FOTOGRAFÍA DEL CUARTO DE BANDERAS DEL PALACIO DE LOREDÁN

 

Ignacio Miguéliz Valcarlos
Museo Universidad de Navarra

 

"A mi hijo entrego el estandarte real de mi abuelo Carlos V y las banderas gloriosas que salvé yo mismo, llevándolas á tierra extranjera, para que un día, triunfantes y hermosas, ondeen de nuevo bajo el viento de mi estimada patria. Estas reliquias no se las doy como trofeos de guerras, sino como símbolo de mi inquebrantable fidelidad y abnegación y como testimonio de nuestro brillante pasado y de nuestro hermoso porvenir... Mando á mi hijo que, después de muerta mi estimada esposa, doña María Berta, y sola guardadora de estas banderas mientras viva, se posesione de ellas y las considere el tesoro más grande de su herencia". Con estas palabras legaba Carlos VII a su hijo Jaime III el contenido del Cuarto de Banderas del palacio Loredán, su residencia en el exilio en Venecia. Trofeos que, como él mismo señalaba, constituían el testimonio de la herencia recibida y de la lucha de los ideales carlistas.

Quien así habla es Carlos de Borbón y Austria Este (1848-1909), pretendiente carlista al trono español con el nombre de Carlos VII. Era hijo de Juan III (1822-1887) y de la archiduquesa María Beatriz de Austria Este (1824-1906), perteneciente a la rama de los Módena de la casa imperial austriaca. El matrimonio tenía caracteres diferentes, mientras don Juan era de pensamiento liberal, doña María Beatriz era de ideas políticas conservadoras y arraigadas creencias religiosas, por lo cual acabaron separándose en 1853. Tras la muerte de Carlos V (1788-1855), y debido a la mentalidad de Juan III, su madrastra María Teresa de Braganza (1793-1874), princesa de Beira, segunda esposa de Carlos V y una de las principales valedoras de la causa carlista, impulsó la candidatura de Carlos VII. En 1864 publicó un manifiesto, Carta de la princesa de Beira a los españoles, por el cual reconocía como legítimo heredero a Carlos frente a su padre. Finalmente, Juan III abdicó en 1868 los derechos a la corona en su hijo, adoptando el título de conde de Montizón y estableciendo su residencia en Londres. En dicha ciudad formó una nueva familia con Helen Sarah Carter (1837-1911), de la que tuvo dos hijos, John (1861-1929) y Helen (1859-1947) Montfort.

Mientras, Carlos VII y su hermano Alfonso, futuro Alfonso Carlos I (1849-1936), se establecieron en Módena junto a su madre, al amparo de su familia materna, trasladándose en 1853 a Praga y en 1863 a Venecia, donde residían sus tíos, los condes de Chambord. En 1867 Carlos contrajo matrimonio con la princesa Margarita de Borbón-Parma (1847-1893), que secundó activamente las aspiraciones de su marido. El matrimonio tuvo cinco hijos, Jaime, futuro Jaime III, y las infantas Blanca, madre del pretendiente Carlos VIII, Elvira, Beatriz y Alicia. Al abdicar su padre 1868 asumió la condición de heredero carlista al trono español, y tras la revolución en España que expulsó a Isabel II, desarrolló una activa política con la intención de recuperar el trono. Durante la tercera Guerra Carlista (1872-1876) don Carlos entró en España, estableciendo su corte en Estella, mientras que doña Margarita se estableció en Pau, desde donde apoyó la actividad de su esposo y organizó La Caridad, institución benéfica que se encargó de la administración de varios hospitales en el norte de España. Esto le valió la admiración y el cariño de los carlistas, denominándose a partir de ese momento a las mujeres de este movimiento como Margaritas. Tras la derrota en la guerra, don Carlos partió al exilio definitivamente, estableciéndose en París entre 1876 y 1881, donde también residía la derrocada Isabel II, con la que el pretendiente estableció contactos tendentes a la reunificación de las dos ramas. Durante este tiempo la relación entre don Carlos y doña Margarita se fue deteriorando, propiciado en parte por las continuas infidelidades del pretendiente, lo cual favoreció también ataques de la prensa anticarlista. A partir de 1882 don Carlos estableció su residencia en el palacio Loredán de Venecia, que le había cedido su madre, quien a su vez lo había heredado de su hermana la condesa de Chambord. Mientras que doña Margarita, con su sus hijos, hacía lo propio en la Tenuta Reale de Viareggio, en Lucca, que había recibido de su abuela, María Teresa de Saboya.

