Ciego en Granada *(1)

Autor: Héctor L. Mancini 
Publicado en: Congreso "Identidad Cristiana de la Persona" 
Fecha de publicaciónSeptiembre de 2006

Dale limosna mujer, 
que no hay en la vida nada; 
como la pena de ser 
ciego en Granada.

(Francisco A. de Icaza)

Índice

  1. ¿Qué significa "identidad cristiana de la persona"?

  2. ¿Qué distingue a un científico cristiano de otro que no lo es?

  3. Ciencia, método y realidad

  4. Buscando la verdad

  5. Ciencia y sociedad

  6. Las preguntas esenciales

  7. La búsqueda del sentido global

  8. Científicos cristianos, ateos y agnósticos

  9. Verdad y Libertad

  10. En resumen

  11. Notas

¿Qué significa "identidad cristiana de la persona"?

Cuando se formula en general esta pregunta admite una respuesta sencilla: constituyen la identidad cristiana de una persona todos aquellos rasgos que permiten reconocer en ella el rostro de Cristo, independientemente de sus circunstancias *(2).

Entre todas las características que se derivan de la respuesta anterior y que son aplicables a cualquier persona, existen algunos rasgos peculiares que adquiere esa imagen en función de las actividades que éstas desempeñan. Para limitarnos a ellos, me permitiré restringir la pregunta a la siguiente, que responde a mi propia experiencia:

¿Qué distingue a un científico cristiano de otro que no lo es?

Un científico cualquiera, independientemente de sus creencias religiosas o filosóficas, es una persona que ha centrado su vida en la búsqueda de la verdad en algún aspecto de la naturaleza y ha transformado esa búsqueda en oficio, con mayor o menor suerte y talento. Por ello parece relevante preguntarnos si sobre ese aspecto particular, el criterio que utiliza para decidir cuando algo es verdadero o falso, existe algo que distinga a un científico cristiano de otro que no lo es.

Esta no es una pregunta aislada. Está asociada a otras completando el panorama que define lo que se entiende por verdad en la cultura general. Podemos mencionar algunas: ¿qué es la verdad para el sentido común?, ¿qué significa la palabra verdad para la ciencia?, ¿qué entiende por verdad un cristiano cualquiera?, ¿coinciden las definiciones anteriores o son diferentes?...

Cada una de ellas abre una perspectiva en sí misma y en relación con otros ámbitos de la cultura que no podemos agotar aquí *(3) y por ello, limitaremos el análisis a lo indispensable para considerar la pregunta que da título a éste trabajo. La unión de todas las perspectivas lleva al significado profundo que le asignó SS J. Pablo II en su X encíclica y que denominó "El Esplendor de la verdad" *(4).

Ciencia, método y realidad

El ser humano necesita interpretar la realidad para entender, relacionarse y utilizar el mundo en el cual vive, y además, para expresar su mundo interior y dar sentido a su propia existencia. En esa búsqueda que es intelectual y a la vez expresiva, los hombres utilizamos algunos valores subyacentes en la realidad. Así como un artista busca realizar su vocación relacionándola con su interpretación de la Belleza, un científico vocacional tiende a buscar la Verdad en el conocimiento de la naturaleza. Algún aspecto de la naturaleza será "la realidad" que se explora.

Independientemente de su formación personal, identificación religiosa y opiniones filosóficas, para el común de los científicos, la realidad está identificada con la naturaleza y "está allí", es algo dado, observable, y que puede ser sometido a mediciones de distinto tipo. Sus observaciones para ser científicas, deben reunir algunas características importantes. En primer lugar deben ser objetivas, lo que significa que los resultados no pueden depender del sujeto que observa. Cualquier persona que realizara la misma observación en las mismas condiciones, debería encontrar los mismos resultados.

El investigador científico no puede analizar toda la realidad. En primer lugar porque debería incluirse en ella. Para lograr resultados objetivos necesita reducirla a unos pocos aspectos relevantes y luego, con alguna idea previa en su mente, comenzar a explorarla. Esa reducción podrá modificarse posteriormente para incorporar nuevos detalles, que a su vez podrán ser relevantes o no. Es decir, por una cuestión de método la ciencia es siempre "reduccionista".

Además, los acontecimientos que explora deben repetirse, en un mismo objeto o en otros similares. Por ejemplo, para estudiar la muerte de una estrella, un fenómeno muy difícil de observar y reproducir, se debe analizar lo que ocurre con muchas estrellas del mismo tipo y recién con esos datos se podrá reconstruir el proceso de ese acontecimiento singular. Pero un acontecimiento verdaderamente único (por ejemplo: la encarnación), escapará a estos análisis y no podrá analizarse científicamente.

Con todas estas precisiones y otras que no discutiremos aquí, se consigue que en las llamadas "ciencias exactas" no haya cuestiones opinables más allá de las que hacen al error del método *(5). Las leyes de la física no son opinables, sencillamente son verificables.

En esta reducción de la realidad a unos pocos aspectos necesarios para definir el objeto de estudio, está la base del éxito de la ciencia en las predicciones que realiza, y además, es lo que permite clasificar las ciencias en "duras" y "blandas".

