11 de febrero

Ciclo de conferencias

DIFUSIÓN Y COMUNICACION DEL PATRIMONIO CULTURAL

El Patrimonio histórico-artístico, condensador de valores e identidades

D. Ricardo Fernández Gracia
Cátedra de Patrimonio y Arte navarro


 

Conocer y disfrutar con el patrimonio cultural

A lo largo de esta intervención hicimos algunas reflexiones sobre las miradas que admite y requiere el patrimonio histórico-artístico para su comprensión más completa: desde sus aspectos netamente históricos (promoción, ejecución, creación, precios, datación…, etc.), a los estéticos, técnicos, iconográficos y de uso y función.

Complemento y protagonistas de primera mano, en nuestra visión y recreación del pasado, son los bienes culturales en forma de puentes, catedrales, monasterios, vidrieras, piezas de orfebrería, relieves de un claustro, órganos o chirimías… etc. Octavio Paz ha afirmado que “la arquitectura es el testigo menos sobornable de la historia” y Francisco Umbral afirma que “La pintura es la gran pizarra de la historia”. 

Con ejemplos de distintas épocas se puso de manifiesto la necesidad de contemplar todos esos aspectos, así como la importancia de seguir estudiando para mejor valorar y contextualizar los bienes culturales como condensadores e imagen de una época determinada.En 2009, la editorial Cátedra publicó, dentro de sus ensayos, un delicioso libro de Víctor I. Stoichita titulado Cómo saborear un cuadro, en el que plantea el gozo que produce la contemplación de una obra de arte y cómo aumenta el placer, conforme conocemos el contexto en que se gestó y sus promotores. Sus páginas son un ejemplo para la comprensión de la eficacia y fuerza de las imágenes, en épocas cuando el tiempo para su contemplación era abundante, y su contemplación generaba distintas sensaciones y valoraciones.

Con tiempo y sin prisas, entre lo más o menos evidente, encontramos elementos que nos llevan, a modo de claves, a descubrir y saborear pinturas, relieves, grabados … etc., en todo aquello que conforma nuestro patrimonio, que es el conjunto de bienes heredados del pasado, en los que cada sociedad reconoce un valor cultural. La lectura de las imágenes y del patrimonio en clave cultural nos conduce a interpretar, y de ese modo comprender, degustar y gozar los contenidos más o menos ocultos de las obras. 


Herrero. Portada de Santa María de Sangüesa

Cantero con maceta y puntero. Iglesia de la Magdalena de Tudela


“Sorprenderse y maravillarse es comenzar a entender”

Esta hermosa frase salida de la pluma de José Ortega y Gasset nos ilustra sobre la importancia de la curiosidad con la que debemos afrontar la contemplación del patrimonio cultural. La curiosidad permanente por muchas cosas es característica de personas ávidas y, en general, de todo aquel que quiere aprender e investigar. Además, en no pocas ocasiones, esa curiosidad es la causa de que se encuentren ideas para caer en la cuenta de algo que nadie hizo antes.

La capacidad de sorprenderse es fuente de interrogantes y, en muchas ocasiones, es más importante saber cuáles son las preguntas adecuadas, que conocer las respuestas. Junto a la curiosidad hay que agudizar la capacidad de observación, en sintonía con la afirmación de A. Dumas: “quien lee aprende mucho; pero quien observa aprende más”

La diversificación de niveles culturales de la sociedad tradicional con altísimos niveles de analfabetos nos puede conducir a algunas parcelas de significación artística y literaria reservadas para minorías cultas, en un fenómeno que podemos denominar como de “discriminación semántica”. 

Existen, por tanto, distintos niveles de lectura, tanto para contentar a masas, como para hacerlo con las minorías más elitistas y refinadas. En el teatro también existían citas y referencias eruditas inaccesibles a la comprensión de los no letrados. Junto a una primera trama argumental inmediata, narrativa y “lineal”, convivían subtramas y elementos simbólicos que actuaban como complemento retórico que sólo podían ser entendidos por personas doctas. Algo parecido ocurre en ciertas composiciones artísticas, particularmente cuando el mecenas o el artista poseían unos recursos literarios y cultos. 

