UN LAZO DE DIAMANTES REGALADO POR  LA REINA
MARIANA DE NEOBURGO A NUESTRA SEÑORA DEL
CAMINO DE PAMPLONA

Ignacio Miguéliz Valcarlos
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro
Universidad de Navarra

 

Nuestra Señora del Camino, compatrona de Pamplona, recibió a lo largo de la historia un gran número de donaciones de alhajas de parte de sus fieles. De hecho, fue probablemente la imagen mariana de mayor devoción en la ciudad, por delante de otras advocaciones como Nuestra Señora la Real o del Sagrario, titular de la catedral, Nuestra Señora de las Maravillas, en el convento de Agustinas Recoletas, o del propio San Fermín, que sin duda es la figura de mayor popularidad en la ciudad en nuestros días. La ausencia de un rico ajuar no se debe, como hemos mencionado, a la carencia de donativos a la Virgen en tiempos pretéritos, que los tuvo y de gran riqueza, ni tampoco a la incautación de alhajas que sufrieron las iglesias pamplonesas, y navarras en general, durante las guerras que asolaron España a lo largo de los siglos XIX y XX. Esta carencia se debe a que las piezas que recibía Nuestra Señora del Camino como regalo y ofrenda por parte de sus fieles fueron subastadas en rifas populares para recaudar fondos para la construcción y exorno de su capilla a lo largo del setecientos. Así es; desde la segunda mitad del siglo XVII se veía la necesidad de ampliar la capilla dedicada a la Virgen del Camino en la iglesia de San Saturnino, debido a que la que ocupaba se había quedado pequeña. No será hasta 1756 cuando, al albur de la fiebre constructiva que se vivió en Pamplona, y a imitación de la capilla que el ayuntamiento de Pamplona había construido en honor de san Fermín en la iglesia de San Lorenzo, la obrería de San Saturnino decidió renovar la capilla de la Virgen del Camino construyendo una nueva. Con ello quería demostrar la pujanza no solo de sus fieles sino de la obrería en sí misma, que quedó demostrada con la rápida ejecución de las obras y la riqueza de su exorno, incluyéndose no solo la capilla, con sus retablos y demás elementos muebles, sino también el camarín de la Virgen y la sacristía, todo ellos levantados entre 1757 y 1776.

Como ya hemos dicho, para poder sufragar los costes de las nuevas construcciones y de su exorno, la obrería de la iglesia decidió vender y rifar el ajuar de la Virgen manteniendo tan solo las alhajas imprescindibles para su ornato.

Certifico que habiendose resuelto por la Obreria y Diputados de que se compone la expresada Parrochia construir nueba Capilla para la colocacion de la Ymagen de Nuestra Señora del Camino, se concedio facultad a dha Obreria por Auto de doze de Henero de año que esta a folio doscientos treinta y dos de el libro de aquella, para proceder a la enajenación que tiene la misma Nuestra Señora, reservando las que tuviese por necesarias para su culto.

Por lo general, la venta se hacía mediante una rifa pública, lo cual, al contrario de lo que pudiera parecer, no hizo que disminuyesen las dádivas a la Virgen, recogiéndose a lo largo de la edad moderna multitud de regalos, desde piezas sencillas a otras más ricas, perteneciendo los donantes a todo el espectro social de la ciudad, con los virreyes y la nobleza a la cabeza.

Uno de los legatarios más importantes que recoge la documentación de la capilla es la reina Mariana de Neoburgo (1667-1740), viuda del rey Carlos II (1661-1700), quien residió en Pamplona aproximadamente siete meses, entre el 25 de septiembre de 1738 y el 23 de abril de 1739, tras su vuelta a España después de pasar 30 años desterrada en Bayona. La crónica de su visita fue recogida por el prior de la catedral, don Fermín de Lubián y Sos (1689-1770), así como por sendas crónicas de la Catedral y del Ayuntamiento. En ellas se relata pormenorizadamente la estancia de la reina viuda, incluyendo sus visitas a las diferentes iglesias e imágenes de la capital. Pese al honor que en estos momentos suponía para una ciudad la visita de una reina, durante esta se generaron una serie de conflictos, sobre todo protocolarios, por lo que se recibió con alivio la partida de la reina hacia Guadalajara, ciudad en la que fijó su residencia ya que no se le permitió hacerlo en la Corte, donde moriría en 1740.

