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Un tropiezo en el recorrido diario

No hay nada más eficaz para un ser vivo que ser capaz de anticiparse a los eventos que suceden a su alrededor. Poder reaccionar antes de que algo suceda concede una ventaja significativa frente al resto de individuos del ecosistema. Utilizar un recurso como puede ser una fuente de energía, ya sea en forma de radiación solar o en la de alimento si estamos hablando de un depredador, requiere tener el organismo preparado desde un punto de vista fisiológico y comportamental: si sé que las probabilidades de encontrarme con una potencial presa van a incrementarse en breve, será mejor que esté atento y no deje pasar la oportunidad. De la misma forma, saber que mi recurso de alimentación va a dejar de estar disponible puede ahorrarme mucha de la energía necesaria en su búsqueda y detección. Esto es válido también para la contraparte: si quiero evitar ser comido (o reducir las probabilidades de que esto suceda) siempre será mejor evitar los momentos en los que los depredadores están más activos.

Este tipo de interacciones conllevan procesos adaptativos que evolutivamente convergen en ciclos de actividad que establecen un equilibrio entre los pros y contras que supone estar activo en diferentes momentos del día. Cuando los eventos que desencadenan el resultado, como por ejemplo el ataque de un depredador y la posible caza de una presa, no son del todo anticipables (habría que meterse en la cabeza del otro y saber qué está pensando), las adaptaciones van en la línea de mejorar el tiempo de reacción, la capacidad de detección y la velocidad de movimiento, por ejemplo, además de otro tipo de aspectos comportamentales como los que acabo de mencionar. Sin embargo, en la naturaleza existen muchos eventos que presentan una marcada periodicidad, que se suceden de manera muy regular y que tienen importantes efectos sobre el entorno en el que se desenvuelven los seres vivos. No hay nada más rítmico que los movimientos astronómicos de los cuerpos celestes. Tanto es así que podemos calcular con altísima precisión cuándo se va a producir un evento de estas características como en el caso de los próximos eclipses que vamos a poder disfrutar en años sucesivos en nuestro país.

Para la vida de nuestro plantea, existen dos movimientos astronómicos fundamentales que condicionan significativamente las características del medio: el movimiento de la Tierra alrededor del sol y sobre su propio eje. El primero es determinante en las características climáticas y en la cantidad de energía disponible en los ecosistemas a lo largo del año. La inclinación del eje de giro de la Tierra respecto al plano de la eclíptica, condiciona la sucesión rítmica de las estaciones. Saber si vamos hacia un periodo en el que meteorológicamente las condiciones van a ser típicamente buenas y la energía no va a escasear, es fundamental para tomar la decisión de comenzar el periodo reproductor, por ejemplo. Esto condiciona la fenología de todos los seres vivos, cuyos ciclos vitales están estrechamente unidos a la sucesión regular de las estaciones. El segundo, el giro sobre su propio eje, determina una alternancia radical y tremendamente rápida en las condiciones del ambiente: el día y la noche.

La temperatura, la luz disponible para la producción, la humedad relativa… son parámetros fundamentales que cambian totalmente en el transcurso de unas horas. La biología de las distintas especies determinará el uso preferente que hagan de las 24 horas que tiene un día. Para ello, no sólo es necesario saber cuándo está el sol sobre el horizonte y cuándo se ha escondido (algo relativamente fácil de determinar) sino cuándo se va acercando el crepúsculo, ya sea hacia el anochecer o hacia el amanecer. La asimilación por parte de los organismos de este ritmo diario es una adaptación evolutiva que establece el llamado ritmo circadiano, la alternancia de las fases de sueño y vigilia típicas de muchos seres vivos (no podemos decir que todas las especies duerman en el sentido estricto del término, pero sí que en general experimentan ciertos periodos de aletargamiento a lo largo del día). Así pues, los ritmos diarios son una adaptación evolutiva que permite a los organismos enfrentarse a un entorno que presente las condiciones ambientales y biológicas más apropiadas para su biología. Pero, ¿qué pasa con los eclipses?

Si bien un eclipse es un fenómeno astronómico predecible, su frecuencia es muy incidental desde el punto de vista de una población. La gran mayoría de los seres vivos de nuestro planeta jamás presenciarán uno ya que, aunque la conjunción astronómica Sol-Luna-Tierra pueda suceder todos los años, localmente en promedio se da a intervalos de cientos de años, lo que limita mucho la practicidad de una respuesta adaptativa. Además, se trata de un fenómeno relativamente breve, por lo que es difícil que los organismos desarrollen una respuesta específica. Sin embargo, los efectos que produce en las condiciones ambientales son equivalentes a los del anochecer y amanecer, por lo que es esperable que los organismos experimenten cambios similares a los que realizan diariamente en estos momentos del día. Es bien conocido que un eclipse induce cambios atmosféricos relacionados con la intensidad de la luz, temperatura e incluso el viento, lo que a su vez desencadena respuestas comportamentales en los animales: las aves diurnas tienden a interrumpir sus cantos y regresar a los nidos, los animales nocturnos incrementan su actividad, los domésticos se dirigen a sus establos… Los organismos detectan el cambio en el ambiente y reaccionan en consonancia. La vuelta a las condiciones iniciales interrumpe el cambio en el ritmo que desencadena el eclipse, y todo queda en una anomalía puntual, un pequeño despiste en el ritmo diario de actividad, un pequeño tropiezo en el paseo rutinario a lo largo del día.
 

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David Galicia
Investigador del Instituto de Biodiversidad y Medioambiente y profesor de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Navarra.

13.08.2026

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