22 de mayo

Ciclo de conferencias

LA OBRA EN SU CONTEXTO

Los retablos de Recoletas de Pamplona

Ricardo Fernández Gracia
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

 

La fundación de las Agustinas Recoletas en la capital navarra data de 1634 y su edificio constituye el ejemplo más acabado de arquitectura conventual en Navarra, según los cánones del siglo XVII. Su fundador fue don Juan de Ciriza, marqués de Montejaso y secretario del rey Felipe III. Los planos para su ejecución fueron elaborados por el maestro de obras reales Juan Gómez de Mora. La inauguración del conjunto quedó reflejada en este conciso, pero ilustrativo texto, fechado el día 4 de junio de 1634: “El día de Pentecostés se adornó la iglesia con muy solemnes aparatos, asistieron a misa el virrey con toda la caballería, la ciudad de Pamplona en forma, el marqués que fundó y que con tan larga mano dotó el convento, primero patrón, hacedor, fundador y dotador”.

El primer retablo mayor, de tipo clasicista, fue llevado a cabo entre 1631-1633 por Domingo de Bidarte y su yerno Domingo de Lusa, y estuvo destinado a contener el gran lienzo de altar de la Inmaculada Concepción, pintado por Vicente Carducho en 1632. Si tenemos en cuenta los gustos del marqués y su hijo el arcediano de la Cámara de la seo de Pamplona, que corría con las obras del convento, hemos de suponer que estaría en sintonía con los retablos de la Barbazana de la catedral pamplonesa, en cuya realización colaboró como mecenas el mencionado arcediano. Hacia 1680, las religiosas debieron de pensar en otra pieza más a la moda y suntuosa, como se comprueba en un enorme diseño coloreado que proyectó el arquitecto guipuzcoano establecido en Madrid, Juan de Ursularre.


Diseño de Juan de Ursularre para el retablo mayor de Recoletas

Diseño de Juan de Ursularre para el retablo mayor de Recoletas, c. 1680.


El conjunto de Francisco Gurrea con policromía de Francisco de Aguirre (1700-1713)

Sea porque Ursularre falleció o por otras circunstancias, el proyecto quedó en el papel, y hasta 1700 no se firmó el contrato con el maestro tudelano Francisco Gurrea (1653-1709) para realizar la obra, siguiendo su propio diseño. El conjunto de retablos fue la última gran obra del sobresaliente artista tudelano, el mejor oficial del Reino, como para entonces proclamaban, de palabra y por escrito, numerosos testimonios. Antes de su finalización, el mismísimo cabildo de la catedral de Pamplona le había encomendado los retablos de la girola de la seo, aunque ya no los pudo realizar por haber fallecido. La llegada de Gurrea a Pamplona para acometer el encargo de Recoletas, en 1700, se produjo en plena construcción de la capilla de San Fermín y en unos momentos en que muchas de sus iglesias y la propia catedral se estaban vistiendo con nuevos retablos.

Francisco Gurrea (1653-1709) fue, sin duda, una de las figuras más relevantes del taller tudelano entre los siglos XVII y XVIII; hijo y nieto de retablistas y cuñado de otro gran maestro, Sebastián de Sola y Calahorra, con el que completaría su formación, tras quedar huérfano a los catorce años. Con este último trabajó, hasta 1687, en los retablos del Rosario de Corella (1670-1680), Milagro (1679-1684) y Franciscanos de Tafalla (1682). De su taller y como proyectos personales salieron los retablos mayores de Dominicas de Tudela (1689), Murchante (1696-1797), Caparroso (1691), San Miguel de Tudela –hoy en Monteagudo– (1697-1699), Falces (1700-1703), San Blas de Peralta (1694) y el conjunto de Recoletas (1700-1708). Suministró trazas y diseños para otras obras singulares y dirigió la comparsa de gigantes de la capital de la Ribera.


Retablo mayor de las Agustinas Recoletas de Pamplona

Retablo mayor de las Agustinas Recoletas de Pamplona, por Francisco Gurrea, 1700-1708.


Entre las capítulas del contrato con las Agustinas Recoletas de Pamplona, destacaremos algunas. La alusiva al material señala que se utilizaría el pino de ley del que llegaba por el río Aragón desde las montañas pirenaicas. En cuanto a las proporciones, se advertía que ocuparía las dimensiones completas del muro frontal de la cabecera del templo. En lo referente a las características formales, se alude constantemente a la traza que tenían firmada las partes, a la vez que se van detallando, con toda precisión, las partes del retablo. Especial mención se hace de la media caña que ya había utilizado Gurrea en los retablos mayores de Caparroso y Falces, y su tío Sebastián de Sola en el de San Cosme y San Damián de Arnedo. Particular atención se pone en todo lo referido al ornato, describiendo los adornos y molduras de talla, así como los serafines de los pedestales del banco o los adornos airosos de las vueltas de los arcos. Tal y como solía ocurrir, el documento recoge algunas modificaciones a la traza, como el número de niños de las columnas que se verían aumentados para mayor ornato y magnificencia. El precio de la obra ascendería a 2.000 ducados pagaderos en varios plazos, 500 al firmar la escritura y el resto en tres momentos, conforme fuesen avanzando las obras, de diez en diez meses.