Durante su estancia en Pamplona doña Mariana manifestó una especial devoción por Nuestra Señora del Camino y, a petición suya, se organizó un novenario en honor de la Virgen al que la reina asistió todos los días. Durante este novenario la soberana regaló a la imagen un lazo de oro y diamantes, el mismo con el que se alhajaba ese día, despojándose del mismo teatralmente para colocarlo a la imagen, además de un relicario con la Santa Faz y dos briales, tipo de vestimenta femenina, para que se hiciese un vestido a Nuestra Señora y ornamentos para la capilla.

S.M. por su propia mano le ha puesto a dicha santa ymagen una Joia de diamantes de las de su real uso, la que a mas de su sumo valor traia para la estimacion de la parrochia el ser alaja de su real persona y esta en las circunstancias de aver alargado S.M. dos briales de su propio adorno y uso para que se empleasen en un vestido para la santa ymagen y demas que pareciese conveniente y fuese para mayor virtud de su protectora y abogada y en efecto se ha hecho vestido, cortina, casulla, frontal, bolsa de corporales y paño de sobre caliz, lo cual ha quedado tan Rico como Regio, pues sin embargo de que la tela es de plata en campo blanco, S.M. explicando su celo y piedad, a propias expensas a costeado todo el galon de oro que ha sido necesario para el mayor adorno de la casulla y demás.

Aunque el relato no especifica qué tipo de joya, tasada por el platero José de Yavar en 12.000 reales, fue la regalada por la reina, en anotaciones posteriores se describe como “una Joia de plata en forma de lazo con engasteria el reverso dorado con sesenta y un diamantes crecidos, los cincuenta y cinco rosas, quatro fondos y los restantes tablas que la regalo y puso por su mano a Nuestra Señora la Reina viuda doña Mariana de Neoburg”.

Lazo. Pamplona. Segundo cuarto del S. XVIII. Catedral de Pamplona.

Lazo. Pamplona. Segundo cuarto del S. XVIII. Catedral de Pamplona.

El lazo era un tipo de joya que usaban las mujeres en el pecho y cuya tipología derivaba de los adornos textiles. Se trata de una pieza muy común en el setecientos, pudiendo usarse bien como adorno en los escotes femeninos, o bien en la garganta, con la denominación de ‘joya de pescuezo’ y sujeta por una cinta. Formalmente se componía de una doble lazada unida en una roseta central, que presentaba su superficie calada y recortada y con engastes de pedrería. A este núcleo central se le podía incorporar otros elementos, como copete, almendra y cruz.

Ambos modelos de lazo aparecen entre las joyas que los aspirantes a maestro platero de oro podían elegir como pieza de examen según las ordenanzas del gremio de plateros de Pamplona. La primera de ellas, “una lazada de guias y cartones encrespada echo a mano con veinte y una piedras en las ojas de arriba, y diez y seis en las de avajo, con vandilla y su colgante, clavado todo de fino, echo en oro o en plata”, fue elegida como pieza de examen por Manuel Montero en 1743; mientras que la segunda, “un aderezo de cruz con lazada correspondiente con sesenta y un piedras clavadas de fino con peppitas todo echo a mano, en oro o platta”, lo fue por Joaquín María Yoldi en 1788, lo que demuestra su pervivencia en Navarra a lo largo de la centuria.

Dibujo de examen de Manuel Montero. Pamplona. 1743. Pamplona. Archivo Municipal.

Dibujo de examen de Manuel Montero. Pamplona. 1743. Pamplona.
Archivo Municipal.

Dibujo de examen de Joaquín María Yoldi. Pamplona. 1788. Pamplona. Archivo Municipal.

Dibujo de examen de Joaquín María Yoldi. Pamplona. 1788. Pamplona.
Archivo Municipal.

