LAUDA SEPULCRAL DE LA IGLESIA PARROQUIAL
DE SANTIAGO DE GARDE

 

José Ignacio Riezu Boj y Cristina Bozal Viguria
Universidad de Navarra

 

En 2009, al arreglar el pavimento de la iglesia parroquial de Santiago de Garde, en el valle de Roncal, apareció la lauda sepulcral que ahora presentamos (fig. 1). Se trata de una losa rectangular de unos 78 x 54 cm aproximadamente (solo hemos podido tener acceso a su estudio mediante las fotografías realizadas tras su hallazgo por D. Pedro Marco, quien amablemente nos las ha cedido) En el proceso de extracción la lápida se rompió en varios fragmentos, como se observa en las fotografías. En la actualidad se halla bajo el nuevo pavimento de madera colocado tras las obras.

Lápida de la iglesia parroquial de Garde.

Lápida de la iglesia parroquial de Garde.


Para describir los grabados e inscripción que presenta hemos dividido la lápida en cuatro partes. El primer cuarto presenta un relieve con dos huesos cruzados, en forma de X, en el interior de un rectángulo de unos 16 x 11 cm que presenta un curioso motivo en ambos lados. En el segundo cuarto se sitúa una inscripción que ocupa tres líneas. En el tercer cuarto se observa un relieve muy sencillo que podría corresponder a una mitra o bonete. Finalmente, en el último cuarto se repite el motivo del primer cuarto, con dos huesos cruzados en X en el interior de un rectángulo.

Lectura de la inscripción

Como hemos comentado, en el segundo cuarto de la lápida se encuentra una inscripción en letras mayúsculas que ocupa tres renglones (fig. 2). La altura de las letras del primer y último renglón (6 cm aproximadamente) es el doble que la altura de las letras del renglón central. Hay que hacer notar que este renglón se encuentra más cerca del ultimo renglón que del primero y no comienza a la misma altura que los otros dos, sino que presenta un pequeño sangrado.

Lápida de la iglesia parroquial de Garde, detalle de la inscripción.

Lápida de la iglesia parroquial de Garde, detalle de la inscripción.


Se trata de una inscripción en latín, elegante y cuidada en capital cuadrada, con letras de altura regular. El epígrafe presenta una elaborada y complicada sucesión de letras, algunas enlazadas, otras encajadas, también sobrepuestas e incluso con diferentes tamaños y a diferentes alturas. También aparecen grandes signos de interpuntuación con forma de 9. Todos estos artificios hacen confusa su lectura. La inscripción no presenta abreviaturas.