Se denominan ciencias "duras" aquellas que tienen su objeto de estudio perfectamente definido. Esta definición unívoca del objeto, permitirá luego la utilización del lenguaje matemático, con todo el rigor lógico que posee. En la medida que el objeto de estudio no se pueda definir con precisión, las conclusiones de la ciencia se volverán en primer lugar, estadísticas. Una clase de predicciones que aunque conservan el carácter de cuantitativas, excluyen de la previsión los casos individuales concretos. Sus resultados son predicciones sobre la media de un conjunto de observables *(6).

Si se aumenta aún más la falta de definición sobre el objeto de estudio, se pierde el carácter unívoco y cuantitativo de las predicciones y difícilmente podrán denominarse "conclusiones científicas". Por lo tanto, deben tomarse con cuidado muchas afirmaciones presentes en la vida social y política que reclaman para sí ese carácter.

En las siguientes reflexiones al hablar de ciencia nos centraremos en la Física, que se considera el paradigma de las ciencias exactas aplicadas a la naturaleza, y la única que extiende su método de estudio a todo el universo, al "Cosmos". La cosmología científica, a pesar de ocuparse de la totalidad de la naturaleza conocida, el objeto más amplio que podemos pensar, no es por ello una ciencia separada y más general. Como disciplina científica, es un capítulo más dentro de la Física. Las demás ciencias de la naturaleza como la Química o la Biología, se limitan a aspectos más restringidos de esa realidad. Por ello, la discusión metodológica en el ámbito de la Física nos permite obtener conclusiones válidas por inclusión para las demás ciencias.

La ciencia en general, no hace ningún planteo a priori sobre qué significa o qué debe significar la palabra realidad y por ello, parecen no tener límites los ámbitos donde se intenta aplicar su método, lo que tiende a confundir el objeto de estudio con toda la realidad. Considerará un conocimiento como cierto, cuando los resultados de su experimento coincidan con los resultados de la teoría que describe el objeto, ambos expresados en un lenguaje matemático.

El "universo" científico es entonces, un universo cuantitativo y hasta aquí, para explorarlo, nada parece diferenciar a un científico de otro.

Buscando la verdad

El científico, con ese método particular que acabamos de esbozar, se aproxima a la realidad y obtiene de ella una serie de datos que luego serán evaluados en un cierto marco teórico. Es aquí adonde comienza el análisis del significado de la palabra "verdad" dentro de la ciencia.

Para el común de la gente, el concepto de verdad tiene que ver con una adecuación entre la realidad que observa y una representación intelectual que posee previamente. Toma datos de la realidad y los confronta con otros que tiene almacenados en su interior y que en primer lugar, provienen de lo que denominamos "sentido común". Las conclusiones que obtenga, si son generales, se incorporarán como nuevos datos a ese patrimonio común.

Actualmente, lo que se entiende por sentido común trasciende ampliamente la experiencia personal, comprobamos que su alcance ha sido ampliado por la ciencia y por la técnica. Hoy se deben considerar tan de "sentido común" a los resultados ya afianzados de la ciencia (por ejemplo, la existencia de los átomos o el resultado de las tomografías), como el orden de los colores del arco iris, observable a simple vista.

Aún considerando solo unos pocos siglos atrás, puede afirmar que el hombre actual posee un sentido común mucho más rico y en consecuencia, su criterio de verdad debería ser mucho más amplio y profundo, sin embargo, como veremos, esto no es así. Puede que sea más amplio, pero no más profundo.

La discusión filosófica rigurosa sobre el concepto de "verdad", por extensa, resulta imposible de comentar aquí y no podríamos completar este pequeño ensayo si discutiéramos todas sus implicancias *(7). Por lo tanto, nos centraremos en la noción de verdad que acabamos de expresar, basada en el sentido común y manteniendo la idea de adecuación "bidireccional" entre el objeto (o "la cosa") y el pensamiento, idea que fue de uso normal en la filosofía hasta mucho después de Sto. Tomás de Aquino *(8).

Para la ciencia, a consecuencia de su método, buscar la verdad tiene algunas restricciones adicionales. En primer lugar, en la adecuación se exige una coherencia global en todo el plano del pensamiento. Adecuación entre todo lo observable y/o mensurable y todo el conjunto de representaciones que lo describen. Los datos teóricos y experimentales deben "encajar" en un cuerpo general coherente, un gigantesco puzzle obtenido a partir de un conjunto mínimo de "Primeros Principios" relativamente evidentes. Sus conclusiones en la etapa denominada de "análisis", se deben poder derivar de ellos y verificar en un experimento, y será necesario un procedimiento de sentido inverso, la "síntesis", para incorporar nuevos datos (o leyes) al marco teórico.

Cuando se produce una adecuación entre la teoría y el experimento, decimos que ese conocimiento es "verdadero". Por lo tanto, no es una verdad científica un conjunto de datos aislados, aunque sean datos numéricos provenientes de una teoría, de un experimento o de una observación. Tampoco son verdades científicas las conclusiones obtenidas de una teoría completamente desconectada de verificaciones experimentales. En este caso, hasta que sus resultados puedan verificarse, se trata solamente de una teoría.

