29 de mayo

Ciclo de conferencias

LA OBRA EN SU CONTEXTO

Descubriendo el patrimonio urbano de Pamplona: monumentos conmemorativos (I)

José Javier Azanza López
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

 

El monumento conmemorativo constituye una de las principales manifestaciones artísticas en Navarra durante los siglos XX y XXI. A su valor estético y formal se suma su componente ideológico, que lo convierte en un elemento parlante que lleva en sí mismo la carga política, social o cultural del momento en el que fue erigido, de manera que viene a plasmar en piedra, mármol o bronce una manera de ser o de pensar, una conducta a seguir o a imitar, la idiosincrasia en muchas ocasiones de una localidad o de toda una comunidad. Entendido como seña de identidad, el monumento conmemorativo guarda cierto paralelismo con la pintura de Historia del siglo XIX: salvando las distancias técnicas y de resolución formal, el uno es a la escultura lo que la otra es a la pintura.

Proponemos en esta actividad un recorrido por un conjunto de monumentos conmemorativos de Pamplona, a través de los cuales llevaremos a cabo una aproximación a los rasgos característicos de esta tipología: promotores, materiales, disposición formal, temática e iconografía. Centrándonos en un sector de la ciudad, dejaremos para posteriores sesiones otros itinerarios que completarán nuestra aproximación al patrimonio urbano pamplonés.

Damos inicio a nuestra visita en el Monumento al Encierro (2007), en el cruce entre las avenidas de Roncesvalles y Carlos III, obra del escultor vizcaíno Rafael Huerta Celaya (Bilbao, 1929), hijo del también escultor Moisés de Huerta, artista formado en la Escuela Superior de Bellas Artes de Madrid y profesor en las Escuelas de Artes y Oficios de Corella y Pamplona. Siendo director de esta última, en 1991 recibió el encargo por parte del Ayuntamiento de Pamplona de llevar a cabo un monumento al encierro; se inicia así un proceso prolongado en el tiempo que tendrá su punto intermedio en 1994 con la inauguración de un primer grupo escultórico en una versión abreviada del proyecto original, y que culminará en 2007 con la inauguración del conjunto definitivo en el marco del proceso de peatonalización y embellecimiento de la avenida de Carlos III.


Monumento al encierro

El artista, que concibe el monumento como un homenaje a su tierra navarra de adopción, crea un grupo escultórico de diecinueve figuras (seis toros de la ganadería de Victorino Martín, tres cabestros y diez corredores) que inmortalizan en bronce patinado una estampa de la veloz carrera en el tramo de la Estafeta, cuyo suelo adoquinado en ligera pendiente simula la superficie del monumento. El grupo recoge los diversos lances que se producen en el encierro, desde los mozos que abren la carrera y tiran de la manada, hasta los que ya han sido rebasados por ella, sin olvidar a los corredores caídos en el suelo (uno de ellos autorretrato del artista) y hacia los que derrotan los astados.

Rafael Huerta pone de manifiesto su capacidad técnica en el equilibrio de volúmenes y masas para lograr un conjunto caracterizado por su ligereza plástica, expresividad y tensión, todo ello dentro de un lenguaje figurativo que define su producción escultórica, como pone de manifiesto en otros monumentos pamploneses dedicados a Nicasio Landa y a José Joaquín Arazuri, o en esculturas como El Sueño o Reboteando de revés.

A poca distancia del anterior, en la confluencia de la avenida de Carlos III con la plaza del Castillo, se encuentra el Monumento a Carlos III el Noble (2004), realizado por el escultor Francisco López Hernández (Madrid, 1932-2017), de formación académica en Madrid y Roma e integrante de la denominada “Escuela realista madrileña”. Pese a que ya en el Certamen Científico, Artístico y Literario organizado por el Ayuntamiento de Pamplona en las fiestas de San Fermín de 1907 se encontraba la elaboración de un proyecto de monumento a la memoria del rey Noble, tendrá que pasar casi un siglo para que se haga realidad. Inaugurado el 8 de septiembre de 2004, rinde homenaje al monarca que en la misma fecha de 1423 puso fin a los enfrentamientos entre los tres burgos de Pamplona (Navarrería, San Cernin y San Nicolás) con la promulgación del Privilegio de la Unión, por el que se unían en un único ayuntamiento.

