VILLANCICOS IMPRESOS PARA LA CATEDRAL DE PAMPLONA EN 1716

Ricardo Fernández Gracia
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

La fiesta de la Navidad en la catedral
La celebración de la Nochebuena en pueblos y ciudades se ha caracterizado, hasta no hace mucho, por la alegría desbordada. La noche siempre tenía su riesgo de alborotos por la presencia de elementos que aprovechaban el evento para mostrar sus particulares protestas. En tal contexto hemos de entender una consabida frase, repetida en crónicas de todo tipo, que siempre afirma: “Hubo mucha gente en la catedral esta noche y no ocurrió ningún alboroto”.

Los Maitines de la Navidad eran de los escasos que se realizaban en la víspera de la fiesta, junto a los de algunos días de Semana Santa. La Navidad tenía desde la Edad Media en la catedral la categoría de “excelentísima”, equivalente a las que más tarde se denominarían dobles de primera clase y con ceremonial de seis capas, con el mismo rango que la Pascua de Resurrección, Pentecostés y la Asunción de la Virgen, titular del templo catedralicio.

Junto las Vísperas, los Maitines de la tarde del día 24 y la Misa del Gallo, la festividad se completaba con la misa de pastores o de la Aurora en la madrugada del 25 y la misa conventual del día de la Natividad. El altar mayor se adornaba con toda magnificencia: flores, luces y los bustos de plata de los copatronos navarros, Santa Úrsula y Santa María Magdalena, descubriéndose la imagen de la Virgen, que de ordinario estaba encerrada en su urna y bajo la cortinilla.

El reglamento de coro catedralicio de 1598, inspirado en el de la catedral primada de Toledo y redactado a instancias del obispo don Antonio Zapata, prevé para los Maitines gran solemnidad, música de órgano y varios villancicos. Respecto a los villancicos, sabemos que, desde el siglo XVI, se generalizaron en todas las capillas de música españolas, sustituyendo a los responsorios litúrgicos en latín unas composiciones en lengua vulgar, primero en la Navidad y algo más tarde en el día del Corpus y en otras celebraciones. El origen de tal costumbre se remonta a la segunda mitad del siglo XV, si bien el empuje final fue la decisión del primer arzobispo de Granada de introducirlos en aquella ciudad en los Maitines de Navidad, después de la reconquista de 1492, a modo de “cancioncillas devotas”, compuestas en parte por él mismo. Los biógrafos del cardenal y el mismo Padre Sigüenza insisten en que desde aquel momento “quedó la costumbre de hacer estas fiestas y regocijos de música en los Maitines y Oficio Divino”. 

En el segundo tercio del siglo XVIII el que fuera prior de la catedral don Fermín de Lubián, hombre diligente, cultísimo y gran conocedor de la historia diocesana y catedralicia, autor de un sinnúmero de informes de distinta naturaleza y bien relacionado con las élites de poder, dejó constancia de la presencia de música instrumental y vocal en los Maitines y por tanto de un dominio de lo sensorial, acorde con una cultura del Barroco exaltado y dieciochesco. En la época en que Lubián redactó sus apuntes, la capilla de música había experimentado un notable crecimiento e importancia para la vida musical de la capital Navarra, contando con nuevo órgano, excelentes maestros de capilla, instrumentistas y cantores, capaces de interpretar delicadas partituras que conservan en el archivo catedralicio. 

El maestro de capilla estaba obligado a componer diversos villancicos al cabo del año, destinados a otras tantas festividades, y sus letras se vigilaron desde 1730 por el cabildo para evitar que “hubiese alguna cosa no correspondiente a la gravedad de los Divinos Oficios”.

