17 de mayo de 2017

Ciclo de conferencias
 

OCHO SIGLOS DE PRESENCIA DE LA ORDEN DE PREDICADORES EN NAVARRA: DEL GÓTICO AL BARROCO
 

De la mano de las artes figurativas y más allá de los claustros dominicos: las devociones


Ricardo Fernández Gracia
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro
Universidad de Navarra

 

Escultura, pintura y grabado estuvieron al servicio de la Orden de Predicadores a la hora de difundir unas devociones propias de su carisma y con gran frecuencia fueron de la mano de la predicación y de algunas prácticas de culto. En esta ocasión nos referiremos a las relacionadas con la Virgen, que fueron las que realmente se proyectaron, gracias a los hijos de Santo Domingo, fuera de sus comunidades, a diferencia de otras que quedaron entre los muros de sus claustros, como las relacionadas con sus santos. La devoción a Nuestra Señora del Rosario, desde el siglo XVI y, más tarde en pleno siglo XVIII, y la de la Virgen de Soterraña dejaron en Navarra numerosas muestras de su arraigo en la onomástica, la fiesta, las cofradías de distinto carácter, las advocaciones de templos, capillas y ermitas, así como en las artes figurativas.

 

La Virgen del Rosario en Navarra

Respecto al rosario, cuya fundación se atribuye a Santo Domingo, sabemos que se fue gestando en su configuración definitiva a fines de la Edad Media de la mano de algunos dominicos como Alano de Rupe y de la fundación de algunas cofradías a fines del siglo XV. El siglo XVI con todo lo relativo a la batalla de Lepanto y con la institución de su fiesta de la mano de papas como San Pío V y Gregorio XIII fue decisivo en todo lo relacionado a la expansión del rosario, que se convirtió en la devoción mariana por excelencia. La actuación de León XIII en el siglo XIX con sus dos encíclicas culminaría una larga historia que sigue hoy viva.

A diferencia de algunas advocaciones marianas ligadas a otras órdenes religiosas como la Virgen del Carmen o Nuestra Señora de la Merced, vestidas con los hábitos de carmelitas y mercedarios, con la admonición en contra de Urbano VIII, los dominicos no lo hicieron con la Virgen del Rosario que, amén de ser uno de sus signos de identidad, mereció ser titular de algunos de sus conventos y capillas de sus iglesias. Desde los conventos de frailes de Pamplona, Estella, Sangüesa y Tudela y de las monjas de esta última ciudad y el beaterio de la calle Jarauta de la capital navarra se expandió todo el carisma de los predicadores y el rosario, a la cabeza de las prácticas de devoción.

En Navarra la advocación del Rosario figura en trece parroquias: Zabalegui, Imirizaldu, Equisoain, Biurrun, Lazagurría, Corella, Fontellas, Udabe, Sartaguda, Ilúrdoz, Celigüeta, Ostériz y Villava. Entre las capillas de gran proyección, citaremos las de Caparroso o Villafranca, ambas añadidas a las plantas de sus templos parroquiales como organismos espaciales con su independencia. Las cofradías del último tercio del siglo XVIII las ha contabilizado Gregorio Silanes en su tesis doctoral, llegando a 270 (121 en la merindad de Pamplona, 71 en la de Sangüesa, 59 en la de Estella, 8 en la de Olite y 11 en la de Tudela). Algunas excepciones lo fueron de tipo profesional o gremial, mientras en la inmensa mayoría fueron estrictamente devocionales. De las primeras, citaremos las de cortadores de Pamplona, pelaires de Estella o sastres de Fitero. En cuanto al establecimiento de las mayoritarias, el iter para su establecimiento era generalmente el de una predicación de un fraile dominico de uno de los conventos establecidos en Navarra, que se dirigía a un pueblo y tras la oportuna predicación, exhortaba al establecimiento de la cofradía. Sirva de ejemplo lo que ocurrió en Olite con el protagonismo del que más tarde sería llamado el apóstol de Charcas en Perú, el puentesino fray Vicente Bernedo que llegó a la localidad con tal fin. La crónica coetánea nos narra así lo sucedido: “El 24 del mes de junio de 1592, día de San Juan Bautista, predicó en San Pedro de esta villa de Olite un padre dominico llamado fray Vicente Bernedo, de Puente la Reina, el cual mostró licencia del Señor Vicario General para asentar cofradía del Santo Rosario y Bula del General de la Orden y licencia del Papa, y entre otras cosas dijo que fijó su principal intento para asentar cofradía de Nuestra Señora del Rosario en esta villa de Olite. Predicó las gracias e indulgencias que ganan los cofrades de dicha cofradía y a la tarde de dicho día se ajuntó el cabildo, siendo vicario don Diego Bazán y Ezcaray, y en conformidad todos le pidieron al dicho Padre Bernedo, a una con el alcalde, que era Juan de Huarte, y los regidores de la dicha villa, y le señalaron la capilla de Nuestra Señora del Campanal y la santa imagen de Nuestra Señora que está en dicho altar. Y se hizo auto de ello. Nombrose para abad de dicha cofradía a don Sancho del Salto. Hízose libro de cofrades”. Desde años antes, al menos desde 1584, ya corría impreso un formulario realizado por Tomás Porralis para facilitar y uniformizar la fundación de las cofradías. La práctica devocional se incrementó a partir de las visitas pastorales que realizó el obispo de Pamplona fray Pedro de Roche a partir de 1675.

