15 de diciembre

Conferencias

CICLO DE NAVIDAD

Figuras que hablan: 
tipos, trajes y oficios de la sociedad preindustrial 
en el Belén tradicional hispano

D. Ricardo Fernández Gracia
Cátedra de Patrimonio y Arte navarro


 

Si nos acercamos a un belén actual, encontraremos delicadas representaciones tridimensionales del nacimiento de Cristo a escala, con arquitecturas en muchos casos orientalizantes y figuras de pretendido corte historicista. Sin embargo, el belén tradicional discurrió, hasta hace poco más de un siglo, entre otros presupuestos: el portal con unas ruinas clásicas, grandes roquedos y peñascos y figuras ataviadas según los usos y costumbres de distintas regiones.

El gran cambio respecto a las figuras se produjo a fines del siglo XIX y comienzos de la pasada centuria, cuando la Iglesia y las nacientes Asociaciones de Belenistas -especialmente las catalanas-, impulsaron nuevas fórmulas. A partir de entonces, comenzaron a entrar en declive las antiguas figuras de barro policromado, fabricadas en los talleres murcianos o granadinos, exponentes y síntesis de una tradición secular. Todo ello fue favorecido aún más por algunas directrices que, después de la Guerra Civil, se dirigieron desde Falange Española a los belenistas y sus asociaciones para desterrar los anacronismos del belén popular.

Detrás de aquellas innovaciones había unas causas. En primer lugar, la costumbre de la Iglesia de no bendecir imágenes de barro. Las nuevas figuras de la escuela de Olot eran de pasta de madera y de una apariencia digna y, sobre todo, de pretendida fidelidad histórica, al vestir sus personajes con atuendos atemporales. Precisamente por su propiedad e historicidad, la estética de Olot cautivó a clientes particulares e instituciones con su particular visión histórica, derivada del grupo de los nazarenos, pintores alemanes que reaccionaron contra el Neoclasicismo imperante, en base a los descubrimientos arqueológicos en Palestina. En la misma sintonía, los artistas de la calle parisina de Saint Sulpice influyeron decisivamente en Cataluña en la escuela olotina con un estilo correcto, algo dulzón y con influencia de la escuela nazarena. Con esos presupuestos, parroquias, conventos y colegios, así como aficionados se decantaron por aquellas figuras, uniformizando todo lo relativo al belén, siempre desde la perspectiva orientalista. De momento, las figuras salidas de los talleres de Olot convivieron con las tradicionales de barro cocido, pero acabarían por imponerse a estas últimas, que también sufrieron su propia evolución para adaptarse a la moda con túnicas, mantos, turbantes, que con el tiempo incorporarían las telas encoladas.

Frente al panorama de los últimos cien años, dominado por el historicismo, los antiguos belenes poseían un carácter mucho más simbólico en todos sus elementos, ya que en una sociedad iletrada era más fácil catequizar mediante unos mensajes sencillos que especular sobre la realidad de la Judea del siglo I. No se trataba tanto de conjeturar, ni de organizar perspectivas y escalas, sino de transmitir mensajes en torno a lo inefable, mediante unas ideas.


Belén tradicional en Itzea, la casa familiar de los Baroja en Bera 


La cueva y sus personajes
Si en la cueva se colocaban unas ruinas clásicas era para significar que con la venida de Cristo se superaba el Antiguo Testamento. Si se insistía en la colocación de peñas y rocas era para insistir en que el nacimiento del Salvador había tenido lugar entre bestias, en una cueva, fuera del lugar habitado, tras ser rechazada la Sagrada Familia por las gentes. Todo ello daba lugar a reflexionar sobre cómo se podía expulsar a Jesús de los corazones de los hombres. Junto al portal se colocaban velas y faroles y el suelo se sembraba con cristales triturados y conchas para que reflejasen la luz, ya que los belenes estaban concebidos para admirarse por la noche, para acercarse con los sentidos y el espíritu a contemplar la “luz del mundo”.

Las figuras de José y María vestían de unos colores precisos y simbólicos. Ella de rojo o rosa en su túnica, para indicar el color de la carne por la Encarnación, y el azul en el manto que la identificaba como reina del cielo. Frecuentemente la túnica era blanca, para evidenciar su pureza. José, por su parte, combinaba el morado del sufrimiento y sacrificio y el marrón, color con el que se identificaba a los carpinteros. A veces luce manto amarillo, por su pertenencia al pueblo judío. De ordinario y siguiendo las recomendaciones de las visiones de santa Brígida, ambos estaban ante el Niño “hincados de rodillas, lo adoraban con inmensa alegría y gozo”.

El Divino Infante era de grandes proporciones, en sintonía con las viejas normas de tamaño jerárquico, y solía estar en una cuna de contenido trinitario, pues se adornaba con un triángulo y la Paloma del Espíritu Santo, junto a una gloria de cabezas de ángeles. Respecto a los animales, la mula se identifica con el pueblo judío, de ahí que aparezca en algunos casos arrodillada ante el misterio, dando paso a la Nueva Ley, mientras que el buey se asimila con los paganos y la gentilidad. 

El agua del río o de la fuente también poseía un contenido simbólico, puesto que donde no hay agua no hay vida. El nacimiento de Jesús se convertía en verdadera fuente de vida.

