ESCENAS DE VIDA COTIDIANA EN UN RETABLO PICTÓRICO DEL SIGLO XVI

María Josefa Tarifa Castilla
Universidad de Zaragoza

 

El retablo mayor de la parroquia de San Julián de Ororbia es la primera gran obra pictórica del Renacimiento en Navarra, acometida en los años centrales de la década de 1520 por un pintor hasta el presente sin identificar y conocido bajo el apelativo del Maestro de Ororbia. Un artista cuya pintura se desenvuelve entre la tradición gótica hispanoflamenca -que se manifiestan en la inclinación del artista por los pequeños detalles, la minuciosidad con que trabaja todos los elementos de la composición, sobre todo los paisajes-, y las nuevas corrientes italianas renacentistas, que le llevan a plasmar escenas de composición muy cuidada y equilibrada, con un estudio de la perspectiva y las arquitecturas de enmarque.

El retablo fue erigido bajo la titularidad de San Julián Hospitalario, en el que junto a pinturas de temática religiosa, como es habitual en la época, aparecen otras que reproducen escenas de la vida cotidiana, algo atípico, concretamente en las tablas del primer cuerpo que narran la historia de San Julián, inspirada en la Leyenda Dorada de Jacobo de la Vorágine, dominico genovés del siglo XIII. San Julián era un joven perteneciente a la nobleza, que un día salió de caza, sucediéndole el conocido episodio del encuentro con el ciervo, quien le reveló que próximamente asesinaría a sus padres. agdalena, uno de los máximos exponentes del historicismo y eclecticismo arquitectónico en España. De planta poligonal y con una superficie de 9 x 6 metros, quedaba elevado sobre una plataforma de piedra sillería con escalinata del mismo material; en su ejecución se emplearía madera recortada y cubierta de zinc, con una policromía de color gris, y su coste se estimaba en 24.000 reales, cantidad que podría verse reducida hasta los 18.500 en función de los materiales.Este momento es el que describe la primera pintura del retablo dedicada al titular, en el que el muchacho está practicando dicha actividad cinegética, una de las ocupaciones favoritas de los aristócratas, composición inspirada gráficamente y en parte en el grabado de La conversión de San Eustaquio (1501-1502) de Alberto Durero, como apuntó Buendía. San Julián monta sobre un caballo blanco, ataviado con la vestimenta propia para cabalgar, con el sayo de color dorado corto hasta las rodillas, sobre el que cuelga el cuerno, calzas grises, botas borceguíes negras ajustadas a las pantorrillas y sombrero gris sujeto al cuello, indumentaria acorde a la moda de las décadas inciales del siglo XVI. El pintor sitúa la escena en medio de un verde bosque, tierras que probablemente pertenecen a los dominios de esta familia aristocrática, siendo acompañado San Julián en esta actividad de divertimento por varios perros galgos que acosan al venado y dos criados, uno de los cuales hace sonar el cuerno. Al fondo de la tabla se dibuja un camino que lleva hasta un castillo de gruesos torreones cuadrados edificado en lo alto de la colina, morada del personaje de alta cuna.
 

Retablo mayor de la parroquia de San Julián de Ororbia. La cacería del ciervo 
 


La siguiente tabla, que reproduce el trágico episodio de San Julián dando muerte a sus padres es nuevamente una recreación de vida cotidiana, en el que se suceden dos momentos cronológicos. San Julián, temiendo que se cumpliera la profecía del ciervo, abandona a sus padres y se marcha lejos a otro país, casándose con una dama alto rango social. Un día que había salido de caza, motivo por el que aparece representado en la pintura con el mismo atuendo que en el episodio anterior, llegó a su hogar y se encontró en su aposento a una pareja, que eran sus padres. El joven asesina a sus progenitores con la espada al creer erróneamente que su esposa estaba cometiendo adulterio. El pintor recrea el interior de la vivienda señorial, distribuida en distintas estancias, desde el propio dormitorio cuya cama cubre con telas de color verde, a otras dependencias por las que discurre una criada, dibujando sobre el arco de entrada a la casa el escudo de los dueños, que nos habla del elevado linaje de las personas que la habitan. Después de cometer el crimen, San Julián sale a la calle, donde a la entrada de su palacio, frente a las escaleras de acceso al mismo le espera su escudero que sujeta el blanco corcel, acompañado de los perros de caza, consiguiendo el pintor proporcionar profundidad a la escena por medio del embaldosado de la calle y las ventanas abiertas de la mansión. 