El puzzle científico actual es de una dimensión tal, que no hay cerebro humano capaz de abarcarlo todos sus detalles. En consecuencia, la gente común tiende a pensar que ese tipo de conocimiento abarca toda la realidad y que todos los pasos seguidos para su construcción son objetivos y verificables, es decir, que tienen calidad de verdad científica.

Ciencia y sociedad

La búsqueda de la verdad por los métodos científicos le ha permitido al hombre comprender muchos aspectos del funcionamiento de la naturaleza, de la sociedad y aún de sí mismo. El éxito logrado en la predicción de fenómenos dota a la ciencia de gran predicamento social y como acabamos de mencionar, en muchos ámbitos se tiende a considerar que ese tipo conocimiento es completo, que agota la realidad. La gente hoy cree en la ciencia. Ha transformado la ciencia en una creencia, y para resolver todas las cuestiones que requieren una ideología que las soporte y justifique, la sociedad recurre a la "creencia científica".

En contra de sus orígenes, la ciencia, que ha sido el refugio de la racionalidad, ha sido transformada por el hombre común en una creencia, una pseudo-ciencia, y se quiere creer y hacer creer, que mediante ella se agota el conocimiento verdadero. Y el motivo es la autojustificación, porque ese conocimiento sale del propio hombre y le exime de toda referencia a una realidad externa que lo trascienda. El hombre logra así una creencia que solo depende de sí mismo.

Pero a pesar de esa independencia, hay restricciones que el propio método impone cumplir: se debe limitar la realidad a la materia y el conocimiento a lo cuantitativo. En caso contrario, los científicos dejarían de creer en ese dogma rápidamente.

La mayoría de la gente acepta confiada esta creencia, pero en realidad, ignora los profundos contenidos concretos de la ciencia y sus límites de aplicación.

Aunque ciencia no es tema fácil, cualquiera puede verificar muy simplemente que el conjunto de verdades científicas no es completo. Para comenzar, no aclara preguntas esenciales sobre nuestra propia existencia como: ¿por qué estamos aquí?, ¿de dónde venimos?, ¿adonde vamos?.

También se puede ver que no todos los pasos dados para obtener los resultados científicos son estrictamente "científicos". En el inicio de todo conocimiento siempre hay creencias, es decir, se parte de verdades no demostradas en las cuales el hombre descansa *(9). Por ejemplo: se da por supuesto que la verdad que busca la ciencia existe y además, que se puede llegar a conocer. Una suposición apriorística muy fuerte, no siempre explícita y que alcanza su máxima tensión cuando se extiende a toda la realidad en conjunto.

Pero a la vez, se trata de una creencia muy útil, porque justifica toda la tarea científica. Muy difícilmente alguien emprendería esta aventura del pensamiento opinando lo contrario: que la verdad no existe. Si no existiera la verdad, la misma ciencia sería una tarea provisoria y completamente inútil.

El pensamiento científico entonces, ha partido de una creencia no científica, que no puede ser verificada por los métodos y medios que utiliza la ciencia. Y no es la única creencia en la que se apoya la ciencia, hay muchas más: se supone que la naturaleza es inteligible, que posee unas regularidades o leyes accesibles para el intelecto y que bajo determinadas condiciones, esas leyes se cumplirán siempre y en todo lugar.

Y, sorprendentemente, se comprueba que al menos en cierto grado, esas suposiciones se cumplen *(10), aunque no se puede afirmarcientíficamente si con esas teorías y comprobaciones se está agotando la realidad o no.

Pero la creencia inicial funciona. La investigación científica logra encontrar esas leyes de la naturaleza, aprovecharlas y predecir consecuencias. Y aunque no puede explicar "científicamente", porqué esto es así, consigue una comprobación operativa de la suposición de partida: la naturaleza resulta inteligible para el hombre.

Y el pueblo a su vez, cree pero no avanza más allá. Ese mismo tipo de comprobación empírica que ha usado para saber que la realidad es inteligible, le permitiría saber que este tipo de conocimiento científico, no le basta para comprender el significado de su propia vida, un significado que también debe ser fundamentado, al menos inicialmente, en una creencia.

Pero el pensamiento dominante en la sociedad actual ha optado por tratar de distinta manera a estas dos creencias y ha terminado por no aceptar la segunda.

No ocurriría nada inquietante si de esa parte de la realidad que se escapa, no surgiera una serie de preguntas para las cuales ya no se tiene respuesta. El hombre no puede responder científicamente a preguntas esenciales que él mismo se suele plantear a diario: ¿esto está bien o está mal?, ¿cómo debo vivir?, ¿cómo debo morir?

Como se aprecia, la realidad tiene mayor amplitud que la detectada por los métodos científicos, lo inconmensurable se escapa y con ello se escapan las cuestiones más relevantes para la vida. La verdad científica no le resulta al hombre una verdad completa, autosuficiente, pero el "credo científico" ya se ha instalado en la sociedad y suele ser ampliamente utilizado y aprovechado por los políticos.

Si mantenemos ese credo, hay pocas defensas ante los problemas para los cuales la ciencia no tiene respuesta. Esencialmente son tres: se puede negar su existencia y considerar que si el problema no es científico, no es un problema, se puede recurrir al mito para resolverlo o bien se puede huir de ellos para evitar la desesperanza *(11).