A continuación, haremos la lectura de la inscripción. La primera palabra es “HAC” en la que la H, exenta, ocupa toda la altura del renglón, seguida de la A, que solo ocupa la mitad superior, y la C que, enlazada con la A, ocupa solo la parte inferior de la fila. La segunda palabra “SUNT”, es más confusa de leer ya que, aunque la S está aislada la V, N y T se encuentran superpuestas ocupando toda la altura del renglón y coincidiendo con una gran fractura de la lápida, lo que dificulta su lectura. La N se intuye, pero, en todo caso, estaría al revés. La siguiente palabra es “IN”, la I se superpone sobre el primer palo vertical de la N, aunque se identifica fácilmente por el punto que aparece por encima del renglón. La última palabra de esta fila es “FOSSA”. Todas las letras están exentas. La F y las dos S ocupan toda la altura del renglón mientras que la O, de menor tamaño, aparece encajada dentro de la parte inferior de la F, y la A, también de menor tamaño, se encuentra en la mitad superior del renglón. Hay que hacer notar que entre “SUNT” e “IN” y entre “IN” y “FOSSA” se encuentran sendos signos de interpuntuación en la parte inferior del renglón con forma de 9. La frase continúa en el último renglón. Como veremos a continuación, el renglón central (que denominaremos auxiliar) es un artificio del epigrafista para terminar algunas palabras que no puede insertar en el último renglón. En este renglón, la primera palabra es “BAR(THOLOMEI)”. Las tres primeras letras, “BAR”, se encuentran en el comienzo de la línea. La A enlazada con la B, un poco rotada hacia la izquierda para poder enlazar bien con la B. A su vez la B esta superpuesta con la R, de la que solo la cola sobresale de la curva inferior de la B. Sorprendentemente la palabra continúa en el renglón central, justo encima de la B y la R con las letras “THOLOMEI”, de menor tamaño que las del ultimo renglón. En ella la T y H están enlazadas, la segunda O está encajada en la L y M, E e I están enlazadas, distinguiéndose la I por el punto que sobresale del renglón. Para seguir leyendo debemos bajar a la última línea, donde, separada por un signo de interpuntuación apenas visible por debajo del rabo de la R, se encuentra la siguiente palabra “PEC(C)AT(ORIS)”, que, igual que la anterior, está dividida entre el ultimo renglón y el auxiliar. “PECAT” en el renglón inferior y “ORIS” en el auxiliar. Solamente la T (únicamente perceptible por el travesaño superior) y la A se encuentran superpuestas en la parte inferior, mientras que en la superior son la R y la I las superpuestas. Llama la atención la A de “PECAT”, que ocupa el centro geométrico de la lápida y a la que el grabador parece haber querido dar una importancia especial. La letra presenta una anchura superior al resto de letras y tiene el travesaño dividido en dos, en forma de V. La última palabra de nuestra inscripción es “OSSA” que se encuentra separada de la anterior por otro signo de interpuntuación en forma de 9. Esta vez la tres primeras letras están exentas y ocupan toda la altura del renglón, mientras que la última A, más pequeña que las otras, se encuentra encajada sobre la última S y rotada 45 grados hacia la izquierda.

Hay que destacar la gran cantidad de recursos epigráficos usados por el lapicida en todas las palabras: superposiciones, encajonamientos, enlaces, rotaciones, cambios de tamaño y posición, continuación de la palabra en renglón superior, interpuntuaciones, etc. No hay una sola palabra en la que no haya usado alguno de estos recursos. La factura de las letras es cuidada, y la de las líneas, aunque se inclina un poco hacia abajo, es bastante regular; las palabras están correctamente escritas, salvo la geminada de pec(c)atoris, que se simplifica.

Resumiendo todo lo dicho hasta ahora, la inscripción de la lápida sepulcral de Garde dice “HAC SUNT IN FOSSA / BARTHOLOMEI PECATORIS OSSA”, que traducido significa EN ESTA FOSA ESTÁN / LOS HUESOS DEL PECADOR BARTOLOMEO.

Acerca de la fórmula

La fórmula utilizada es muy frecuente en la epigrafía funeraria, con algunas variantes para el comienzo: “hic situs est…”, “hic iacet…”, “hoc tenet…”, “hic cubat…” de las que tenemos numerosos ejemplos a lo largo de la historia. Algunos ejemplos peninsulares son la tumba de la reina Elvira esposa de Alfonso V de León en el Panteón de Reyes de San Isidoro de León, año 1022: “…HAC IN FOSSA GELOIRAE REGINAE PULVIS ET OSSA…”. En el epitafio del conde Malgrediense en San Zoilo en Carrión de los Condes (Palencia), año 1131: “PULVIS IN HAEC FOSSA PARITER TUMULANTUR ET OSSA CONSULIS ILLUSTRIS FERNANDI MALGRADIENSIS…”. La tumba de Guicardo de Buxa, prior de Santa María de la Bloise (Francia), enterrado en San Miguel de Escalada (León), año 1169: “RECTOR DE BUXA CONTEMPNENS OMNIA FLUXA PAUSAT IN HAC FOSSA CAPIENTI CORPUS ET OSSA…”. La tumba del obispo de Osma y arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada, año 1247: “…CONTINET HOC FOSSA RODERICI CORPUS ET OSSA…”. El epitafio sepulcral de doña Jacometa de Hungría, acompañante de la reina de Aragón Violante, en la capilla de San Juan Bautista de Santa María la Real de las Huelgas (Burgos), año 1259: “ISTA VORAX FOSSA IACOMETE CONTINET OSSA…”. O la sepultura de fray Pablo Miracle en el claustro del monasterio de Santes Creus (Tarragona), año 1713: “…FACENT IN HAC FOSSA MIRACULI NATURAE OSSA UT ALTER”.