En 1893 moría doña Margarita y un año más tarde su viudo contraía segundas nupcias con la princesa María Berta de Rohan (1868-1945). A doña Berta se le achacó siempre ser la causa del distanciamiento de don Carlos con sus hijos y con los carlistas, así como de entorpecer el posible matrimonio dinástico del heredero, y de destruir documentos y pertenencias de su marido. Tras la muerte de éste en julio de 1909 la princesa de Rohan heredó el palacio de Loredán y todo su contenido, salvo el llamado Cuarto de Banderas, que fue legado por Carlos VII a su hijo y sucesor, Jaime III, quedando la princesa como usufructuaria y guardiana del mismo. El Cuarto de Banderas era un salón en el que Carlos VII reunió los recuerdos históricos del Carlismo que se había llevado consigo al exilio. Como su propio nombre indica, en él se guardaban las banderas y banderines que el pretendiente y sus antepasados habían utilizado en las guerras carlistas, así como otras enviadas por sus partidarios. Igualmente se conservaba en él otros objetos vinculados con las contiendas y la tradición carlista, como boinas, medallas, diferentes armas, sellos, sillas de montar, cuadros y dibujos, fajines y condecoraciones. Los reveses de la I Guerra Mundial y la mala administración de la princesa hicieron que doña Berta se viese en apuros económicos, teniendo que malvender el palacio y su contenido a la actriz de cine Francesca Bertini. En 1925 su cuñado, Alfonso, ante el posible viaje de don Elio Elío y Magallón (1852-1938) marqués de Vessolla a Venecia le indicaba que “Allí vive Berta como una mendiga, va de un hotel al otro hotel sin pagar la cuenta. Nos dijeron hay allí un señor americano muy caritativo que a muchos socorre y a ella también”. Entre los objetos que la Princesa se vio obligada a vender estaban los del Cuarto de Banderas, que solo retenía como guardiana. Nuevamente es don Alfonso Carlos quien en marzo de 1928 le cuenta al marqués de Vessolla lo acontecido con las piezas conservadas en dicho salón “Lo de las Banderas del cuarto de Banderas de Loredán fue como sigue. Como M. Berta tiene muchas deudas en Venecia permitió que cogiesen los objetos de los cuales Carlos le dejó depositaria y guardia mientras viviera, y que fueron empeñados como garantía para los acreedores. A nosotros nos avisaron de dos partes por ver si podíamos impedir que se perdiesen. Uno de los que me previnieron fue el anticuario Gio Carrer que conoces y que vimos en Viena. Me dijo estaban depositados en …… (sic) Y que se decía serían vendidos a subasta. Más tarde me escribió había sido suspendida la subasta por la intervención de alguien. Por Beatriz supimos últimamente que fue la marquesa de Villalba quien las rescató y devolvió a María Berta. Hubiera debido darlas a Jaime como propietario de las banderas, etc. Tal vez que M. Berta siga especulando con ellas. Bonito guardia!”. Tras este primer intento fallido finalmente la princesa de Rohan pudo vender las banderas, parece que a unos anticuarios de París, a quienes se las compró un millonario llamado Middleton, quien las donó a la familia Baleztena. Joaquín Baleztena Ascárate cedió estas piezas al Museo de Recuerdos Históricos instalado en el seminario de San Juan Bautista de Pamplona, y tras desmantelar el Ayuntamiento pamplonés este espacio pasaron al Museo de Tabar y de allí al Museo del Carlismo de Estella.

