SAN FRANCISCO ABRAZANDO A CRISTO Y SAN ANTONIO DE PADUA CON EL NIÑO
OBRAS DE FRAY PEDRO DE MADRID

José Javier Azanza López
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro


La iglesia de San Antonio de Capuchinos de Pamplona custodia un conjunto de obras de notable mérito artístico procedentes del Colegio de Lekaroz, al que arribaron a finales del siglo XIX como depósito de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, tal y como ha estudiado la doctora García Gainza. Y, junto a las anteriores, cuelgan también de los muros del templo pamplonés dos buenas copias del pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682), llevadas a cabo un par de décadas más tarde por el capuchino Fr. Pedro de Madrid.

Fr. Pedro de Madrid (Madrid, 1880-1936), en el siglo Pedro Satué Blanco, ingresó en 1893 en el Seminario-Colegio de Lekaroz, donde fue ordenado sacerdote el 25 de febrero de 1906. Desde el principio, sus aptitudes artísticas no pasaron desapercibidas a los responsables del Colegio, máxime cuando en Lekaroz se cuidaba con esmero la cualificación de sus frailes en aquellas materias en las que sobresalían. Entre ellas se encontraba la música, dado que, además de tener condiciones para el canto, tocaba el contrabajo y el violonchelo, tanto con orquesta como solista, acompañando con suma frecuencia las solemnes funciones religiosas, así como las veladas literarias y musicales en las que participaba como instrumentista y cantante de zarzuela.

Más relevante resultó su vocación por la fotografía, en cuya técnica se inició de la mano de Fr. Antonio de Antequera, pionero y responsable del laboratorio fotográfico de Lekaroz. Si bien la mayor parte de sus fotografías son testimonio de personas y acontecimientos, en una labor tanto promocional como testimonial del devenir cotidiano del Colegio, el talante más artístico que documental de Fr. Pedro le llevará a ampliar su horizonte e, influenciado por el pictorialismo fotográfico, a crear composiciones narrativas con existencia estética propia. Explícito de ello resulta su colección de veinticuatro fotografías de caseríos baztaneses con la que resultó vencedor en el Certamen Fotográfico-Social organizado en Pamplona en julio de 1912, en el marco de la VI Semana Social y de los actos conmemorativos del VII Centenario de la batalla de las Navas de Tolosa.

A la música y fotografía debemos añadir su interés por el dibujo y la pintura, ámbito en el que Fr. Pedro de Madrid tuvo sus primeros contactos con Fr. Antonio de Vera, responsable del taller de escultura, y probablemente con el pintor aragonés Ramiro Ros Ráfales, quien entre 1896 y 1898 pasó varias temporadas en Lekaroz realizando diversos encargos. Siguiendo la política de formación continua característica del centro, llevará a cabo sucesivas estancias fuera de Lekaroz con el objetivo de mejorar su capacidad pictórica y de realizar copias con destino al Colegio; San Sebastián, Madrid, Córdoba y Sevilla serán sus lugares de destino, en un período cronológico comprendido entre 1904 y 1918.

Dentro de su producción pictórica, el retrato fue una de las ocupaciones de Fr. Pedro de Madrid para satisfacer la demanda del Colegio, llevando a cabo, entre otros, los del Papa Pío X, del P. General de los Capuchinos Fr. Bernardo de Andermatt, y del P. Llevaneras, fundador del centro lecarocense. La rigidez compositiva que caracteriza a sus retratos, realizados generalmente a partir de una fotografía, se atempera merced al empleo de una pincelada suelta y fluida en la elaboración de algunos detalles de la indumentaria.

También mostró interés por el paisaje, género que trabajó al aire libre, plasmando en sus lienzos los escenarios naturales baztaneses. Da buena fe de ello una fotografía en la que aparece frente al caballete en plena naturaleza, paleta y pincel en mano, con los tubos visibles en la caja abierta a sus pies; sentado con el rostro vuelto hacia el espectador, plasma el puente medieval de Reparacea en Oieregi, en el inmediato Valle de Bertizarana, motivo que atrajo el interés de otros paisajistas contemporáneos como Jesús Basiano.

Fray Pedro de Madrid pintando el puente de Reparacea, h. 1910

 

Pero la mayor parte de su producción pictórica está configurada por copias destinadas a las dependencias del Colegio de Lekaroz; no es nada desdeñable la personalidad de Fr. Pedro como copista, en una época en la que esta profesión comienza a merecer el reconocimiento de diversos sectores sociales. Testimonio de la misma es la instancia que dirige al director del Museo del Prado, el pintor sevillano José Villegas Cordero, el 14 de enero de 1913, solicitando permiso para “hacer estudios de las obras de arte que encierra el Museo de su digna dirección”. En su aproximación a los grandes maestros del Siglo de Oro español, el capuchino se revela como un excelente intérprete de la pintura de Murillo –el P. Zudaire lo califica como “hábil copista de cuadros de Murillo”-, del que traduce con virtuosismo su estilo vaporoso, la pincelada de factura deshecha y el vibrante manejo de la luz.

