JOSÉ ORTIZ ECHAGÜE
BOSQUES DE RONCESVALLES, c. 1945

Dra. Asunción Domeño Martínez de Morentin
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro
Fondo Fotografico Universidad de Navarra

En sus recorridos por toda la geografía española, Navarra es, también, punto de inspiración para las imágenes del fotógrafo español más relevante de la primera mitad del siglo XX en nuestro país. La fotografía fue realizada para la segunda gran serie temática que emprende José Ortiz Echagüe, dedicada a los “pueblos y paisajes” de España. Tras los cruentos acontecimientos de la Guerra Civil en los que el fotógrafo asistió a la desaparición de sus dos hijos mayores a bordo del crucero “Baleares”, José Ortiz Echagüe no se siente con el ánimo de retornar los veranos a San Sebastián, donde toda la familia pasaba los meses estivales. El mar le traía tristes recuerdos y le abría de nuevo heridas muy dolorosas. Por esta razón, en los años siguientes al final de la contienda, tomó la decisión de cambiar el mar por la montaña y escogió un paraje que ya conocía de sus andanzas anteriores, el de Roncesvalles y sus valles vecinos. Hasta allí se desplazó en 1943 con toda su familia, alojándose en el Hostal de la cercana localidad de Burguete donde, además, residían algunos parientes. El paisaje y las gentes de Navarra calaron hondo en el sentimiento del fotógrafo alcarreño –así como su afición a la pelota-, hasta el punto de manifestar su intención adquirir alguna antigua propiedad para perpetuar sus visitas a esta tierra. 

En sus estadios veraniegos de este año y los siguientes, recorrió a pie y en coche distintos enclaves de la zona –Roncesvalles, Garralda, Aria, Aribe, Uritz-, llegando hasta Ochagavía y Roncal, para conocer a sus gentes y tomar instantáneas de sus indumentarias tradicionales, de sus costumbres o de los paisajes que rodeaban las poblaciones. Sus rutas como caminante acababan, frecuentemente, en la Colegiata de Roncesvalles donde había trabado una estrecha amistad con el entonces canónigo D. Agapito Martínez Alegría. Y, por supuesto, esas caminatas se dirigían a los frondosos bosques de hayas y robledales que circundaban el monasterio y en los que obtuvo un interesante repertorio de fotografías en el que hacer dialogar a la naturaleza con el hombre. Fueron hasta doce las imágenes en las que el fotógrafo recoge sugerentes rincones de la foresta con un sentido plenamente romántico en el empleo de las luces, la composición o el punto de vista elegido.

Se trata, en todo momento, de imágenes presididas por un delicado intimismo y dotadas de un aire de misterio debido a la impenetrabilidad de la masa arbórea y a la presencia de un personaje humano que, lejos de enturbiar el paisaje, se suma a la mística soledad de la naturaleza. El paisaje impone su grandiosidad frente al hombre y las viejas hayas se muestran imperturbables, como testigos mudos del paso del tiempo. A pesar del acento romántico que poseen estas imágenes, José Ortiz Echagüe no ha escogido una naturaleza sublime o violenta, sino un ambiente intimista y solitario, cargado de espiritualidad, ante el cual el fotógrafo adopta una actitud contemplativa. La luz, con sus reflejos plateados a la manera de Corot, va tallando el perfil y las texturas de los rugosos troncos que se disponen a distintos niveles de profundidad acentuando, al mismo tiempo, la tendencia ascensional de la composición.

En este escenario en el que los árboles se muestran como imponentes mástiles se desliza una delicada figura femenina, mostrada de espaldas, ocultándonos su rostro y su identidad. Porta un cayado que alude a su condición de caminante, un patrón que aparece en la mayor parte de las fotografías realizadas por José Ortiz Echagüe en los bosques de Roncesvalles, y un recurso que se utiliza insistentemente en la pintura y la literatura romántica y, muy especialmente, noventayochista, próxima a la cual se sitúa la obra de este fotógrafo. Contribuye a acentuar el efecto estético de la imagen la técnica que emplea Ortiz Ehagüe, el carbón directo sobre papel Fresson, que incorpora una emulsión de gelatina y pigmentos –polvos de acuarela-, que la dota de un aspecto diferente al de una fotografía convencional, llena de matices, irisaciones y una textura aterciopelada, subrayada por el tono marfil del papel.

Les invito a que durante este próximo mes se identifiquen con el caminante de la fotografía y contemplen a través de los ojos de Ortiz Echagüe la belleza serena y cautivadora de este paisaje hecho imagen.