El Cuarto de Banderas del palacio de Loredán fue reproducido por la prensa carlista en sendas ocasiones. En diciembre de 1890 El Estandarte Real anunciaba la publicación de cuatro zincografías, una por cada lienzo de pared de dicho salón, realizadas por el dibujante Paciano Ross y el litógrafo Víctor Labielle según el modelo dado por el pintor Luigi Gasparini. Estos cromos, tal y como los denominaba la publicación, se publicaron en los números de diciembre de 1890 y enero, mayo y junio de 1891. En ellas se recogía con detalle los diferentes objetos expuestos en la estancia, acompañados de comentarios sobre los mismos realizados por Francisco Melgar, secretario de don Carlos. Años después, en 1907, Fomento de la Prensa Tradicionalista de Barcelona editó un álbum sobre el palacio de Loredán, Los Duques de Madrid en el palacio Loredán, en el que se mostraban en veintidós láminas las principales estancias del palacio, así como a don Carlos acompañado por doña Berta. Estas imágenes iban acompañadas de dieciocho textos que en tono poético narraban la historia de Carlos VII, del palacio de Loredan y sus estancias y de los afanes carlistas. Como no podía ser de otro modo también se recogía el Cuarto de Banderas, acompañado de un texto escrito por el general del ejército carlista Emilio Martínez Vallejos con la misma prosa épica que el resto de la publicación.

 

Cuarto de Banderas. Palacio Loredán (Venecia). 1909
Colección particular. Pamplona

 

Dos años más tarde, en 1909, durante un viaje en barco por el Mediterráneo cuya etapa final fue Venecia, uno de los viajeros realizó una serie de fotografías de la ciudad, entre las que se incluía una instantánea del Cuarto de Banderas. Gracias a esta imagen, conservada en una colección particular de Pamplona, podemos ver dicho salón tal y como estaba en junio de 1909, un mes antes de morir Carlos VII. Gracias a estas tres fotografías se aprecia como este salón se mantuvo a lo largo de lo años de manera inmutable, con las misma disposición no solo en cuanto a los objetos históricos en él conservados, sino incluso en el mobiliario complementario. Las tres se centran en el lienzo de Honor de la estancia, en el que se disponían los elementos más emblemáticos, y que es descrito por Francisco Melgar en El Estandarte Real en diciembre de 1890: “En el centro, debajo de la corona de laurel que encierra el lema Dios, Patria, Rey, está el estandarte de la Generalísima, bordado por S. M. la Reina María Francisca, y que acompañó a Carlos V y Carlos VII en sus campañas. A derecha é izquierda, lanzas carlistas y boinas históricas. A la derecha del que mira, la bandera del Real Cuerpo de Guías del Rey. A la izquierda, la bandera del Batallón Cazadores del Cid, 1.º de Castilla. Sobre ambas, dos de las banderas con que se inició el movimiento en el Norte el año 1872. Debajo del estandarte de la Generalísima, trofeo de espadas, en semicírculo: entre ellas, de los tres Carlos, del Infante Don Fernando, del Marqués de Valde-Espina, de Ollo, Elío, Lizárraga, Rada y otros oficiales generales; bastones y fajas de Reyes y Generales. Debajo, el pergamino de Gasparini en honor de los principales jefes carlistas muertos en campaña. En la mesa que hay debajo, colección de proyectiles hechos en las fábricas carlistas; en el centro, cera de los blandones que ardieron en el catafalco de Carlos V; a un extremo, la cruz de San Fernando del General Ortega; al extremo opuesto, flores de Portugalete. - Continúa á la derecha del que mira: banderines de las Compañías 1.ª, 2.ª, 4.ª y 6.ª del 1.º de Navarra, sujetos con una bomba, modelo de las lanzadas sobre Bilbao. Debajo, escudo de bronce con los nombres de los hechos de armas a que asistió en persona Carlos VII. Debajo, la última silla de montar de Carlos V en la guerra de los Siete años. Mas á la derecha: bandera del Batallón de Cruzados, 4.º de Castilla, en forma de estandarte; debajo, las banderas de Guías de Castilla y de Cazadores de Palencia, 5.º de Castilla. Debajo, las banderas del 8.º de Guipúzcoa y de Cazadores de Tolosa, 3.º de Guipúzcoa. Debajo, la caja de madera en que estuvo encerrado el estandarte de la Generalísima desde la guerra de Carlos V a la de Carlos VII. A la izquierda del que mira, partiendo del trofeo central: cuatro banderines de la 2.ª, 5.ª, 7.ª y 8.ª Compañías del 1.º de Navarra, sujetos por un modelo del mayor proyectil Witworth usado por la artillería carlista. Debajo, escudo de bronce con los nombres de los oficiales generales de ambos ejércitos muertos en la guerra de 1872 á 1876. Debajo, silla de campaña de la Reina Doña María Teresa. - Más a la derecha: la bandera del 1.º de Gerona, en forma de estandarte. Debajo, las banderas del Batallón de Marquina, 3.º de Vizcaya, y del Batallón Infanta Doña Elvira, 5.º de Navarra. Debajo, la bandera del 4.º de Álava y la que sirvió para el alzamiento de la Rioja en 1872. Sobre este último grupo de banderas, el busto, en acero, de Carlos VI” De esta forma, en la fotografía aquí estudiada se aprecian las banderas colgadas en las paredes, junto a panoplias y estandartes, así como el abigarramiento decorativo, con profusión de muebles y objetos. Entre las piezas que se pueden reconocer sin dificultad figuran en el centro de la imagen la bandera llamada Generalísima, bordada por doña María Francisca de Braganza, esposa de Carlos V, en 1833, enmarcada a derecha e izquierda por la bandera del Real Cuerpo de Guías del Rey y la del Batallón de Cazadores del Cid. Bajo estas banderas se sitúa un marco con un pergamino realizado por el pintor Luigi Gasparini en honor de los principales jefes carlistas caídos en las contiendas, y tras él sobresalen las empuñaduras de una rueda de espadas, armas que habían sido propiedad de Carlos V, Carlos VI, Carlos VII, el infante don Fernando, el marqués de Valde Espina, y los generales Elío, Ollo, Lizarraga y Rada. Se observa también sendos escudos de bronce, en uno de ellos se inscriben los nombres de las batallas a las que asistió Carlos VII, y en el otro los nombres de los generales muertos en la segunda guerra Carlista (1872-1876). Igualmente se reconocen la silla de montar de Carlos V y el busto en acero de su hijo, Carlos VI.

