24 de septiembre

Ciclo de conferencias

VIANA EN SU VIII CENTENARIO: CULTURA Y PATRIMONIO

Arquitectura y poder: ciudad y familias

Pilar Andueza Unanua
Universidad de La Rioja

 

La arquitectura, expresión artística necesitada de abundantes recursos económicos, se ha mostrado tradicionalmente como una manifestación de poder, poder que en el caso de Viana estuvo protagonizado por las autoridades (reyes primero y regidores después) y por familias nobiliarias.

Siguiendo la política de fortificaciones de su padre, en 1219 Sancho el Fuerte fundó Viana en un lugar estratégico, entre el Ebro y las estribaciones de la sierra de Codés, en pleno Camino de Santiago, otorgando un fuero, conocido como Privilegio del Águila, que propició la atracción de gentes de diversa condición social y oficios variados. Nació así un recinto longitudinal amurallado reforzado por torres de trecho en trecho, con foso, barbacanas y cuatro portales asomados hacia los puntos cardinales: el de Santa María al norte, el de Estella al este, el de San Felices al oeste y el de la Solana al sur. En su interior se desarrolló un trazado urbanístico regular con dos ejes transversales: la larga Rúa Mayor que discurría de este a oeste, y la actual calle del Conde de San Cristóbal, de norte a sur, desembocando los cuatro extremos en las mencionadas puertas. Se desplegó así un plan similar al ensayado previamente en Sangüesa, Puente la Reina, Pamplona (burgo de San Cernin y Población de San Nicolás) o Laguardia. Formando parte del sistema defensivo se alzaron la parroquia de San Pedro al oeste, la de Santa María al norte, y al sureste, en un escarpe, se erigió el castillo con una potente torre del homenaje enlazada a través de un paseo de ronda con otra torre, conocida como ‘de las Palomas’, situada sobre la muralla. Fuera de la villa surgieron varios arrabales, entre los que se hallaba la judería en dirección a Logroño.


Plano medieval de Viana, según Juan Cruz Labeaga

Plano medieval de Viana, según Juan Cruz Labeaga.


Tras la conquista de Navarra por Fernando el Católico, se abrió para la villa un periodo de paz y prosperidad, así como de crecimiento demográfico y económico. A partir de entonces los monarcas fueron perdiendo protagonismo en favor de las autoridades municipales. El fin del papel defensivo de la villa supuso el inicio de una progresiva transformación urbana que alcanzaría su máximo desarrollo en los siglos XVII y XVIII. Perdida la función primitiva de las murallas, que serían vendidas a la villa en 1570 por Felipe II, se cegaron los fosos y nació un paseo de circunvalación, mientras se renovaban los portales para darles el aspecto que presentan hoy, algunos adornados con el escudo imperial de Carlos V.

Convertida en ciudad en 1630, el creciente poder de los munícipes de la villa se manifestó en la construcción de dos nuevos portales (el de la Trinidad al este y el de San Miguel al oeste), en la apertura y configuración definitiva de varias plazas y en la construcción de la nueva casa consistorial y un balcón de toros municipal. Progresivamente el urbanismo fue adquiriendo tintes barrocos, demostrando el gusto por la monumentalización de los espacios abiertos, como se ve en la plaza surgida merced al nuevo convento franciscano o al amparo de la nueva portada de San Pedro, donde además se muestra la tendencia hacia perspectivas quebradas y escenográficas.

El creciente poder adquirido por las corporaciones municipales durante la Edad Moderna y la necesidad de poseer dependencias especializadas como sala de juntas, lugares de venta, cárceles, posadas, tabernas, alhóndiga, escuela de niños, etc., propició la proliferación de casas consistoriales por toda Navarra caracterizadas por la presencia de soportales, balcones y escudo de armas como símbolo de la autoridad municipal. En muchas ocasiones supusieron también una intervención urbanística de su entorno y vinieron a dignificar y ensalzar la plaza mayor, como es el caso de Viana. Se trataba de un espacio donde se celebraban el mercado y las ferias desde la Edad Media. Aunque en 1657 las autoridades dieron los primeros pasos para levantar el nuevo consistorio, lo cierto es que sorprendentemente en 1660 el nuevo edificio ya amenazaba ruina y tuvo que ser apuntalado. Tras un farragoso proceso en el que distintos maestros presentaron diversos proyectos y se encendieron otras tantas candelas para la adjudicación de las obras, en 1684 se contrató definitivamente al maestro de obras de origen francés Juan de Raón, quien se encargó de la empresa. Se le impuso como obligación, y con carácter previo, trasladar los materiales del edificio arruinado para aprovecharlos en la construcción de un balcón de toros que los regidores querían levantar en la plaza del Coso, ahora allanada y regularizada y nacida para el desarrollo de la fiesta taurina. Y así procedió Raón. Tras haber finalizado para 1685 el mencionado balcón, erigió la nueva casa consistorial, una de las más significativas del reino, de claro sabor clasicista. Muy poco después, en 1688, el cabildo eclesiástico de Viana ordenó la construcción de su propio balcón de toros en otro de los lados de la plaza del Coso, que quedaría cerrada con diversas casas particulares.


Balcón de toros municipal de Viana

Balcón de toros municipal de Viana.

Proyecto de la casa consistorial de Viana

Proyecto de la casa consistorial de Viana (Archivo Real y General de Navarra).

Casa consistorial de Viana

Casa consistorial de Viana. Detalle.


La monumentalización de la ciudad se completó merced a un grupo de familias nobiliarias que erigieron sus magnas residencias en la Rúa Mayor, entre medianiles, mostrando el triunfo económico y social alcanzado. Siguiendo la estructura constructiva de la zona, presentaban planta baja pétrea, a la manera de un zócalo y tres alturas de ladrillo. Sus portadas resultaban sencillas, pero destacaban sus amplias balconadas de potentes rejas y un escudo de armas bien visible que proclamaba la nobleza de sus moradores. Entre los edificios más sobresalientes merece la pena mencionar la casa de los Unda y Garibay en la plaza del Coso, o ya, en la antigua Rúa Mayor, la casa de los Añoa y Busto, la de los Ichaso, la de los Múzquiz y Aldunate o la correspondiente al que fuera arzobispo de México, José Pérez de Lanciego. A ellas debemos sumar la casa de los Urra, en la plaza del mismo nombre, con claras analogías a la mansión de los Ripa.


Casa de los Añoa y Busto

Casa de los Añoa y Busto.