La escultura, fundida en bronce a la cera perdida, representa al monarca en pie, en actitud de entregar el Privilegio de la Unión que porta en su mano derecha, en tanto que dobla la izquierda hacia el pecho con gesto solemne. Francisco López, uno de los más genuinos representantes del realismo escultórico contemporáneo español, crea una obra de carácter figurativo inspirada en el sepulcro gótico de Carlos III en la Catedral de Pamplona, del que toma detalles concretos como los rasgos del rostro o las flores de lis que adornan su indumentaria y corona, con el propósito de hacerlo más identificable y reconocible.

Avanzando en nuestro recorrido alcanzamos el Monumento a los Fueros (1903), erigido en un extremo del paseo de Sarasate, en cuya ejecución tomaron parte el arquitecto Manuel Martínez de Ubago (Pamplona, 1869-Zaragoza, 1928) como autor del proyecto, y el marmolista Ramón Carmona (Pamplona, 1871-1929) como artífice de las esculturas del primer cuerpo. El monumento a los Fueros supone un hito en la compleja configuración identitaria contemporánea de Navarra –llegó a definirse como “el símbolo de nuestras libertades” o “la petrificación del entusiasmo navarro”–, al simbolizar la reacción en defensa de sus derechos ante el proyecto antiforal presentado en 1893 por el ministro de Hacienda Germán Gamazo, considerando que menoscababa la autonomía fiscal reconocida en la Ley Paccionada de 1841. La idea de encarnar los Fueros en un monumento partió del comediógrafo Fiacro Iraizoz, promoviéndose de inmediato una comisión ejecutiva que determinó su ejecución mediante suscripción popular, para lo cual se fijó una cuota mínima de 25 céntimos y máxima de 25 pesetas. Aunque en un principio se pensó en colocarlo en la plaza de la Constitución –actual del Castillo–, finalmente se decidió erigirlo en el extremo oriental del entonces paseo de Valencia, frente al Palacio de la Diputación.

Las labores de cimentación finalizaron en diciembre de 1895, momento a partir del cual las obras de construcción del monumento avanzaron con mucha lentitud debido a dificultades económicas. Este es el principal motivo por el que en 1895 el arquitecto pamplonés se vio obligado a modificar el proyecto original sobre todo en su culminación, donde el grupo escultórico de dos guerreros –uno anciano protegido por otro joven– que mostraba inicialmente fue sustituido por la figura femenina final. Se conserva igualmente un boceto de Manuel Martínez de Ubago en el que una gran copa o jarrón con motivos florales culmina el conjunto; de haberse llevado a cabo este último, hubiera desvirtuado por completo la alegoría reivindicativa del derecho foral.

Monumento a los fueros

Una vez dispuesta la parte arquitectónica, la ejecución de las imágenes alegóricas con destino al primer cuerpo fue confiada por el contratista bilbaíno Eugenio Arrese al marmolista pamplonés Ramón Carmona; talladas en piedra de Angulema, fueron colocadas entre febrero y junio de 1903. Por las mismas fechas llegó en ferrocarril hasta Pamplona la estatua en bronce del coronamiento, encargada a la Fundición Artística Masriera Campins de Barcelona, firma que proporcionó la mayor parte de la estatuaria pública española de finales del siglo XIX y comienzos del XX; a las 16:30 horas del 7 de abril de 1903, día de Martes Santo, la imagen femenina (en la que fue perpetuada en bronce la pamplonesa Rosa Oteiza) quedó colocada sobre su pedestal desde el que señorea el cielo de Pamplona.

