13 de septiembre

Ciclo de conferencias

"DE LAS MUSAS A ARÍNZANO. BODEGAS EN TIERRA ESTELLA"

Bodegas históricas: tipología y evolución

José Javier Azanza López
Universidad de Navarra

 

La construcción de bodegas parece ser rasgo distintivo de los grandes arquitectos de nuestro tiempo: Frank O. Gehry, Norman Foster, Zaha Hadid, Santiago Calatrava, Rafael Moneo… De hecho, los medios de comunicación ya no hablan de bodegas, sino de “catedrales del vino del siglo XXI”, edificios en muchos casos multifuncionales que albergan otras funciones además de la puramente bodeguera. Pero el término no es nuevo, como puede comprobarse en un rápido recorrido por alguno de los principales hitos que marcan el devenir histórico de esta tipología arquitectónica.

Podemos fijar el punto de partida en las bodegas andaluzas, y más en concreto jerezanas, construcciones que se iniciaron a finales del siglo XVIII pero que se generalizaron en el XIX, ante cuya contemplación el escritor y viajero británico Richard Ford, en su obra Gatherings from Spain (Londres, 1846), exclamaba: “Estos templos de Baco se asemejan a las catedrales en tamaño y altura, y sus dependencias, como las capillas hispanas, llevan los nombres de los santos a quienes están dedicadas”. Las bodegas-catedrales jerezanas llamaron la atención en su época por su altura, técnicas y materiales, que trascendían lo puramente funcional para conseguir la excelencia mediante la magnificencia y belleza. Al método constructivo tradicional se sumará igualmente la arquitectura del hierro a través de la bodega La Concha o La Rotonda (1868-1872) del ingeniero británico Joseph Coogan, todo un alarde técnico mediante sus 24 pilares metálicos de disposición perimetral sin ningún soporte central, liberando el espacio interior que requiere su funcionalidad. Junto con el Mercado Central de Abastos (1885) del arquitecto José Esteve se convierte en el máximo exponente de la construcción del hierro en Jerez.


Bodegas jerezanas: Marqués de Misa y La Concha (Joseph Coogan).

Bodegas jerezanas: Marqués de Misa y La Concha (Joseph Coogan).


Un segundo momento viene proporcionado por las bodegas catalanas de las primeras décadas del siglo XX, que surgen como respuesta a la plaga de la filoxera que tras arruinar la viña francesa atacó en 1879 al campo catalán y en 8 años mató el 99% de las cepas. La recuperación de agricultores y pequeños propietarios por medio del cooperativismo quedó de manifiesto mediante la construcción de nuevas bodegas, edificios de gran valor arquitectónico diseñados por los discípulos de los referentes del modernismo, que por su monumentalidad y una relativa semejanza con los templos religiosos (amplios espacios interiores distribuidos en naves, empleo de arcos y bóvedas en su cubrición, elementos decorativos) fueron denominadas por el escritor, poeta y dramaturgo Ángel Guimerá “auténticas catedrales del vino”. El calificativo fue aplicado a la bodega cooperativa de l’Espluga de Francolí (1913) de Lluís y Père Domenech, en cuyo interior destacan sus líneas góticas. Y se hizo extensivo a las bodegas proyectadas en la Terra Alta (comarca catalana situada en la provincia de Tarragona) por el arquitecto César Martinell en las que combina utilidad, economía y estética, como queda de manifiesto en Pinell de Brai (1918) y Gandesa (1919), cuyo rasgo más sorprendente es el empleo del arco parabólico o en catenaria invertido heredado de Gaudí; a ello se suman el tratamiento abierto de las enjutas que aligera peso y convierte las naves en casi transparentes, y el empleo de cerámica vidriada.


Bodegas catalanas: L’Espluga de Francolí (Lluís y Pere Domènech) y Pinell de Brai (César Martinell)

Bodegas catalanas: L’Espluga de Francolí (Lluís y Pere Domènech) y Pinell de Brai (César Martinell).


