LA CASA DE LOS CAPELLANES DEL CONVENTO DE AGUSTINAS RECOLETAS DE PAMPLONA 

Eduardo Morales Solchaga
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

En el frente Este de la Plaza de Recoletas de la capital navarra destaca sobremanera un complejo habitacional de titularidad privada, las Casas de los capellanes. Es preciso entenderlas como parte inseparable e incomprensible sin el complejo conventual de agustinas recoletas de Pamplona, que articula la plaza en cuestión y se debe retrotraer su fundación a los albores del siglo XVII. 

Como es bien sabido, detrás de toda gran empresa religiosa, y todavía más durante la Modernidad, siempre se halla un individuo perteneciente a una buena familia, con suculentas rentas y un afán inequívoco para perpetuarse si no en la eternidad, en la Historia. El del caso que nos ocupa es Juan de Ciriza, noble pamplonés de rancio abolengo que experimentó un notable ascenso en el Madrid de los Austrias, en una carrera meteórica que culminó con la secretaría de despacho universal de Felipe IV. Evidentemente con sus servicios a la Corona, fue amasando una fortuna considerable, que le hizo residir cómodamente y rodeado de todo tipo de lujos junto a su mujer en la Villa y Corte. Dejando de lado lo puramente económico, su exitosa trayectoria le granjearía finalmente la consecución del marquesado de Montejaso.

Es en el cénit de su currículo cuando, ante la cada vez más cercana ancianidad, Juan empezó a discurrir la idea de ejecutar una fundación religiosa en su ciudad natal, espejo de su prosperidad. La escritura oficial de fundación del convento de Agustinas recoletas de Pamplona fue rubricada en Madrid el 23 de noviembre de 1632, y en ella se establecieron los pormenores y detalles de la misma, incluyéndose ya unas capítulas dedicadas a los capellanes, entre las que se encontraba la necesidad de dotarles de un espacio habitacional digno y cercano al convento.

Convento de Agustinas recoletas de Pamplona, 
fundado por Juan de Ciriza, marqués de Montejaso

 

Tanto en dicha escritura, como posteriormente con la redacción de unas constituciones para ellos, los marqueses de Montejaso fijaron puntualmente las funciones de los capellanes, que variaron en número durante la Modernidad, alcanzando la decena a finales del siglo XVII. Se encargaban no sólo de la vida religiosa del convento, sino también de la administración económica de sus propiedades, censos y réditos, que en aquellos tiempos eran ingentes. En contraposición, recibían un buen sueldo, tanto monetariamente como en bienes del convento, y el usufructo de las casas que el fundador encomendó edificar en un proceso largo y tedioso.

La primera noticia de una estructura habitacional propia para los capellanes se halla recogida en las primeras constituciones y para cuando se finalizó el convento, en 1634, ya se había realizado la casa del capellán mayor, que se identifica con la ubicada hoy en día en el portal nº 4, mientras que el resto de capellanes debieron de habitar durante varias décadas en espacios alquilados por las religiosas, teniendo también derecho a criadas, médico y barbero, además del sueldo asignado por el fundador. Los artífices de la obra, proyectada probablemente en Madrid por el taller de Gómez de Mora, fueron los mismos maestros que coincidieron con la finalización del convento, Jerónimo Fernández, maestro de obras, Francisco de Echenagusía, carpintero y ensamblador; y José de Lacarra, albañil. El 24 de julio de 1628 se firmó un convenio entre el marqués y Echenagusía, por el que este se encargaba “de labrar las maderas y lo demás para el monasterio y casa de los capellanes”, con la condición de devastar la madera en “docenes, catorcenes, aguilones, puentes que se hubieran de poner en todas las bóvedas que se hubieren de hacer en la casa del dicho monasterio (casa del marqués), como en la casa de las capellanes, de la manera como dejó hecha el maestro Jerónimo Fernández, maestro de obras de Madrid”. Posteriormente, el marqués adquirió y derribó varias posesiones en la actual calle Recoletas, imponiéndose la condición de que con las rentas del monasterio se fuesen adquiriendo todos los bajos posibles con salida a la plaza, para que “se fabricasen […] las casas de habitación para los capellanes del convento con toda perfección” con objeto de que se hallasen “más cercanos para las cosas que se les ofreciere”.

