EL RETABLO MAYOR DE LA CAPILLA BARBAZANA EN SANTA ISABEL DE MADRID

Ricardo Fernández Gracia
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Algunas dignidades del cabildo de la catedral de Pamplona, las más pingües, concretamente las de la Tabla y de la Cámara estuvieron en disposición de aportar mas dinero a determinados proyectos artísticos. Ambas eran “las mejores y más gruesas dignidades de esta Iglesia.... valdría la primera más de mil ducados y la cámara más de tres mil“. Así el arcediano de la Cámara don Juan de Ciriza costeó el retablo central de la capilla Barbazana en 1643 y probablemente todo el conjunto de altares, ya que fue un canónigo muy relacionado con la citada capilla a la que donó una lámpara de plata, descubriendo además el panteón que en adelante serviría para capilla funeraria de los canónigos. 


Retablo mayor de la capilla Barbazana de la catedral de Pamplona en su ubicación primitiva (1642)
 

El retablo desapareció de la catedral en las obras llevadas a cabo a comienzos de la década de los cuarenta de la pasada centuria. De Navarra viajó a Madrid para presidir el templo de Santa Isabel la Real de Madrid, de las Agustinas Recoletas, momento en el cual sufrió algunas modificaciones y sobre todo un cambio en su iconografía del cuerpo principal y de su ático. Los otros dos retablos de la Barbazana corrieron mejor suerte que el anterior y se conservan en el interior de la catedral, dedicados a San Agustín y al pequeño retablo de reliquias que regaló el obispo Sandoval. El arquitecto que dirigía la reconstrucción de la iglesia de Santa Isabel de Madrid y la restauración de la catedral de Pamplona don José Yárnoz Larrosa pudo ser la persona que mediase entre el cabildo pamplonés y la comunidad de Madrid para realizar el traslado.

El autor del retablo fue Mateo de Zabalía uno de los arquitectos más sobresalientes de la primera fase de la retablística barroca en Guipúzcoa, Álava y la Rioja, que desarrolló la mayor parte de su actividad en el segundo tercio del siglo XVII en su Provincia natal, si bien lo mejor de su producción se localiza en Salvatierra y Logroño, ciudad ésta en la que fallecerá en 1653. La fecha de los retablos de la catedral de Pamplona, destinados a la capilla Barbazana, tiene su confirmación documental ya que Zabalía se encontraba en Pamplona en 1642, concretamente el 16 de noviembre, actuando como testigo en el examen de ensamblador de Martín de Beraza. El dominio de la arquitectura, la rígida ordenación de compartimentos, la volumetría de los elementos decorativos de carácter geométrico, así como algún detalle ornamental son la firma inequívoca de este maestro. Concretamente, la hilera de niños de la cornisa que separa el primer cuerpo del segundo en el retablo de San Juan de Salvatierra se repite en el retablo principal que presidió la Barbazana. En ambos casos aparece un bello conjunto de imágenes estereotipadas de putti con los brazos cruzados y las piernas suspendidas en perfecto alineamiento, dejando los espacios libres para cogollos y otros motivos vegetales. Se trata de una decoración elegante y poco frecuente en estas tierras. Por otra parte, la proximidad en fechas y estilo de todas estas piezas resulta evidente, los retablos de Pamplona debieron de realizarse al comenzar la década de los cuarenta y el de Salvatierra se contrató en 1646.

La capilla de la Barbazana de la catedral de Pamplona atesoró en tiempos pasados una rica colección de cuadros y retablos que se colocaron con la intención de revalorizar el interior de la capilla gótica. Así se desprende de los diferentes inventarios de la sacristía e incluso de las antiguas fotografías y postales de la Barbazana que muestran el bello conjunto de los tres retablos que decoraban sus muros. El central desapareció en las obras de reforma del templo de 1946 y los dos colaterales se trasladaron al interior del recinto catedralicio, en donde permanecen hoy bajo las advocaciones de San Agustín y de las Santas Reliquias.

El conjunto de los tres retablos de esta capilla formaba un capítulo singular dentro del panorama de la retablística navarra del momento. Se trata de obras dentro de la línea clasicista, aunque con un evidente alejamiento de las fórmulas del tardoclasicismo imperante y en clara conexión con las directrices castellanas y cortesanas que llegan a estas tierras a través de la presencia en Tolosa, dentro del obispado de Pamplona, de Pedro de la Torre y Bernabé Cordero entre 1639 y 1647.



Retablo mayor del convento de Santa Isabel de Madrid, procedente de la capilla Barbazana de la catedral de Pamplona
 

La estructura del retablo no puede ser más sencilla y clara en sus líneas, pese al movimiento generado por el adelantamiento de las columnas internas respecto a otras que quedan retranqueadas. Consta de banco con netos lisos, único cuerpo articulado por columnas compuestas, potente entablamento con el friso aludido de la hilera de niños desnudos que da paso al ático con molduras con costillas y molduras geométricas muy potentes y volumétricas. Remata el conjunto un ático curvo partido y un conjunto de bolas con una cartela central que encierra un emblema. La iconografía del retablo se centraba en los últimos tiempos en el Cristo de Juan de Anchieta y la Dolorosa del ático a que se refería el contrato, que es una versión de la Virgen de la Paloma de Madrid, popularizada a través de la estampa devocional. De su dorado y policromía se hizo cargo el pintor Miguel de Armendáriz, mediante contrato suscrito el 18 de octubre de 1643.


BIBLIOGRAFÍA
FERNÁNDEZ GRACIA, R.. El retablo barroco en Navarra. Pamplona, Príncipe de Viana, 2003, pp. 198-200 y “Transformaciones del espacio interior de la catedral de Pamplona: del templo gótico a las reformas del clasicismo academicista”. Lineamientos y limitaciones en la conservación: Pasado y futuro del patrimonio. X Coloquio del Seminario de Estudio del Patrimonio Artístico. Conservación, restauración y defensa. México, Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 2005, pp. 181-234 
SÁENZ RUIZ-OLALDE, J.L.: Las Agustinas Recoletas de Santa Isabel la Real de Madrid. Madrid, Real Monasterio de Santa Isabel, 1990, pp. 246-247.