ENTRE EL RENACIMIENTO Y EL BARROCO: RAMILLETE DE NUESTRA SEÑORA DE CODÉS

 

Javier Itúrbide Díaz
Doctor en Historia

 

 

El libro, el autor y el impresor
Cuando está a punto de concluir el año 1608 ve la luz en Pamplona el libro Ramillete de Nuestra Señora de Codés. Se trata de un volumen en cuarto, de 192 folios que suman 384 páginas en las que se han insertado ilustraciones xilográficas, alguna de las cuales se ha encargado expresamente para esta ocasión. La portada está impresa a dos tintas, lo que supone un lujo excepcional, ya que solo el ocho por ciento de los libros navarros del XVII ofrecen este alarde tipográfico, y manifiesta interés por ofrecer un volumen cuidadosamente presentado.

Las páginas, según el propósito del autor, forman un “ramillete” de flores ofrecidas a la Virgen del santuario navarro de Codés, aunque pronto se advierte que los temas se dispersan y derivan en temas históricos y ejercicios poéticos.

El volumen se divide en cuatro “libros” con un número de páginas semejante. El primero a su vez se subdivide en nueve capítulos (Véase en “Bibliografía” la edición digital, folios 1-42). Aquí, a manera de preámbulo, se hace un exaltado y tópico -en su época- canto a España, a la que se califica de “cuchillo contra herejes”, para después acercarse a Navarra y proclamar que es “reino de por sí, y el reino que primero recibió en España la santa fe católica” (f. 3v). Seguidamente se expone de manera tan extensa como farragosa el origen de la devoción a la Virgen de Codés, desde los tiempos de los visigodos, pasando por la invasión musulmana, hasta llegar al momento de su consolidación, a mediados del siglo XVI, en buena parte debida al ermitaño Juan de Codés, del que se da amplia información. En el último capítulo (f. 34v), a lo largo de 17 páginas, se relaciona las “muchas imágenes de Nuestra Señora que se han aparecido en nuestra cristianísima España” y se clasifican por el lugar donde se hallaron: enterradas, en “oscuras cuevas”, “sobre piedras”, en “encumbrados y escabrosos peñascos”, fuentes, espinos y árboles como robles, pinos, perales, encinas, hayas, etcétera.

El segundo “libro” (f. 43-97) se subdivide en diez “jardines” y se centra en inventariar las reliquias que alberga el obispado de Calahorra-La Calzada al que pertenece el santuario de Codés, y, con este propósito, se describen minuciosamente las conservadas en los monasterios e iglesias.

El tercer “libro” (f. 97-137), que se subdivide en cinco “discursos”, describe de forma prolija, entre otros asuntos, los santos que han nacido o vivido en la diócesis y ofrece la nómina de sus obispos desde el año 465 hasta el momento en que el autor concluye su tarea; pero en ocasiones el hilo se pierde en digresiones, como la relación de las casas nobiliarias arraigadas en el obispado, y se detiene largamente en la historia de Viana, patria del autor, que asegura fue cristianizada por san Pablo.

 

 

Finalmente, el “libro cuarto” (f. 137-181), repartido en cuatro “selvas”, relata 57 milagros de la Virgen de Codés, 26 de ellos versificados en romances, en los que el hilo argumental viene a ser semejante: se da cuenta del nombre de la persona beneficiada, su lugar de origen, la dolencia de la que ha sido curada milagrosamente y la limosna o exvoto que ha dejado en el santuario. De su diversidad dan cuenta estas cuartetas (f. 167):

Contémplense las paredes
cubiertas y entapizadas
de muletas, brazos, piernas,
cabezas, manos, gargantas,
pechos, ojos, pies, narices,
cuerpos, huesos y mortajas,
triunfos de vuestras victorias
dignas de ser alabadas.

Las últimas páginas detallan “el modo de bendecir los paños de Nuestra Señora de Codés” por el sacerdote del santuario y reproducen las oraciones que ha de pronunciar (f. 164v).