Lápida sepulcral de en la Iglesia de Saint Severino de París.

Lápida sepulcral de en la Iglesia de Saint Severino de París.


Llama la atención el uso de pec(c)atoris (pecador) para referirse al difunto. No es muy habitual, porque suele utilizarse algún adjetivo positivo (praesulis, insignis, nobilis, venerabilis). Quizá se deba a que el propio difunto dejó especificado el epitafio, tal vez por humildad. No obstante, se puede encontrar esta fórmula en algún epitafio eclesiástico europeo de los siglos XVII y XVIII como en el epitafio de 1640 de Jean Baptiste Altin en la Iglesia de Saint Severino de París: “IOAN BAPT / ALTINI PECCATORIS OSSA / HIC JACENT / PIE JESU MISERERE EIUS / TU VIATOR PRECARE PRO EO / …”(fig. 3), el epitafio de 1715 del obispo de Andria en Italia: “EN NICOLAI ADINOLFI NEAPOLITANI, EPISCOPI ANDRIENSIS TER MAXIMI PECCATORIS OSSA”, o el epitafio de 1760 de la iglesia de Santa Fosca de Venecia: ZACCARIAE VALLARESSII PATRITII VENETI MISERIMI PECCATORIS OSSA 1760”.

Pero la inscripción que mayor relación tiene con nuestra lapida es el famoso epitafio del santo inglés Beda el Venerable. Este monje, teólogo y erudito del siglo VII (ca. 672-735) se encuentra enterrado en la catedral de Durhan (Inglaterra) con una lápida que lleva grabada una sencilla inscripción. Este epitafio se hizo popular y recorrió toda Europa gracias al halo de misterio que rodeó su creación. Según se narra en La Leyenda Dorada, a la muerte de Beda un clérigo muy devoto del santo quiso escribir un verso en su tumba. Después de mucho cavilar, compuso la siguiente estrofa: HAC SUNT IN FOSSA, BEDAE SANCTI OSSA, pero eso no encajaba con el ritmo latino del verso. Tras pensar mucho sin encontrar la solución, se durmió, y a la mañana siguiente al acercarse a la tumba encontró que un ángel había grabado la inscripción, que decía: HAC SUNT IN FOSSA BEDAE VENERABILIS OSSA.

Métrica de la inscripción

El epitafio de Beda el venerable es un verso en latín denominado hexámetro dactílico con rima interna leonina. Vamos a explicar someramente alguno de estos términos para poder entender la inscripción. La versificación o ritmo de las lenguas clásicas, como el griego o el latín, se basa en la cantidad (la duración de las sílabas) y no en la intensidad (la fuerza con que se pronuncia cada sílaba), el número de sílabas o la rima, como la española. El verso hexámetro consta, como su nombre indica, de seis metros o pies (unidad de la métrica clásica). El dáctilo es un metro de 4 tiempos, que podían ser dáctilos (sucesión de tres sílabas: larga, breve, breve) o espondeos (larga, larga). En la métrica clásica el 5º pie del hexámetro debía ser un dáctilo puro (larga, breve, breve). Además, los hexámetros dactílicos clásicos solían tener al menos una pausa (también llamada cesura) tras el 5º medio pie o tras el 7º medio pie, que habitualmente coincide con final de palabra. Estas pausas podían dar lugar a una rima interna o rima leonina, entre las dos partes del verso, rimando la sílaba anterior a la pausa y la sílaba final del verso. Esta rima se utilizó muy a menudo en la métrica latina medieval.