No se tienen más noticias de adquisiciones hasta 1668, cuando se compró una casa a la viuda de Hualde para completar la parcela, si bien ello derivaría en problemas posteriores debido a que se encontraba cargada con muchas deudas, que debió de heredar el convento. La última escrituración de la que se tiene constancia fue la casa de Valentín de Lezáun, lo que se dilucida de una declaración preservada en el archivo conventual, hipotecándose en 300 ducados, que fueron satisfechos el 7 de mayo de 1674. De todos modos nueve días antes de la transacción ya se había comenzado la obra.

Por lo que respecta a la construcción, se conoce que para 1671 ya se hallaba comenzada la obra de las nuevas casas, que había sido encomendada al albañil José de Redín. El proceso comenzó por los tan habituales problemas de medianiles con una casa habitada por María Catalina Domínguez, que intentó infructuosamente paralizar los trabajos. El 21 de mayo de 1674 había concluido la estructura, llevándose a cabo la tasación de la misma durante tres días por los maestros albañiles Juan de Elorz, Francisco de Villanueva y Pedro de Zabalza, con la asistencia del tracista trinitario fray Diego del Espíritu Santo. Se juzgaron varios elementos: el ladrillo, el tabicado, el entejado, el enyesado, las gradas y las chimeneas, resultando el montante total de la operación 9.441 reales.

De todos modos, en el Libro de Alhajas del archivo conventual se ofrece otra cifra que se aleja bastante de la anterior tasación: “Se han hecho cuatro casas para los capellanes, que se empezaron el 14 de abril de 1670; costaron 78.440 reales, 30.000 estaban puestos acenso en réditos, que se iban juntando para la obra; y se han consumido en ella de los censales que se han redimido en este tiempo”34. Quizás estas cifras incluyan la compra del terreno, las labores de cantería y carpintería, así como también su exorno y dotación. Los pagos finalizaron el 11 de agosto de 1685.

Casas de los capellanes del convento de Agustinas recoletas

Al margen del proceso constructivo, existe otro paralelo en lo que a la rejería se refiere que resulta de particular interés, pues hoy en día las balconadas se conservan parcialmente. El encargo lo realizó en 1670 el capellán mayor del convento, Sebastián de Esparza, a Juan de Errazu “mayor”, vecino de Ituren, fijándose el montante en 17 ducados por el trabajo y los portes de los diez balcones, más otros 40 ducados por el asentamiento de los mismos, entregándosele una señal de 30 reales. Los pagos finalizaron en noviembre de 1670.

Cinco años después de la finalización de las obras, las casas fabricadas por José de Redín no eran suficientes para los diez capellanes y las monjas se ocuparon de ampliar el complejo, que se mantuvo inalterado hasta 1715, cuando se recibió, por vía de herencia, una casa de Miguel de Yoldi, abogado de las Audiencias Reales. Posteriormente las religiosas, con licencia arzobispal, la reedificaron y homogeneizaron de acuerdo al estilo de las anteriores. A ella se sumó la compra, en fechas parejas, de otra casa, que tras sufrir el mismo proceso, fue adjudicada al capellán de número y otras dos, que se adaptaron al complejo en 1726. Con seguridad, son la que ostenta el número 6, muy reformada, y la que hace lo propio con el número 1, levantada de nuevo en el siglo XIX.

El binomio convento de Recoletas-casas de los capellanes, ya de por sí muy deteriorado por la guerra de la Convención y la guerra de la Independencia -cuando fueron utilizadas a modo de cuarteles y prisión, respectivamente- terminó con la desamortización de Mendizábal, dos siglos después de la fundación, quedando referenciadas cuatro de ellas en el inventario de fincas pertenecientes al convento, en 1837, junto a otras dos lindantes a ellas. No producían renta alguna porque en ellas todavía habitaban los capellanes del convento. Tras el proceso desamortizador pasaron a manos privadas, en las que se han mantenido hasta la actualidad, si bien sus dueños, usos y funciones también han ido mudando continuamente.