En las indicaciones iconográficas del contrato se recoge la intención de las monjas de reaprovechar parte de los relieves del retablo anterior de Domingo de Bidarte. Sin embargo, las observaciones del propio Gurrea llevaron a que su colaborador en los grandes proyectos, Juan de Peralta, se hiciese cargo de lo más sustancioso del retablo, y el 22 de septiembre de 1708 las monjas recoletas contrataron con el citado maestro la ejecución de la Inmaculada para presidir el retablo, presentando como modelo la primorosa imagen labrada por Manuel Pereira (1649). Años más tarde, el mencionado Juan de Peralta recibió otros encargos para el conjunto de retablos, datos que conocemos por simples recibos no protocolizados ante notario, lo que nos da idea de cómo se hacían cargo los escultores de las obras de su especialidad, en muchas ocasiones sin pasar por el escribano, procedimiento que hemos podido constatar en otros momentos. En 1712 firmó Peralta un recibo por la escultura de san Antonio, unos niños y las puertecillas de los sagrarios de los retablos colaterales.

La entrega de los retablos se realizó en noviembre de 1708, haciendo constar que el último arreglo por las obras ejecutadas por Gurrea había ascendido a 3.000 ducados, de los que ya tenía recibidos el maestro 2.500. La citada cantidad nos sitúa ante uno de los conjuntos más caros de Navarra por aquellos momentos, aunque se acerca a lo que había recibido en Caparroso o Falces. A los pocos años, en 1713, un dorador establecido en Tudela, Francisco de Aguirre, se hizo cargo de la policromía y dorado de los tres retablos, con lo que adquirieron su definitiva apariencia y suntuosidad. El documento es riquísimo en todo tipo de detalles. Así, para el bol se indica que se debía mezclar el de Llanes y el de Arnedillo, y para los fondos se preveía un azul imitando el lapislázuli, algo que se sustituyó por los rojos actuales, en aquel momento o posteriormente.

El retablo consta de sotabanco, media caña, alto banco, cuerpo único dividido en tres calles por columnas salomónicas de orden gigante y ático semicircular. Su planta quebrada con interesantes movimientos y las calles laterales retranqueadas presenta un tipo de retablo con amplios ecos en diferentes talleres regionales. Un elemento a destacar en la ciudad de Pamplona será la media caña, muy decorada con follaje y grandes veneras, que ya utilizó Gurrea en los retablos mayores de Caparroso y Falces, y también otros maestros como los de José de San Juan en Azagra y Cárcar, Sebastián de Sola y José Tobar en Arnedo, y Juan Baines en el retablo mayor de Garde. El profesor Martín González compara esa media caña o zócalo de follaje, por su efectismo, con una “especie de jardinera que nutre de plantas a todo el retablo”. El alto banco se compone de seis grandes netos con pinjantes de frutos, los dos centrales correspondientes a la calle principal del retablo adelantados respecto a los de las laterales.

El barroquismo, propio de aquella etapa decorativa o castiza del Barroco, se intensifica en el cuerpo noble, dividido en tres calles, la central potenciada por su mayor anchura, su adelantamiento respecto a las laterales y su remate. Las laterales utilizan salomónicas ricamente vestidas con follaje y niños de bulto redondo que se asientan en los senos de las salomónicas, en la calle central las columnas desaparecen y en su lugar tan solo vemos las traspilastras con sendas ménsulas con sus correspondientes capiteles, que enlazan con la línea del arquitrabe, en su lugar aparecen un par de estatuas, auténticos soportes de la orden agustiniana, san Agustín y santa Mónica. Este recurso lo encontraremos en fechas inmediatamente posteriores en algunos retablos del maestro estellés Juan Angel Nagusia, como el mayor de la basílica de Mendigaña o el de San Francisco Javier de Los Arcos.

En el cerramiento de la pieza destacan las salomónicas que enmarcan el centro del ático y el espléndido remate con gran cartela y corona. La decoración, una vez más, nos muestra a un Gurrea capaz de realizar delicadísimos ornatos de inspiración vegetal con roleos, follaje, frutos, tarjetas, sin descuidar la potente y movida arquitectura.