La primera proposición es muy conocida y ha sido defendida por la escuela filosófica positivista, probablemente la corriente más cercana a la ciencia *(12)  (pero esta teoría filosófica no debe ser confundida con elcredo cientificista del cual estamos hablando).

Entre los mitos *(13) relacionados con el tema que nos ocupa, están la idea de progreso permanente, los mitos políticos, las razas o pueblos "distintos" o "superiores" y el de relación más directa, una reedición del antiguo mito de la "libertad sin límites" que se combina muy bien con el "credo científico".

En tercer lugar, está la huida. Para evitar enfrentarse con los problemas esenciales sin solución científica, la sociedad contemporánea tiene un amplio repertorio de mecanismos de escape que comienzan en el plano del conocimiento y llegan hasta las cuestiones más prácticas de la existencia. Repasaremos brevemente esos mecanismos. En primer lugar, para dar la sensación de que un pensamiento tiene origen científico, se suele hacer predominar lo cuantitativo, aún de manera forzada, y se niega que exista otro tipo de conocimiento válido.

Uno de los ejemplos más claros es la reducción de la Ética a la Estadística. Un hecho deja de estar bien o mal y para analizarlo, simplemente se presentan datos numéricos de cuantas personas actúan en una u otra dirección, direcciones que se suponen todas válidas y que se convierten en "alternativas". Luego, la sociedad sanciona como norma legal aquello que hace "la mayoría" (aunque muchas veces también, desde el poder, se imponen alternativas minoritarias).

Se puede ver además aquí, que la huida se entrelaza con el mito. Este razonamiento esconde subyacente, al menos como posibilidad, la idea de libertad absoluta entendida como ausencia de límites, una idea mítica presente desde los albores de la humanidad. Los límites recién surgirán a partir de la estadística electoral.

Lo primero que se consigue así es, obviamente, el relativismo moral, todas las opciones son alternativas entre "estilos de vida" equivalentes. Nada es bueno o malo, simplemente depende del número de votos que predomina en un determinado momento *(14).

Otra manera de manejar aquello para lo que no se tiene una respuesta científica, consiste en suprimir la pregunta por irrelevante o insoluble, o bien retardarla esperando encontrar su respuesta. Se intenta así difundir otra creencia: el hombre debe contentarse con aquellas respuestas que dispone y pensar que antes o después, todos los problemas serán resueltos por el propio hombre mediante procedimientos científicos (otro mito: el "progreso técnico-científico permanente"). Ojalá esta utopía fuera realizable, se evitarían muchos conflictos porque aunque generalmente se desconozcan, nadie discute los contenidos de la ciencia, todos creen en ellos.

Así, a pesar que se habla de eliminar la pobreza, la violencia, la enfermedad, de retrasar la vejez, curar la angustia, aumentar la vida y cosas por el estilo, se puede constatar que la situación real para el conjunto de la humanidad es cada vez peor. Los hombres, por nuestros propios medios terminamos construyendo "torres de Babel". Fronteras cada vez más altas. Muros que nos separen de los problemas y de los otros hombres. Muros de piedra, de alambre, electrificados, concretos o intangibles como las barreras económicas.

Se reeditan de manera recurrente viejos fracasos: los muros romanos, los de Ávila, la muralla china, el apartheid de Sudáfrica, el muro de Berlin. Ahora tenemos otros: el de Israel-Palestina, los de Ceuta y Melilla, el de Estados Unidos y Méjico y los que vendrán... Se sigue creyendo aún, que brindan protección y nos apartan de los problemas.

Nuestras sociedades "avanzadas" buscan diluir las realidades esenciales siempre presentes en la naturaleza, como son el nacimiento, la enfermedad, la miseria, la pobreza o la muerte, separándolas de la experiencia diaria. Aislándolas en guarderías, hogares de ancianos, tanatorios, en lo posible, fuera del alcance de la vista y de la experiencia sensible. En definitiva, se sustituyen las realidades fundamentales de la vida por una realidad ilusoria, maquillada, más aceptable, creada mediante el bienestar, el culto del propio cuerpo y de la juventud, el consumo o el ocio. Cuando no mediante las drogas, el hedonismo y cualquier otro tipo de escapes.

Por esos medios, nuestras sociedades occidentales "avanzadas" huyen de los problemas y de las cuestiones para las cuales la ciencia no tiene respuesta. Mucho más que en una "sociedad del conocimiento", estamos viviendo dentro de la "civilización de la huida" *(15).

Las preguntas esenciales

El hombre huye o se esconde intramuros, pero lamentablemente no consigue escapar. Las cuestiones esenciales que le preocupan, son justamente aquellas que inciden sobre lo más profundo de su propio yo, en su inconsciente, las que hieren más hondamente su persona. Lleva el problema consigo. Tarde o temprano, esas preguntas fundamentales vuelven angustiosamente, no se pueden evitar la enfermedad, la muerte, la guerra, el hambre, las desgracias, las pateras o los cataclismos evitando preguntarse por ellas. En el momento más decisivo para quien las sufre, la pregunta resurge y la ciencia no tiene respuesta que consuele ni forma de ocultarla.