Ya en la segunda mitad del siglo XX, los bodegueros descubren en la arquitectura una excelente herramienta de publicidad ligada el fenómeno del enoturismo; comenzará a ponerse en práctica así la máxima de “la arquitectura al servicio del vino”. Este cambio de perspectiva a nivel mundial encuentra su origen en Napa Valley (California, EEUU) y viene de la mano del bodeguero hijo de inmigrantes italianos Robert Mondavi, cuya primera bodega fue diseñada en 1966 por el arquitecto Cliff May en el denominado “Estilo Misión” en el que tanto su fachada (cuyo carácter intemporal con su campanario y su amplio arco de ingreso se ha convertido en etiqueta de la marca) como otros elementos del conjunto remiten a las formas de las antiguas misiones franciscanas. A ella siguieron Opus One (1980), empresa franco-estadounidense de Mondavi y el barón Philippe de Rotschild, para la que el arquitecto Scott Johnson diseñó un edificio a modo de “pequeño joyero” con un perfil muy suave encaminado a preservar los corredores naturales a lo largo del valle. Y Clos Pegase (1987), icono de la arquitectura posmoderna a la que da nombre Pegasus (1893) del simbolista francés Odilon Redon, obra favorita del coleccionista de arte y propietario Jan Shrem; el arquitecto Michael Graves combina tradición y modernidad en una evocación de la cultura mediterránea para una sensibilidad atemporal (casi metafísica), trasladando la arquitectura clásica, el paisaje toscano y los misteriosos paisajes de Poussin y Claudio de Lorena a las colinas del norte de California.


Bodegas de Napa Valley, California: Fumé Blanc (Cliff May), Opus One (Scott Johnson) y Clos Pegase (Michael Graves)

Bodegas de Napa Valley, California: Fumé Blanc (Cliff May), Opus One (Scott Johnson) y Clos Pegase (Michael Graves).


España no quedó al margen del concepto de la “arquitectura del vino” basado en el potencial turístico que tenían las bodegas, de manera que en los últimos años del siglo XX y primeros del XXI y con el impulso todavía favorable de la coyuntura económica (la situación actual ha cambiado), el enoturismo abrió una nueva vía en regiones como el País Vasco, La Rioja, Aragón y ambas Castillas. Contribuyen a este fenómeno otros factores como la construcción de edificios como el Museo Guggenheim de Bilbao (1997, Frank O. Gehry) y el Kursaal de San Sebastián (Rafael Moneo, 1999), así como la creación del Museo de la Cultura del Vino en Briones (La Rioja) en el año 2004.

En esta auténtica “arquitectura del espectáculo” en que se convierten las bodegas españolas, una de las primeras referencias se sitúa en Laguardia (Álava), donde Santiago Calatrava diseña Ysios (1998-2001) en honor de la diosa egipcia protectora de la naturaleza Isis, edificio longitudinal cuya cubierta de aluminio de disposición ondulada que combina superficies cóncavas y convexas discurre entre la forma circular de las barricas y las formas geológicas de la sierra de Cantabria que corre a su espalda. Sin abandonar la provincia alavesa, en la localidad de Elciego Frank O. Gehry imagina para Marqués de Riscal un edificio (2003-2007) con su seña de identidad: el revestimiento exterior de titanio de formas ondulantes con los colores propios de la empresa, rosa (vino), oro (malla) y plata (cápsula). El reto arquitectónico le lleva a concebir un edificio en continuo movimiento que asemeja a “un animal galopando en el campo”, cuya envoltura exterior da la sensación de “estar flotando en medio de los viñedos”.

En La Rioja, en la carretera entre Logroño y Laguardia se encuentra Bodega Viña Real (2004), obra del arquitecto bordelés Philippe Mazières que impresiona tanto por lo que se ve, una gigantesca tina revestida de madera de cedro rojo de Canadá que alberga la sala de fermentación, como por lo que no se ve, dos colosales túneles perforados en la roca del cerro de 15 metros de altura y 125 de fondo, donde se lleva a cabo la crianza del vino. También en Logroño se levanta Bodegas Darien (2007), del arquitecto navarro Jesús Marino Pascual, quien siguiendo el ejemplo de los peñascos que abundan en los ribazos entre viñas de La Rioja, plantea un edificio que se presenta como una agregación de grandes peñascos que giran unos sobre otros, entre los cuales se ocultan grandes paneles de vidrio que iluminan los espacios interiores. Al propio Jesús Marino Pascual corresponde bodegas Irius (actual Sommos) (2004-2008) en la localidad oscense de Barbastro, concebida como un “juego geométrico a los pies de los Pirineos” en el que sobresale la singularidad de sus formas y la fuerza de sus materiales, volúmenes prismáticos de acero y vidrio que generan una geometría singular y anuncian el carácter moderno de la bodega interior soterrada.