En ese preciso instante San Julián se encuentra con su esposa, que acompañada de dos criadas vuelve tras haber acudido a la celebración de los divinos oficios, tal y como corresponde a la gente de su clase social, inserta en una sociedad sacralizada en la que la religión marca el ritmo de vida. Por ello en el lateral derecho del cuadro el pintor se recrea en la fachada de la iglesia, que trata al detalle, con las escenas en la portada de la anunciación por medio de las figuras de san Gabriel y la Virgen María. Incluso la puerta de la iglesia continúa abierta, y podemos vislumbrar la ornamentación litúrgica del mismo, con un retablo escultórico que preside el altar. Curiosamente, junto a la dama, que viste una rica indumentaria para diferenciarla del resto de las mujeres, hay un perro de aguas, seguramente como una clara alusión a la fidelidad conyugal, ya que este tipo de can suele aparecer en las pinturas de temática matrimonial y en los casos en los que se alude a la pureza del amor conyugal.


Retablo mayor de la parroquia de San Julián de Ororbia. San Julián dando muerte a sus padres
 


La tercera pintura, que representa a San Julián visitando las obras del obras del hospital que él mismo manda construir para viandantes, como penitencia a su horrendo crimen, es la excusa perfecta del pintor para plasmar con gran realidad el proceso constructivo de un edificio a comienzos del siglo XVI. Así, en un primer plano, a pie de obra aparecen los comitentes, que siguen con atención el proceso de la edificación del centro asistencial bajo la explicación del arquitecto, reconocible porque porta en sus manos el compás, en alusión a su elevada consideración social, no de simple artesano, sino de un intelectual que sabe trazar, diseñar, con la escuadra y el compás que ha dejado sobre el sillar pétreo, como expresan los tratados de teoría artística del renacimiento, desde los italianos como Alberti en su De re aedificatoria, hasta el español de Diego de Sagredo titulado Medidas del Romano (Toledo, 1526). A su lado aparece el cantero, experto en la labra de la piedra, desbastando y tallando el sillar, bajo el que ha guardado la calabaza para conservar fresca la bebida y la cesta con la comida.

Al fondo aparecen trabajando nueve oficiales, subidos en andamios de madera construidos con troncos de árboles y embutidos en los muros. Unos colocan sillares, otros aplican el mortero con el palaustre, otro hace funcionar la grúa con la que iza los materiales e incluso hay uno que apaga la sed con una botella plana de cuerpo circular. El pintor también presta atención a la cimbra empleada para realizar el arco de medio punto a través del que se accede al interior del edificio, estructura de madera que no se ha quitado aún. 

En definitiva, a través de la representación pictórica de episodios de la vida de un santo, San Julián Hospitalario, el Maestro de Ororbia recrea con gran habilidad técnica y fidelidad histórica la cotidianeidad de las ocupaciones de los hombres que vivieron en el siglo XVI. Las distintas escenas muestran desde las ocupaciones de los estamentos privilegiados, como la nobleza, cuyo estatus privilegiado les permitía emplear su tiempo cazando, no para conseguir alimento, sino como divertimento; la asistencia diaria a la celebración de los divinos oficios, en el que caso de la dama de alta cuna acompañada de la servidumbre; a la jerarquía profesional existente en los oficios de la construcción, desde el arquitecto que dirige la edificación, a los distintos oficiales que trabajan en la obra con los peones.

Retablo mayor de la parroquia de San Julián de Ororbia. San Julián visitando las obras del hospital
 

BIBLIOGRAFÍA
-ÁNGULO ÍÑIGUEZ, D., “La pintura del Renacimiento en Navarra”, Príncipe de Viana, t. IV, nº 13, Pamplona, 1943, pp. 421-444.
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-FERNÁNDEZ GRACIA, R. (coord.), ECHEVERRÍA GOÑI, P.L. y GARCÍA GAINZA, M.C., El arte del Renacimiento en Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2005, pp. 303-304.
VORÁGINE, S. DE LA, La Leyenda Dorada, I, Madrid, Alianza, 1982.