En la sociedad actual dominada por la creencia en la ciencia, esas preguntas carecen de respuesta por una razón común: la falta de posibilidades de ésta para agotar el concepto de realidad, y en consecuencia, de lo que significa la Verdad, un concepto necesario tanto para fundamentar una ética como para otorgar un sentido a la persona y al universo entero. El reduccionismo, propio del método científico, le impide buscar un sentido para todo el universo y para el ser humano.

Apenas hemos comenzado con los ejemplos y ya comprobamos que no buscar desde el inicio una respuesta global adecuada, tiene graves consecuencias para el individuo y para toda la sociedad. Y las consecuencias son más dramáticas en las sociedades técnicamente más avanzadas, donde la creencia científica es mayor. Allí hasta se pierde la noción clara de la frontera que existe entre la vida y la muerte, una cuestión que una sociedad primitiva suele tener muy clara. Y se pierde por conveniencia ideológica.

En sus leyes, con toda su ciencia, las sociedades desarrolladas parece que no se atreven a definir con nitidez cuando comienza la vida humana ni cuando termina, para no poner límites al individualismo. A la "libertad sin límites". Gran conquista, pero sus consecuencias aparecen de inmediato: tras ello se justifican abortos, eutanasias o "ensayos" biológicos. Los límites de la vida terminan siendo elásticos, una cuestión de política y de estadística. Transformando la verdad en estadística, se le ha dado el baño cuantitativo que necesitaba el problema para ser considerado una cuestión científica. Luego se vota y todos contentos, se ha logrado alcanzar la "verdad estadística". Pero el problema y sus consecuencias siguen allí, no ha sido resuelto y tarde o temprano se vuelven contra el hombre.

Es necesario para la autoregulación del hombre y de la sociedad, encontrar una manera de restablecer los límites a la libertad *(16), pero esa solución no puede venir a partir del dominio de unos hombres sobre otros, sea por métodos pacíficos o violentos. La humanidad conoce esos intentos sobradamente, han fracasado cientos de veces en manos de tiranos de todo tipo: individualistas, elitistas, aristócratas, demócratas o populistas, todos con las mejores intenciones. Las peores dictaduras europeas del siglo XX, como el fascismo, el nazismo o el stalinismo (que suelen compartir la auto-designación de "nacionalsocialismo") han tenido apoyo mayoritario, solían ganar las elecciones.

Como se ve, la ética no puede sustituirse por la estadística y aunque solo fuera para evitar estos males, la solución debería trascender al hombre.

Pero el hombre actual, con el predominio de lo cuantitativo en su pensamiento, ha perdido noción de "trascendencia", ha ocultado a Dios y vive como si no existiese *(17). Con este escamoteo intenta justificar su materialismo agnóstico o indiferente, la ideología dominante en la cultura occidental actual. Con ella, cree poder convertirse en dueño de la vida y de la muerte y manejar su existencia sin ninguna referencia absoluta.

Los resultados están a la vista: ya no sabe definir su propia vida. ¿Cuándo un ser humano es un ser humano, una persona?: ¿en la primera célula, en la semana 14, en la 25 o a los 4 años? ¿Cuándo deja de serlo? ¿a los 45 a los 70 o cuando quiere? Y aquél que será fabricado como ser humano de repuesto, ¿será una persona? ¿tendrá algún derecho?, y el cuerpo que se desentierra para investigarlo y ponerlo en un museo, ¿no será un difunto, antepasado nuestro, y merecerá respeto?, ¿se puede matar para detener una epidemia?¿hasta cuantos muertos?.

No hay respuestas objetivas para estas preguntas, se debe votar sobre algo que no se sabe. Nos hemos encerrado en una terrible paradoja: el hombre creyendo poder afirmarse autónomamente frente a Dios lo suprime de la vista, y como consecuencia, termina por perder su dignidad como persona.

Hemos buscado en la ciencia la demostración de que Dios no existe, para justificar el ateísmo o el agnosticismo que practicamos habitualmente en nuestra cultura y no tenemos respuesta racional. Nos hemos encontrado con la raíz del problema: sin Dios, no hay "Humanismo" posible. Todo es opinable.

Y es así, porque las preguntas esenciales mencionadas, tienen una respuesta positiva y satisfactoria recién cuando se otorga un sentido a todo el universo : un origen y una finalidad trascendentes. Las preguntas fundamentales para el hombre, tienen respuesta religiosa: Dios ha creado el universo para un fin, el universo no es nuestro. Pero el hombre actual, que presume de tolerante, no tolera que en la sociedad se hable de Dios. Tiene a Dios como tema prohibido.

Hoy se puede hablar libremente de sexualidad, de abortos, de matrimonios homosexuales, de eutanasia, de clonación, pero no se puede hablar de Dios. Para hablar de Dios hay que introducirse en el ámbito privado, esconderse. Así, el Creador de todas las cosas, aquel que les da un sentido, es considerado en las sociedades desarrolladas sólo una palabra retrógrada y obsoleta, una tabla de salvación y explicación para todo lo inexplicable, un asunto propio de sociedades primitivas y pre-científicas. Así se trata a Dios en los medios de comunicación, en las relaciones políticas y aún en las familiares y personales, salvo honrosas excepciones. Este es el pensamiento dominante en la cultura actual.