Sumemos a los anteriores el nombre de Norman Foster, quien deja su huella impresa en tierras burgalesas de Gumile de Izán por medio de las bodegas Portia (2010), edificio con forma de estrella de tres puntas, dos de las cuales (crianza y envejecimiento) están parcialmente enterradas, en tanto que la tercera (fermentación) se encuentra expuesta, atendiendo al proceso de producción del vino. Su diseño aúna el equilibro de los materiales con las formas y de la arquitectura con el paisaje.


Bodegas españolas: Laguardia (Santiago Calatrava), Elciego (Frank O. Gehry), Logroño-Laguardia (Philippe Mazières), Gumiel de Izán (Norman Foster), Logroño y Barbastro (Jesús Marino Pascual)

Bodegas españolas: Laguardia (Santiago Calatrava), Elciego (Frank O. Gehry), Logroño-Laguardia (Philippe Mazières), Gumiel de Izán (Norman Foster), Logroño y Barbastro (Jesús Marino Pascual).


Este apretado recorrido histórico por las bodegas concluye en Navarra, donde las grandes bodegas arquitectónicas huyen por lo general de lo espectacular para integrarse en el paisaje y en la cultura de cada emplazamiento.

En Olite se encuentran las Bodegas Marco Real (1989), una de las primeras obras del arquitecto estellés Patxi Mangado, con la que quiso reinventar este tipo de instalaciones con un diseño vanguardista que toma como referencia la arquitectura industrial y en cuya horizontalidad destaca un espectacular mirador cilíndrico. Mangado diseña una bodega diáfana que combina a la perfección los materiales constructivos para crear un renovado escenario donde naturaleza y arquitectura establezcan un intenso diálogo.

En Echauri se localizan las Bodegas Señorío de Otazu (1994-1998), donde el equipo formado por los arquitectos José Luis Sota, Jaime Gaztelu y Ana Fernández se encargó de construir la nueva bodega de 9.000 metros cuadrados, preservando la herencia del antiguo señorío del siglo XII. A la sombra de la antigua bodega del siglo XIX se construyó la nueva, en la que lo más espectacular es la colosal sala de barricas, nueve bóvedas subterráneas de hormigón que soportan encima el peso del jardín y constituye uno de los proyectos arquitectónicos más importantes del mundo del vino; este espacio se muestra “solemne como las naves de nuestras catedrales, pero con el recogimiento y la penumbra sigilosa de los primitivos monasterios románicos”, enlazando así con toda una tradición constructiva milenaria.

Concretando la presencia de bodegas en Tierra Estella, nos hacemos eco de las palabras de Román Felones cuando afirma que “existen bodegas para todos los gustos: las hay familiares o industriales, adosadas o exentas, tradicionales o de diseño, enterradas o suspendidas, agresivas o mimetizadas con el paisaje… Pero hay algunas que, además, han incorporado un elemento diferencial y único: un buen proyecto arquitectónico que las distingue y ensalza”.

En este recorrido por el enoturismo y la arquitectura en Tierra Estella, una primera referencia corresponde a la ampliación de las Bodegas Irache en Ayegui, llevada a cabo por el ya mencionado Patxi Mangado en 1991; su sobria estructura de ladrillo alberga un interior articulado en naves separadas por arcos de medio punto que impregnan el conjunto de un ambiente misterioso y recogido para una auténtica “catedral del vino”.

Iniciado el siglo XXI, en 2001, se construye en Los Arcos Bodegas Valcarlos, en honor al primer pueblo del Camino de Santiago; de hecho, su torre iluminada a modo de faro por la noche sirve de referencia para los peregrinos. El aspecto casi fortificado del exterior da paso al interior a una moderna y espectacular sala de barricas.

