DISEÑOS DE KIOSKO PARA LOS JARDINES DE LA TACONERA DE PAMPLONA.
Miguel Cía, 31 de mayo de 1871. Archivo Municipal de Pamplona. Obras Municipales.
Año 1871. Proyecto y diseños del Kiosco de los Jardines de la Taconera.

José Javier Azanza López
José Luis Molins Mugueta

 

La creación en Pamplona en 1869 de la Dirección de Arbolado y Jardines, siguiendo la línea emprendida por otros municipios de España, significó un importante desarrollo del paisajismo y jardinería en la capital navarra. A partir de sus conocimientos y experiencia, los directores de Arbolado y Jardines trataron de actualizar los espacios verdes de Pamplona conforme a las corrientes del paisajismo vigentes en aquel momento, sucediéndose así en el último tercio del siglo XIX los proyectos basados en el jardín paisajista o jardín inglés.

Frente a la racionalidad y estricta geometría del jardín francés auspiciado por el arquitecto y paisajista parisino André Le Notre, el jardín inglés responde a un nuevo ideal estético basado en la imitación de las formas naturales aprovechando las características del terreno. De esta manera, los parterres y terrazas se transforman en suaves ondulaciones de colinas y praderas con vegetación y árboles de distribución irregular, y los caminos y calzadas abandonan las grandes avenidas rectilíneas para mostrar un trazado sinuoso. El paisajista inglés entiende la obra de jardinería como una pintura natural de inspiración romántica, una “composición escénica” pensada para el paseo y la reflexión, en la que no debe faltar un elemento como el agua en cascadas, lagos y estanques con un puente y un muelle o embarcadero. Se deben incluir igualmente grutas y falsas ruinas medievales; y también se generalizó la presencia de construcciones, bien de inspiración clásica en templetes y pabellones en forma de templo romano, bien exótica y oriental a modo de pagodas y pabellones chinos.

Desde Inglaterra, el jardín paisajista pasó a Francia, y de aquí a España, donde se desarrolló de una manera tardía en comparación con otros países europeos. Esta influencia de los “jardines informales”, como los define Antonio Ponz, también llegó a Pamplona, de manera que diversos proyectos abogaron por transformar espacios como la Taconera o la Plaza del Castillo en un jardín inglés. En el caso de la Taconera, destacan los de los directores y encargados de Arbolado y Jardines Alberto Salinas (1870), Rafael Zala (1889) y Rafael Albístur (1900). Todos ellos ofrecen varios puntos en común: parten de la necesidad de transformar este espacio de la ciudad, dado su carácter anticuado; conforme a la moda que se ha desarrollado en el resto de Europa, rechazan el jardín francés y abogan por el modelo inglés; pero al mismo tiempo, son conscientes de la imposibilidad de llevar a la práctica sus propuestas, debido a las limitaciones que presenta una ciudad como Pamplona y más en concreto una superficie tan reducida como la Taconera, pues el jardín paisajista por su propia naturaleza y por los elementos que lo integran necesita espacios amplios y abiertos. Nos encontramos así ante “jardines de papel” que forman parte de esa “Pamplona soñada” que no llegó a hacerse realidad, pero no por ello carecen de interés.

Los distintos proyectos que abogaban por transformar la Taconera en un jardín inglés incluían elementos singulares que le otorgaban ese carácter específico. Así por ejemplo, en 1870, a raíz de la propuesta de Alberto Salinas, el constructor de obras rústicas y adornista de jardines y paseos públicos Mateo Bergez, aprovechaba su estancia en Pamplona para proponer al Ayuntamiento la construcción de adornos tales como cascadas, grutas, fuentes rústicas y estanques, además de otros elementos como canastillas y alambradas para los macizos de flores. Y en este mismo contexto debe entenderse el encargo municipal realizado en 1871 al maestro de obras Miguel Cía para levantar un kiosco de música con destino a los jardines de la Taconera.

Los kioscos de música que presidieron y todavía hoy presiden plazas, jardines y alamedas, constituyen una manifestación menor de la arquitectura del hierro, pero no por ello menos notable y atractiva. Su imagen nos retrotrae a un tiempo en parte perdido de grata relación ciudadana en torno al paseo, la música y las tertulias, cuando la ciudad respondía a una escala que tenía al hombre como referencia. Junto con los mercados y estaciones, los kioscos propiciaron la entrada del hierro en la ciudad, si bien no se trata de cubrir amplias superficies, sino de organizar la imagen de un templete sobre un zócalo y con una cubierta a modo de tornavoz. De esta manera, la resolución de problemas estéticos y acústicos se dan cita en una tipología que muestra un alto grado de variables, no tanto en el diseño del detalle como en la solución de la planta (circular, poligonal, oval), el tratamiento dado al zócalo, o la inclusión de elementos como bancos, escaleras o fuentes. Bien diseñados por los arquitectos municipales, bien inspirados o construidos sobre pedidos de catálogos franceses –como sucedió con buena parte del mobiliario urbano-, el kiosco de música se convertirá en un signo emblemático de los tiempos modernos, como ponen de manifiesto en una sucinta relación los de Oviedo, Gijón, Avilés, Burgos, Segovia, o Santiago de Compostela, todos ellos de finales del siglo XIX.
También Pamplona quiso contar con un kiosco de música en los jardines de la Taconera, como se deduce del encargo realizado al maestro de obras Miguel Cía, activo en la Pamplona del último tercio del siglo XIX y autor de un magnífico plano de la ciudad que firmó en 1866. El 31 de mayo de 1871, Cía presentaba tres modelos de kiosco para proceder a su selección; y aunque finalmente el Ayuntamiento acordó no ejecutar ninguno de ellos, su existencia pone de manifiesto las influencias externas asimiladas por nuestros artífices.