El autor del Ramillete, como ha sacado a la luz Juan Cruz Labeaga, es el primogénito del cantero vizcaíno Juan de Amiax, que ha llegado a Viana para trabajar en la fastuosa fachada renacentista que durante dos décadas (1549-1570) se construye en la parroquia de Santa María. Aquí se casa con Isabel Aguilar y tiene tres hijos: el primogénito, nacido en 1564, que lleva el nombre del padre, el autor del Ramillete; cuatro años después le sigue una niña, y finalmente Pedro, nacido en 1570, que optará por servir al Rey como alférez en Flandes.

Amiax, cuando publica su Ramillete de Nuestra Señora de Codés, tiene 44 años y es uno de los 37 beneficiados que atienden el culto en las dos parroquias de Viana. Este oficio eclesiástico le proporciona una generosa renta anual de 220 ducados que, sin duda, le permitirá vivir con desahogo y dedicarse a sus aficiones literarias. Antes de instalarse definitivamente en su ciudad natal, donde permanecerá hasta su muerte a los 78 años, había sido capellán de la armada, lo que explica la terminología naval que en ocasiones utiliza en sus poemas, aunque forzando los símiles como se comprueba en esta estrofa a María (f. 136v):

Capitana Real te digo
bien digo que no me engaño
pues el General del Cielo
en tu popa fue embarcado.

Mariela Insúa y Carlos Mata han publicado un estudio del romance de 184 versos (f. 177v-181) en el que un bajel, alegoría de la Iglesia, parte de Barcelona, bordea el cabo de San Vicente para finalmente visitar la “divina y sacra morada / que resplandece en los montes / y peñascos de Torralba”. De aquí retornará rumbo a Italia para visitar la casa de María en Loreto.

El autor a través de su Ramillete se manifiesta como un hombre devoto, preferentemente interesado por las manifestaciones prodigiosas, y cuando en 1605 visita a su obispo, Pedro Manso, le informa de que se propone “recopilar los milagros de Nuestra Señora de Codés y, juntamente con ellos, los cuerpos santos y reliquias del Obispado de Calahorra-La Calzada” (f. 92v).

Esta piedad armoniza con sus veleidades poéticas, que se traducen en los numerosos romances, sonetos, octavas y cuartetas que pueblan el libro ensalzando a la Virgen María y proclamando sus milagros. Como era costumbre en la época, ha invitado a participar en las primeras páginas a sus amigos poetas, que le recuerdan su origen –“Si Vizcaya y Navarra te engendraron”- y le halagan llamándolo “Homero de la Virgen pía” o “Amiax divino”. Aunque, como es inevitable para cualquier literato que se precie, también debe de tener algún detractor, al que se refiere “un amigo” el cual en una octava pondera que el autor ha alcanzado su propósito de “escribir divinas alabanzas de la Virgen de Codés […] sin que mordaces lenguas hayan sido ocasión de ponerte en largo olvido”. El mismo Amiax se dirige a un “mordaz Zoilo, cuidadoso de enturbiar trabajos bien gastados” del que los hechos “pregonan sus maldades y sus vicios”.

Al tiempo que piadoso y poeta es erudito, que, además de la Biblia, cita autores clásicos, como Plinio, junto a los de lectura obligada para el objeto de su investigación, como Esteban Garibay, y está al tanto de las novedades editoriales: tal es el caso de la vida de santo Domingo de la Calzada, de fray Luis de Vega, que acaba de publicarse en Burgos, concretamente en 1606. El obispo de Calahorra-La Calzada le facilita cartas dirigidas a los responsables de sus veinte arciprestazgos con la instrucción de que le ayuden en sus pesquisas cuando visite los tempos y santuarios. Su afán investigador, por otra parte, le lleva a consultar archivos, con especial atención el de Codés; a transcribir inscripciones y documentos, aunque a veces se topa con algunas “cédulas escritas que por ser tan antiguas no se han podido leer por muchas diligencias que se han hecho”; y a interrogar a quienes han vivido y conocido acontecimientos reseñables. El deseo de depurar sus datos le lleva a establecer contactos epistolares con personajes relevantes, como fray Ignacio de Ibero, abad de Fitero, que en 1600 ha recibido el encargo de redactar la “crónica del Reino”, el cual le facilita información sobre las “reliquias” del Príncipe de Viana y su capacidad de curar a los “enfermos de lamparones [escrófulas]” (f. 121). También se relaciona con el benedictino Prudencio de Sandoval, cronista del Rey, al que pide ayuda para identificar algunas reliquias del monasterio de Azuelo (f. 77) y al que, en otra ocasión, envía un detallado informe, que ha publicado Félix Segura, sobre tres estelas romanas de Los Arcos.

