17 de agosto

Conferencias

EL MONASTERIO DE TULEBRAS

De artes y devociones: proyectos artísticos en el monasterio durante la Edad Moderna

Mª Josefa Tarifa Castilla
Universidad de Zaragoza

 

El monasterio de Nuestra Señora de la Caridad fue la primera fundación que el Císter femenino realizó en la Península Ibérica, a petición del monarca García Ramírez, con la llegada de monjas procedentes del cenobio de Lumen Dei en Favars (Francia) a la localidad navarra de Tudela (1147). Unos años más tarde, en 1157 se establecieron definitivamente en Tulebras, pequeña villa a orillas del río Queiles, donde se ha desarrollado la vida monástica de manera ininterrumpida hasta nuestros días.

La construcción del cenobio medieval se acometió de acuerdo al esquema habitual seguido entre los cistercienses, con la iglesia abacial en un lateral, a la que se adosó un claustro central en torno al que se articulaban las distintas estancias de la casa necesarias para el buen desarrollo de la vida monacal, como la sala capitular, el refectorio, la cocina o el dormitorio, permitiendo a las religiosas vivir humilde y sobriamente en el interior del monasterio de acuerdo a la máxima de la Regla de San Benito del ora et labora.

A la fuerte crisis religiosa y material que vivió el cenobio en los siglos XIV y XV, sucedió con la llegada del siglo XVI un renacimiento económico, espiritual y también artístico, lo que permitió realizar nuevas obras, muchas de ellas financiadas por los familiares de las monjas, pertenecientes en su mayor parte a importantes linajes navarros. A comienzos del Quinientos regía la comunidad la abadesa Ana de Beaumont (1506-1524), hija de los señores de Monteagudo, bajo cuyo mandato fue reformada en la década de 1520 la cubierta del claustro existente, con sencillas bóvedas de crucería, que todavía hoy son visibles, en las que trabajó el maestro de obras Francisco el Darocano. Bajo el gobierno de María de Beaumont (1524-1547) se reformó la cerca del monasterio gracias al donativo de 500 ducados viejos que realizó en 1530 su progenitor, Luis III de Beaumont, conde de Lerín y condestable del reino. Periodo en el que también llegó al cenobio un excepcional retablo de tablas pintadas dedicado a san Juan Bautista, del primer tercio del siglo XVI, que fue legado por Guillaume de Beaumont, señor de Monteagudo, como indica el escudo de armas pintado en la mazonería del mismo. Una obra que es ejemplo sobresaliente de las primeras manifestaciones de pintura renacentista en Navarra, y que en la actualidad se encuentra en el Museo de Navarra.
 

Retablo de San Juan Bautista, c. 1530, 
en la actualidad en el Museo de Navarra

 

A mediados del siglo XVI se produjo en el monasterio una de las reformas más importantes realizadas en la fábrica del mismo, como fue la renovación de la cubierta de la iglesia, ya que la originaria bóveda de cañón apuntado pétrea se había venido abajo, estando en este momento el templo abacial protegido con una provisional techumbre de madera. La abadesa María de Beaumont y Navarra (1557-1549) consiguió del visitador general del Císter en Aragón y Navarra, el arzobispo don Hernando de Aragón y Gurrea (1539-1575†), el dinero necesario para voltear de nuevo la cubierta, 500 libras jaquesas, con las que se acometieron las excepcionales bóvedas de crucería estrellada que hoy en día lucen en el interior de la iglesia, colgando de la clave central de madera policromada el escudo de armas del generoso mecenas que las hizo posibles. A la cubrición de los cuatro tramos de la nave comenzando por el espacio de los pies, sucedió bajo el mandato de la abadesa Ana Paquier de Eguaras (1559-1573), perteneciente al linaje de los señores de Barillas, la terminación de la remodelación de la techumbre, con el último tramo de la nave y la cabecera, que contrató en 1563 el obrero de villa vecino de Tudela, Pedro de Verges, obras que igualmente financió el prelado aragonés. Verges también acometió entre los años de 1563 y 1565 la construcción de la nueva sala capitular, cubierta asimismo por bóvedas de crucería estrellada, que no ha llegado hasta nuestros días, así como la sacristía, el confesionario, capilla de San Bernardo y el coro en alto de la iglesia para el que más tarde, en 1589, el escultor tudelano Bernal de Gabadi realizó treinta sitiales de roble.
 