Detrás de esto se oculta ese miedo ancestral a perder la libertad. El hombre contemporáneo cree perder su autonomía y su libertad si habla de Dios y no quiere hacerlo. Si Dios no existe, suponemos que todo es relativo y se puede hacer lo que se quiera. Solo hay modelos de vida, todos válidos y alternativos, opinables y sin referencias absolutas. El tuyo y el mío. El triunfo de la "ley de concupiscencia".

Una situación que reconforta a todos los pensadores materialistas y agnósticos, aquellos que propagan la ideología dominante. Pero que trae en su seno la mayor angustia y depresión conocida por el ser humano de todos los tiempos. Angustia que no logra compensar con viajes, diversiones, entretenimientos ni toneladas de pastillas antidepresivas, pastillas para dormir y para despertarse.

Nada le alcanza, porque el hombre ha perdido el sentido de su existencia.

La búsqueda del sentido global

Si el hombre busca una explicación para sí mismo y para el universo, una Verdad donde apoyarse, es necesario hablar de Dios. Sólo Él, el Ser absoluto y necesario, es capaz de dar sentido a toda la existencia. Es la única roca firme.

Acotando la respuesta a nuestra fe, sabemos que cualquier cristiano que ha buscado orientar su vida, ha encontrado su camino en la persona de Nuestro Señor Jesucristo. Tras un largo proceso de maduración alimentado por la revelación, el hombre, gracias al testimonio de otros hombres, se ha formado una visión de sí mismo y del mundo en la cual la persona de Cristo, el Verbo de Dios, es el proyecto mismo del hombre pensado por Dios, antes de la creación.

Por ello, cuando el Verbo de Dios hecho hombre se revela y nos dice: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida" *(18), los cristianos encontramos en Él la parte de la verdad que nos faltaba para orientar nuestra vida y responder a nuestras preguntas esenciales. La verdad cristiana es una verdad encarnada.

En todas las realidades cotidianas, desde las más pequeñas y sencillas hasta las más trascendentes, en cada pequeña o gran encrucijada de nuestra vida debemos elegir entre diferentes opciones que nos acercan o nos alejan de Dios. Así, de opción en opción, vamos forjando nuestro camino al andar y notamos desde el principio que ese Dios Creador nos ha creado libres. Libres para decidir qué camino tomar. Y la fe, llave de entrada al Reino de Dios, es la opción más trascendente que hemos tomado, la primera en el orden de las causas: la respuesta que damos a la pregunta por la existencia de Dios *(19).

Dios, si existe, nos permite decidir libremente sobre esa pregunta. Si respondemos afirmativamente, entonces Él nos ofrece un programa completo de vida, a través del modelo que nos deja su palabra: el Verbo Encarnado. Obrando en esta dirección somos coherentes y armonizamos nuestra vida y nuestro pensamiento. Pero además tenemos una nueva interpretación de la realidad, aquella que le da un sentido a toda la naturaleza. Y un científico, si es cristiano, no escapa a esta realidad. Allí encuentra los contenidos de la verdad en su propia existencia y en la naturaleza.

Esta nueva dimensión de la verdad, como la otra, la puramente científica, tiene una representación intelectual, una nueva "adecuación" para todas las cosas. Da sentido a toda la vida, pone de acuerdo nuestro pensamiento y nuestras obras. Para el cristiano esa verdad, "la Verdad completa", existe y está encarnada y más que requerir una aceptación intelectual logra su eficacia en el obrar, es una verdad existencial, la verdad que Juan Pablo II llamó "Esplendorosa" *(20).

Por ello, si nos negamos a creer que Dios existe e intentamos mantener la coherencia entre nuestro pensar y nuestro obrar, necesitaremos buscar otro camino que de sentido a nuestra vida y nos proporcione respuestas para esa parte de la realidad que escapa a la ciencia.

Según las conclusiones que podemos extraer de los conocimientos científicos actuales, las opciones que tenemos son pocas: o bien somos seres creados por un Principio Superior, Causa de todas las causas (aunque no sepamos bien cómo) que llamamos Dios, o el universo del que formamos parte es el único ser necesario y su desarrollo no parece ser otro que aquel que define el azar en cada momento, un movimiento sin finalidad alguna. Universo en el cual, en lugar de ser "Hijos de Dios", pasamos a ser "hijos del azar", de la casualidad, productos de una fluctuación en la materia y la energía.

En definitiva cuando comenzamos a pensar hemos elegido entre creer en Dios, lo cual nos obliga como personas, o creer en el azar, lo cual deja sin justificación prácticamente toda la existencia y entonces todo vale. Superficialmente, parece que al librarnos de Dios hemos ganado en libertad. Pero elegir el azar, ya es elegir al sucedáneo de Dios, un "dios" que relativiza todo el universo y lo reduce a una eterna danza sin sentido y que nos dejará con los problemas fundamentales de nuestra existencia sin repuesta y la angustia intacta.

Eligiendo seguir a Dios, elegimos coincidir con toda la naturaleza y nuestra decisión a largo plazo, será siempre la más coherente, la única adecuada a la naturaleza. Será el resultado de utilizar correctamente nuestra libertad: alcanzar el bien y la felicidad, cumpliendo con la finalidad para la cual toda la naturaleza ha sido creada.

