TRAS EL GRECO EN EL MUSEO DE NAVARRA 
 

Mercedes Jover Hernando
Marta Arriola Rodríguez
Museo de Navarra

 

El Museo de Navarra celebra el cuarto centenario de la muerte del Greco conmemorado en 2014, con un itinerario guiado a través de tres piezas que se exhiben en su exposición permanente. La primera muestra como pintaban los coetáneos del Greco. Las dos siguientes muestran su huella en la pintura Navarra del siglo XX. 

El tiempo del Greco en el Museo de Navarra

En 1556 se terminó de esculpir la fachada plateresca del Hospital de Nuestra Señora de la Misericordia, que hoy, casi cinco siglos después da acceso al Museo. Tras esta portada, formando parte de su importante colección de piezas, se exhiben algunas contemporáneas a su construcción que se muestran en la sala de pintura renacentista.

Todavía faltaban veinte años para que el Greco llegara a España y desarrollase ese estilo personal que constituye un paréntesis de independencia en la pintura española. Mientras tanto, sus coetáneos del último tercio del siglo XVI, pintaban “a la manera de”, revelando en sus cuadros lo aprendido en Italia de los grandes maestros como Miguel Ángel, Rafael, Tiziano o Tintoretto.

Es el caso del pintor y escultor Gaspar Becerra (1520-1568) que tras veinte años en Roma, regresó a España ese mismo 1556. Con sus obras sentó las bases del Romanismo en las escuelas del norte peninsular durante el último tercio del siglo XVI. Su Anunciación aquí expuesta nos remite al genio de la Capilla Sixtina, de modo especial en la rotunda anatomía del arcángel Gabriel, así como en las formas flotantes y el color tornasolado. Es evidente por qué se considera a Becerra introductor de las formas y modelos del manierismo miguelangelesco en estas tierras. 

La Anunciación es uno de los temas que el Greco representaría en repetidas ocasiones y que permite ver con claridad su evolución pictórica. 

De entre todas las que pintó, nos fijamos en la de 1576, un óleo sobre lienzo de menor formato de las que ejecuta en su etapa toledana, realizada presumiblemente al final de su andadura en Italia, durante su estancia en Roma. Gusta de los colores manieristas y revela deudas del arte de Tintoretto y la escuela veneciana filtradas por las formas miguelangelescas, que, como en la obra de Becerra, apreciamos en el canon del arcángel. La influencia italiana se observa además en ese embaldosado que enfatiza la perspectiva geométrica, tan buscada y estudiada en el Quattrocento.

   
 

Izquierda: La Anunciación, El Greco, c. 1576. Óleo sobre lienzo, 117 x 98 cm. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
Derecha: La Anunciación, Gaspar Becerra, s. XVI. Óleo sobre tabla, 156 x 80 cm. Museo de Navarra, Sala 2.11



Por el contrario, el personalísimo estilo del Greco, que eclosiona en Toledo, queda patente en esta otra Anunciación realizada en 1597. De grandes dimensiones ofrece una composición en aspa construida por una doble diagonal cuyo centro ocupa la paloma del Espíritu Santo, nexo de unión entre el mundo celestial, envuelto en un Rompimiento de Gloria, recurso muy habitual del cretense, y el mundo terrenal. En éste están María -muy estilizada- y el arcángel Gabriel -recién posado- de vibrante anatomía alargada. La luz blanca resalta las pálidas carnaciones propias de las figuras del Greco, que acentúan el carácter espiritual de sus pinturas.

La Anunciación, El Greco, c. 1597
Óleo sobre lienzo, 315 x 174 cm
Museo Nacional del Prado, Madrid 

 

La huella del Greco en el Museo de Navarra

Tras su muerte el 7 de abril de 1614 en Toledo, el Greco quedaría casi olvidado por completo y del todo incomprendido durante casi tres siglos, para ser redescubierto a finales del siglo XIX. Desde entonces, numerosos artistas y teóricos de la historia del arte han apreciado la obra del pintor cretense y han señalado su influencia en artistas contemporáneos, una huella solo comparable a la de Velázquez y Goya.