Aunque el Ramillete es su única obra impresa, Gancedo asegura que escribió las “Antigüedades de la iglesia de Calahorra, obra que no me consta que se haya impreso pero de la cual parece que supieron aprovecharse bastante el P. Flórez en su España Sagrada y otros ilustres investigadores”.

Por encima de poeta y erudito, es devoto de la Virgen de Codés, cuyo santuario se encuentra a 26 kilómetros de Viana. Él mismo había gozado de sus favores pues, según relata, sufría “un cirro [tumor] que me nació en una pierna, [que] nunca fue posible curarlo, ni reblandecerle la mucha dureza que tenía”. Después de un año de tratamientos médicos infructuosos se puso el “paño” de la Virgen de Codés y, al segundo día, se abrió “la hinchazón por siete partes por las cuales tuve gran purgación de apostemas por tiempo de ocho meses” al cabo de los cuales se curó (f. 135v). Pero antes había tenido la oportunidad de contemplar los favores de la Virgen de Codés en su propia familia: a su hermano Pedro, “siendo niño de siete ocho años”, otro muchacho “le metió un cuchillo por la garganta”; de este percance se restableció a medias ya que “traía siempre el color pálido y enfermizo” hasta que sus padres le pusieron los paños de Codés y “curó perfectísimamente” (f. 332). Y cuando está dedicado a escribir su Ramillete, en 1603, presencia un nuevo prodigio, esta vez en un compañero beneficiado, que arrastraba desde niño una grave lesión en la mano que una rueda de un molino le había aplastado. Este clérigo, al empeorar su mano magullada con el paso de los años, se puso los “benditos lienzos [que] le abrieron la carne y le sacaron un hueso pequeño” con lo que cesaron los dolores. Estos tres sucesos, que el autor había conocido personalmente, ayudan a comprender su desmedida credulidad en los milagros en general y, en especial, en los propiciados por la Virgen de Codés.

El autor, por proximidad, debería haber contratado la impresión de su libro en Logroño y no en Pamplona como finalmente hizo. Pero la capital riojana en torno a 1608 no tenía un taller afianzado, toda vez que la imprenta de Diego de Mares estaba supeditada a la de su padre, Matías, instalado en Pamplona y que en ese tiempo estaba trabajando intensamente, en el monasterio de Irache, en la impresión de los dos primeros tomos de la monumental Crónica general de la Orden de san Benito de fray Antonio de Yepes. Por otra parte, el taller de Juan de Mongastón aún tardará unos años en entrar en pleno funcionamiento en la capital riojana. Por estos motivos, Juan de Amiax tuvo que encargar la impresión de su libro en Pamplona y lo hizo en el taller de Carlos Labayen que tan solo llevaba un año abierto. No tenía otra alternativa ya que, como se ha expuesto, Matías Mares, instalado en la capital navarra desde 1596, estaba trabajando temporalmente en el monasterio de Irache.

El impresor Carlos Labayen, tras formarse y establecerse por cuenta propia, con 26 años, en Zaragoza, trasladó su negocio a la capital navarra en 1607. Su llegada se había producido a instancias del ayuntamiento que, sabedor de que era un impresor “muy perito y hábil”, consideraba necesario ampliar y mejorar la oferta tipográfica de la capital navarra, hasta la fecha en manos de un solo taller, el de Matías de Mares, un impresor veterano que fallecerá dos años después de la llegada de su competidor. Sea como fuere, a partir de 1607 la capital navarra cuenta con dos talleres. El más activo será el de Carlos Labayen, que llega con 29 años y que, a lo largo de un cuarto de siglo (1607-1632), sacará a la luz una media de dos libros por año, lo que representa el veinte por ciento de la producción libraría de las imprentas navarra en el siglo XVII.