Ángeles y arcángeles
Las figuras aladas de estos seres celestiales otorgaban al belén su dimensión más ultraterrena. En unos casos eran adoradores u oferentes y en otros portaban instrumentos de la pasión. No hay que olvidar al respecto, la unión de todo lo relativo al belén y a la pasión, pues todo formaba parte del mismo relato.

En algunos casos, en el mismo portal se daban cita los arcángeles Miguel y Gabriel, como en el belén de Salzillo o en el de las Recoletas de Pamplona. El motivo no es otro que el relato del nacimiento que hace la Madre María Jesús de Ágreda en su Mística Ciudad de Dios, en donde afirma: ““El Sagrado Evangelista San Lucas dice que la Madre Virgen, habiendo parido a su Hijo Primogénito, lo envolvió en paños y le reclinó en un pesebre. Y no declara quien le llevó a sus manos desde su Virginal Vientre, porque esto no pertenece a su intento. Pero fueron ministros de esta acción los dos Príncipes Soberanos San Miguel y San Gabriel que, como asistían en forma humana corpórea al misterio, al punto que el Verbo humanado, penetrándose con su virtud por el Tálamo Virginal, salió a luz, en debida distancia, le recibieron en sus manos, con incomparable reverencia…. Y al punto que los Santos Ángeles presentaron al Niño Dios a su Madre, recíprocamente se miraron Hijo y Madre Santísimos, hiriendo ella el corazón del dulce Niño y quedando juntamente llevada y transformada el él”.

Pastores y oferentes
En el belén tradicional cabían espigadores, huertanos recogiendo naranjas, y un sinnúmero de oficios tradicionales propios de la sociedad preindustrial. Todos ellos conformaban un microcosmos festivo, reflejo de la alegría desbordante que producía la llegada de la Nochebuena. Constituía una auténtica explosión de vida, un microcosmos festivo, en donde los textos evangélicos de san Lucas y san Mateo fueron libremente reelaborados, con una fantasía prodigiosa y un artificio de invenciones entre todos los personajes de la vida cotidiana, únicamente contrapuesto con el fasto y la riqueza de los Reyes Magos.

Particular interés poseen los grupos de danzantes y músicos que por las calles y plazas de la estructura tridimensional del belén alegraban el ambiente hasta límites insospechados, ya que ancianos, jorobados y lisiados se contagian y bailan al son de panderos, zambombas, sonajas e incluso instrumentos de viento y cuerda. La exaltación del gaudium que invadía las casas y las celebraciones litúrgicas de aquellos días se reflejaban en el belén popular, no sólo en danzantes y músicos, sino en gestos de pastores y rústicos, tanto en el mercado y en los trabajos ordinarios, como en alborozadas labradoras montadas en burros con sus correspondientes presentes que van cantando y tañendo zambombas o panderetas, viandantes, oferentes, hombres trabajando sus huertas, o almorzando en mesones los típicos huevos fritos o guisando las migas en enormes sartenes.
 

Detalle de pastores y oferentes en un belén tradicional
 

Todas aquellas figuras constituyen el fiel reflejo de una sociedad rural y preindustrial, lo mismo que las diminutas casas de corcho. Las indumentarias tradicionales son las de manchegos, maragatos o huertanos de aquella España anterior al ferrocarril y a todo el despegue industrial. Ellos visten con capas españolas, catites, chambergos, camisas, calzones, abarcas, zamarras y polainas y ellas con sayas, delantales, sobrefaldas, pañoletas y sombreros. Los oficios y tipos representados son variados: labradores, ganaderos, cazadores, pescadores, bodegueros, hortelanos, herreros, tenderos y artesanos de todo tipo, sin que falten los desvalidos como viudas, tullidos y mendigos, para significar que para todos había venido el Mesías.

La vitalidad y la espontaneidad estaban garantizadas en aquel relato, servido para ser vivido y no sólo referido. En el caso de los belenes hispanos, el nacimiento no se perdía como en Nápoles entre un pueblo extrovertido y aún disparatado, sino que la escena se convertía en el centro de todo el relato. 

Poco importará que el hecho transcurra en invierno, unos se abrigan, otros andan con un simple chaleco, siegan o recogen las frutas más variadas, mientras viejas y jóvenes bailan, despiojan a sus maridos y padres o se entregan a las más variadas labores de la casa y el medio agro-pastoril. Muchos de aquellos tipos se pueden identificar con los grabados de vestidos populares españoles estampados por Juan de la Cruz.

Los reyes magos, Herodes y la matanza de los inocentes
Los magos, por lo general a caballo, visten como monarcas occidentales con armiños, ricas capas, coronas y cetros. Antaño simbolizaron a los tres continentes conocidos, pero en época de los belenes se suelen asociar a las tres edades del hombre. Su principal significado es que nos los revela como la gran manifestación, la Epifanía. Sus dones se asocian al Niño rey (oro), al Niño Dios (incienso) y al Verbo humanado (mirra).

También Herodes solía vestir como un rey. Junto a sus soldados vestidos a la romana, los que sacrifican a los inocentes portan gorros a modo de turbantes con remates rojos en punta, que nos los filian con los verdugos de la pintura desde fines de la Edad Media y que tanto aparecen en la escena de la Degollación del Bautista.