Ni qué decir tiene que existían distintos gustos, por una parte el público mayoritario que gozaba de todo aquello que impresionaba vivamente a sus sentidos y una minoría cultivada que, tras las apariencias buscaba proporción, correspondencia o decoro (adecuación entre significante y significado) y desconfiaba de cuanto aprobaba la mayoría. Todo un mundo de símbolos y signos de difícil interpretación convertía portadas de libros, medallas conmemorativas y algunas pinturas en auténticos ejercicios de agudeza.
 

Tota Pulchra. Retablo mayor de Santa María de Olite

Tota Pulcha, Heures de la Vierge a l´usage de Roma. Libro impreso en París por Thielman Kerver, 1505



Una sociedad avanzada y libre debe salvaguardar su patrimonio

Una sociedad avanzada, culta y con altos niveles de bienestar, no puede consentir que su patrimonio cultural esté ausente de su devenir cotidiano. El progreso, en cierto modo, se puede medir por el nivel cultural alcanzado por la misma. Ello ha generado que, en países desarrollados, exista una gran demanda social por lo que significa uso y disfrute de los bienes culturales. Este hecho se ha convertido en una exigencia de la comunidad ante los gobiernos, lo que se ha traducido en el derecho de los ciudadanos a la cultura, como reconocen distintos textos constitucionales.

Los medios para la percepción de todo el mensaje de nuestro patrimonio son variados: desde una visita multidisciplinar, una conferencia, la lectura de unos textos con las impresiones escritas que suscitaron a quienes contemplaron en siglos pasados, o la audición musical junto a ellos, hasta una reflexión sobre la influencia que han ejercido hasta llegar a su actual concepción. Y siempre con una actitud común por parte de quien participa en la lectura del patrimonio: contar con tiempo para contemplar, pensar y razonar junto a él.

El historiador, el arqueólogo, el antropólogo, el bibliófilo y el historiador del arte tienen su responsabilidad social, ya que deben devolver a la sociedad lo que han llegado a comprender y valorar, tras años de estudio y especialización. Naturalmente, para ello necesitan del buen hacer, sensibilidad y colaboración de quienes detentan responsabilidades en los ámbitos educativos y culturales. 

Es de desear que las instituciones, fundaciones o empresas que aportan importantes cantidades de dinero para las intervenciones y restauraciones en conjuntos monumentales, vean su esfuerzo recompensado ante la sociedad, posibilitando el conocimiento y disfrute de todo aquello en que se ha intervenido para su conservación.

Con clara insuficiencia se procede si se restaura un edificio y no somos capaces de visitarlo y deleitarnos en su historia, su uso y función, su mensaje, sus mentores y su estética. Enseñar todo ello es tarea que no se debe descuidar, pues se fracasaría en algo tan básico como explicar los porqués de tantas cuestiones de orden técnico, iconográfico, de modos de expresión..., etc.

Las posibilidades de aprendizaje junto al patrimonio cultural son incontables: la recreación de la vida diaria en un monasterio o junto a objetos de la vida cotidiana, el patrocinio de las élites privilegiadas en una catedral, la llegada de influencias formales a través de rutas, caminos o intervenciones personales…, etc. Como denominador común se debe insistir siempre en la visión global de todo eso que hoy separamos, por comodidad, pero que en su día estaba plenamente integrado, cuando iban de la mano literatura, música, liturgia, protocolo, arquitectura y artes figurativas y suntuarias. El patrimonio posee ese carácter condensador de historia, estética, iconografía y técnica.
 

Casa consistorial de Baztán, de Laurent. 
Los vítores de la fachada proclaman la grandeza de sus vecinos. 

Traza original para la torre del monasterio de Irache, por Juan González de Sisniega, c. 1602