La Crucifixión de Cristo, por su transcendental importancia en el cristianismo, es uno de los temas más representados en el mundo del arte. El significado dramático de la escena combina muchos factores atrayentes para cualquier artista. Primeramente el sentido de máximo sacrificio y aceptación de la muerte como modo de salvación para el hombre. También, la presencia del dolor y sufrimiento en grado máximo, y frente a él, la dignidad y la aceptación del destino.

De las varias crucifixiones que pintó el Greco hemos seleccionado la que realizó en 1588 donde el crucificado aparece acompañado por la Virgen, María Magdalena y San Juan al pie de la cruz. Obra de madurez, aparece ya su característica elongación longitudinal en las figuras pero no otro de sus rasgos distintivos de este periodo, la proliferación de personajes. El Greco elige quizá resaltar la soledad doliente de Cristo a pesar de sus acompañantes, que en un gesto de acercarse a él dirigen sus miradas a la cruz.
 

Cristo en la cruz con las dos Marías y San Juan, El Greco, 1588
Óleo sobre lienzo, 120 x 80 cm
Galería Nacional de Atenas, Grecia

 

Durante sus años en Madrid, Julio Martín-Caro (Pamplona 1933 – Madrid 1968) visitaba con frecuencia las salas del Prado y quedaba horas prendido de los grandes maestros. En 1955 participa en una exposición colectiva en el Círculo de Bellas Artes donde coincide con el pintor Carlos Pascual de Lara, a quien debe su admiración por el Greco. La espiritualidad y cromatismo del cretense le inspirarán para pintar el óleo Al pie de la Cruz. Con esta obra conseguirá una tercera medalla y el Premio del Ayuntamiento de Madrid en el Salón de Otoño de ese mismo año. 

Martín-Caro utiliza el tema de la Crucifixión como símbolo de un sufrimiento propio que intentaba conjurar mediante la pintura. Si en la tela del Greco apreciamos la soledad del crucificado, cuánto más no lo vamos a hacer en la obra del pintor navarro, en la que el protagonista de la escena desborda el marco físico del lienzo en un intento de escapar al dolor terrenal que de forma tan expresiva queda recogido en cada uno de los rostros de los personajes retratados.

Al pie de la cruz, Julio Martín-Caro, 1955
Óleo sobre lienzo, 110 x 80 cm
Museo de Navarra, Sala 4.4

Picasso dejó dicho: “Yo no pinto lo que veo, pinto lo que pienso”. Este carácter intelectual de la pintura, también lo encontramos en el Greco. Su obra Vista de Toledo, además de ser considerado uno de los primeros paisajes aislados de la historia de la pintura -lo que viene a subrayar la modernidad del artista- muestra una vista subjetiva de la ciudad que ha llevado a diversas interpretaciones sobre su significado. El Greco no sólo pinta la Toledo que ve y que refleja en los edificios emblemáticos, sino la que piensa, porque el cambio de emplazamiento de alguno de éstos dan una imagen imposible desde cualquier situación real, lo que nos advierte que la intención del pintor no era tanto aportar una fidelidad objetiva de la realidad urbana, sino conseguir una síntesis plástica como símbolo icónico de la ciudad.
 

Vista de Toledo, El Greco, c. 1604
Óleo sobre lienzo, 121 x 109 cm
Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

Como el del Greco, el paisaje de José María Ascunce (Beasain 1923 – Pamplona 1991) también se aleja de convenciones academicistas. Ambos autores se salen de la senda del naturalismo para tomar ese personal camino que es el expresionismo. “El cielo en un cuadro es como el pintor decide que sea” dirá Ascunce. El cielo que pinta en Vista de Estella, en esta “Toledo del norte”, recrea una atmósfera tenebrosa y poblada de grises que evoca ese celaje casi fantasmagórico del Toledo de El Greco. 
 

Vista de Estella, José María Ascunce, 1959-60
Óleo sobre lienzo, 135 x 109 cm
Museo de Navarra
Sala 4.3