Esta tipología fue evolucionando a lo largo de la historia, sobreviviendo hasta nuestros días en forma de broche. Aunque no nos ha quedado imagen de la alhaja regalada por doña Mariana, en diferentes templos navarros se han conservado varias piezas de la misma tipología y época, como tres lazos que figuran engastados en el rostrillo de la Virgen del Camino, los pertenecientes al ajuar de la Virgen del Sagrario de la catedral de Pamplona, o los de la iglesia de San Miguel de Aoiz y del monasterio de Tulebras. Son también numerosos los retratos conservados de doña Mariana de Neoburgo en los que aparece luciendo sobre su pecho diferentes lazos y otras alhajas.

Dada la importancia simbólica que tenía la joya regalada por la soberana, que ligaba a Nuestra Señora del Camino con la Casa Real y servía de reclamo para otras donaciones, esta pieza siempre se excluyó de las enajenaciones de alhajas de la Virgen para recaudar fondos, manteniéndose en su ajuar.

Certifico que haviendose resuelto por la obreria y diputados de que se compone la espresada parroquia construir nueva Capilla para la colocacion de la imagen de Nuestra Señora del Camino, se concedio facultad a dicha obreria, por auto de doce de henero de este año, para proceder a la enajenación de las alajas que tiene la misma Nuestra Señora, reservando las que tubiere por necesario para su culto, y con especialidad la que dio la señora doña Maria Ana de Neoburg Viuda Reina de España.

Esta pieza figura en los sucesivos inventarios de las alhajas de la Virgen hasta 1777, anotada en una entrada individual: “Mas una joia en plata con forma de lazo con engasteria al reverso dorado, y con sesenta y un diamantes crecidos, los cincuenta y cinco rosa, quatro fondos y los restantes tablas que la regalo y puso por su mano a Nuestra Señora la Reyna Viuda doña Mariana de Neoburg”. Sin embargo, en el inventario realizado en 1794 con el listado de piezas que se enviaron a Calahorra para protegerlas de la invasión francesa, desaparece la entrada individual y se anota la joya de la reina engastada en una corona: “Una corona grande de oro de Nuestra Señora guarnecida con la Joya de la Reyna ….”, pieza que se había realizado, tal y como consta en la documentación, en 1784, utilizando el lazo para dar mayor riqueza a la obra, pero sin dejar de anotar su filiación con la soberana. Esta alhaja vuelve a figurar en el inventario de piezas de 1836 y en el de 1837, que recoge las obras entregadas a la Diputación provincial por la iglesia de San Saturnino durante la I Guerra Carlista, y, aunque no se menciona ya su procedencia real, su descripción se ajusta a la joya regalada por la reina: “Una corona de la Virgen adornada de un lazo que hace frente de diamantes rosas…”. Tras este último inventario, tanto la corona como la joya de la reina que tenía sobrepuesta no vuelve a aparecer entre las propiedades de la Virgen, por lo que es de suponer que la pieza no fue devuelta a la capilla y que se usó para sufragar gastos generados durante la guerra.

Peto. Pamplona. Primera mitad del S. XVIII. Capilla de la Virgen del Camino de Pamplona.

Peto. Pamplona. Primera mitad del S. XVIII.
Capilla de la Virgen del Camino de Pamplona.

De todo el rico conjunto de alhajas que Nuestra Señora del Camino fue recibiendo a lo largo de la historia no queda hoy en día salvo unas pocas piezas, casi todas ellas datables a partir de finales del siglo XIX. Anterior a estas fechas se conserva tan solo un peto de la primera mitad del setecientos, realizado en oro, diamantes y esmeraldas, que quizás se atesoró al confundirlo con la pieza regalada por la reina; así como un rostrillo de la Virgen realizado en 1914 por el platero Esteban García, que engasta varias joyas antiguas, entre ellas tres pequeños lazos de oro y diamantes, obras del segundo tercio del siglo XVIII y que, debido al material con el que están realizados y al número de piedras que presentan, tampoco concuerdan con el regalado por la reina.

Rostrillo. Esteban García. 1914. Capilla de la Virgen del Camino de Pamplona.

Rostrillo. Esteban García. 1914. Capilla de la Virgen del Camino de Pamplona.


FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

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