EL PALACIO DE BAIGORRI: EL PRIMER PALACIO
DEL ESTILO NUEVO

 

Juan Carlos Valerio Martínez de Muniáin
Arquitecto

 

Fernando Chueca nos transmitió la admiración por ese momento español en que el gótico florido se dirige hacia una culminación, que no será exaltada y expresiva como en Inglaterra y Centroeuropa, sino serena y luminosa. Para Chueca dio en una síntesis que llamará isabelino, manuelino, y, en mezcla con el renacimiento incipiente, plateresco.

Para los historiadores extranjeros, que tan poco suelen conocer el arte español, es un gótico final, un renacimiento bastardo. Sin embargo ese estilo, que coincide con la época culminante de España y Portugal, con el final de la Reconquista, con la intuición del Imperio, cuando ambos países están creando una nueva visión del hombre que tratarán de imponer al mundo conocido, no es ya en esencia gótico y tampoco es renacimiento.

En su arquitectura religiosa el espacio está unificado, tiende a una nave sencilla de estructura muy clara, amplia, cuando el espacio es de tres naves tiende a unificarlas haciendo a las naves laterales subsidiarias, como capillas de la nave central, o integrándolas en una nave única con sus bóvedas a la misma altura, las llamadas iglesias columnarias.

Esa unidad del espacio ya no es gótica, tampoco es gótica la planitud de sus bóvedas, increíbles alardes estructurales, ni es gótica la luz alta, fina y esbelta, producida por huecos pequeños en los grandes muros, ni es gótica esa rotundidad  del exterior, esos grandes buques, donde no se expresan ni los arbotantes ni los pináculos y, si pueden, tampoco los estribos.

Esa austeridad, esa pureza de volúmenes, podían acercarnos al Renacimiento, pero no es así, el Renacimiento supuso una destrucción del organismo gótico y en él se da una vuelta a la macla de volúmenes, de cubos unidos por leyes geométricas y jerarquías. El espacio renacentista se inicia con una gran ingenuidad, el espacio de este estilo nuestro es un espacio maduro, es una culminación añorada tras muchos siglos de evolución del gótico.

La arquitectura renacentista necesitará articular sus muros con pilastras, con cornisas, con órdenes, nunca se atreverán a hacer los inmensos muros desnudos de nuestro estilo. Nuestro estilo no precisa ni de la articulación del discurso gótico ni de los órdenes renacentistas, es una arquitectura nacida del interior, del espacio interno mostrado sin temor al exterior. En ese aspecto se detecta su origen medieval, natural, espontáneo, verdadero, no sometido a más reglas que a las fuerzas de la naturaleza, no es intelectual como el Renacimiento.

Nuestro estilo no supo ser descubierto por los historiadores extranjeros, y aún los nacionales no supieron encuadrarlo si en un gótico final o en un protorenacimiento. Creo que es claro que una de sus desventajas fue que no tuvo nombre, en otro artículo lo denominé “estilo nuevo” pues fue algo nuevo, inesperado, desconocido, incomprendido. Chueca estuvo a punto de nombrarlo, de darle apellido, pues hasta que no lo tenga será un desconocido.

Este estilo creó una concepción espacial nueva, que evoca un mundo nuevo, amplio, moderno, optimista, generoso, y muy sereno y espiritual, pues a pesar de sus logros estructurales éstos no tratan de manifestarse, permanecen callados, con naturalidad, cuando todos sabemos las inmensas tensiones que descienden por sus muros serenos.

Sus espacios son espacios de paz, de serenidad, con su luz alta iluminando las bóvedas, descendiendo por sus paredes desnudas, con su aislamiento del exterior, que no le importa, separándose así del Gótico y del Renacimiento.

Su silencio tiene algo del mundo hispánico, que otros dirían hispanoárabe, su aire de tiempo detenido lo acerca a la pintura y arquitectura llamada metafísica, pero ésta exagera las sensaciones y nuestro estilo no, su aire de eternidad, de estar fuera de los estilos, no lo muestra, lo posee sin más.

En los adornos de sus cornisas y capiteles no le importa utilizar temas góticos, suaves molduras, flores o racimos, o ángeles renacientes, pero es algo indiferente, sólo precisa suaves líneas.

Este estilo nuevo llenará la península de nuevos templos que reconocemos inmediatamente por sus volúmenes desnudos y rotundos, sus altos huecos, sus estribos austeros, su clara presencia en el paisaje, y en el interior por sus bóvedas entrelazadas, muy planas, en cuyos sencillos y finos nervios, casi decorativos, intuimos la bóveda real que parece flotar sobre ellos. Reconoceréis sus interiores amplísimos, muy arriesgados, y esa sensación de naturalidad, de ningún esfuerzo, a pesar de las anchas luces cubiertas con bóvedas.