Estudiaremos ahora la métrica de nuestra inscripción. El autor, imitando la inscripción de Beda, quiere construir un hexámetro dactílico. De hecho, la primera línea de la inscripción coincide exactamente con la primera parte del verso de Beda y termina con la cesura pentemímera (HAC SUNT/ IN FOS-/SA//) tras el quinto medio pie. Hasta aquí perfecto. Al añadir la segunda parte (BAR/-THOLOME/I PEC-/CATORIS /OSSA) nuestro grabador se encuentra con problemas: le sobran sílabas. ¿Por qué ocurre esto? Estaba generalizado el uso, en los epitafios, de fórmulas establecidas, en las que únicamente debía reemplazarse el nombre y el adjetivo referidos al difunto. La personalización de nuestra inscripción, al introducir en la fórmula el nombre y adjetivo del difunto en genitivo, ambos demasiados largos, provocó la aparición de un exceso de sílabas y la destrucción del verso hexámetro.

Además, el empleo de estas palabras tan largas no solo causó un problema métrico, sino que también ocasionó un conflicto físico por falta de espacio en la lápida. Este problema físico hizo que el verso clásico tuviera que ser dividido en dos (luego hablaremos de las tres líneas). Pero el autor no parece preocupado, ya que esta división remarcó la rima entre las dos palabras con las que termina las dos líneas: “FOSSA” Y “OSSA”; rima que, como ya hemos comentado, originariamente era una rima interna, y que aquí parece transformarse más bien en dos versos de métrica castellana, con la rima al final de cada verso. Pensamos que todos estos problemas tienen relación, no solo con el espacio de la lápida, sino también con la falta de comprensión de la métrica clásica del grabador. Ya no se tiene conciencia de la cantidad, ni del ritmo dactílico, por eso se destacan fossa y ossa, ya no rima interna, sino rima del final de los dos renglones, al uso de la métrica española. 

Problemas con el tamaño de letra

El autor de la inscripción utiliza un tipo de letra capital bastante grande lo que le obliga, como ya hemos dicho, a dividir el verso en dos renglones principales. A pesar de esto y de emplear varios recursos habituales en su trabajo como la superposición, el encajonamiento, el enlace, la rotación, el cambio de tamaño o posición de las letras, el problema de espacio subsiste, sobre todo en la segunda parte del verso. Para solventar este conflicto, el lapicida añadió una línea auxiliar que colocó encima del último renglón. Esta línea extra la utiliza, no para subdividir la frase que le queda, sino para fragmentar el nombre y el adjetivo del difunto y colocar parte de los fragmentos en este renglón auxiliar. Para que el lector avezado comprendiera este artificio, el autor utilizó para la línea auxiliar un tamaño de letra más pequeño, la situó más cerca del ultimo renglón y la comenzó con un sangrado (fig. 4). Así, para hacer la lectura correctamente una vez leído el primer renglón, tenemos que continuar la lectura en la última línea que comienza por “BAR” subir a la línea auxiliar y terminar de leer el nombre “THOLOMEI”, volver a bajar al segundo renglón principal y leer el comienzo del adjetivo “PECAT”, de nuevo subir a la línea auxiliar donde termina el adjetivo con “ORIS” y finalizar la lectura bajando a la línea inferior donde leemos “OSSA”.

Lápida de la iglesia parroquial de Garde, detalle de la inscripción. Reinterpretación.

Lápida de la iglesia parroquial de Garde, detalle de la inscripción. Reinterpretación.