Si elegimos el azar, no habrá ninguna diferencia entre nosotros y un animal cualquiera. Pensaremos que en la prehistoria los dinosaurios fueron los amos de la tierra y señores de la historia, que hoy lo somos nosotros y que mañana lo serán los descendientes de las hormigas u otros seres vivientes cualesquiera, mejor adaptados a las catástrofes.

Pensando así, la visión de la vida pierde toda dimensión humana, se convierte en una lucha salvaje y permanente, en un perpetuo pendular entre la vida y la muerte, que se presentan como dos estadios de una transformación continua entre materia y energía. No hay ningún cimiento para fundamentar la ética. Nacen y mueren los hombres, las especies, las estrellas y las galaxias, hay que matar para poder comer y seguir viviendo. Todo surge de estados anteriores y nada tiene sentido, salvo la lucha por la supervivencia, aunque ya no sepamos para qué vale la pena sobrevivir.

Con esta opción, soñando ser absolutamente libres, hemos terminado rebajando nuestra dignidad. Nuestros actos, que habíamos imaginado más libres sin Dios, pierden su sentido cuando se proyectan al futuro. Creíamos haber progresado mucho y nos encontramos con que tampoco esto es novedoso: ya le ocurrió a Ícaro, perdemos las alas al volar cerca del Sol.

Científicos cristianos, ateos y agnósticos

Un cristiano que se ocupa de la investigación científica, en primer lugar cree en Dios y como persona, buscará la orientación que Dios le ofrece para su vida. Ella será la que proporcione iluminación y orientación a su existencia. Tiene conciencia que la verdad científica es una verdad a medias, que no le da respuestas sobre su vida y sobre el sentido de la vida en general, pero que a la vez, le da un conocimiento seguro sobre el "modus operandi" de la naturaleza.

Una vez aceptada la existencia de Dios Creador, podrá discutir en ese marco, con una visión completa de la verdad, incluso el papel que puede haber asignado Dios al azar dentro de la creación o cosas por el estilo. Pero siempre tendrá conciencia que todo en el universo, incluido el azar, tiene un sentido.

Y buscar la Verdad en este contexto, significa encontrar la adecuación entre aquello que las cosas son en la realidad física y el sentido que poseen dentro del plan de Dios, de la finalidad global del Universo. Un cristiano, sabe que detrás de cada realidad de la naturaleza, de forma más o menos clara, estará la mano del Dios Creador.

Puede que en ocasiones la profunda armonía entre la revelación que recibe y la realidad que observa no le resulte evidente. Los avances en el conocimiento y en la maduración de la fe no siempre son simultáneos y tampoco en una misma persona suelen tener el mismo nivel. Muchas veces y a muchas personas cristianas, les pareció que su fe y su ciencia eran incompatibles. Muchas veces también, como lo demuestra la historia, esas incompatibilidades aparentes terminaron desapareciendo resolviéndose en un plano superior del conocimiento. Un científico cristiano sabe, como Bartimeo, que si pide ver, verá *(21). Porque detrás de cada realidad de la naturaleza está Dios y antes o después surgirá la "adecuación" que si hoy está oculta, mañana será evidente.

Hay muchos ejemplos en la historia y no siempre es la fe quien que revisa los contenidos. Como en la ciencia el procedimiento es normal, muchas veces reapareció esta adecuación por razones puramente científicas. Así ocurrió con el modelo del Big-Bang, propuesto inicialmente por un científico y sacerdote católico, el P. Lemaitre *(22). Esa teoría en principio fue resistida por muchos físicos, probablemente, porque se parecía mucho a la descripción "de una creación" y había algunas alternativas que la evitaban. Sin embargo, actualmente hay muy pocos científicos que no acepten el modelo cosmológico standard que se ha derivado de allí.

Con esa nueva apertura a la posibilidad de una acción de Dios, se produjo un nuevo nivel de "adecuación entre ciencia y fe". Apareció un espacio común mostrando que al menos en principio, ciencia y fe no son incompatibles. El cristiano, por la Fe, puede ver toda la Verdad.

Pero esto no demuestra la creación, y aunque el modelo plantee incógnitas severas (científicas) sobre cómo se produjo el estado inicial, ni siquiera, demuestra que Dios existe. La ciencia tampoco parece actuar "a favor" en la opción inicial que pide la fe. Esa demostración racional, si existe, escapa al ámbito de la Ciencia, es decir no compromete a un científico no cristiano.

Un científico que no tiene una concepción cristiana del universo (o que duda de ella), buscará simplemente una adecuación entre la realidad física y un conjunto de representaciones mentales que la describen. Es decir, buscará una representación de las cosas, que puede carecer completamente de sentido global y existir como un simple producto del azar. Ese científico no miente ni falta a la verdad cuando las describe, ni tiene que cambiar su ciencia. Su criterio científico coincidirá con el que tiene un científico religioso, su ciencia es buena ciencia.

Pero cuando se consideran todos los aspectos de la realidad, surge que el criterio de verdad que está utilizando es incompleto o restringido, carece del sentido global que le agrega la concepción religiosa.

Él, personalmente, no ha logrado aceptar a Dios y mucho menos reconocerse como hijo suyo: sólo observa lo que puede ver, una falta completa de sentido.

Es triste comprobar esto en quien está preparado para conocer el universo material y encontrar las huellas de Dios en la naturaleza. Pero lamentablemente, no las ve. Se puede ser "ciego en Granada".

