¿Cómo encajan la teoría de la evolución y la doctrina de la creación?

Autor: Santiago Collado
Publicado en: 50 Preguntas sobre la Fe, 16

Cuando hablamos de teoría de la evolución, en realidad podemos estar refiriéndonos a diferentes cuestiones. Y ocurre lo mismo con el término creación. Como siempre, el encaje de ambas nociones dependerá de a qué nos referimos con cada una de ellas.

El profesor Francisco Ayala afirma en un libro del año 1994, La teoría de la Evolución, lo siguiente:

«La teoría de la evolución se ocupa de tres materias diferentes. La primera es el hecho de la evolución; esto es, que las especies vivientes cambian a través del tiempo y están emparentadas entre sí debido a que descienden de antepasados comunes. La segunda materia es la historia de la evolución; esto es, las relaciones particulares de parentesco entre unos organismos y otros (por ejemplo, entre el chimpancé, el hombre y el orangután) y cuándo se separaron unos de otros los linajes que llevan a las especies vivientes. La tercera materia se refiere a las causas de la evolución de los organismos».

De estas tres cuestiones, la primera puede considerarse, efectivamente, como un hecho. Hay datos más que suficientes para afirmar como científicamente cierto que todas las especies existentes tienen antepasados comunes, y que se ha dado por tanto una evolución desde unas especies primitivas y menos complejas hasta las que conocemos en la actualidad. También sabemos con certeza, por los restos fósiles, que muchas especies se han extinguido.

Este último hecho pertenece al segundo aspecto de la evolución señalado por Ayala: el de la historia de la evolución. En este ámbito de la teoría, el grado de certeza que poseemos es menor que el que pueden alcanzar las ciencias matematizadas. Los hallazgos que se van produciendo hacen que cambie con bastante frecuencia lo que ya estaba establecido. La genética moderna ha contribuido a confirmar muchos de los resultados obtenidos por otras vías.

El aspecto quizás más difícil y problemá- tico es el de la determinación de las causas de la evolución. Lo que se trata de explicar es el origen del aumento de complejidad y diversidad en el mundo de los seres vivos.

Una de las tesis que ha dominado en el mundo académico y científico desde casi los inicios del siglo XX, afirma que la causa principal de la evolución es la «selección natural» actuando sobre una población que, aunque de la misma especie, presenta una cierta variedad genética. Dicha variedad es consecuencia de las modificaciones que se producen en el código genético de los individuos de la especie. Las modificaciones tienen un carácter fortuito o azaroso. Actualmente se tiene la certeza científica de que la variación más la selección natural, propuestas inicialmente por Darwin y Wallace, son causa de cambios y de adaptación al ambiente en los seres vivos. Sigue discutiéndose, y no existe el mismo acuerdo científico sobre ello, el grado de influencia que este mecanismo tiene realmente en la explicación del incremento de complejidad y, consiguientemente, en la evolución de las especies.

La teoría de la evolución quiere dar cuenta, en el ámbito de la ciencia natural, de cuáles son las causas de las transformaciones materiales que ocurren en la naturaleza. En este caso, en el mundo de los seres vivos.

Por su parte, la noción de «creación» se mueve en un contexto muy diferente. Crear, en el ámbito que aquí nos interesa, se entiende como dar el ser a partir de la nada. Se trata, por tanto, de una noción que cae en el ámbito metódico de la filosofía; en particular, de la metafísica. La noción de creación no trata de responder a los diversos problemas que hemos visto que se plantea la teoría de la evolución. En el ámbito de la realidad física, la filosofía se plantea un problema más radical aún: la existencia del mundo natural, de ese mundo del que nos hablan la biología, la física o cualquier otra ciencia.

Lo dicho hasta ahora pone de manifiesto que no puede haber oposición o incompatibilidad entre lo que nos dicen las ciencias biológicas y lo que se expresa con la noción de creación en metafísica. Como hemos visto, el ámbito metódico de ambas disciplinas es muy distinto. Las ciencias naturales se ocupan de transformaciones materiales de las que se tiene algún tipo de experiencia de carácter empírico. No puede decir nada, por tanto, de un acto que trasciende la mera transformación material: otorgar el ser de la nada. Se podrá discutir y argumentar, afirmar o negar la noción de creación, pero no se podrá hacer desde la biología, ya que excede su ámbito metódico.

Tampoco la reflexión metafísica, que se ocupa de principios como «el ser en cuanto creado», puede explicar a los biólogos cuáles son y cómo actúan los mecanismos que ellos investigan. Esto sería entrar en un campo metódico para el que la metafísica es claramente incompetente. Los problemas han surgido cuando, desde una de las dos disciplinas, se han hecho afirmaciones que entran en el ámbito de estudio de la otra.