Todas estas habilidades en la construcción de la inscripción denotan la presencia de un profesional en estas artes, que ya ha perdido las claras nociones de la métrica clásica y que sacrifica la nitidez en la lectura para aumentar el tamaño de letra. Los problemas que le ocasionan estas decisiones los solventa con gran habilidad, utilizando muchos de los recursos que le permite la epigrafia, sin usar curiosamente las abreviaturas. Este modo de trabajar encaja con los modos y estética del barroco que intenta romper con la sencillez y claridad del renacimiento para adentrarse en la complejidad decorativa, artificialidad, dramatismo y misterio del barroco.

Grabados

La lápida que estudiamos, además de la inscripción central, presenta una serie de grabados. En el primer y último cuarto que dividen la losa, se observan dos huesos cruzados en el interior de un rectángulo que muestra en los lados lo que parece una doble asa. Podría representar un arca o una camilla en la que se deposita el cuerpo del difunto. Por último, en el tercer cuarto se observa un relieve muy sencillo que podría corresponder a una mitra o un bonete (fig. 5).

Lápida de la iglesia parroquial de Garde. Fotografía con alto contraste.

Lápida de la iglesia parroquial de Garde. Fotografía con alto contraste.


La presencia de huesos como símbolo de la muerte es muy abundante en las lápidas sepulcrales. Ya aparece en las catacumbas cristianas. Por ejemplo, en el sepulcro fechado en 1619 del licenciado Martín Eusa del Consejo Real de Navarra y su mujer en la capilla de la santísima trinidad de la Iglesia de San Saturnino de Pamplona (fig. 6) se puede ver en el centro dos tibias cruzadas y una calavera debajo rodeados por los escudos de la familia.

Lápida sepulcral del licenciado Martín Eusa y su mujer en la capilla de la santísima trinidad de la Iglesia de San Saturnino de Pamplona

Lápida sepulcral del licenciado Martín Eusa y su mujer en la capilla de la santísima trinidad de la Iglesia de San Saturnino de Pamplona.


Bartolomé

¿Quién pudo ser este Bartolomé, enterrado en esta sepultura?

Creemos que lo más lógico es pensar que nuestro finado sea algún eclesiástico del cabildo parroquial de Garde. En los siglos XVI y XVII el cabildo de Garde estaba formado por un rector llamado abad y por seis beneficiados que se encargaban de ayudar al abad. Nuestra lápida probablemente perteneció a alguno de los abades de Garde. Analizando los listados de abades de la villa de Garde enumerados en La Villa de Garde en el Valle de Roncal (pp. 110-111), libro escrito por su párroco Javier Gárriz en 1923, podemos localizar hasta tres abades con ese nombre, los tres apellidados Gayarre. A continuación, se enumeran (para mejor identificarlos les hemos añadido numerales) y se muestran entre paréntesis las fechas de su mandato como abad o párroco de Garde según Gárriz:

  • Bartolomé Gayarre I (1628-1652),

  • Bartolomé Gayarre II (1653-1660) y

  • Bartolomé Gayarre III (1724-1752)

Podemos deducir que todos estos abades con el mismo nombre y el mismo apellido eran originarios de Casa Gayarre. Es muy común que un nombre se repita de generación en generación entre los miembros de una misma familia. Esta casa aún existe en Garde y durante varios siglos perteneció a una de las familias poderosas e influyentes de la localidad. Proponemos como hipótesis que alguno de estos tres abades fuera el destinatario de esta lápida sepulcral. Según José Luis Sales,

Durante la Edad Media los cadáveres fueron sepultados en el cementerio, adosado a la iglesia en su fachada principal. A finales del siglo XVI se empezó a enterrar en el interior de la iglesia. Normalmente las sepulturas eran propiedad familiar: cada familia podía tener tres como máximo; solían estar distribuidas en hileras, encabezadas por las de sacerdotes y clérigos. Durante los oficios litúrgicos las dueñas de cada casa se sentaban sobre la sepultura familiar poniendo la cera y llevando las ofrendas.

