la villa de Lerín en 1601, ramificándose después en otros lugares de interés como Estella, Corella y Fitero. El linaje de su marido, Manuel Bernardo, procedía de Ezpeleta (casa Daguerre) en la Baja Navarra, y se había ramificado a Lerín, tras establecerse en Sangüesa. Con ello consiguieron asentar sus raíces por lo menos hasta la segunda mitad del siglo XV.

Entre las pruebas presentadas para probar la nobleza de los Larramendi - Octavio de Toledo destacaron una sepultura en Ezpeleta, una tabla ubicada en el palacio de Sangüesa y un libro de 1361 donde se encontraban registrados los Octavio de Toledo, propiedad de la cofradía de San Pablo de Tarazona, reservada para infanzones de la Corona de Aragón. El proceso de obtención de la ejecutoria de hidalguía resultó de gran interés, pues en él testificó incluso el Rey de Armas del Reino, y se obtuvieron extractos de las cuentas de Comptos en los que se reflejaba el compromiso de la hidalga familia Larramendi para con el Reino de Navarra.
 

Detalle de la ejecutoria con el escudo de los Larramendi- Octavio de Toledo
 

Volviendo al árbol genealógico grabado, la composición gira en torno al polémico escudo, que todavía se conserva en la casa señorial de la familia en Lerín, y que en la ejecutoria se describe. Por lo que respecta al de los Larramendi, según la lápida de la sepultura anteriormente mencionada (conservó sus armas públicamente en su sepultura, esculpidas en piedra de sillería, las que existen al presente en la misma que se reducen a un árbol, y atravesado de un jabalí y una media luna con las puntas hacia arriba, y a un lado del pie del árbol una flor de lis y en la orla un letrero que dice: Francois de Larramendi et María de Aguerre), y la tabla de Sangüesa (el padre de mi parte como su abuelo y bisabuelo han conservado las armas que van especificadas pintadas en un cuadro con un letrero que dice: Armas de los Larramendis de Ezpeleta). Respecto a los Octavio de Toledo, se conserva el testimonio de las armas que figuraban en el libro de la cofradía de San Pablo (en dicho libro y su fol. 228, se halla entre otros muchos antiguas casales el de la famita y apellido de Toledo, y en el están grabadas las divisas de armas pertenecientes a esta familia por varonía, dividido en dos cuarteles y en el primer Ntra Sra con su hijo en los brazos, y arrodillada a los pies una persona con un rosario en la mano y en el segundo un castillo con una flor de lis a los dos lados, y sobre dicho castillo una estrella en campo de oro primero y este en campo verde, y a continuación del mismo casal se hallan sentados Martín Díez de Toledo, Fernando de Toledo, Juan de Toledo y Juan Octavio de Toledo).

Por lo que respecta al grabador de la composición, se trata del platero salmantino, José de Espetillo, asentado en Pamplona durante gran parte del siglo XVIII, donde completó su formación en el taller de Antonio Ripando, su tío. Se examinó de maestro platero el 3 de enero de 1727, realizando un azafate con decoración vegetal de estilo barroco. A pesar de que gran parte se su obra no se ha conservado, a juzgar por su laga actividad artística, dio lugar a una brillante dinastía de plateros, ya que sus hijos, Juan Francisco y Tomás Vicente, contaron con obrador propio en la capital navarra. Si su marca de platero respondía a las iniciales ES/PTO, la que plasmaba en calidad de grabador, como queda patente en la composición que se presenta, respondía a la totalidad de su nombre Joseph Espetillo f.(ecit).

Bibliografía
FORTÚN PÉREZ DE CIRIZA. L .J., “Ejecutoria de hidalguía de Juan Francisco Navarro Tafalla”, en Juan de Goyeneche y el triunfo de los navarros en la Monarquía Hispánica del siglo XVIII, Pamplona, CAN, 2005, pp. 280 - 281.
GARCÍA GAÍNZA, Mª C., Dibujos antiguos de los plateros de Pamplona, Pamplona, SPUN, 1991, p. 103, lámina nº 33.
AZCONA GUERRA, A. Mª, Comercio y comerciantes en la Navarra del siglo XVIII, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1996.
GARCÍA GAÍNZA, Mª C., Catálogo Monumental de Navarra [varios volúmenes], Pamplona, Gobierno de Navarra.