Las cofradías celebraron su fiesta, según sus medios, con todos los elementos integrantes de los festejos extraordinarios, con hogueras, pólvora, música y volteos de campanas. En Pamplona, la refundada cofradía en los Dominicos en 1722, organizaba anualmente cuestaciones, procesiones claustrales y una demanda general por la ciudad. Sus cofrades tuvieron especial cuidado de otros aspectos relacionados con el culto a su patrona y titular. En 1724-1725 encargaron unas andas doradas de las que se hicieron cargo Fermín de Larráinzar y José García. La capilla de música de la catedral asistía a la misa mayor del día de la Virgen, la siesta y la procesión vespertina, en la que se interpretaban villancicos. Asimismo, se adquirían cohetes para la víspera de la fiesta, que se compraban a la familia Lesaca, primero a José y luego a su hijo Manuel, a partir de mediados de siglo.

No podemos dejar de mencionar entre la maquinaria de propaganda las ediciones de los novenarios de las prensas navarras con los gozos que fueron rápidamente musicalizados por diferentes músicos y cantados también con melodías populares. Asimismo, es preciso dejar constancia de la gran proyección que alcanzó el voluminoso libro que editó en la capital navarra el conventual pamplonés y predicador fray Miguel de San Clemente titulado Fragancias del Rosario de la Virgen María (1726).

En cuanto a las imágenes de la Virgen del Rosario hay que señalar que no se documentan el territorio foral hasta el siglo XVI, si bien existen algunas tallas medievales a las que se añadió un rosario y con ello se les bautizó con la deseada advocación (Puente la Reina, Sansol, etc.). Entre las más destacadas figuran las de Pamplona, obra de Miguel de Espinal (1562), Biurrun y Barasoain de estética romanista y la de Corella, ya de la segunda mitad del siglo XVII. El mejor conjunto está conformado por una serie de piezas importadas desde la Corte y realizadas por Luis Salvador Carmona y su círculo, entre las que mencionaremos las de Falces, Santesteban, Arizcun, Lecároz, Elizondo, Sesma o Azpilcueta. Esta última, datada en 1752, cuenta con el testimonio epistolar de quien la vio en el taller del mencionado escultor, ponderando su calidad. En su mayor parte, el modelo presenta una imagen de pie, con forma romboidal por la apertura de su manto con pliegues teatrales, que sostiene al Niño Jesús y el rosario.


Nuestra Señora del Rosario (Elizondo)
Luis Salvador Carmona. Madrid, h. 1750

 

Nuestra Señora del Rosario (Sesma).
Círculo de Luis Salvador Carmona. Madrid, mediados del siglo XVIII

 

En 1749 se data la pieza más excepcional de todas, venerada en su retablo de la parroquia de Irurita y realizada por el escultor Juan Domingo Olivieri en Madrid por encargo de los hermanos Goyeneche, tesoreros del palacio real, a devoción de su madre, María Martiarena, que vivía en el palacio Jauregia de la citada localidad desde que su hija María Teresa contrajo matrimonio con el dueño del mismo. Los modelos académicos dejaron su huella en los escultores locales que los recrearían, con mayor o menor fortuna, a lo largo de la geografía foral. Miguel de Zufía, Francisco Pejón, Lucas de Mena y otros maestros activos en la segunda mitad del siglo XVIII dejaron muestras de su inspiración en los modelos tardobarrocos y académicos.

 

Retablo de la Virgen del Rosario (Irurita), 1775
Imagen titular de Juan Domingo Olivieri. 1749

 

A fines de siglo llegan otros tipos con la imagen sedente con el Niño en su regazo, generalmente sobre una nube y con riquísimas andas de estética rococó. A ese tipo corresponden las tallas de Azpilcueta y Errazu, obsequio de 1776, en ambos casos de Felicia Gastón de Iriarte (1725-1799), casada con Francisco Indaburu y Borda (†1774), tesorero de la reina Isabel de Farnesio.