En concordancia con lo explicado por este autor, en el catálogo del Archivo Diocesano de Pamplona hemos encontrado la anotación de un pleito fechado en 1618 entre los vecinos de la villa de Garde y Bartolomé Gayarre, capellán de Su Ilma. y su familia, vecinos también de Garde, por haber obtenido estos últimos un título de sepultura en la primera hilera de la iglesia de Garde. ¿Podría tratarse de nuestra sepultura? Aunque no sabemos la fecha de la colocación de la lápida, ¿podría ser la muerte del primer abad de este nombre en 1652?

Pensando que en el testamento de estos abades de Garde pudiera aparecer alguna pista sobre la lápida, hemos buscado sus testamentos en el Archivo Real y General de Navarra en la sección de protocolos notariales. Solo hemos encontrado el testamento de Bartolomé Gayarre II, que sucedió en el cargo a su tío Bartolomé Gayarre I. Podemos deducir que murió joven (7 de marzo de 1660), ya que estuvo en el cargo solo 7-8 años y en su testamento dejó como heredero universal a su padre Pedro, y en su defecto, a su madre Úrsula López, de lo que se deduce que al hacer el testamento 20 días antes de morir, vivían sus padres. Parece que tenía una posición económica acomodada, ya que dejó varias mandas entre las cuales ordena hacer un altar a san Miguel y san Bartolomé, dar dinero a las 4 ermitas de la villa o 100 reales a su criada, y deja su biblioteca y su ropa a su hermano Domingo. Pero en el testamento no hay mención alguna a la sepultura y su cobertura. ¿Pudieron los padres como herederos decidir hacer esta lápida en memoria de su hijo, abad de Garde y muerto prematuramente? Se trata de una conjetura que habrá que probar.

No hemos localizado el testamento de su tío Bartolomé Gayarre I, pero por documentación localizada en el catálogo del Archivo Diocesano de Pamplona este abad también parece tuvo poder adquisitivo. En el catálogo hemos encontrado que fundó una capellanía y que había donado una cruz de plata con reliquias para conjurar los nublados. Cualquiera de los dos primeros abades pudo ser los destinatarios de esta lápida.


FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA

DEL HOYO CALLEJA, J. (2008). “Carmina Latina Epigraphica Medievalia de San Miguel de Escalada (León)”, Studia Philologica Valentina, 11, 2008, pp. 201-224.
GARCÍA LOBO, V. “El difunto reivindicado a través de las inscripciones”, en IX Jornadas Científicas sobre Documentación: la muerte y sus testimonios escritos, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 2011, pp. 171-198.
GARCÍA MORILLA, A. “Las inscripciones medievales de la provincia de Burgos: siglos VIII-XIII”. Tesis doctoral de la Universidad Complutense de Madrid, Facultad de Geografía e Historia, Departamento de Ciencias y Técnicas Historiográficas y Arqueología. Directores: Javier de Santiago Fernández y M.ª Encarnación Martín López, Madrid, 2013. .
GÁRRIZ, J. “La Villa de Garde en el Valle de Roncal”, 1923.
MIRANDA GARCÍA, F. “Autores carolingios en los códices hispanos (siglos IX-XI). Un ensayo de interpretación”, Studia Historica, Historia Medieval, 33, 2015, pp. 25-50.
SALES TIRAPU, J. L. “Breve vocabulario”, en Catálogo del Archivo Diocesano de Pamplona, 1 (Sección de Procesos, 1559-1589), Pamplona, Institución Príncipe de Viana, 1988, pp. 437-442.
SALES TIRAPU, J. L. y URSÚA IRIGOYEN, I. Catálogo de la Sección de Procesos del Archivo Diocesano de Pamplona, 10, 1993, p. 204, documento 858; y 23, 2004, p. 95, documento 320.
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VELÁZQUEZ, I. “Tituli metrici de época visigoda y altomedievales: aproximación a sus tópicos y conexiones literarias”, Actas I Congreso Nacional de Latín Medieval (León 1-4 dic. 1993), León, 1995, pp. 387-394 (cfr. p. 389).