UN LIENZO INÉDITO DE AGUSTÍN GAZULL, DISCÍPULO DE MARATTA

Eduardo Morales Solchaga
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

La figura de Agustín Gazull ha pasado prácticamente desapercibida para la historiografía del barroco valenciano, lo que en gran parte ha sido motivado por el hecho de que, hasta ahora, sólo se conservaban al menos un par de obras suyas, con el agravante de estar sustancialmente modificadas en el siglo XVIII. El hallazgo de un lienzo rubricado por dicho pintor en las dependencias del Palacio Arzobispal de Pamplona ha motivado, en gran medida, la redacción de este modesto estudio.

Agustín Gazull debió nacer Valencia, donde iniciaría su formación pictórica en un taller local, para más tarde viajar a Roma, donde tomó contacto con el taller de Carlo Maratta, uno de los más afamados artífices de la pintura barroca triunfalista del país transalpino. Esta afirmación se sustenta a juzgar por sus interpretaciones compositivas y pictóricas, claramente italianizantes y por el hecho de que otros pintores valencianos de su generación, como Vicente Giner, Vicente Vitoria y, probablemente, Vicente Salvador Gómez, viajaron a Italia, siguiendo los pasos del malogrado Miguel March. Tras la estancia en la ciudad Eterna regresó a su ciudad natal, donde ejecutaría diferentes pinturas, de las cuales sólo unas pocas han llegado hasta nuestros días. Poco o nada más se sabe de su trayectoria vital, cuya finalización ha generado cierta controversia, apostando Orellana por principios del siglo XVIII, y prolongándola Doménech hasta la segunda mitad del dicho siglo.

Por lo que a su obra pictórica se refiere, solamente se conservan tres lienzos en su Valencia natal, dos de ellos muy reformados. Estos últimos, de gran tamaño, se guardan actualmente en depósito en la Audiencia Territorial de dicha ciudad. Sólo uno esta firmado, y ambos se encuentran sensiblemente reformados, fruto de la labor del pintor José de Vergara, a finales del siglo XVIII, que aprovechó la parte superior de los lienzos y ejecutó la inferior, orientando su temática hacia la fundación de la Orden de Carlos III en el primer caso, y hacia la presentación del infante don Carlos a la Inmaculada en el segundo. Nos encontramos ante unas obras alteradas, aunque gracias a los inventarios de piezas, han podido reconstruirse con una alta fidelidad. 

La otra obra conservada de Agustín Gazull, es el “Martirio de Santa Inés”, ubicada en el presbiterio de la parroquia de San Andrés de Valencia, rubricada por el pintor a comienzos del siglo XVIII, concretamente en 1710, que incluye figuras en escorzo y ángeles en actitudes plenamente barrocas, de evocación al arte de Carlo Maratta. 

Existieron también pinturas de su mano en la iglesia de los Santos Juanes de Valencia. De todos modos, bien por su sustitución o por los fatídicos efectos de la Guerra Civil, no se ha conservado muestra alguna. A saber eran: el lienzo titular del retablo de la capilla de San José, que fue sustituido por otro de Vicente López, el desaparecido lienzo de la Virgen de la Esperanza, en su capilla homónima y los lienzos de San Andrés y San Esteban, ubicados en la capilla de San Antonio de Padua, anteriormente dedicada a esta doble advocación.

Por último, destacan otras pinturas suyas, bien descontextualizadas, bien desaparecidas, que se ubicaron en diferentes casas conventuales valencianas como la de San Juan de Ribera, en San Felipe Apóstol, La Corona y Zaidía y en la iglesia del convento de San Agustín. También menciona un lienzo de la Virgen, que se encontraba en la casa del regidor de Valencia, D. Benito Escuder. Existen indicios de que en el Louvre, como depositario de los bienes del antiguo Museo Español, se conserva una pintura de su mano.

El lienzo inédito de la entrega del rosario a Santo Domingo
La escena representa la entrega del Rosario a Santo Domingo por parte de la Virgen María, un episodio legendario, que arrancó en la Edad Media y se prolongó durante la Modernidad, gracias a sus más importantes hagiógrafos, como Jacobo de la Vorágine, Esteban de Salgnac y Vicente de Beauvais. Todo comenzó con su ofrecimiento al Papa Inocencio III, para evangelizar a la zona del Sudeste de Francia, en el Languedoc, donde imperaba la herejía albigense. Tras unos primeros momentos en que su predicación resultó estéril, se refugió en una cueva donde practicaba la oración y se penitenciaba. Desesperado, se encomendó a la Vírgen, quien se le apareció mientras rezaba en la Ermita de Nuestra Señora de la Povilla, enseñándole el modo de rezar el Rosario y animándole a predicarlo por el orbe. Tras ello logró reconvertir al catolicismo a multitud de herejes, aunque no pudo evitar el fatal desenlace de la Cruzada declarada por el Santo Padre. Santo Domingo enseñó a las tropas cristianas el modo de rezar el Rosario, lo que contribuyó a la victoria militar en la trascendente batalla de Muret. Como signo de gratitud, Simón de Monfort, general de las tropas y amigo del propio Domingo de Guzmán, mando edificar la primera capilla dedicada a la Virgen del Rosario.