No le faltan encargos al nuevo impresor de Pamplona y, así, en el segundo año de su dilatada vida profesional en la capital navarra imprime seis títulos, la tasa más elevada de su carrera, y entre estos figura el encargo de Amiax.

En esta ocasión Labayen ha realizado un pulcro trabajo tipográfico, con letras de buena calidad, claras y variadas. En las cabeceras de los capítulos emplea cenefas xilográficas de tipo vegetal con textos que decrecen, desde las versales a las cursivas, y con capitulares a cinco líneas en el comienzo del texto. La mancha de impresión deja márgenes adecuados, enmarcados por dos filetes en los que se insertan en cursiva las apostillas. Como remate de los textos recurre al clásico pie de lámpara que finaliza en una viñeta.

La impresión se ha realizado sobre un papel de calidad y Labayen la ha seguido cuidosamente como se desprende de la fe de erratas, donde se avisa que es posible que algunas de las advertidas no se figuren de determinados ejemplares ya que “se enmendaron luego”; es decir, durante la tirada del pliego afectado por el error tipográfico.

 

 

Los rasgos tipográficos arriba apuntados sitúan el trabajo de Carlos Labayen en la trayectoria, en proceso de extinción, de la imprenta renacentista, en la que, por cierto, en torno a 1520, había tenido un papel estelar, en Alcalá de Henares, el estellés Miguel de Eguía.

El santuario y su fama
El santuario de la Virgen de Codés, en torno al cual gira el Ramillete, pertenece al término municipal de Torralba del Río y se encuentra, en la frontera con Álava, a los pies de las “altas y escabrosas peñas de Yoar” según precisa el autor. Históricamente perteneció al obispado de Calahorra-La Calzada hasta que en 1956 fue transferido al de Pamplona. Por este motivo el autor sitúa su trabajo en el ámbito de la diócesis a la que pertenecía y, en consecuencia, las noticias históricas y relatos piadosos abarcan La Rioja, Álava, Vizcaya, parte de Guipúzcoa y algunos arciprestazgos de Burgos, Soria y Navarra, que aquí corresponde al de Viana en cuya jurisdicción se encuentra el santuario de Codés. Por este motivo, el libro está dedicado a un ilustre feligrés de la diócesis y regente del Consejo Real de Navarra, Juan de San Vicente, nacido en Miranda de Ebro, cuyas armas campean en la portada.

Amiax, de acuerdo con la historiografía de la época, sitúa los orígenes del templo en el ámbito de lo legendario. Menciona la incursión que Leovigildo lleva a cabo en 575 en tierras riojanas que culmina con la destrucción de la ciudad de Cantabria, cuyos habitantes huyen con la imagen de la Virgen y que, para evitar su destrucción, la esconden “en las montañas de Torralba” -la imagen, en realidad, es una talla de estilo románico fechada en el siglo XIV-. Siglos más tarde, la descubrirá un pastor en una ermita rodeada de espinos donde comienza a ser venerada por los fieles del contorno. Pero la devoción a la Virgen de Codés tardará en alcanzar notoriedad y será a causa de un hecho que constituye su primer milagro: la liberación, fechada en 1523, de un hombre, cautivo del temido bandido Juan Lobo en su guarida de la sierra de Monicastro, en la Berrueza, que fue transportado milagrosamente, junto con el cepo que lo inmovilizaba, a la ermita de la Virgen de Codés a la que se había encomendado. Ante la repercusión de este prodigio los vecinos de Torralba del Río dispusieron nombrar un ermitaño que atendiera el culto, que ahora empezaba a expandirse, y para ello designaron a un tal Juan Merino, que acabó siendo conocido como Juan de Codés. Su ejemplo de santidad prodigado durante 53 años, hasta su muerte en 1583, y, sobre todo, la difusión que hizo de los “paños bendecidos” que curaban “llagas y otras cualquier heridas” impulsaron la notoriedad del santuario. Los paños se distribuían más allá de los límites del obispado y su prodigioso valor sanador fue en perjuicio de los cirujanos, que “perdían la mayor parte de sus ordinarias ganancias”, lo que les impulsó a denunciar al ermitaño ante el obispo y los inquisidores, que le permitieron continuar “con la bendición de los lienzos” (f. 21v).