 

Cuarto de Banderas en Los duques de Madrid en el Palacio Loredán (Venecia). 1907

 

Del mismo reportaje que la imagen anterior forman parte otras seis fotografías de Venecia, dos de ellas vinculadas con la tradición carlista, una vista general exterior del palacio de Loredán, y una interior del Salón de Honor, muy similares a dos de las publicadas por Fomento de la Prensa Tradicionalista de Barcelona en 1907. Y junto a ellas cuatro vistas consideradas como turísticas: tres perspectivas del Gran Canal, del puente de Rialto y de la Plaza de San Marcos y una imagen del palacio de los Dux. Tanto las instantáneas del Cuarto de Banderas como la del Salón de Honor del palacio son fotografías que reflejan la dificultad de fotografiar interiores con cámaras de aficionado, ya que la primera está sobreexpuesta y la segunda subexpuesta. Mientras que el resto de imágenes recogen bien vistas generales con ángulos abiertos que dan amplitud a las instantáneas y que muestran imágenes turísticas de la ciudad, o bien nos presentan un monumento en un primer plano, ocupando la totalidad de la mancha. A pesar del pequeño tamaño de las placas, las imágenes son de extraordinaria nitidez, captando minuciosamente todos los detalles, lo que posibilita que en caso de ampliación, no se perdiese detalle. Esto es importante ya que estas placas además de poder ser vistas con visores estereoscópicos, podían también proyectarse mediante luz, a modo de una diapositiva. Esta segunda posibilidad resume el uso que se dio a estas imágenes, ya que en las travesías en barco durante el viaje, y como forma de entretenimiento, se procedía a proyectar las fotografías que habían realizado los integrantes del grupo.

 

Palacio Loredán (Venecia). 1909
Colección particular. Pamplona

 

Salón Palacio Loredán (Venecia). 1909
Colección particular. Pamplona

 