Todas aquellas imágenes contaron con retablos, en su mayor parte barrocos. Al siglo XVII pertenecen los clasicistas de Biurrun, San Pedro de la Rúa de Estella -procedente de los dominicos de la misma ciudad-, Valtierra,  y los salomónicos del Rosario de Corella, Dominicos de Pamplona y Dominicas de Tudela. El siglo XVIII, amén de varios ejemplares pertenecientes al casticismo decorativo (Ablitas, Villafranca, Arróniz, Larraga o Tafalla), destacan los de Lecároz y Azpilcueta, obra de Silvestre de Soria, y los de Falces, Lesaca, Cáseda, Puente la Reina, Roncal y Ustárroz, obras de maestros de la tierra y de otros llegados desde Aragón o Guipúzcoa. En la gran mayoría encontramos la imagen de Santo Domingo de Guzmán, bien en el ático o en una de las calles laterales, como para dejar constancia de la creencia popular de la fundación del rosario por el santo y también para atestiguar la relación con la Orden de Predicadores.

 

Retablo de la Virgen del Rosario (Lesaca)
Tomás de Jaúregui, 1754

Retablo de la Virgen del Rosario (Falces)
Dionisio de Villodas, h. 1760

 

Respecto a las estampas grabadas, sabemos que llegaron desde el extranjero y otras regiones españolas. De las imágenes navarras sólo pasó a los buriles la del convento dominico de Pamplona en sendas ocasiones en el siglo XVIII, por el procedimiento calcográfico y en otra, ya en el siglo XIX, en una gran litografía. Escapularios se tiraron asimismo en el siglo XVIII por encargo del mismo convento.

 

Las imágenes de la Soterraña: contra rayos y centellas

La relación con el santuario segoviano de la Virgen de Nieva o Soterraña fue para Navarra secular, pues en él se sepultó a la reina doña Blanca. Sin embargo, será a partir de la tercera década del XVIII, cuando las maravillas obradas por intercesión de la Virgen de Soterraña se divulgaron por muchos territorios y, por supuesto, en Navarra a través de  diversos medios,  propiciándose la llegada de varias de sus imágenes para implorar su especial protección contra incendios, rayos y centellas, tal y como era invocada desde tiempo atrás en otros muchos lugares. Al parecer, todo aquel renovado fervor tuvo un verdadero hito en la capital navarra y de manera puntual en 1732, con motivo de un incendio del molino de la pólvora y la incombustión de una estampa de la Soterraña. Semejante prodigio con la misma estampa se repitió el 17 de marzo de 1733 en el mismo establecimiento en otro pavoroso incendio y explosión, lo que trajo consigo junto a otros hechos milagrosos que narra el Padre Barcáiztegui, prior del convento dominico de Pamplona, en 1733, un frenesí devocional hacia la advocación mariana en estas tierras.

Una de las primera imágenes de candelero llegó a Pamplona el 31 de mayo de 1733 y se trasladó a los Dominicos el 14 de julio. Su retablo se realizó al año siguiente bajo los auspicios del alcalde de Corte don José Ezquerra. El primer lienzo con las viñetas de la historia legendaria llegó a la capital navarra fines de mayo de 1733, con destino a la parroquia de San Juan de la catedral de Pamplona, acompañado de la certificación de haberse tocado al original de Nieva, condición indispensable para que las imágenes, grabados y medallas tuviesen los poderes contra rayos y centellas. El rico marco con su pabellón corrió a cargo de José Pérez de Eulate, por encargo de los parroquianos de San Juan.


Nuestra Señora de Soterraña
Convento de Benedictinas de Alzuza
Escuela madrileña, mediados del siglo XVIII

 

Numerosos pueblos cuentan con su imagen, destacando entre las comarcas la práctica totalidad de los de Valdizarbe. Viana la trajo en 1737, Los Arcos y Valtierra en 1742, Puente la Reina en 1748 y Uterga y Muruzábal en 1802. Todas aquellas imágenes de candelero poseen su historia particular y unas motivaciones concretas para su llegada. Sirva de ejemplo la de Valtierra que se trajo como consecuencia de haber caído un rayo que mató al hermano del párroco, dejando a este último cojo. Hace poco menos de un siglo Félix Zapatero aún recoge el siguiente testimonio sobre su culto y devoción en Valtierra, especialmente en momentos de grandes nublados: “Cuando una tormenta amenaza sobre la villa, cualquier vecino penetra en la iglesia en los momentos de temerosa angustia y sin ceremonial ninguno saca la gloriosa imagen al pórtico de la iglesia, en donde, una vez pasada la tempestad, se torna a su altar acompañada del cabildo y fieles con el ceremonial del ritual”.


Retablo de la Virgen de Soterraña (El Busto)
Miguel López de Porras y Antonio Izaguirre, 1769-1772