Gracias al edificante testimonio de Juan de Codés, a la incesante afluencia de devotos y a las donaciones que recogen los ermitaños tres veces al año por los pueblos de la diócesis -en 1674 se registró el récord de 28 toneladas de trigo-, en la segunda mitad del siglo XVI la modesta ermita se transforma en una iglesia de tres naves. Pero será en la centuria siguiente cuando se registre “el siglo de oro del santuario”, tal y como lo califica Valeriano Ordóñez. Ahora las limosnas se multiplican hasta el punto de que en 1620 se construye una nueva arca, que se abre con tres llaves que guardan el mayordomo de la iglesia, el párroco y el alcalde de Codés. La abundancia de donaciones permite, en la primera mitad del XVII, ampliar el templo, erigir un nuevo altar en el que lucen tres óleos comprados en Madrid, instalar una reja de forja en el presbiterio, construir una espaciosa hospedería, iniciar el campanario, así como mejorar el entorno con una espaciosa escalinata y una fuente.

Precisamente en esta vigorosa etapa de expansión del santuario se publica el Ramillete de Nuestra Señora de Codés, que contribuye a difundir su fama y los milagros que en él se multiplicaban. De esta manera la imprenta acrecentaría el renombre que ya gozaba.

Pero el libro de Juan de Amiax no será el único relacionado con la Virgen de Codés. En 1639 se publica en Logroño, impreso en el taller de Pedro de Mon Gastón Fox, Capilla y fiestas de Codés. Se trata de un tomo en octavo de 92 páginas del que es autor Pedro de Llanos Valdés. Ensalza a Diego Jacinto de Barrón Jiménez, regidor perpetuo de Logroño, devoto de la Virgen de Codés, el cual, según relata el “Discurso Segundo”, cuando era joven había sido curado de “un morbo letal” a causa del cual “se [le] juzgaba esqueleto” (Véase en “Bibliografía” la edición digital, página 14). Barrón había sufragado la nueva “capilla” del santuario de Codés y con este motivo, el 10 de septiembre del citado año de 1639, se celebró la solemnísima ceremonia de inauguración de la “fábrica de la capilla y fiestas de la colocación de la virgen” a la que asistieron “más de ocho mil concurrentes”. En esta festividad, Barrón, en calidad de benefactor, tuvo un protagonismo destacado al marchar en la procesión, “galán, honesto y brioso, tremolando el estandarte”, flanqueado por sus “niños garbosos”, don Francisco y don Rodrigo, que sostuvieron las borlas, tal y como detalla Pedro de Llanos en un romance de circunstancias (p. 37).

En el “primer discurso” se relata el origen del santuario en octavas reales basándose para ello, con probabilidad, en el libro que Amiax había publicado hacía 31 años. Cabe pensar, por tanto, que el Ramillete seguía siendo la obra de referencia para la propagación de la devoción a la Virgen de Codés.

La secuela del Ramillete
Cuando Juan de Amiax publica su obra deja sentado en varias ocasiones que tiene el propósito de sacar una segunda edición, aunque esto no llegó a producirse. Así se comprueba en el folio 59, donde tenía previsto insertar un grabado con la inscripción de “sesenta letras góticas algo crecidas” que había transcrito del arca de las reliquias de san Prudencio custodiada en el monasterio de Nájera:

 

 

En otras ocasiones pide la colaboración de los lectores para completar sus pesquisas sobre las reliquias de las 11.000 vírgenes de las que, en la diócesis, lleva contabilizadas 53, así como sobre las imágenes de la Virgen María descubiertas milagrosamente (f. 93v): “Si en algunas otras partes de este obispado hubiere más cabezas de las once mil vírgenes o imágenes de nuestra Señora aparecidas recibiré muy grande merced de las personas que me enviaren relación de todo esto para ponerlas en la segunda impresión”.

