La pieza del mes de junio de 2019

 

EL RETABLO DE SAN PEDRO ALCÁNTARA
DE LA FAMILIA LECUMBERRI DE TUDELA

 

Ramón I. Villanueva Sáenz
Investigador

 

La familia Lecumberri en Tudela desde el siglo XVI

La rama tudelana de los Lecumberri tiene su origen en la última década del siglo XVI cuando Juan Aicine de Lecumberri, natural del Lugar de Lecumberri en la Baja Navarra, se estableció en Tudela y casó con Águeda Bela. A partir de ese momento adoptan el apellido Lecumberri, “omitiendo el principal y privativo de Aizine, por tener su origen del referido lugar de Lecumberri y ser cosa común y regular en los Pueblos de la Ribera llamar con el nombre de el lugar a las personas que bajan a vivir a dichos pueblos de los de las montañas de este Reyno y de Francia”, retomando el Aicine, en 1760, Antonio Lecumberri Sartolo, en las pruebas de nobleza (Archivo General de Navarra. Proceso núm. 243354), en las que manifiesta que su linaje era originario de la casa de Aicine, en el Lugar de Gambarte (Francia).

Varios miembros del grupo familiar ingresaron en la noble y distinguida Cofradía de San Dionís, en la que “solo se admiten a personas no solo de limpia sangre sino de notoria hidalguía y nobleza”. Pronto alcanzaron una elevada posición económica y social en Tudela, fruto del desempeño de variados negocios, al tiempo de una meditada política matrimonial. Antonio Lecumberri Torrobas, nieto de Juan, casó tres veces, procediendo sus esposas de tres familias de alta posición: Enríquez y Amezcua, de Tudela, y Virto, de Corella. Fundó una ganadería de reses bravas, la más importante de cuantas hubo en Navarra en el siglo XVIII, llevando sus toros no solo a Pamplona durante más de medio siglo, sino también a Madrid en varias ocasiones.

Como cabría esperar, eligieron lugares de distinción para sus enterramientos. En los diferentes testamentos consultados, otorgados por diferentes individuos de la familia Lecumberri, hemos comprobado la importancia concedida a las sepulturas familiares y su ubicación. Cada testador manifiesta su deseo de ser enterrado en una capilla determinada, siendo muy frecuente hacerlo en sepulturas propias de la familia, y en la que anteriormente fueron sepultados otros familiares muy cercanos. A lo largo de casi tres siglos, desde el XVII al XIX, los difuntos de la familia fueron enterrados en diferentes sepulturas, ubicadas todas ellas en Tudela: en la colegiata –actual catedral–, en el convento de San Francisco y en la parroquia de San Nicolás. Juan Aicine de Lecumberri falleció en 1624 y fue sepultado en la capilla del Espíritu Santo de la colegial. Su hijo Antonio Lecumberri Bela compró un enterramiento en la iglesia del convento de San Francisco, que “está en medio de la primera fila o hilera de sepulturas junto al presbiterio de su altar mayor, sobre la losa o lápida que tiene se halla una descripción que demuestra antigüedad y lo que contiene es lo siguiente: Sepultura de Don Antonio de Aizine Espondaburu de Lecumberri y sus descendientes”. Antonio Lecumberri Torrobas, hijo del anterior, compró junto a su segunda esposa, Isabel de Amezcua, una segunda sepultura en San Francisco.


Retablo de San Pedro de Alcántara, sufragado por la familia Lecumberri

Retablo de San Pedro de Alcántara, sufragado por la familia Lecumberri.


La capilla de la Virgen de la Peña en el convento de San Francisco

Sobre la capilla de Nuestra Señora de la Peña en la iglesia del convento franciscano de Tudela, Ángeles García de la Borbolla afirma que fue un lugar muy solicitado para enterramientos. Antonio Lecumberri Sartolo, nieto de los anteriormente citados Antonio Lecumberri e Isabel Amezcua, se convino con la Orden franciscana en la cesión y donación de la citada capilla, formalizando dicho acuerdo en escritura fechada el 22 de octubre de 1771, que contenía, entre otras, esta cláusula: “puedan usar de dicha capilla para entierros suyos, demás fines, y efectuar [lo] que les convenga en cualquiera manera y tiempo, colocando en la misma las imágenes o imagen de los santos y santas que les parezca”. Además, el comprador se obligó a dotar la “capilla con luminaria perpetua de su lámpara y a poner en calidad de sufragios de sus difuntos y limosna de sus religiosos en el día de ánimas de cada año una carga de trigo perpetuamente y así mismo ceder a favor de el convento dos sepulturas que la casa tiene en dicha iglesia para que las dé el síndico”. Don Antonio Lecumberri, de acuerdo con lo estipulado, modificó la advocación de la capilla a favor de san Pedro Alcántara. Una de las pruebas iniciales que lo corrobora es el testamento de su primo, Francisco Lecumberri Sola, de ese mismo año, en el que dispone que su “cuerpo sea sepelido y enterrado en la iglesia y convento de mi Padre San Francisco y en la Capilla de San Pedro Alcántara, propia de Don Antonio de Lecumberri, mi primo, con hábito de San Francisco…”.