Se trata de fotografías en formato estereoscópico de gelatina (bromuro de plata) sobre placa de vidrio de formato uniforme, de proyección horizontal, y con unas medidas de 4,5 x 10,7 cm en el soporte primario, y de 4,1 x 4,2 cm cada una de las manchas. Este tipo de placas ya preparadas con emulsiones de gelatinobromuro podían ser empleadas mucho después de su fabricación gracias a que presentaban buenas condiciones de conservación, lo cual también permitió avances en su comercialización. La fotografía estereoscópica permitía la captura de una imagen en tres dimensiones, de manera muy similar a como la vería el ojo humano. Para ello se utilizaba una cámara binocular, que tenía dos lentes con la misma distancia focal, gracias a las cuales se obtenían dos imágenes muy similares, con una ligera desviación del eje visual. Al contemplar las dos tomas resultantes a una determinada distancia y con los visores adecuados, el ojo humano las veía al mismo tiempo superponiendo una toma con la otra, lo que daba la sensación de estar viéndola en tres dimensiones. La evolución y desarrollo que tuvo esta técnica fue pareja a la de la fotografía en sí misma, ya que los primeros intentos se dieron con la visualización de dibujos sobre papel y cartón, posteriormente con la creación de la maquina binocular de Brewster, y sobre todo con el fuerte impulso de la exposición de Londres de 1851. Su gran difusión tuvo lugar a partir de 1855, en gran parte debido a la utilización del colodión como base para el negativo de cristal y la albúmina para el positivado en papel, y por otro por la consolidación de las grandes casas comerciales. Un hito importante dentro de la fotografía estereoscópica fue la invención por parte de Jules Richard de un nuevo sistema para la captación de estas imágenes, con el empleo de placas de vidrio de 4,5 x 10,7 cm que se positivaban por contacto en placas de cristal de las mismas dimensiones, pero invirtiendo las imágenes de derecha a izquierda. Este sistema, que se componía de una cámara, la Vérascope, así como un surtido de visores y accesorios, era muy versátil y de reducido tamaño lo que lo hacía especialmente práctico en viajes y excursiones.

Estas placas fueron fabricadas por la compañía Ilford, empresa dedicada a la fabricación de material fotográfico, todavía existente hoy en día, especializada en fotografía en blanco y negro. Fue creada en 1879 por Alfred Hugh Harmand (1841-1913), pionero de la fotografía, quien comenzó la fabricación de placas de gelatina bromuro en su casa de Ilford, localidad cercana a Londres. Gracias al crecimiento de la demanda de material fotográfico, Harmand pudo ampliar la empresa en 1891, pasando a denominarse como Britannia Works, teniendo que ser relanzada en 1898 como The Britannia Works Company y finalmente en 1900 con el nombre de Ilford Limited. Todas las cajas conservan en el anverso y laterales la etiqueta de la casa, en la que también se dan instrucciones acerca de cómo revelar o positivar dichas placas.

Nada sabemos acerca del autor de las fotografías aquí estudiadas, ya que no ha quedado constancia del nombre ni firma en ninguna de las imágenes, e igualmente la familia propietaria de la colección desconoce la autoría de las mismas. En relación a ello nos planteamos tres hipótesis diferentes. La primera es que el autor sea un fotógrafo contratado por la Junta organizadora del viaje para que realizase un reportaje del mismo. En este sentido, en un viaje similar celebrado en 1905, se hacía constar que “Llevará también la Junta organizadora un corresponsal artístico, con cuyo concurso, concluido el viaje, podrá editarse una interesante crónica del mismo y un Álbum completo de vistas de todos los países y lugares visitados”. La segunda de las hipótesis plantea que fuesen obra uno de los participantes en el viaje, lo cual vendría posibilitado por los innovaciones técnicas en el mundo fotográfico. La creación de las placas secas de gelatinobromuro, los avances en las maquinas fotográficas y la producción y comercialización de todo el material necesario para revelar y positivar fotografías, tanto en papel como en cristal, permitieron la expansión de la fotografía y el surgimiento de fotógrafos aficionados. Gracias a ello muchos de los participantes en el viaje portaban su propia cámara de fotos, como se indica en una de las crónicas del mismo “Entre tanto los fotógrafos, cuyo número es legión, recorren la cubierta como cazador un coto, prodigando disparos a diestro y siniestro…”. Finalmente la tercera hipótesis que se plantea es que este reportaje sea en realidad obra de varios fotógrafos, que en un momento determinado del viaje pusieron en común las fotografías por ellos realizados para poder ser visionadas durante las travesías en barco, tal y como había ocurrido en un viaje anterior “Finalmente, oscureciendo, se hicieron unas proyecciones de fotografías obtenidas por varios viajeros en el trascurso del viaje…”. En cualquiera de la casos, la realización de copias de estas imágenes, no suponían ningún problema gracias a la invención del nuevo sistema de copiado de imágenes estereoscópicas por Jules Richard.

 

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