Detalle del retablo mayor de las Agustinas Recoletas de Pamplona

Detalle del retablo mayor de las Agustinas Recoletas de Pamplona, por Francisco Gurrea, 1700-1708.


En el banco se sitúan sendos relieves de la Asunción y el Nacimiento de la Virgen, los cuales, según el contrato, fueron por elección de las monjas. En los intercolumnios de las calles laterales se colocan en cambio las esculturas de san Juan y santa Catalina, en vez del san Juan y san José que se habían previsto; primando el homenaje y recuerdo de las religiosas a los santos patronos de los fundadores del convento, don Juan de Ciriza y doña Catalina de Alvarado. Para la titular, contratada con Juan de Peralta en 1708, se impuso, como advertimos, el modelo madrileño de Pereira. A sus lados, sustituyendo a las propias columnas, encontramos a los auténticos soportes de la orden agustiniana, san Agustín y santa Mónica. En el ático el Calvario, como suele ser usual, y sobre los entablamentos, a plomo con las columnas extremas, las figuras de san Francisco y santa Clara. Su presencia se explica por el recuerdo hacia los fundadores pues, antes de traer a las agustinas, habían pensado en las monjas franciscanas, por la especial devoción que tenían a aquella orden y a sus santos fundadores.

Comparando el retablo de Gurrea con el proyecto no realizado de Juan de Ursularre y Echeverría, observamos que el esquema general con tres calles, utilización de salomónicas, remate curvo y adelantamiento de la calle central, coinciden en ambos casos. Sin embargo, también hay diferencias. En la obra del tudelano no encontramos espacio alguno para lienzos, han desaparecido los emparrados de las salomónicas y los machones del ático. La iconografía se ha reducido en la obra ejecutada y el tipo de follaje es muy distinto y un poco más progresivo.

Para los colaterales de san José y san Antonio se eligió como complemento en sus áticos el martirio de san Lorenzo como signo de pertenencia del convento a la parroquia de San Lorenzo y la Huida a Egipto en el caso de san José, en unos momentos en que la devoción al Destierro se extendía por diversas órdenes religiosas.


Los retablos de Recoletas de Pamplona


El retablo de la Virgen de las Maravillas

El retablo de la Virgen de las Maravillas data de 1674 y obedece a los modelos del primer barroco salomónico con un alto banco muy reformado, cuerpo único con tres calles articuladas por columnas torsas decoradas con uvas y ático con el mismo tipo de soporte. Su mecenas fue don Juan Antonio Berasategui, canónigo de la catedral de Murcia. La crónica del acontecimiento, en sintonía con el barroco retórico, afirma: “Pusiéronla en medio del Altar Mayor que estaba hecho un sol de dorados rayos, porque las luces que herían en las piezas de oro que la enriquecían, volvían en reflejo el resplandor del oro, a los ojos del concurso. La iglesia estaba hecha toda un cielo, adornada de tan ricas láminas y singulares ramilletes sobre las colgaduras que la vestían que podían competir con las estrellas”. La pieza sufrió distintas modificaciones en el siglo XVIII en aras a ubicar la iconografía de los siete arcángeles. En las calles laterales y en el centro del banco se encuentran las esculturas de Miguel –victoriosus–, Rafael –medicus– y Gabriel –nuncius– que portan sus atributos ordinarios: espada, pez y azucena, respectivamente. Los cuatro restantes son dos pequeños bultos que rematan los extremos del ático y sendas pinturas introducidas en los recuadros laterales de la predela. Los lienzos son Baraquiel –adjutor o bendición de Dios–, con unas rosas blancas y Jehudiel –remunerator– acompañado de un látigo y una corona, recordando el premio y el castigo. Las pequeñas esculturas del ático representan a Uriel, el poderoso, fuego de Dios, o fortis socius, con una espada desenvainada, y a Sealtiel, el orante –orator–, sosteniendo un incensario, atributo de la oración.


Bibliografía

FERNÁNDEZ GRACIA, R., El retablo barroco en Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2003, pp. 245-260.
FERNÁNDEZ GRACIA, R., Tras las celosías. Patrimonio material e inmaterial en las clausuras de Navarra, Pamplona, Universidad de Navarra - Fundación Fuentes Dutor, 2018, pp. 29-32 y 244-250.
GARCÍA GAÍNZA, M. C. et al., Catálogo Monumental de Navarra. V***. Merindad de Pamplona, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, pp. 309-360.
HUARTE Y JÁUREGUI, J. M.ª, “Los retablos de las Monjas Recoletas de Pamplona”, Boletín de la Comisión de Monumentos de Navarra (1927), pp. 303-326.
SÁENZ RUIZ DE OLALDE, J. L., Monasterio de Agustinas Recoletas de Pamplona. Tres siglos de historia, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2004.