El Ramillete fue la principal referencia a lo largo de los siglos XVII y XVIII para la propagación de la devoción a la Virgen de Codés. El azaroso siglo XIX también estuvo presente en Codés, que sufrió saqueos, incendios y destrucciones, primero en la Guerra de la Independencia y después en las dos carlistas. La consecuencia de todo ello fue la decadencia de su actividad religiosa.

En los albores del siglo XX se abre un periodo de recuperación que comienza tempranamente, en 1901, cuando se constituye la “Cofradía administradora de la basílica de Nuestra Señora de Codés” con la misión de fomentar el culto y reconstruir el santuario. Pues bien, dentro de las actividades de recuperación de la actividad piadosa se inscribe la publicación, en 1905, a los cinco años de constitución de la cofradía, de la Historia de Nuestra Señora de Codés, escrita por D. Juan de Amiax, prebendado de Viana y arreglada para la nueva edición por el Rvd. P. Fr. Eusebio de la Asunción. En consecuencia, se comprueba que a comienzos del siglo XX la obra de Amiax sigue siendo necesaria, al menos así lo entienden los tres clérigos cofrades que han corrido con el gasto de la impresión, tal y como señala Valeriano Ordóñez. El carmelita descalzo Eusebio de la Asunción reside en el convento de Corella, lo que explica que la nueva edición se imprima en esa localidad en el taller de Manuel Gil, que ha preparado un librito de 15 centímetros con 135 páginas.

El P. Eusebio de la Asunción basa su recopilación en el ejemplar del Ramillete que le han prestado las monjas también carmelitas de Logroño, de cuyo paradero en la actualidad no se tiene noticia. Pero el cambio en las formas de piedad le exige atenuar el tono de los relatos milagrosos, como reconoce en el prólogo: “El transcurso del tiempo ha hecho convenientes y hasta necesarias muchas variaciones, ya en el estilo, ya también en el fondo de la obra” y con este objeto suprime milagros “no del todo comprobados”. Así mismo elimina los abundantes, prolijos y poco rigurosos textos sobre la diócesis de Calahorra-La Calzada que no tienen relación directa con el santuario y, en cambio, incluye al comienzo del libro un capítulo que titula “De la antigüedad del culto a la Virgen en España”. Todo esto lleva a concluir al P. Eusebio de la Asunción que “de tal modo sale cambiado el antiguo Ramillete que puede llamarse libro nuevo”. Sea como fuere, el libro de Amiax, trescientos años después de su publicación, sigue siendo el punto de partida para restablecer, a comienzos del siglo XX, la devoción a la Virgen de Codés aunque sea necesario adaptarlo a los nuevos tiempos.

Tres décadas más adelante el Ramillete pervive como la fuente para la difusión del culto a la Virgen de Codés. En 1933 ve la luz en Logroño, en la imprenta de Gumersindo Cerezo, un librito de 18 centímetros y 80 páginas titulado Historia del Santuario de Codés. I. Ramillete de Ntra. Sra. De Codés, compuesto por Juan de Amiax. Ha preparado la edición Fernando Bujanda, sacerdote de Torralba del Río y, por tanto, devoto de la Virgen de Codés. A la sazón es rector del seminario de la capital riojana, lo que explica las numerosas publicaciones que sobre la vocación sacerdotal da a la luz por esos años. Al igual que había hecho en 1906 el carmelita Eusebio de la Asunción, Bujanda también advierte que del libro de Amiax han sido “desglosadas del mismo las cosas que a Codés no hacen referencia directa”. Y es que el Ramillete a estas alturas del siglo XX es tan imprescindible en algunas páginas como anacrónico en otras. Seis años después de esta primera entrega, en 1939, concluida la Guerra Civil, publicará La Historia del Santuario de Codés II, que subtitula Sencillos apuntes sobre Codés. Se reduce a un folleto de 38 páginas.