A finales de 1915, Fr. Pedro de Madrid fue enviado a tierras andaluzas “con objeto de copiar para este Colegio algunos cuadros de pintores célebres”, refiere el rector Fr. Joaquín Mª de Beriain. En 1916 reside en Córdoba, ocupado en copiar cuadros del Museo de Bellas Artes. Al año siguiente se traslada a Sevilla, donde permanecerá hasta el verano de 1918 copiando diversas obras realizadas por Murillo entre 1665 y 1669 con destino a la iglesia del desamortizado Convento de Capuchinos de la capital hispalense, depositadas en su Museo de Bellas Artes. Entre éstas se encontraban San Francisco abrazando a Cristo (292 x 181) y San Antonio de Padua con el Niño (283 x 188), que el pintor andaluz había ejecutado para sus respectivos retablos ubicados en la muro del Evangelio del templo capuchino.

El episodio de San Francisco abrazando a Cristo no figura en las biografías oficiales de San Francisco, si bien existe un referente textual del mismo en la Leyenda de la beata Cristina de Saint-Truiden, beguina flamenca fallecida en 1224, y protagoniza igualmente estampas devocionales flamencas. Se trata de un tema significativo en la iconografía franciscana, por cuanto aúna la visión del fundador de la orden con la profunda devoción a Cristo crucificado que profesaban los capuchinos. Fr. Pedro de Madrid sigue fielmente la composición original, que muestra al Crucificado desclavando su brazo derecho de la cruz para acoger bajo su regazo al santo franciscano, quien de pie y con el rostro invadido por el misticismo, abraza igualmente al Redentor. El abrazo del Crucificado es expresión de la recompensa divina a la renuncia del santo a los bienes terrenales para servir sólo a Dios y al prójimo, decisión que queda explicitada de manera sumamente gráfica en el gesto de san Francisco pisando el globo terráqueo, así como en el texto que figura en el libro que sostienen dos ángeles niños, alusivo al pasaje evangélico de Lucas 14, 33: Qui non renuntiat omnibus, quae possidet, non potest meus esse discipulus (Quien no renuncia a todo lo que posee, no puede ser discípulo mío). Es la plasmación plástica de la forma de vida franciscana, expresada con profunda intimidad espiritual. La intensidad lumínica contribuye a resaltar las monumentales figuras del Crucificado y San Francisco, que se recortan sobre un paisaje urbano apenas esbozado.

Fray Pedro de Madrid, San Francisco abrazando a Cristo, 1917-1918
 

La segunda copia murillesca de Fr. Pedro de Madrid que custodia la iglesia pamplonesa es San Antonio de Padua con el Niño, tema iconográfico de honda devoción popular basado en un episodio de la vida del santo recogido en el Liber Miraculorum. En medio de un paisaje se hace presente el santo de rostro juvenil escorzado, arrodillado ante el Niño en señal de rendida devoción y con el cuerpo levemente inclinado hacia adelante; viste hábito franciscano y porta en su mano derecha el ramo de azucenas como símbolo de su virginidad, en tanto que con la izquierda abraza al Niño, sentado sobre el libro de la Sagrada Escritura que actúa como pedestal. En el espacio superior apreciamos un rompimiento de gloria con un grupo de ángeles que contempla el trascendental abrazo, desde los cuales desciende una cascada de luz áurea que sirve de fondo a la figura del Niño, destacándose así de la penumbra del resto del lienzo, dominado por una atmósfera afectiva merced a los rostros y gestos de ambos personajes.

A través de ambas obras, que actualmente lucen en la iglesia de San Antonio de Padres Capuchinos de Pamplona tras el cierre del Colegio de Lekaroz, apreciamos la capacidad de Fr. Pedro de Madrid como intérprete, dos siglos y medio después, de la pintura de Murillo, patente asimismo en otras copias realizadas por el capuchino, tales como una segunda versión de San Antonio de Padua con el Niño, la Virgen de la servilleta, Santo Tomás de Villanueva Niño repartiendo sus ropas, Los niños de la concha, una Inmaculada Concepción (en la misma iglesia de capuchinos) y un San Juan Bautista.

Fray Pedro de Madrid, San Antonio de Padua con el Niño, 1917-1918



BIBLIOGRAFÍA
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