Cada 15 de octubre se celebra el Día Internacional de las Mujeres Rurales, una jornada establecida por Naciones Unidas para reconocer la contribución de las mujeres al desarrollo rural y llamar la atención sobre las desigualdades que todavía condicionan sus vidas. La existencia de este día no es casual. En muchos países, el trabajo de las mujeres rurales continúa siendo poco visible.
En España, la cuestión adquiere una dimensión particular. Una parte muy importante del territorio español tiene carácter rural, pero en él solo vive una proporción reducida de la población. Además, muchos pueblos afrontan un proceso de envejecimiento y pérdida de población joven, junto con dificultades para acceder a muchos servicios. Estas dificultades afectan al conjunto de la población rural, pero tienen una dimensión específica para las mujeres.
Las mujeres sostienen la vida de los pueblos
Durante generaciones, las mujeres de los pueblos han sostenido una parte fundamental de la economía y de la vida cotidiana sin que ese trabajo haya recibido siempre el reconocimiento que merecía. Han trabajado en el campo, cuidado de niños y mayores, llevado las tareas domésticas y participado en las pequeñas economías familiares. Sus conocimientos y habilidades resultaban esenciales para sus familias y comunidades.
Hoy, sin embargo, el perfil de la población rural está cambiando. Muchas jóvenes nacidas en los pueblos han marchado a las ciudades en busca de oportunidades más variadas. En algunos lugares, quienes permanecen son principalmente hombres de mayor edad, vinculados a la agricultura, la ganadería o al cuidado de las explotaciones familiares. Al mismo tiempo, la inmigración ha adquirido un peso creciente en numerosos municipios rurales.
Y es precisamente aquí donde aparece una realidad que con frecuencia permanece fuera del debate sobre la España rural: la de las mujeres migrantes.
¿Quiénes son las mujeres rurales hoy?
¿Quién cuida al hombre mayor que se ha quedado solo? ¿Quién trabaja en la hostelería del único bar que queda en un pequeño municipio de montaña? ¿Quién sale del turno de noche de una fábrica de conservas? Y ¿quién es esta mujer discreta con velo que aparece en la puerta del colegio cada mañana con una bandada de hijos, pero permanece prácticamente invisible para el resto de la comunidad?
En muchos pueblos españoles viven hoy mujeres procedentes de otros países, entre ellas numerosas mujeres de origen marroquí. Sus maridos pueden ser más visibles en el espacio público porque trabajan en la agricultura o la construcción. Ellas, en cambio, permanecen más tiempo en casa, tienen un conocimiento limitado del español y disponen de pocas oportunidades para establecer relaciones con la población autóctona.
Esta invisibilidad no significa necesariamente aislamiento voluntario. A menudo responde a una combinación de factores: falta de formación, dificultades lingüísticas, responsabilidades familiares, ausencia de redes sociales y unas condiciones económicas que dejan poco margen para elegir. Para algunas mujeres, además, la experiencia migratoria supone pasar de un entorno de oportunidades muy limitadas a otro en el aparecen nuevas barreras.
En un estudio de nuestro grupo de investigación basado en entrevistas con mujeres magrebíes residentes en la Ribera de Navarra, algunas participantes describían precisamente esa paradoja. Una de ellas resumía su experiencia con una frase que resulta especialmente reveladora: «Aquí no conozco a nadie, pero por lo menos no hay peligro». La frase expresa al mismo tiempo alivio y soledad. Otra mujer, después de veinte años viviendo en el mismo pueblo, lo expresaba de una manera todavía más contundente: «No conozco a ninguna persona de este pueblo. Nunca nadie ha hablado conmigo».
Hacia una inclusión social más profunda
Estas experiencias deberían hacernos reflexionar sobre qué entendemos por inclusión social. Vivir durante años en un municipio no significa necesariamente formar parte de su comunidad. Una mujer puede llevar a sus hijos al colegio, comprar en las tiendas del pueblo y vivir allí durante décadas y, sin embargo, carecer de relaciones personales significativas fuera de su círculo familiar.
La cuestión es especialmente importante en nuestro medio rural envejecido. Muchos municipios afrontan dificultades para mantener servicios, negocios y actividades económicas. La llegada de familias migrantes puede contribuir a mantener abiertos colegios, comercios y otros servicios, además de aportar trabajadores a sectores esenciales.
Pero la presencia de estas familias no debería contemplarse únicamente desde una perspectiva económica. Las mujeres migrantes no son solo mano de obra potencial ni acompañantes de trabajadores agrícolas. Son vecinas, madres, cuidadoras, consumidoras, trabajadoras y posibles emprendedoras. Sus hijos son también parte del futuro de estos pueblos.
Por eso resulta necesario cambiar la pregunta. No se trata únicamente de preguntarnos qué pueden aportar las mujeres migrantes al medio rural, sino también qué condiciones necesita el medio rural para que ellas puedan desarrollar sus capacidades.
La respuesta pasa, entre otras cosas, por la formación lingüística y profesional, el acceso a la educación contínua, la participación en actividades comunitarias, y la creación de espacios donde las mujeres puedan relacionarse entre sí y con el resto de la población. No se trata de imponer una única forma de inclusión, sino de construir oportunidades de encuentro.
Cambio y permanencia de la mujer rural
Los pueblos españoles han cambiado muchas veces a lo largo de su historia. También cambiarán ahora. Pero entre la mujer rural del futuro y nuestras abuelas existen continuidades: el trabajo invisible, la dedicación a los cuidados, y el papel central en la educación de las nuevas generaciones. Quizá uno de los grandes retos de la España rural sea conseguir que esas nuevas mujeres no permanezcan solas e invisibles, y que realicen su potencial.
Necesitan oportunidades para aprender, trabajar, relacionarse y participar. Y los pueblos, a su vez, necesitan reconocerlas como parte de su presente y no únicamente como un producto secundario de la inmigración. Deberían ser espacios de convivencia en los que las mujeres procedentes de distintos lugares construyan juntas nuevas formas de vida rural.
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Ruth Breeze
Investigadora del Instituto BIOMA en el ICS
29.10.2026