La Nochebuena catedralicia de Pamplona, al igual que en otros lugares de Navarra, estuvo caracterizada por algunos excesos. El júbilo se desbordaba en aquella noche y a veces llegaba a extremos poco convenientes al ambiente litúrgico. Como ejemplo nos puede servir una determinación del cabildo catedralicio de 1736, en aras a evitar desórdenes en la noche de Navidad, dando orden al secretario capitular para que “estuviese con el presidente de la Corte para que el alcalde que saliese la noche de Navidad, asistiese a esta Santa Iglesia para evitar los ruidos y desórdenes de estos años y el Señor Prior hiciese que no subiese gente a las barandillas de los órganos, especialmente mujeres, que es indecencia estén en tales parajes”.

A fines del siglo XVIII, al igual que en otras catedrales y colegiatas españolas, los villancicos, concebidos con el fin de acercar a los fieles al misterio del nacimiento de Cristo, experimentaron una degradación paulatina y continuada, degenerando en banalidades, que en algunos casos serían denunciadas. Al finalizar el siglo, en 1800, se data una carta enviada por el inquisidor general y arzobispo de Burgos que nos ilustra sobre censuras que se venían dando de atrás entre las autoridades eclesiásticas, desde la propia Congregación de Ritos, el mismísimo Papa Benedicto XIV y varios obispos y cabildos. 

El contenido de aquella carta encaja perfectamente con las directrices en materia de música sacra del Teatro Crítico Universal del Padre Feijóo o las Reflexiones sobre arquitectura, ornato y música en el templo del marqués de Ureña. No podemos olvidar la coetaneidad de aquellas indicaciones con el informe de don Santos Ángel de Ochandátegui en aras a la eliminación del coro de la nave central, inspirándose en el libro del citado marqués e indirectamente en la obra del abate Fleury Moeurs des israelites et des chrétiens, traducida al castellano a instancias del obispo jansenizante J. Climent.
 

Los villancicos de 1716
Los Maitines de la catedral de Pamplona debían llamar la atención de propios y extraños por la interpretación de villancicos compuestos para la ocasión. Entre los testimonios que avalan ese hecho figura el interés en asistir a ellos por parte de la reina Mariana de Neoburgo en su estancia en Pamplona en 1738. Tras convencerla de los riesgos de salir a aquellas horas de la noche, todo se solucionó con la impresión de unos villancicos bajo la dirección de Andrés de Escaregui, maestro de capilla, hecho no muy usual en la seo de Pamplona, ya que no conocemos más que otros villancicos publicados en 1716 por Miguel Valls.

En la biblioteca de la Real Academia de la Historia se ha conservado un ejemplar de estos últimos, editados en la pamplonesa imprenta del aragonés Francisco Picart, estudiada en la reciente monografía de Javier Itúrbide. 

Los villancicos son siete y todos ellos constan de estribillo y coplas, algunos incluso de una introducción. El primero se destinó a la calenda y el segundo para la Salve. En muchas ocasiones se indica si ha de cantar el coro, cuatro voces, un solo, e incluso se anotan indicaciones sobre tiempo y modos. El protagonismo en las letras es para el Niño, pero también para su Madre, en el caso de Pamplona la titular del templo a la que se canta en un solo así: “Virgen del SAGRARIO / Maravilla rara /sólo se ve en ella / muy risueña el Alba”. Un colofón xilográfico con la figura del Niño con una cruz y simbólicas cornucopias recuerdan la abundancia de bienes espirituales para quienes se acercan a Cristo, así como la misión de Salvador del Mundo a través de su pasión y muerte.

Portada y colofón de los villancicos impresos para la 
catedral de Pamplona en 1716


BIBLIOGRAFÍA
GEMBERO USTÁRROZ, M.: La música en la catedral de Pamplona, 2 vols. Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995. 
ITÚRBIDE DÍAZ, J.: Escribir e imprimir. El libro en el Reino e Navarra en el siglo XVIII, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2007.
FERNÁNDEZ GRACIA, R.: ¡A Belén Pastores!. Belenes históricos en Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2006 
FERNÁNDEZ GRACIA, R., Navidad en la catedral de Pamplona. Ritos, fiesta y arte, Pamplona, Departamento de Arte. Universidad de Navarra, 2007.