UN PEQUEÑO COBRE DE LA VIRGEN DE LOS DOLORES, FIRMADO POR JOSÉ ALZÍBAR

Ricardo Fernández Gracia
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

Entre las pinturas que llegaron de Nueva España a tierras peninsulares destacan por una parte los grandes lienzos de retratos de indianos que habían hecho carrera en aquellas tierras o de Guadalupanas, Trinidades antropomorfas y otras iconografías sagradas. Por otra, están los pequeños cobres pintados al óleo que se destinaban a las mansiones familiares y como regalos de los que estaban lejos o de quienes llegaban de regreso de su aventura indiana con todo tipo de objetos de artes suntuarias y objetos artísticos.

En Navarra destaca de aquella procedencia un excelente conjunto de pinturas de la Virgen de Guadalupe de México, de los siglos XVII y XVIII. Con frecuencia aparecen firmadas por destacadísimos pintores novohispanos como Juan Salguero, Juan Correa, Juan Rodríguez Juárez, Francisco Antonio Vallejo, José Páez o Antonio de Torres. La mayor parte de ellas pertenecen al siglo XVIII y su historia está íntimamente ligada a la de otros tantos indianos que hicieron carrera militar, comercial o política en tierras de Nueva España. Asimismo hay que mencionar algunos destacados retratos y las Trinidades de Puente la Reina y Estella.

Respecto a los cobres, generalmente son piezas de pequeño formato que los indianos traían consigo a su regreso o las enviaban para decoración de los salones de sus casas solariegas, muchas de las cuales habían reedificado a su costa. En muchos casos con el tema de la Virgen de Guadalupe pasaba a formar parte de la identidad cultural y religiosa de aquellas familias, junto a otras representaciones de devociones más peninsulares como la Virgen del Pilar, o más regionales como la Virgen del Camino, San Saturnino y San Fermín, que también se pintaban en Nueva España, siguiendo modelos de grabados devocionales pamploneses. A este grupo pertenece el bellísimo ejemplar firmado por Nicolás Enríquez en 1773 y que se exhibió en la exposición Pamplona y San Cernin 1611-2011. IV Centenario del voto de la ciudad. Conocemos pequeñas colecciones de cobres con cuatro o seis en cada una de ellas, en donde se representan las grandes devociones novohispanas y las peninsulares.

Aquí presentamos un pequeño cobre ovalado firmado por José Alzíbar, conservado en una colección particular, que representa a la Dolorosa con una gran espada –que simboliza los siete puñales de sus siete dolores-. María viste un amplísimo manto azul envolvente, camisa blanca, velo marrón y túnica oscura. Como particularidad iconográfica hay que mencionar las delicadas lágrimas que recorren sus mejillas. Como es sabido, en tiempos de Urbano VIII este detalle mse eliminó de las imágenes de la Virgen de los Dolores, por entender que en el stabat al pie de la cruz, María habría mantenido su dignidad como Madre de Dios, sin especiales aspavientos ni lloros, tal y como señalan numerosos predicadores de la época barroca. Este modelo estuvo muy difundido como icono devocional y se conservan numerosas pinturas con ese mismo esquema, tanto de grandes pintores como de otros más medianos.

Virgen de los Dolores, de José Alzíbar


Iconográficamente se adapta a uno de los modelos para mostrar los dolores de la Virgen harto difundido. Como recuerda Juan Martínez del Llano en su Marial de todas las fiestas de Nuestra Señora (Madrid, 1682):“Es lo más común en las pinturas o imágenes de talla de Nuestra Señora de los Dolores o de la Compasión pintarlas o fabricarlas con muchas espadas o una, que rematan en su corazón, en que se nos da a entender el cuchillo de dolor que la profetizó Simeón”.

El cobre está firmado por José Alzíbar, pintor novohispano activo entre 1751 y 1808, del que conocemos una abundante obra pictórica, tanto de temas religiosos como retratos, que está diseminada a lo largo de todo México. Formado en la tradición novohispana, fue testigo de los cambios que llegaron desde Europa, como la fundación de la Academia de las Tres Nobles Artes de San Carlos en 1785, y participó activamente en ellos.