CONSIDERACIONES EN TORNO A UN RETRATO DE EDUARDO CARCELLER: 
"EL RAPAPOBRES" (1870)

Pablo Guijarro Salvador
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

 

En el Museo de Navarra se conservan dos retratos de personajes tudelanos, "El rapapobres" (1870) y "Un monaguillo de la catedral de Tudela" (1871), regalados por su autor, Eduardo Carceller (1844-1925), a la Comisión de Monumentos de Navarra con destino al museo abierto por dicha institución en 1910. De origen valenciano, Carceller ocupaba desde 1874 la plaza de profesor de dibujo de adorno y figura en la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona. De su biografía sabemos que estudió en la Escuela de Bellas Artes de Valencia y en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid, y que sus trabajos fueron reconocidos con diversos premios así como con una mención honorífica en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1866. Sus especialidades fueron la pintura de historia y el retrato, desarrollando un estilo basado en las fórmulas y convencionalismos academicistas acordes a su formación. En sus retratos, realistas y de sobria factura, gustará de recrear obras clásicas de grandes maestros como Velázquez o Murillo. En efecto, se conoce que en sus primeros años de trabajo ejecutó varias copias de cuadros de ambos pintores. 

Con esta participación en la sección “piezas del mes” de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro pretendemos dar a conocer dos aspectos relacionados con este retrato: en primer lugar cómo recaló Eduardo Carceller en Tudela y en segundo lugar quién era el retratado. Con la respuesta a estas preguntas se podrá valorar esta obra de un modo interdisciplinar que abarque aspectos históricos, artísticos e iconográficos, más allá de cuestiones meramente estilísticas ya conocidas.

Eduardo Carceller ejerció como profesor de la Escuela de Dibujo de Tudela entre 1870 y 1874. Este centro se había creado en 1838 por iniciativa de la Sociedad Económica de Amigos del País, uno de cuyos socios era Miguel Sanz y Benito, pintor que había ejercido como maestro-director de la Escuela de Dibujo de Pamplona entre 1828 y 1837, y que será su primer profesor. La enseñanza del dibujo era sufragada por la citada Sociedad Económica, el ayuntamiento y el Patronato Castel Ruiz, que administraba los capitales legados a la ciudad en 1797 por Manuel Castel Ruiz para la fundación de un colegio. Se impartía dibujo lineal, de adorno y de figura, aunque algunos años el programa incluyó otras materias. La escuela contaba con una nutrida colección de láminas y vaciados de yeso y anualmente se entregaban premios a los alumnos más destacados. En 1869 la plaza de profesor quedó vacante y el ayuntamiento decidió convocar una oposición, cuyos ejercicios fueron enviados a la Escuela Especial de Pintura de Madrid. El tribunal, presidido por Federico de Madrazo, estimó que ninguno de los candidatos reunía el mérito suficiente para desempeñar el puesto.

Tal era el interés del ayuntamiento de Tudela por la Escuela de Dibujo que encargó a la citada Escuela Especial de Madrid de todos los aspectos relacionados con la oposición. Así, se publicó la convocatoria en la Gaceta de Madrid y el Diario de Avisos y las pruebas se celebraron en Madrid entre abril y mayo de 1870. De esta forma se consiguió que se presentaran para la plaza candidatos de mayor calidad y procedentes de toda España, no sólo del ámbito tudelano como en la fracasada oposición del año anterior. Un tribunal formado por destacadísimas personalidades del panorama artístico del momento: Bernardo López Piquer, Germán Hernández Amores, Joaquín Espalter, Ponciano Ponzano, Francisco Torras y Armengol y José Vallejo, presidido por Federico de Madrazo, determinó que Eduardo Carceller había sido el mejor de los ocho candidatos presentados. Por tanto, llegó a Tudela un profesor de un nivel muy superior al de sus predecesores, avalado por la composición del tribunal que lo eligió.
 

Escuela de Dibujo de Tudela (La Avalancha, 24 de julio de 1904)
 

Los cuatro años que Carceller permaneció al frente de la Escuela de Dibujo de Tudela estuvieron marcados por los problemas económicos. La Sociedad Económica había dejado de contribuir, el Patronato Castel Ruiz carecía de fondos y sólo el ayuntamiento aportaba dinero. Incluso el propio Carceller tuvo que convencer a las autoridades municipales para que mantuvieran abierto el centro. Sin embargo, se cerraría al obtener éste la plaza de profesor de la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona en 1874, no reabriéndose hasta 1883. La Escuela de Dibujo fue fundamental para la formación de los jóvenes tudelanos del siglo XIX, tal y como se dice en un documento de la Sociedad Económica (1885): “De allí salieron esos buenos tudelanos que tan dignamente han figurado en los cuerpos de Artillería e Ingenieros militares, en los centros de enseñanza, en las carreras de Ingenieros industriales, ramos de obras públicas y en otras industrias y talleres que crearon con los conocimientos adquiridos en estas escuelas”. Olvidaba la Sociedad hacer referencia a quienes desarrollaron una carrera propiamente artística, pues en ella y sus continuadoras se formaron los más destacados pintores tudelanos, como Nicolás Esparza, Miguel Pérez Torres o César Muñoz Sola.
 