Partiendo de la tipología de columna conmemorativa en su planteamiento formal, desde el punto de vista conceptual se muestra original al participar cada uno de sus elementos del carácter simbólico encaminado a la afirmación de la foralidad del Viejo Reino de Navarra, con el número cinco como referencia constante en alusión a sus merindades. Se suceden en su composición un alto pedestal poligonal, una estructura en forma de templete cúbico organizada en dos cuerpos, y una columna de mármol rojo con capitel blanco sobre la que descansa la figura femenina. Las cinco figuras alegóricas dispuestas en los ángulos del primer cuerpo se erigen en símbolo de los valores defendidos en la manifestación fuerista de 1893: Historia, Justicia, Autonomía, Paz y Trabajo. Remata el conjunto una monumental estatua de bronce, alegoría de Navarra como una matrona victoriosa que porta en su mano derecha un fragmento de las cadenas del escudo del Reino como símbolo de la libertad conquistada, en tanto que enarbola en la izquierda un pergamino del que cuelga un sello céreo y que contiene la leyenda “Ley Foral”. A sus pies se encuentran arrumbados un escudo y un turbante almohade, en referencia a la victoria del rey navarro Sancho el Fuerte en la batalla de las Navas de Tolosa.

El contenido se completa con un conjunto de referencias heráldicas alusivas a las merindades, villas y pueblos de Navarra, un variado universo simbólico del que forman parte plantas y animales e incluso seres fantásticos como el basilisco y el grifo (todo ello susceptible de complejas interpretaciones), y las planchas de bronce con inscripciones acerca de las libertades navarras.

Nuestro recorrido concluye en la plaza de San Francisco, donde se levanta el Monumento a San Francisco de Asís (1927), obra del escultor Ramón Arcaya (Pamplona, 1895-1943), formado en la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona y pensionado en Madrid y París, autor de pasos de Semana Santa y de conjuntos escultóricos de reminiscencia rodiniana, y a su vez colaborador de Víctor Eusa en el Segundo Ensanche pamplonés.

Erigido para conmemorar el VII Centenario de su muerte, el monumento pretendía saldar la deuda contraída con el santo de Asís, quien, según relatan las crónicas franciscanas, se presentó en Pamplona en 1213 y con su predicación contribuyó de manera decisiva a la pacificación de los burgos de San Cernin y San Nicolás, inmersos en una guerra fratricida. Levantado inicialmente en el centro de la plaza de San Francisco sobre una peana muy diferente a la actual, en 1993, con motivo de las obras del aparcamiento subterráneo de dicha plaza, fue desmontado y acercado a las Escuelas Municipales, emplazamiento que le permite conectar visualmente con dos de los ámbitos urbanos más representativos de la ciudad como son el paseo de Sarasate y la calle Mayor.

En su configuración actual, adopta un despliegue vertical que arranca de una escalinata de doble peldaño, sobre la que se elevan un bloque cúbico y una robusta columna, con inscripciones, escudos y un relieve en bronce que muestra la pacificación entre los burgos pamploneses. Culmina el conjunto el grupo en bronce de San Francisco de Asís acompañado por el lobo de Gubio, en pie y con los brazos extendidos, de mediana edad y enjuto de carnes, con rostro de expresivos ojos y barba y bigote afilados. Muestra los estigmas en manos y pies y la llaga sangrante en el costado que lo asemejan a Cristo crucificado, y viste con el humilde sayal de la orden franciscana que ciñe por medio del cordón de tres nudos, alusivo a los tres votos de la Regla. Arcaya compone una obra sosegada en la que manifiesta la dignidad del personaje representado y su autoridad moral que le condujo a la pacificación de los burgos pamploneses.


Bibliografía

AZANZA LÓPEZ, J. J., El monumento conmemorativo en Navarra. La identidad de un Reino, Col. Panorama, nº 31, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2003.
AZANZA, J. J., MURUZÁBAL, J. Mª., URRICELQUI, I. y ZUBIAUR, F. J., Guía de escultura urbana en Pamplona, Pamplona, Ayuntamiento de Pamplona, 2009.