Así, el primer diseño (Fig. 1) estaba inspirado en el kiosco de San Sebastián, anterior evidentemente al actual de la Alameda del Boulevard, que fue construido en 1906 por el arquitecto zaragozano Ricardo Magdalena, uno de los máximos exponentes del historicismo y eclecticismo arquitectónico en España. De planta poligonal y con una superficie de 9 x 6 metros, quedaba elevado sobre una plataforma de piedra sillería con escalinata del mismo material; en su ejecución se emplearía madera recortada y cubierta de zinc, con una policromía de color gris, y su coste se estimaba en 24.000 reales, cantidad que podría verse reducida hasta los 18.500 en función de los materiales.
 

Fig. 1. Miguel Cía. Diseño nº 1 para el kiosco de la Taconera 
(Archivo Municipal de Pamplona) 


El diseño señalado con el nº 2 (Fig. 2) imitaba el kiosco de Bilbao, que quizás debamos identificar con el erigido en la capital vizcaína en 1865 con motivo de la visita de la reina Isabel II acompañada por el Príncipe de Asturias, el futuro monarca Alfonso XII. Con forma de octógono regular de doce metros de diámetro, también quedaba montado sobre una plataforma de sillería, y su estructura era de hierro con un mayor recargamiento ornamental, que se concretaba en los roleos que decoraban las enjutas de los arcos apuntados, y en la crestería que remataba el conjunto, finalizada en pináculos y en motivos a modo de flor de lis. Por todo ello, su valor se elevaba a los 100.000 reales, si bien era posible igualmente su abaratamiento. Este modelo octogonal tendrá gran aceptación en los kioscos construidos este momento, como pone de manifiesto el kiosco del Paseo del Bombé en Oviedo, proyectado en 1888 por Juan Miguel de la Guardia, el cual muestra ciertos puntos de contacto con el diseño pamplonés de Miguel Cía.


Fig. 2. Miguel Cía. Diseño nº 2 para el kiosco de la Taconera 
(Archivo Municipal de Pamplona)

 


Finalmente, el tercer diseño (Fig. 3) estaba “dibujado al capricho”, es decir, sin copiar ningún modelo existente. Se configuraba como un polígono de ocho lados, que bien pudiera ser cuadrilongo, bien octógono regular, con una superficie de 53 metros cuadrados. Quedaba levantado sobre una plataforma de metro y medio de altura con el objeto de que dominase la música y los niños no pudieran encaramarse a él con facilidad; dicha plataforma era de tablas de roble con ranuras horizontales de modo que no se pudiese registrar su interior, pero a la vez permitiese pasar la luz suficiente para registrar el contador de gas que se alojaba en su interior. Sobre la misma quedaba el kiosco propiamente dicho, de estructura ligera y tres metros de altura con pies derechos y armazón de pino, pavimento de tableros de roble, friso y adornos de roble y de haya, y remate de hierro y zinc, con una policromía en tonos blancos o rojos claro y oscuro, colores característicos de este tipo de construcciones. Este kiosco, colocado y preparado para poder desmontarse cuando se quisiera, ascendía a la cantidad de 14.000 reales de vellón.


Fig. 3. Miguel Cía. Diseño nº 3 para el kiosco de la Taconera 
(Archivo Municipal de Pamplona)

 

Si bien en este momento no se llegó a construir el kiosco conforme a los modelos propuestos por Cía, fotografías de finales del siglo XIX muestran la existencia de un kiosco en el extremo norte de los jardines (Fig. 4). Una escueta noticia fechada el 3 de julio de 1891 en la prensa local anunciaba que “en los jardines de la Taconera se está construyendo un kiosko para la música”. Sin duda se trata del kiosco que aparece en las imágenes, en cuya construcción se empleó –siempre según la prensa- la piedra del pórtico adelantado que cubría la puerta de entrada al edificio de la Alhóndiga Municipal o Descargue, en su fachada orientada al Paseo de Sarasate.


Fig. 4. Kiosco de los Jardines de la Taconera
 

En referencias posteriores, en la sesión municipal del 28 de noviembre de 1911, el arquitecto municipal presentaba el presupuesto del coste de una escalera nueva para el kiosco de los jardines de la Taconera; y en mayo de 1928, la Comisión de Fomento del Ayuntamiento anunciaba una remodelación del “kiosko de música ya viejo que existe en el paseo de la Taconera”. El kiosco se mantuvo en pie hasta mediados del siglo XX, de manera que en la sesión extraordinaria del Pleno del Ayuntamiento celebrada el 7 de junio de 1955 se aprobó el gasto de 11.830 pesetas para la construcción de un nuevo kiosco para el Bosquecillo de la Taconera, adjudicada a Hijos de A. Zabalo.

 

BIBLIOGRAFÍA
Larumbe Martín, M., El academicismo y la arquitectura del siglo XIX en Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1990.
Navascués Palacio, P., Arquitectura Española (1808-1914), Summa Artis. Historia General del Arte, vol. XXXV**, Madrid, Espasa Calpe, 1993.