Finalmente el siglo XXI verá una nueva edición del Ramillete. Será en una publicación facsímil, sin estudio preliminar, publicada en Pamplona en 2005 por la editorial Sancho el Fuerte con una tirada de 500 ejemplares. Ahora, la obra de Juan de Amiax se difunde no tanto para edificación de devotos sino para deleite de bibliófilos.

De esta manera, el Ramillete de Nuestra Señora de Codés, un tomo en cuarto de casi cuatrocientas páginas, publicado en 1608, durante cuatrocientos años, con las obligadas adaptaciones, ha sido el medio más eficaz para promover este santuario navarro.

Recapitulación: entre la forma renacentista y el fondo barroco
Formalmente el libro de Juan de Amiax, a través de la tipografía e ilustraciones, muestra su vinculación con la imprenta que había brillado en el Renacimiento español, y de la que ha bebido el impresor Carlos Labayen en sus años de aprendizaje en Zaragoza. Pero ahora, a comienzos del siglo XVII, comienza a ser sustituida por la estética barroca.

Esto en cuanto a la forma, pero en cuanto al fondo, por su artificiosa estructura interna, es una obra plenamente barroca. Como se ha adelantado, se divide en cuatro libros y estos respectivamente en capítulos, jardines, discursos y selvas, sin que estas denominaciones se justifiquen por su contenido. Por otra parte, es un testimonio elocuente de la literatura religiosa popular del XVII impulsada por la contrarreforma. Se ofrece como antídoto contra “libros evincioneros y profanos”, a causa de los cuales los fieles “pierden por ellos el camino del cielo”, y entre ellos destaca los de “fabulosas caballerías”. Contra estos también arremeterá Cervantes, aunque con otro talante, en el Quijote, que curiosamente nace ahora, en el mismo año que el Ramillete.

En las páginas del Ramillete se mezclan la historia y la leyenda, conviven la poesía artificiosa con la prosa farragosa, y ejerce su hegemonía una piedad elemental, fundada en milagros tan frecuentes como gratuitos, que ignora las enseñanzas evangélicas y cualquier fundamento teológico. Este espíritu encontrará acomodo en multitud de libros piadosos que verán la luz en las imprentas españolas a lo largo de la centuria.

 

BIBLIOGRAFÍA Y RECURSOS ELECTRÓNICOS
GANCEDO, E., Recuerdos de Viana o apuntes históricos, Madrid, Gráficas Halar, 1933.
INSÚA CERECEDA, M. y MATA INDURAIN, C., “La alegoría de la nave de la Iglesia en un romance mariano de Juan de Amiax”, Príncipe de Viana, nº 232, 2004, pp. 639-667.
ITÚRBIDE DÍAZ, J., Los libros de un Reino. Historia de la edición en Navarra (1490-1841), Pamplona, Gobierno de Navarra, 2015, CD-ROM.
ASOCIACIÓN DE AMIGOS DE VIANA, Juan de Amiax, el primero que escribió sobre Viana, Viana, 2014.
ORDÓÑEZ, V., Santuario de Codés, Pamplona, Diputación Foral, 1979, (Navarra. Temas de Cultura Popular, 343).
SEGURA URRA, F., “El informe de Juan de Amiax (1605)”, Cuadernos de Etnografía y Etnología de Navarra, nº 89, 2015, pp. 87-93.

La cofradía de Nuestra Señora la Virgen de Codés mantiene un portal en Internet con información del santuario y sus actividades.

La edición digital de Ramillete de Nuestra Señora de Codés, (Pamplona, 1608), se puede descargar de la Biblioteca Navarra Digital (BINADI). Corresponde al ejemplar donado por Eugenio Asensio (1902-1996), crítico literario y humanista, natural de Murieta.

La edición digital de Capilla y fiestas de Codés, (Logroño, 1639), está disponible en Google Books. Reproduce el ejemplar de la Biblioteca Nacional de Austria (Viena)