20 de septiembre

Ciclo de conferencias

EL PATRIMONIO CULTURAL EN EL VALLE DE RONCAL

Arquitecturas en madera y escenografías áureas: retablos roncaleses

Ricardo Fernández Gracia
Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro

 

Las localidades que componen el Valle del Roncal conservan en la práctica totalidad un buen número de retablos que corresponden a los siglos de la Edad Moderna, en los diferentes estilos que se suceden: Renacimiento, Manierismo y Barroco. A mediados del siglo XVI, los retablos ya se habían convertido en enormes máquinas que cobijaban bajo sus estructuras, denominadas por algunos maestros navarros como edificios de arquitectura, ciclos de artes figurativas con temas ligados a devociones seculares y otros elegidos para la catequización del pueblo, en gran porcentaje analfabeto. Los retablos mayores conservados en el Valle son un testimonio más de cómo durante aquellos siglos, el género alcanzó su mayor grado de plenitud, en unos momentos en que los medios de difusión de la cultura eran mayoritariamente orales y plásticos.

Todos los retablos roncaleses de los siglos XVI, XVII y XVIII se realizaron en madera tan abundante en aquella tierra, generalmente de pino, material especialmente dúctil para la talla y, sobre todo, susceptible de recibir una capa de oro que los convertían en verdaderas ascuas de luz y escenografías doradas. Además, con la vibración de sus formas, lo tupido de su decoración y la multiplicidad de sus imágenes se confería a los templos de la época, casi siempre de muros rígidos, inertes y cortados en ángulos rectos, una sensación de movilidad y expansión espacial del que estructuralmente carecían. Los retablos provocaban de ese modo un ilusionismo muy característico del Barroco, en que la dicotomía entre fondo y figura, entre superficie y realidad, quedaba solo engañosamente resuelta.

Con el colorido y el dorado –operación en la que se empleaban panes de oro de subidos quilates– el retablo, iluminado por la luz mortecina de las velas, refulgía como una brasa en la penumbra de los templos, insinuándose a la vista del público como una aparición celestial. Al respecto, no podemos dejar de citar la elocuente frase latina que aparece en el retablo de Isaba al lado de los donantes que hicieron posible la policromía y dorado de la pieza: LUCERE FECERUNT.

El conjunto que se presenta puede servir para ver la evolución del género del retablo a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, desde el retablo del primer Renacimiento casillero con múltiple iconografía (Isaba), hasta ejemplos más clasicistas (Uztárroz) y en una etapa posterior en donde triunfa lo retórico y escenográfico, con la incorporación de movidos diseños y soportes de columnas salomónicas vestidas a la moda (Zuberoa, Garde, Idoia, Salvador de Urzainqui y Castillo de Roncal) o balaustres dieciochescos (Urzainqui y Patrocinio de Uztárroz).


Detalle del retablo mayor de Isaba

Detalle del retablo mayor de Isaba, por Miguel Garriz 1555-1560.


Maestros de Pamplona, Sangüesa, Tudela y de las cercanas localidades aragonesas, como Sos o Uncastillo, e incluso del propio Valle son sus autores, destacando los escultores de la familia Pejón en Garde, Roncal, Urzainqui y Burgui, así como los de maestros locales que tuvieron talleres en distintas localidades, como Manuel Gorri, Pascual de Lorea, Pedro José Urzainqui  o Miguel Ayerdi y el dorador Joaquín Elizondo (o Joaquín Suescun de Elizondo), que dejó sus bienes a la iglesia de Garde en su testamento (1721). Muy especial resulta la llegada del maestro del taller tudelano Francisco San Juan para realizar el retablo de Idoia en 1694, imponiéndosele el modelo del retablo mayor de los Jesuitas de Pamplona que había realizado el mismo artista en 1690. Las influencias aragonesas son evidentes, ya sea por la llegada de artífices, o mediante el estilo de las obras, algo que resulta lógico si tenemos en cuenta la cercanía geográfica y la pertenencia a la misma diócesis de Pamplona que, entonces, abarcaba el arciprestazgo de la Valdonsella. Respecto a los promotores y su financiación, los hay de todo tipo: personas particulares, indianos, clérigos, patronatos, amén de los sufragados vía limosnas.

En definitiva, un rico patrimonio que habla multidisciplinarmente de historia, estética, mecenas y promotores, artistas, mensajes, iconografía, uso y función y técnicas. La arquitectura, pintura, escultura y relieves polícromos que forman el programa iconográfico de un retablo exigían un amplio repertorio de técnicas aplicadas a imitar tejidos, carnes, objetos diversos y variadas texturas, según la época y las modas, produciendo, en su conjunto, un efecto ilusionista que realza con eficacia el carácter milagroso del altar, a la vez que magnifica las dimensiones del templo.

La historia de cada uno de los retablos mayores de las distintas localidades ha sido objeto de una visita en la web de la Cátedra de Patrimonio y Arte Navarro y puede verse en la siguiente página

A los datos allí mencionados añadiremos otros inéditos acerca de las imágenes de bulto redondo del retablo de la parroquia de Roncal. Como es sabido, la realización de los retablos, el género por excelencia del arte español, es conocida por numerosa documentación notarial y contable, pero hay aspectos que aún necesitan de pormenorizado estudio, como el número y especialidad de los que intervenían en su ejecución y, sobre todo, los autores de sus esculturas y relieves. En el caso navarro ya vamos conociendo algunos nombres de escultores propiamente dichos que recibían el encargo del maestro que suscribía el contrato de ejecución o se asociaban con él. En el caso de Roncal, su maestro Miguel de Garde acordó con el maestro Clemente Quintana, residente en Pamplona y Asiain, para la ejecución de la parte escultórica, concretamente trece bultos. El incumplimiento de este último dio lugar a un pleito por impago litigado a lo largo de 1662. Un nuevo acuerdo para el mismo objeto firmó el mencionado Garde en 1670 con el escultor de Asiain Juan Mihura, autor entre otras de varias esculturas del retablo de Muruzábal que corría bajo la responsabilidad de su suegro Pascual Ochoa de Olza. Concretamente, debía hacerse cargo de seis ya desbastadas y cinco sin desbastar, los relieves del sagrario y finalizar las dos historias del pedestal, todo por la cantidad de 250 ducados. En 1673, el escultor de Estella Pedro López Frías reconoció todas aquellas piezas, dando por buenas siete (Calvario, san Esteban, san Juan Bautista, Santiago y san Bartolomé) y exigiendo rehacer algunas partes de las de san Sebastián, san Lorenzo, san Vicente, san Gregorio y Dios Padre.

Un último dato que podemos ofrecer de uno de los retablos que quedó fuera de la citada visita virtual, el mayor de Vidángoz, nos habla de la gran remodelación en el segundo cuarto del siglo XVIII, posiblemente a cargo de algún maestro local y completado con imágenes de san Ramón Nonato en 1769, realizado por Manuel García, y de san Pablo, hecho en 1773 por un escultor que estaba en Sangüesa. Indudablemente la deficiente calidad de las esculturas del retablo hizo que se mandasen hacer las dos citadas, que estaban más cerca de la vista, en el primer cuerpo. En la pieza se aprovecharon las columnas salomónicas y algunas piezas de la estructura de un retablo anterior de la segunda mitad del siglo XVII. La decoración e incluso varios bultos se inspiran en modelos del casticismo, aunque la ejecución nos lleva a un maestro local, más ligado a la carpintería que a la talla artística.


Detalle del retablo de la Virgen del Castillo de Roncal

Detalle del retablo de la Virgen del Castillo de Roncal, por Francisco Pejón, 1738.