Por lo que respecta al estilo constructivo, conviene filiarlo al de la arquitectura carmelitana del siglo XVII, marcado por la crisis de la Monarquía Hispánica, que contó con unas características propias -tanto en las plantas, como en alzados y fachadas- que el convento pamplonés cumple al por menor. En cambio, las casas de los capellanes solo lo siguen en su fachada corrida, ya que su uso y su función eran totalmente diferentes, y no estaban regulados por las constituciones de la orden. Su estilo y ornamentación quedan ligados indisolublemente al estilo de los muros perimetrales del convento pamplonés, pues nada tiene que ver con la fachada del mismo, que sigue los cánones establecidos en la Encarnación de Madrid.

En cuanto a los materiales que se utilizaron en lo sustancioso de las construcciones, fueron pobres y económicos, destacando sobremanera el ladrillo, aunque buscando que el resultado final fuese un edificio fuerte, resistente y duradero. No es de extrañar que las Casas de los capellanes del convento de Agustinas recoletas de Pamplona fuesen levantadas por maestros albañiles, ya que de haberse construido en piedra hubieran sido erigidas por maestros canteros o maestros de obras y arquitectos, con el consabido aumento del presupuesto, tanto del material como de la supervisión y estimación final de la obra.

En lo que respecta al estado de conservación de las casas en esencia solo se han conservado los muros perimetrales, pues el interior está sumamente alterado y en proceso de reestructuración. El paramento principal del edificio está configurado por cajones de mampostería engarzados entre hiladas de ladrillo, que reciben el nombre de verdugadas y dotan al conjunto de cierta originalidad rítmica, que concuerda perfectamente, como se ha comentado, con la decoración llevada a cabo en los muros perimetrales del convento. Corona la obra una galería de arquillos en ladrillo, muy típica de la arquitectura del valle del Ebro; se encuentra truncada por el edificio número 1 y cegada en el edificio número 6. Por encima de ella, un alero de roble original, configurado por mensulones vegetales típicos del segundo tercio del siglo XVII, que también ha desaparecido en las construcciones antecedentes. Dicha homogeneidad solo se rompe en la casa del capellán mayor, en cuyo frente campean las armas de Juan de Ciriza y de su esposa, Catalina de Alvarado.

Apartado interesante configuran las balconadas de hierro conservadas, que con ligeras alteraciones han llegado intactas desde el siglo XVII, a las que antes se ha hecho referencia. Destacan sobremanera las tornapuntas, que dotan a la casa de un singular empaque dentro de la plaza. En lo que a la carpintería se refiere, las ventanas conservan parte de la del siglo XVII, caracterizada por el cajeado, en la que se abrieron vanos para introducir cristales, probablemente en el siglo XIX. Algunos de los herrajes que configuran sus mecanismos son también originales. Las ventanas concuerdan de nuevo claramente con las que tenía el convento, que a pesar de haber sido sustituidas en tiempos recientes, se siguen conservando convenientemente en las dependencias del propio cenobio.
 

FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
-Archivo Diocesano de Pamplona
-Archivo de Agustinas Recoletas de Pamplona
-Archivo General de Navarra
-MUÑOZ JIMÉNEZ, J.M., Arquitectura carmelitana (1562 - 1800), Ávila, Diputación Provincial de Ávila, 1990.
-SÁENZ RUIZ DE OLALDE, J.L., Monasterio de Agustinas Recoletas de Pamplona, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2004.
-VILLERINO, A., Esclarecido solar de las religiosas de nuestro padre San Agustín y vidas de las insignes hijas de sus conventos, Madrid, Bernardo de Villa - Diego, 1690.
-VV.AA., Catalogo Monumental de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, vol. V***.