A pesar de la espectacularidad de sus iglesias columnarias, bellísimas, creo que su prototipo, su espacio esencial, era la iglesia de una sola nave, a veces con crucero formado por capillas laterales, insinuándose esbeltas desde fuera, pero siendo realmente muy anchas desde dentro.

Pero quería ahora hablaros de este estilo en la arquitectura civil, en los palacios, en un único palacio original, prototípico, sin igual en Europa, se trata del palacio que el conde de Lerín, cabeza del bando beamontés en Navarra, construyó en su bosque de Baigorri, en la comarca de la Solana, situado entre los municipios de Lerín, Larraga, Allo, Dicastillo, y Oteiza.


Foto 1. Palacio de Baigorri (Fotografía: Catálogo Monumental de Navarra)

 

El paisaje de Baigorri era un amplísimo bosque de encinares situado sobre la meseta de altozanos en que acababa la considerada Tierra Media, que caía en acantilados sobre el río Ega. A partir de Baigorri el paisaje se hace más desértico y se inicia la llamada Ribera.

El paraje era perfecto, aislado, sin pueblos cercanos, para construir un palacio de recreo siguiendo una tradición gótica expresada en el Renacimiento.

Pero el palacio no fue un palacio más, utilizará el lenguaje de las altas columnas octogonales, aquí transformadas en cilíndricas, de lejanos orígenes hispanoárabes, retomadas en el gótico hispano, y que pasarán a formar parte del lenguaje renacentista, pero que para mí definen el lenguaje de este estilo nuevo inclasificable.

Muchas veces me he preguntado si esta arquitectura es la versión civil de ese estilo nuevo que tan claro aparece en la arquitectura religiosa. Pero el palacio de Baigorri rompe todos los cánones, no responde al modelo de los palacios góticos hispanos, levantinos, con su patio asimétrico y su gran escalera como protagonista del patio, pero tampoco a los patios renacentistas de arquerías, ni a los palacios de patios adintelados de este estilo nuevo: patios castellanos, patios estelleses, patio del palacio del Condestable, Conde de Lerín, de Pamplona.

Su lenguaje parece hijo de estos últimos, altos patios adintelados hispanos, con esa verticalidad aún gótica de sus columnas, contrastada con la horizontalidad de sus dinteles, herencia del mundo hispanoárabe, con esa violencia secreta, sin contemplaciones, que los hace inscribir en este espíritu nuevo, en su contraste entre la columna, la pieza más valiosa y decorada, y los silenciosos muros interiores y exteriores.

Sin embargo su carácter adintelado, arquitrabado, les impide llegar a la síntesis de las naves abovedadas, donde las fuerzas van desde el cielo a los cimientos integrando todo, unificando todo en la estructura.

Su carácter arquitrabado les hace dirigirse hacia la fragmentación, hacia la ruptura de la unidad, lacra del Renacimiento, a la ruptura del hombre, de su conciencia, ruptura que el Renacimiento sólo pudo superar en el Barroco que tenderá de nuevo a la unidad.


Foto 2. Dibujos del palacio de Baigorri, de Juan Carlos Valerio

 

Esta arquitectura palacial del Estilo Nuevo sólo puede recuperar una cierta unidad si mantiene una tensión intensa entre sus elementos, entre las columnas, piezas claves de su arquitectura, y el muro. Lo logra en los patios manteniendo unos muros muy fuertes y unos patios verticales oprimidos por ellos, pero el palacio de Baigorri lo intentará por otro camino.

Él va a ensayar un prototipo nuevo, inesperado. En primer lugar renuncia al patio, patio que yo siempre consideré una herida en el Renacimiento, un espacio incomprensible en él. En el lugar del patio, del vacío del cubo, él va a optar por un lleno, en el corazón del edificio va a situar un muro, algo desconocido hasta entonces en la arquitectura.

El muro, ciego, doloroso, apunta hacia un nihilismo atroz, no hay nada en el corazón del hombre, sólo soledad, y ese muro va a dotar al edificio de una tensión longitudinal extrema. Así su palacio no va a ser el cubo, el cuadrado del Renacimiento, él continuará la tradición lineal medieval, tradición en parte del estilo nuevo, y planteará una larga nave, recuerdos de un mundo que era un camino hacia Dios, retomará la tradición de los palacios-nave románicos, de los increíbles palacios nave y torre del gótico navarro.

Al rechazar el cubo renacentista y apostar por la nave, por el gran megaron, se acerca al espíritu griego, consciente o inconscientemente, y se aleja decididamente del mundo romano. Ese desprecio por la arquitectura romana y del Renacimiento italiano supondrá un gran enfrentamiento entre los arquitectos del Estilo Nuevo español y los renacentistas, cuyo punto culminante será el enfrentamiento entre Rodrigo Gil de Hontañón y Juan de Herrera.