Bóvedas de crucería estrellada de la iglesia abacial, de mediados del siglo XVI, con el escudo del arzobispo Hernando de Aragón. Foto: M. J. Tarifa
 

El aspecto del interior del templo se completó con un nuevo retablo renacentista que presidió el altar mayor, dedicado a la Dormición de la Virgen, patrona del cenobio, una de las grandes joyas desde el punto de vista artístico que posee el monasterio, y que desde finales del siglo XX se exhibe en el museo que habilitaron las monjas. Una obra fechable entre los años 1565-1570, realizado por Jerónimo Vicente Vallejo Cosida, pintor aragonés que ejecutó los principales encargos pictóricos de don Hernando de Aragón, además de ser su consejero artístico, por lo que sin lugar a dudas la presencia de este retablo en el cenobio tiene que ver con la mediación del arzobispo. Una pieza que iconográficamente está formada por las tablas al óleo de los Santos Juanes y el calvario en el banco, María Magdalena, Tránsito de la Virgen y San Nicolás en el cuerpo principal y la Trinidad trifacial en el ático, como analizó con detalle el profesor Jesús Criado Mainar en una de las conferencias del ciclo dedicado al monasterio el pasado año de 2014.


Vista de la cabecera de la iglesia con el retablo mayor renacentista de Jerónimo Vicente Vallejo Cosida, anterior a la reforma de 1970


Con la llegada del siglo XVII se acometieron nuevas reformas en la fábrica del edificio, como el sobreclaustro con cuartos individuales, en el que trabajaron los albañiles Pascual de Horaa, avecindado en Cascante, y Jerónimo de Baquedano, de Vera de Moncayo (Aragón), y una soleada galería de ladrillo. A mediados del siglo XVIII de nuevo gran parte del monasterio amenazaba ruina, lo que obligó a la abadesa Ana Humbelina Arenzana y Oñate a plantear una profunda renovación el interior del mismo a partir de 1765, que afectó al palacio abacial y la hospedería entre otros espacios, en los que intervinieron los maestros José Asensio, José Marzal y Vicente Comuel.

También la capilla de San Bernardo, que había sido erigida a mediados del siglo XVI por Verges, sufrió una profunda remodelación en el siglo XVIII, de acuerdo al gusto barroco, quedando cubierta con una cúpula con linterna decorada con yeserías de profusa vegetación. Una dependencia que estuvo presidida desde el siglo XVII por el retablo dedicado a la Virgen con el Niño reconfortando a San Bernardo que donó en 1649 la monja Catalina Royo, si bien en la actualidad de los muros de la capilla cuelgan dos lienzos barrocos, uno con el mismo tema de la Lactatio de San Bernardo de escuela madrileña, y otro de San Benito pintado por el cascantino Diego Díaz del Valle.
 

La Virgen con el Niño reconfortando a San Bernardo, segunda mitad siglo XVII. Foto: M.J. Tarifa


El culto a la Santísima Virgen María también se manifestó a través de las diferentes devociones marianas, como refleja el retablo de Nuestra Señora del Rosario, de mediados del siglo XVII, donado por la familia Oñate, ante el que las religiosas rezaban el rosario en comunidad, junto a las representaciones de la Inmaculada Concepción, cuya iconografía tuvo una amplia difusión en los siglos del Barroco, como ejemplifican los cuadros que hoy se exhiben en las salas del museo. De entre todas ellas, la que mayor fervor tuvo en Tulebras, tanto para las religiosas como para los vecinos del pueblo, fue la Virgen de la Cama, una imagen de vestir del siglo XVII que las religiosas encargaron, dispuesta desde 1784 en un lecho de madera de policromía rococó adquirido junto con seis blandones, y que representa la dormición de la Virgen, en un plácido sueño, en los momentos previos de subida al cielo en cuerpo y alma. Todavía a día de hoy la Asunción de la Virgen es la principal fiesta local, que se celebra con la mayor solemnidad en su festividad, el 15 de agosto, siendo sacada la imagen en procesión por las calles de Tulebras, lo que se repite el 20 del mismo mes, cuando se festeja San Bernardo, patrono de la localidad.
 

Virgen de la cama, siglo XVII
Mueble, 1784