Entrega del rosario a Santo Domingo, por Agustín Gazull
 

Gazull presenta en un primer plano a Santo Domingo arrodillado, en el momento de recibir el Rosario de manos de la Virgen María, que se aposenta triunfante sobre una nube, sustentada por ángeles en inverosímiles posiciones, lo que configura un precioso rompimiento de Gloria. Sobre su regazo, el niño Jesús bendice al santo fundador con la diestra. La representación de Santo Domingo es muy rica en cuanto a iconografía se refiere. En primer lugar, empuña un bordón, al igual que otros santos de la Iglesia tradicionalmente caracterizados como peregrinos, hecho bastante singular, ya que, después del Renacimiento, desaparece casi totalmente. El hecho de que lo represente con un coronamiento en forma de “Ŧ”, concuerda claramente con la reliquia conservada en el convento de Santo Domingo de Bolonia, cuya inscripción reza “de ferula sancti Dominici patriarchae”. 

A sus pies, se aprecia un libro, que, amén de consolidarse en un atributo intelectual, alude a la condición de fundador de una Orden religiosa. Estamos, por tanto, ante una materialización de su labor legisladora, la regla de los predicadores. Tampoco hay que dejar de lado otras interpretaciones, que lo ligan al estudio, a la teología y a la Ciencia, ya que el saber y la lectura fueron también pilares fundamentales de la vida de Santo Domingo. Junto al libro, se sitúa un lirio, que se identifica como un símbolo de virtud y virginidad.

Tampoco hay que olvidar otro atributo inseparable del santo fundador, un can con una antorcha encendida en sus fauces, que según diferentes biógrafos como Jordán de Sajonia y Pedro Ferrando, alude a un sueño que tuvo su madre, la beata Juana de Aza, cuando estaba en estado, en el que daba a luz a dicho perro. Con esta imagen alegórica se prefiguraba que Domingo sería predicador insigne, y que de sus labios brotaría el fuego de la palabra, con la que encendería al mundo. Su predicación sería un constante ladrido, para despertar a las almas dormidas en el pecado, y ahuyentar a los lobos, símbolo de la herejía. Amén de dichas interpretaciones, tampoco hay que olvidar que dicho símbolo contiene un significado encriptado en su versión latina “domini canis”, configurando un acróstico del nombre de la orden de los predicadores. Toda la escena se enmarca en un fondo paisajístico, dominado por la vegetación, únicamente mermada por la aparición, en el margen superior derecho, de una imponente basílica, que bien puede hacer referencia a la fundación de Simón de Monfort, anteriormente descrita. También puede obedecer a criterios compositivos, muy ejercitados en la tendencia clasicista romana, liderada por su maestro, Carlo Maratta, o bien a una posible inspiración en una estampa, procedente de alguna colección de grabados en torno a la vida de Santo Domingo, como la “Vita et miraculi S.P. Dominici” de Joanes Nys, con ilustraciones de Theodoor Galle. De todos modos, el estilo triunfalista del cuadro, caracterizado por una luz tenue y tonalidades claras, bebe directamente de su etapa de perfeccionamiento en el taller romano, cuyas formas se adaptan claramente a la composición, configurada en torno a la Apoteosis, que se encuadra en un marco paisajístico. 

El lienzo está firmado en su parte inferior izquierda “A. Gazull. F.”, lo que lo identifica claramente. Se sabe que en otros casos, como el del cuadro del regidor valenciano anteriormente descrito, latinizaba su firma, a causa, claro está, de su segura presencia en Roma. El cuadro, hoy en día se encuentra en el Palacio Arzobispal de Pamplona, aunque probablemente formaría parte del ajuar del convento de dominicos, ubicados en la capital desde el Medioevo, y desamortizados en el siglo XIX. 


BIBLIOGRAFIA
AGUILERA CERNI, V.(coord.), Historia del Arte Valenciano, Valencia, Biblioteca Valenciana, vol. 4, 1989.
BARÓN DE ALCAHALÍ, Diccionario Biográfico de Artistas Valencianos, Valencia, Imprenta de Francisco Doménech, 1897, p.135.
BENITO DOMENECH, F., “Sobre Agustín Gasull, José Vergara y una traza de la antigua iglesia de la Compañía de Valencia” en Archivo de Arte Valenciano, 1982, pp. 66 - 68. 
ORELLANA, M.A., Biografía pictórica valentina, Madrid, Gráficas Marinas, 1930.
PEREZ SANCHEZ, A.E., Pintura Barroca en España, Madrid, Cátedra, 1992.