Foto 3. Dibujos del palacio de Baigorri, de Juan Carlos Valerio

 

Nuestro arquitecto ha rechazado el patio, ha rechazado el cubo, y se dirige hacia una tipología de gran nave, de gran megaron o templo, con un inquietante muro interior. Sitúa a cada lado del gran muro dos larguísimas crujías diáfanas, como grandes salones a este y oeste, que acompañarán al muro en toda su longitud. Prácticamente está decidiendo ya la silueta del edificio con una gran cumbrera longitudinal y una gran cubierta a dos aguas, su silueta es ya otra novedad.

Imagino esos grandes salones, inmensos, artesonados, con sus muros estucados donde quizá imaginó frescos o tapices, pero ahora aparecerá la gran novedad, la que supone la alteración absoluta de los modelos: las columnas de los patios las utiliza afuera, y crea una altísima galería de columnas que cobija los dos niveles del palacio, el nivel de entrada y el nivel noble que mira al exterior. Pero con toda la decisión que es posible sitúa una gran galería al este y otra idéntica al oeste, es tal la violencia de esta decisión que supondrá el llevar sus ideas hasta el final.

La decisión estaba implícita en el muro interior: el edificio va a ser simétrico a oriente y occidente, las dos grandes galerías ni que decir tiene que acompañarán toda la longitud de la nave. El palacio renaciente ha sido invertido, el arquitecto está planteando un gigantesco Parthenón, pero para acentuar aún más su violenta decisión opta por que la fachada sur y la norte sean absolutamente ciegas, exceptuando dos impresionantes huecos cuadrados, no cabía más desprecio a las convenciones.

No he visto nada igual, nada hay así en la arquitectura europea, nunca hubo nada así.

A través de la Edad Media el Estilo Nuevo ha llegado a Grecia, a un nuevo helenismo donde el paisaje lo es todo.

Porque eso quiere reflejar el edificio, con un muro ciego en su interior toda la riqueza espacial y decorativa estaba en esas columnas abiertas al paisaje.

No quiero ni pensar lo que esto simboliza, a la negación del interior del alma sucede esa mirada extasiada ante el paisaje, el hombre es sólo eso, un contemplar, un ver discurrir los días y las noches, impotente, admirado ante la creación pero sin ningún refugio interior, un exiliado de Dios, un ser errante sobre una tierra que admira pero que no es su tierra, su íntimo origen.

El edificio me ha parecido a veces una oración silenciosa, pero cuando veo su fachada ciega y negra al sur con sus dos ojos, pienso que es una blasfemia, ¿cómo si no puede entenderse el desprecio del sur, del sol, de la vida? ¿Por qué sólo mirar el alba y el ocaso?

Se podría decir, para quitar fuerza a mis argumentos, que no se trata de un palacio sino de un belvedere, de un pabellón en el paisaje, quizá sí, quizás sólo sea un pabellón en el paisaje, ¡pero cuántos mensajes! ¡Qué arquitectura espléndida! ¡Cuánto dolor oculto!

Muchas veces pienso que él es el contrapunto humilde del palacio de Carlos V de Granada, éste cuadrado, poderoso, con el patio más maravilloso del Renacimiento, pero adintelado, español. Este nuestro no es cuadrado, es alargado, su patio son dos enormes galerías externas, si Carlos necesitó toda la composición y decoración del Renacimiento, éste no precisa de molduras para atar el edificio, se basta con su tensión, con sus proporciones.

A veces pienso que el palacio de Carlos V representa un hombre, con su armadura, y que este palacio de Baigorri sería una mujer, aquél estático, éste dinámico, aquél concentrado en su interior, éste vuelto al exterior, pero si el palacio de Carlos procede de una larga tradición de tratados y avances, éste aparece como hijo de la Edad Media, pleno de naturalidad, de ingenuidad, como un primer nacimiento a la luz.

Hace muchos años que no he vuelto a verle, no puedo por la tristeza que me produciría, cuando todo el señorío de Baigorri, del Duque de Alba, se vendió a los labradores y al gobierno de Navarra, empezaron los incendios de los encinares, saquearon los bellísimos capiteles románicos de la iglesia, las excavadoras del propio gobierno derribaron sin ningún motivo la antigua fonda, los saqueadores derribaron las altas columnas del palacio para llevarse los tambores de las columnas, los capiteles, es el reflejo de un tiempo de saqueadores.

¡Cuánto añoro al Conde de Lerín, dicen que él se tomaba la justicia por su mano, que era un condottiero cruel, cuantas manos cortaría hoy!

El estilo nuevo moriría bajo la dictadura impuesta por Juan de Herrera y Felipe II, ambos, sin duda, tenían una nueva arquitectura, magnífica y poderosa, que proponer, pero truncaron un estilo nuevo, español, luminoso, y no dejo de añorar ese palacio flotante en el paisaje, ese Parthenón de caballeros herederos de la Edad Media, de condottieros solitarios que añoraban el paraíso y el perdón.


Foto 4. Dibujos del palacio de Baigorri, de Juan Carlos Valerio