Un año más tarde, en 2002, fue inaugurada la bodega del Señorío de Arínzano, obra de Rafael Moneo, que restauró los tres edificios antiguos que incluía la finca –palacio cabo de armería, casona e iglesia– y trasladó al lugar el espíritu de la villa de Plinio el Joven, que producía vino destinado a la venta en la antigua Roma; incluso un moderno “arco de triunfo” de hormigón señala el punto de acceso a la finca desde la carretera. El arquitecto tudelano concibió una bodega paisajista, totalmente integrada en el entorno, en cuya estructura de líneas rectas y fachadas planas en forma de gran “C” que abraza el conjunto monumental antiguo destacan el hormigón abujardado de los muros del color de la piedra calcárea local, la cubierta de cobre para que con el tiempo adquiera las tonalidades verdes del entorno, y el interior de la sala de barricas con su cubierta a doble vertiente de madera de pino de Grecia sustentada por pilares arborescentes, en cuyo entramado se dispone una pasarela suspendida para el control de las barricas, otorgándole una atmósfera cuasi religiosa.

El mismo año de 2002 daban inicio las obras de la bodega Pago de Larráinzar, en Irache, que concluyeron en 2006. El proyecto correspondió al arquitecto Fernando Redón, quien concibió una estructura de cuatro módulos yuxtapuestos organizados en forma de damero que combinan con sobriedad y elegancia líneas, colores y materiales nobles para dar lugar a una bodega moderna totalmente respetuosa con el entorno.

En 2003 nacía en Lácar la bodega Tándem, obra de Josecho Vélaz e Iván Fernández, en cuyo exterior de hormigón visto en forma de gran cubo parcialmente semienterrado sobresale un gran lucernario que por la noche se ilumina para, al igual que en Los Arcos, orientar a los peregrinos en su camino a Compostela.

A poca distancia del anterior, en un privilegiado mirador del Valle de Yerri entre Grocin y Zurucuain, se encuentra Bodegas Aroa, cuya construcción inicial de 1998 fue objeto de una ampliación en 2010 a cargo de Resano Soler Arquitectos, quienes conciben un edificio de diseño vanguardista entendido como un apéndice inseparable de su enclave, de tal modo que ambos generen una nueva realidad armónica. De esta manera, sobre la bodega prácticamente enterrada emerge un potente volumen de geometría facetada que evoca las trazas naturales del terreno y pretende dialogar con él en un lenguaje abstracto en el que los muros de hormigón teñidos y quebrados y su cubierta de tablas de madera, recomponen los accidentes geográficos que caracterizan el lugar; y entre ambos volúmenes de hormigón y madera continuos pero fragmentados se desliza una franja vidriada que posibilita la iluminación interior y permite disfrutar de las magníficas vistas del entorno.


Bodegas navarras: Arínzano (Rafael Moneo), Ayegui (Fernando Redón), Lácar (Josetxo Vélaz e Iván Fernández) y Zurucuain (Resano-Soler Arquitectos)

Bodegas navarras: Arínzano (Rafael Moneo), Ayegui (Fernando Redón), Lácar (Josetxo Vélaz e Iván Fernández) y Zurucuain (Resano-Soler Arquitectos).


En fin, a las anteriores podríamos sumar un conjunto de bodegas que en su propuesta arquitectónica adoptan diferentes soluciones, caso de Quaderna Via en Igúzquiza (2003), poesía medieval para una bodega de producción ecológica; Emilio Valerio en Dicastillo (2008-2009), vino y aceite desde la ladera sur de Montejurra; y Barón de Ley en Mendavia, una catedral del vino en un antiguo monasterio benedictino. Todas ellas conforman tan solo una selección del rico y sugerente panorama que ofrecen las bodegas y la arquitectura del vino en Tierra Estella, con el que concluye este recorrido histórico por esta tipología arquitectónica.


Bibliografía

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Díaz del Río, M. M., La tecnología de elaboración del vino como factor determinante del diseño constructivo de las bodegas, Logroño, Universidad de La Rioja, 2016.
Felones, R., “Enoturismo y arquitectura”, Diario de Navarra, 26 de julio de 2012, p. 13.
Harte, H. y Terrier, J., Wineries: architecture & design. Bodegas: arquitectura y diseño, Barcelona, Loft Publications, 2004.
Moretti, G., “Tradición e innovación en los paisajes vitivinícolas de Mendoza (Argentina) y California (EEUU)”, 3º Seminario Internacional de Patrimonio Agroindustrial, Peso de Régua (Portugal), 2012, s. p.
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