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El Niño: el gran reto de predecir el clima

El calor abrumador de estos días pasados en Europa no tiene precedentes históricos que combinen su intensidad, duración, extensión y época. Parece simple para unos llamarlo “calentamiento global” y para otros “la calor del verano”, pero la realidad es complicada. Aunque hace tiempo que es imposible, para cualquier persona mínimamente educada, ignorar que el cambio climático debe estar detrás (y por supuesto las pruebas científicas de este cambio son ya irrefutables), hay detalles que aún no conocemos. No porque no sepamos qué leyes físicas gobiernan el clima (leyes que, al contrario que las humanas, jamás tendremos opción de votar, porque se expresan matemáticamente y no se puede hacer que dos y dos sean cinco), sino porque entender sus últimas consecuencias es endiabladamente complicado.

Algunas ecuaciones son relativamente simples de expresar y resolver, como la de Boltzmann o Wien, pero otras, como las de Navier-Stokes, son una pesadilla porque requieren resolverlas para cada litro de aire de la atmósfera o de agua del océano… a la vez que para los 26 litros que rodean a ese litro, y los resultados para cada litro afectan a los otros y viceversa. Solo con grandes modelos computacionales que ejecutan los mayores superordenadores, y simplificando atmósfera y océano a un rompecabezas con piezas de kilómetros de lado, podemos dar aproximaciones razonables que tampoco duran mucho.

Sin embargo, las grandes tendencias sí las podemos ver. Los científicos podemos discrepar en algunos detalles pero no de lo esencial, que es que hay un exceso de energía en el sistema atmósfera-océano que está llevando al planeta a un equilibrio distinto del que teníamos. Vamos comprendiendo mejor este equilibrio conforme tenemos más datos y mejores modelos, y los distintos modelos se van pareciendo cada vez más entre sí.

Un modelo que nos preocupa mucho es el de la temperatura del agua del océano. Sabemos que se está calentando en superficie y sabemos a grandes rasgos qué consecuencias tiene eso; no en vano, las grandes corrientes marinas dependen de la distribución de temperatura y de la circulación de vientos que, a su vez, también dependen de temperatura. Atmósfera y océano intercambian calor, y ambos absorben radiación solar. Una consecuencia de ese juego es la El Niño Southern Oscillation (ENSO), la Oscilación del Sur o simplemente “El Niño”, que se inicia en el Pacífico tropical algunos inviernos boreales. Es un calentamiento de la superficie del océano que ocurre algunos años y que cambia por completo el patrón de circulación atmosférica y el de lluvias (en qué lado del Pacífico llueve: normalmente en Asia, pero durante El Niño retroceden hacia América). Y llueve más: el agua cálida se evapora más, arrastrando más energía, y crea tifones más intensos. Tiene también otras muchas características: por ejemplo, las aguas frías que normalmente ascienden desde el fondo a lo largo de la costa de Chile y Perú, y que fertilizan la superficie, se quedan más profundas. El plancton crece mucho menos, y los peces (y los pescadores) no tienen qué comer.

El Niño ocurre con cierta frecuencia pero no tiene un ritmo conocido. Hay años en que ocurre y otros en los que no. A pocos meses de distancia, podemos predecirlo con fiabilidad. A principios de junio, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) informó de que es muy probable (90%) que este año se produzca un intenso episodio de El Niño, y en esta semana la probabilidad ha subido al 96%. El problema es que no tenemos ni idea de si el año próximo habrá otro, o el siguiente. Ojalá pudiéramos hacerlo mejor—pero aún no es posible por tres motivos. Uno, no tenemos todas las leyes a la vista—hay mecanismos que aún no conocemos. Dos, algunas de las leyes obedecen a la física del caos: un mínimo cambio inicial se traduce en un enorme cambio final. Y tres, cuando viene El Niño no cambia sólo clima en el Pacífico: afecta a todo el planeta, lo que a su vez afecta a la propia ENSO incluso con meses (o años) de retraso. Sí, también Europa, y España, se pueden ver afectadas por El Niño.

Pero pese a lo que a veces se oye decir en las redes o los ascensores, es difícil asociar con seguridad estos días de calor europeo a la ENSO porque ésta se manifiesta especialmente en algunos inviernos—y se intercala con el fenómeno opuesto, La Niña, que es un enfriamiento anómalo.  Sí creemos, por episodios anteriores, que El Niño parece ser un amplificador del clima. Y eso valdría también para el clima europeo. Los modelos muestran que cuando El Niño es intenso (como el que estamos casi seguros que vamos a tener), la corriente de chorro, que es la que nos trae los trenes de borrascas que entran por Galicia (y hace que volver de Norteamérica en avión cueste casi dos horas menos que ir para allá), parece ser más fuerte y estable. Esto debería significar lluvias invernales intensas alternadas con períodos secos, de los anticiclones que quedan entre dos borrascas… a no ser que El Niño sea excepcionalmente intenso. Entonces, el calor “robado” del agua que pasa a la atmósfera se extiende a más porción del planeta (casi todo, de hecho) y el resultado, también en Europa, sería una inversión de la pauta: un invierno cada vez más templado y una primavera anómalamente cálida, probablemente salpicados por lluvias más torrenciales.

Aun con todo, no tenemos claros todos los mecanismos que asocian la ENSO al clima o, mejor dicho, al cambio climático. Los datos no son concluyentes. Se necesita bastante más investigación y modelos aún más potentes para comprenderlo. Decir con certeza que el calor de estos días se debe a El Niño es casi tan seguro como decir que se debe a La Niña, que es el fenómeno opuesto. Sin una relación causal clara y sólida, los científicos sólo podemos apuntar a las coincidencias y tratar de tirar del hilo. Una de estas coincidencias es que la frecuencia de episodios de El Niño ha estado aumentando, como también lo han hecho la frecuencia e intensidad de los huracanes y los episodios de calor extremo en Europa. Otra es que los episodios excepcionalmente intensos de El Niño han coincidido (no siempre) con pautas climáticas excepcionalmente anómalas.

¿Coincidencia o concordancia? A diferencia de algunos políticos o tertulianos, lo que los científicos podemos decir con total certeza, por ahora, es que “si eso, pues ya veremos.”

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Arturo H. Ariño
Investigador del Instituto de Biodiversidad y Medioambiente de la Universidad de Navarra
30.06.2026
 

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