La devoción familiar a san Pedro Alcántara y la capilla

La devoción de la familia Lecumberri a san Pedro Alcántara y san Francisco de Asís queda patente no solo por la advocación en la capilla, sino también porque sabemos que en la casa principal del mayorazgo conservaban: “dos Cuadros de cuerpo entero, el uno de San Francisco de Asís, y el otro de San Pedro de Alcantara, con sus marcos dorados y negros” y una escultura del santo extremeño descrita así: “Un San Pedro de Alcántara de bulto con su diadema de Plata, el que sirve para llevarlo y ponerlo en el Altar Mayor de la Iglesia del Convento de Religiosos de Nuestro Padre San Francisco, en la novena y fiesta que anualmente se hace por la Casa”. La diadema argéntea pesaba cuatro onzas.


Imagen titular del retablo de San Pedro de Alcántara

Imagen titular del retablo de San Pedro de Alcántara.


María Ana Azcue y Altuna, viuda de Antonio Lecumberri Sartolo, en la escritura de fundación del mayorazgo de Lecumberri, describió la capilla de la siguiente manera:

Una Capilla en la Iglesia del Convento de religiosos de Ntro. Padre San Francisco de esta dicha Ciudad y en su Presbiterio con su altar dorado y en él colocada la efigie del Patrón de la Casa el Glorioso San Pedro Alcántara con sus sepulcros dentro de las dos paredes colaterales de dicha capilla cerrado o cercado su frontis con una vallada rebajada de yerro y en él fijado y colocado el escudo de su nobleza y una preciosa lámpara de plata que continuamente todo el año está ardiendo y en igual forma deberá estar y mantenerse en obsequio del Glorioso Santo Patrón para cuyo efecto se entregaran como se entregan anualmente a su comunidad diez docenas de aceite y a más seis robos de trigo en calidad de limosna por los sufragios que los Religiosos en cada un año celebran por las almas de todos los difuntos de su familia el día de las animas o conmemoración de los difuntos.

Los avatares de la capilla, retablo e imagen fueron parejos a los del convento franciscano de la capital de la Ribera. Estuvo en pie hasta el derribo de la iglesia, ordenado por el Ayuntamiento de Tudela en 1841 y ejecutado al año siguiente. Con anterioridad y desde el último decreto de exclaustración de 1837, el convento se empleó como hospital militar y cárcel. Desconocemos el paradero de varios objetos importantes que contenía la capilla, por ejemplo la valla o reja que cerraba la capilla en la que estaba colocado el escudo de armas de los Lecumberri. Tampoco sabemos el destino de la “preciosa lámpara de plata que continuamente todo el año está ardiendo”. Sabemos del saqueo napoleónico a que fueron sometidos los conventos de la época y, por tanto, sospechamos que la lámpara de plata y quizás la reja fueron sustraídas de su emplazamiento original.

El retablo a la parroquia de San Nicolás

Respecto al retablo de San Pedro Alcántara, que es el elemento que nos ocupa, fue desmontado y trasladado, en primera instancia, a la casa Lecumberri el 7 de septiembre de 1836, a juzgar por lo que Juan de la Cruz Lecumberri Azcue, hijo del fundador del mayorazgo, anotó en el cuaderno de gastos de dicha casa. Unos días después, Juan de la Cruz Lecumberri encargó a Alba, albañil que realizó buen número de reparaciones para la casa, que tabicase los sepulcros de la capilla que contenían los restos mortales de varios familiares.

La familia Lecumberri se había quedado sin capilla enterramiento al estar cerrada la iglesia de San Francisco. El 30 de marzo de 1841, por encargo de Juan Lecumberri Azcue, se trasladaron de San Francisco a la iglesia de San Nicolás los restos mortales de varios miembros de la familia que yacían dentro de los sepulcros sellados cinco años antes. Fueron depositados en la sepultura número 9, sita en la primera fila y columna derecha, justo al lado de la capilla en la que se colocó el retablo de San Pedro Alcántara, que durante décadas estuvo en la capilla de San Francisco.


 Retablo en la parroquia de San Nicolás de Tudela en 1978.

Retablo en la parroquia de San Nicolás de Tudela en 1978. Foto CMN.


En el inventario de bienes que hizo Juan Lecumberri Azcue, en 1854, con motivo del fallecimiento de su esposa Concepción Martínez de Arizala, entre los bienes enumerados cita:

Una capilla que existía en la Iglesia del suprimido convento de Religiosos de San Francisco de esta ciudad, con su altar dorado y en él colocada la efigie de San Pedro de Alcántara en bulto, con su sepulcro dentro de las dos paredes colaterales de dicha Capilla para su enterramiento en ella del fundador del mayorazgo Don Antonio Lecumberri, Don Ignacio su hermano, y sus descendientes, sobre que se otorgó la correspondiente escritura con la comunidad por el señor Fundador el 22 de octubre de 1771 ante el escribano Don Joaquín García. Se trasladó con conocimiento del Ilmo. Sr. Obispo, al tiempo, de esta Ciudad y su Diócesis, Don Ramón María Azpeitia y Sanz de Santa María, así que los restos existentes en los sepulcros de ella a la Iglesia Parroquial de San Nicolás de Bari de esta ciudad donde se colocó el retablo dorado con la efigie de bulto de San Pedro de Alcántara, la valla y demás correspondiente a la Capilla.