Real Casa de Misericordia de Tudela (hoy hotel AC Ciudad de Tudela)
 

En cuanto al segundo interrogante, quién era el rapapobres, la respuesta nos la da José María Iribarren en su vocabulario navarro: “Asilado de la Misericordia de Tudela que vigilaba la población para impedir la mendicidad pública. Usaba como distintivo de su cargo una ancha bandolera de cuero blanco, y una espada de madera”. La Real Casa de Misericordia de Tudela se inauguró en 1791, gracias a los capitales donados por el matrimonio formado por Ignacio de Mur y María Huarte. El objetivo del hospicio era recoger a los pobres, tanto a quienes verdaderamente lo eran, como a quienes fingían esta condición para vivir de la limosna. Lo cierto es que nunca pudo cumplir su cometido: el edificio era muy pequeño en comparación con el elevado número de pobres existente en las calles de la ciudad y nunca consiguió una situación económica saneada. Tras unos años de total decadencia, a mediados del siglo XIX la Misericordia restauró su edificio fundacional -del que había sido expulsada- y aumentó notablemente el número de internos. Con este motivo, en 1855 se redactaron unos nuevos estatutos de los que se desprende que, básicamente, el problema de la pobreza y sus consecuencias apenas habían variado en sesenta años. “El arreglo de costumbres, el método regular de vida, un alimento bien ordenado, preserva a los pobres de muchas enfermedades que adquieren con su vida desarreglada en la vagancia, mal alimentados y bien bebidos, de que la experiencia nos da ejemplos a cada momento en que se dan a pordioseros, se convierten en unos seres flacos, macilentos y desanimados, que bien pronto van a terminar su mísera existencia al Santo Hospital”.
 

Eduardo Carceller, "El rapapobres", 1870. 38,5 x 28,5 cm. 
Museo de Navarra. (Fotografia: Larrión & Pimoulier)

 

La persecución de este tipo de personas sería el cometido del rapapobres. Los citados estatutos establecen que dos de los hospicianos de “más probidad y disposición” “saldrán todos los días a recorrer la población llevando un distintivo y celarán que ningún otro pida limosna ni ande vagando por las calles y tabernas, lo cual procurarán impedir y, si no pudieren conseguirlo por sí, implorarán el auxilio de los ministros de justicia”. El rapapobres debió convertirse en una presencia habitual en las calles de Tudela, hasta el punto de llamar la atención de Eduardo Carceller y convertirse en el protagonista de uno de sus retratos. Aparece retratado de busto, con la bandolera de cuero blanca y el distintivo de la Casa de Misericordia, y con el vestuario que llevaban los internos: chaqueta y pantalón de paño pardo. Estamos, por tanto, ante un pobre recluido en un hospicio, pero que ha sido representado dignificado, impregnado de una profunda calidad humana que lo aleja de esos mendigos que poblaban la vida callejera de las ciudades españolas. Su mirada transmite una cierta melancolía, reflejo, tal vez, de las terribles experiencias vitales que caracterizaban las biografías de estos personajes. Recuerda a esos tipos callejeros a la vez revestidos de una severa nobleza que sirvieron a Velázquez o Ribera -se sabe que influyeron en Carceller- para representar a apóstoles o filósofos. Hasta el estilo de esta pintura: naturalismo, intenso contraste lumínico con un potente foco de luz lateral que ilumina los rasgos del personaje y deja el fondo en la penumbra, etc., nos recuerda al de aquellos maestros.
 

BIBLIOGRAFÍA
MANTEROLA, P. y PAREDES, C., Arte Navarro, 1850-1940. Un programa de recuperación de las Artes Plásticas, Pamplona, Gob. de Navarra, 1991.
OSSORIO Y BERNARD, M., Galería biográfica de artistas españoles del siglo XIX, Madrid, ed. Giner, 1975. 
QUINTANILLA MARTÍNEZ, E., La Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Navarra, Pamplona, Gob. de Navarra, 1995.
URRICELQUI PACHO, I. J., “La primera generación de pintores navarros contemporáneos: aportaciones para un catálogo de sus pinturas en el Museo de Navarra”, Archivo Español de Arte, nº 300, 2002, pp. 381-396.

ARCHIVOS
Archivo Municipal de Tudela. Fondo Amigos del País.