Sin embargo, el respeto por la autonomía de cada disciplina no significa que sean completamente ajenas la una a la otra. Si así fuera, si la filosofía tuviera que hacerse de una manera completamente independiente de las ciencias naturales, se convertiría en una disciplina irrelevante o con muy poco ¿Cómo encajan la teoría de la evolución 16 y la doctrina de la creación? 16 ¿Cómo encajan la teoría de la evolución y la doctrina de la creación? interés. Defender la existencia de una independencia completa evitaría el conflicto entre ambas, pero también sería perjudicial para las dos, aunque de distinta manera.

No solo son compatibles y no hay oposición entre teoría de la evolución y creación, sino que pueden considerarse complementarias.

Se trata de la misma complementariedad existente entre la filosofía y las ciencias en general. Ambos tipos de racionalidad parten de la misma experiencia humana. La historia muestra que se han influido recí- procamente y, en la mayoría de las ocasiones, de manera positiva. Por ejemplo, algunos historiadores de la ciencia comparten la tesis de que pensar que el mundo ha sido creado por un Dios que es «Logos» (razón, sabiduría), ha supuesto un impulso decisivo en la aparición de la ciencia moderna. De hecho, las ciencias naturales, tal como las conocemos hoy, nacen en el occidente cristiano y de mano de pensadores que en su gran mayoría eran cristianos.

En este punto, interesa distinguir dos cosas: la noción de creación, por una parte, y el movimiento conocido con el nombre de "creacionismo", por otra. El creacionismo nace en los Estados Unidos, en ámbito protestante y en gran medida como una reacción a la teoría de la evolución. Esta fue percibida desde su inicio por muchos cristianos como una amenaza para la fe. En realidad, a lo que se opone la teoría de la evolución es a una comprensión de la creación que se desprende de una lectura literal del Génesis. Dicha interpretación literal niega que unas especies provengan de otras por evolución y defiende que están creadas directamente por Dios. El creacionismo nunca ha formado parte de la fe católica. Sí forma parte de la fe católica la noción de creación. Dicha noción se puede abordar al margen de la fe, aunque las aportaciones más importantes a esta noción se han conseguido en el intento de comprender el contenido de la Revelación.

La mecánica de Newton dio lugar a un modo de pensamiento de tipo filosófico que se conoce con el nombre de «mecanicismo». Se trata de una filosofía que erige la mecá- nica como paradigma de la racionalidad y que, por tanto, tiene un carácter reduccionista porque pretende explicar toda la realidad con las herramientas de la mecánica. De la misma manera, desde finales del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, se ha desarrollado un pensamiento de carácter filosófico estrechamente vinculado a la teoría de la evolución. Se podría denominar «evolucionismo». También en este caso lo que se defiende es que toda la realidad se puede explicar con las leyes que propone la teoría de la evolución. Los evolucionistas (entendiendo evolucionismo como propuesta filosófica y no como teoría puramente científica) suelen poner el énfasis en el azar y la selección natural como mecanismos principales de la evolución biológica y de cualquier otro dinamismo material. También suelen reducir lo espiritual al mismo esquema, es decir, a lo orgánico sometido a las leyes evolutivas. El mismo desarrollo de la biología actual pone de manifiesto las dificultades que presenta defender este planteamiento.

Así como el evolucionismo (como filosofía materialista) es contrario a la fe, también ¿Cómo encajan la teoría de la evolución 16 y la doctrina de la creación? hay patologías de la fe, como el «fideísmo», que en ocasiones han supuesto un obstá- culo para la ciencia. Las relaciones entre fe y razón han sido problemáticas cuando la ciencia ha querido decir más de lo que su método le permite o, también, cuando se ha defendido una fe cerrada a la razón. Unas veces esto ha podido ocurrir por una reacción defensiva contra reduccionismos filosóficos alentados desde alguna ciencia particular. En otras ocasiones la causa ha sido no tener en cuenta que la expresión en un lenguaje humano de la fe revelada es necesariamente limitada y que, además, está sometida a las reglas propias del estilo con el que el texto está escrito. Los estilos pueden variar mucho según la época y la finalidad con la que fueron escritos.

En resumen, la ciencia empírica no puede afirmar la creación. Pero tampoco la puede negar.

Por otra parte, las diversas ciencias, al darnos a conocer el mundo natural con sus procesos, su organización y sus múltiples relaciones, nos invitan a pensar en el fundamento o principios que sustentan la unidad que guardan entre sí y con otros ámbitos de la realidad que no son puramente materiales. Las ciencias nos invitan a preguntarnos, entre otras cosas, si el mundo que ellas nos permiten conocer cada vez mejor puede dar razón de sí mismo, si es autosuficiente. Cuestiones como estas pueden llevar a vislumbrar que la noción de creación ilumina estas preguntas que la ciencia suscita en el ser humano, aunque desde otro nivel de racionalidad.

Finalmente, la fe en un mundo que es creado proporciona la seguridad de que hay una racionalidad que da unidad y sentido a toda la realidad: la racionalidad que procede de su Creador, del «Logos». De esta manera, la Naturaleza constituye una llamada a pensar, a buscar, la racionalidad que la sostiene, a tratar de conocerla más y mejor, y a no rendirse ante las dificultades que lleva consigo toda investigación.