El retablo de San Pedro Alcántara fue colocado en la pared lateral izquierda de la primera capilla del lado de la Epístola de la iglesia de San Nicolás, en donde fue fotografiado por el equipo del Catálogo Monumental de Navarra a fines de los setenta del siglo pasado. Se catalogó como obra rococó y se describió en su organización. Respecto a la talla del titular de la hornacina central, se catalogó en el siglo XVIII, “con una composición barroca de líneas abiertas y elementos paisajísticos en la peana”.

La atribución de la propiedad del retablo y capilla de San Nicolás a la familia Martínez de Andosilla y Gaytan, que hizo Julio Segura Miranda, debió de venir motivada porque doña Josefa Lecumberri y Martínez de Arizala, nieta del fundador del mayorazgo Lecumberri, casó en segundas nupcias con Felipe Gaytán de Ayala y Salvatierra, descendiente de los Martínez de Andosilla. Este matrimonio no tuvo descendencia, y con la muerte de doña Josefa Lecumberri se borró en Tudela toda huella de esta ilustre familia, a excepción del mencionado retablo de San Pedro Alcántara, y del nuevo Colegio de los Jesuitas, financiado en gran parte con la herencia de esta señora.

El retablo, sin duda, es obra de talleres tudelanos, bien de los hermanos del Río o de los Ortiz, cuyos proyectos por aquellos años del siglo XVIII aún basculaban entre las dinámicas arquitecturas del rococó con placas adventicias y otros modelos más clásicos que se iban imponiendo a la luz de las directrices académicas. La escultura del santo debe ser obra importada, posiblemente desde Madrid. Representa al santo extático ante la cruz –la primitiva desnuda ha desaparecido en los últimos traslados–, en sintonía con el estandarte del día de la canonización del santo en 1669 y con otras muchas esculturas, dibujos y grabados estudiados por el profesor Andrés Ordax en su monografía sobre la iconografía del santo extremeño. La presencia de elementos de la naturaleza en la peana recuerda a sus numerosos raptos en la huerta, y la disciplina y la calavera aluden a sus penitencias. La escultura es de notable calidad y ajena a los talleres locales de la Tudela del tercer cuarto del siglo XVIII.

Traslado del retablo a Milagro

Después de siglo y medio en la iglesia de San Nicolás, y cuando este templo tudelano estaba cerrado al culto debido al lamentable estado de conservación, el retablo de San Pedro Alcántara sufrió un nuevo traslado, saliendo de Tudela al ser enviado en 1999 a la ermita del Patrocinio de Milagro, donde fue colocado en la pared frontal de la capilla del lado del Evangelio. El retablo, según me refirió don José Ignacio Omeñaca, párroco de Milagro, llegó en un estado de cierto deterioro, faltando dos columnas del retablo, y siendo necesario encargar su talla al taller del restaurador Patxi Roldan.

 

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

Archivo Municipal de Tudela. Protocolos Notariales de Tudela.
Archivo General de Navarra. Tribunales Reales. Procesos, núm. 243354.
Archivo General de Navarra. Mercedes Reales. Fundación Mayorazgo Lecumberri 1796.
Archivos Eclesiásticos de Tudela. Libros Sacramentales de las Parroquias de Tudela.

ANDRÉS ORDAX, S., Arte e iconografía de San Pedro de Alcántara, Ávila, Institución Gran Duque de Alba. Diputación Provincial, 2002.
ERDOZAIN GAZTELU, A., Linajes en Navarra con escudo de armas, Tomo I, Bilbao, Editorial Mogrobejo-Zabala, pp. 40-42.
FERNÁNDEZ GRACIA, R., El retablo barroco en Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2003
GARCÍA GAÍNZA, M.ª C., HEREDIA MORENO, M.ª C., RIVAS CARMONA, J., y ORBE SIVATTE, M., Catalogo Monumental de Navarra. I, Merindad de Tudela. Pamplona, Gobierno de Navarra, 1980.
GARCÍA DE LA BORBOLLA, Á., “La Ciudad de Tudela y el convento de San Francisco. Influencias de una nueva espiritualidad en la Baja Edad Media”, Archivo Ibero-Americano, vol. 66, núms. 253-254, 2006, pp. 291-313.
SEGURA MIRANDA, J., Tudela. Historia Leyenda Arte, Tudela, Imprenta Delgado, 1964, p. 139.
VILLANUEVA SAENZ, R. I., “Antonio Lecumberri. Datos para la historia de la legendaria familia tudelana de ganaderos de reses bravas”, Revista Centro de Estudios Merindad de Tudela, núm. 15, 2007, pp. 7-42.