Un agnóstico está a mitad de camino, pues cree que esa diferencia, si existe, no tiene respuesta humana. Si nos atreviéramos a juzgar, diríamos que en algún sentido, él también tiene razón, aunque sólo parcialmente. Para resolver esa diferencia que observa, necesitaría de la fe y el primer paso en el camino de la fe es tomar esa decisión frente a la opción fundamental que hemos citado: afirmar que Dios existe, con los elementos (o rudimentos) de fe que se tenga en ese momento. Una vez asumida e incorporada a su persona esta decisión inicial, podría tomar un camino de experiencias de fe que lo lleven paulatinamente, a comprender el lenguaje en el cual Dios escribe la Historia de la Salvación en la naturaleza y en la sociedad. Pero en ese momento, él mismo no cree ni en la posibilidad de tomar esa decisión. No sabe siquiera si se puede ver.

Esta simplificación parece clasificar a los científicos en tres grupos: los que ven, los que no ven y los que no saben si se puede ver. Pero debe quedar claro que son tres estados extremos, que en alguna medida nos ocurren a todos, casi a diario.

Cuando hablamos de ciegos siempre pensamos en los demás, pero ¿quién no está ciego en algún momento del día?. ¿No estamos ciegos acaso cuando dudamos?, o cuando pensamos cosas como:...si nadie mira, ¿no podré hacer yo este negocio que tanto rédito le da a fulano?,...para que no lleguen a nuestras playas: ¿no podrían detener a esas pateras en alta mar?...Voy a votar a fulano, a pesar de que aprueba el aborto,... ¿no estaré haciendo el tonto con una familia numerosa y siendo fiel a mi mujer?...No soporto más esta vida, me gustaría morir *(23).

Todos para ver, necesitamos tener la luz de la fe permanentemente encendida y la nuestra suele ser siempre muy pobre. Es triste, pero todos somos pecadores, al menos de pecado original. Diría San Pablo, no hacemos el bien que queremos sino el mal que no queremos.También nosotros somos ciegos en Granada.

Verdad y Libertad

Se dice en teología que Dios no niega la fe a quien la busca honestamente. Significa en este contexto, que normalmente tenemos disponibles más indicios puestos por Dios para creer en su existencia, que para negarla. Dios ha dejado escrito su nombre en la naturaleza por todas partes. Pero siempre nos quedará un espacio creado por Él para nuestra libertad, un espacio que llenaremos nosotros con nuestro intelecto, sentimientos y espíritu. Ese espacio libre, humano, pero creado a imagen de la libertad divina, nos lleva a disponer de la posibilidad de negar la propia existencia de Dios, a pesar de todas esas huellas positivas que podemos haber experimentado en sentido contrario.

La aceptación de Dios es el primer paso en la vida de la fe, el que nos lleva a un ejercicio coherente de la Verdad. Se da fuera de los límites de la ciencia y es, por sus características, en primer lugar, una opción intelectual metafísica. Pero en realidad es mucho más que eso, se trata de un encuentro personal con Dios, para el cual hemos sido llamados y podemos responder aceptando la cita o no. De esta opción libre dependerá el resto de nuestra vida intelectual. Infortunadamente, no hay método científico que nos ayude a tomarla, porque involucra a toda la persona, trasciende lo cuantitativo y ocupa toda nuestra libertad. Y como frente a Dios disponemos del máximo de libertad *(24), también podemos equivocarnos.

Si hubiera alguna posibilidad de anular esta opción libre, o bien una demostración concreta en su contra, simultáneamente se anularía el concepto de libertad en el ser humano.

Por esta misma razón no se puede culpar a quien, honestamente, no tiene la fe suficiente para afirmar la existencia de Dios. Si la tuviera, esa fe lo llevaría a buscar el sentido trascendente de la verdad, pero carece de ella.

Como es obvio, el hecho de que una persona acepte o niegue que Dios existe no parece tener ningún efecto directo sobre la realidad que es observada, excepto las consecuencias sobre el observador y su propia existencia. Esto significa que Dios ha debido crear al Universo dotado de aquella "verdad esplendorosa" y llena de significado que observa el creyente. La huella de Dios está presente en toda la creación. Cada uno de nosotros, en uso de su libertad, la acepta o la rechaza. Somos nosotros quienes elegimos qué parte de la verdad queremos ver y de qué manera queremos desenvolver nuestra existencia.

Para intentar comprender a Dios, necesitamos además de nuestra capacidad intelectual, de todo aquello que nos enseña la Revelación porque su contenido escapa al conocimiento natural del hombre *(25). No podemos llegar solos a ella. Comprender completamente la Verdad implica conocer, además de las leyes científicas escritas en la naturaleza, el mensaje completo de la revelación. Cada una con su propia dinámica.

Por último, ¿por qué no consideramos también "ciego" a quien ignora los conocimientos científicos sobre el universo?

Sencillamente porque la presencia de la naturaleza se puede experimentar también por medios distintos al intelecto. Para conocer el aroma de tierra mojada en primavera, el sol tiñendo el mar en el poniente o la gama de ocres y rojos del otoño, no necesitamos del intelecto, es más, casi molesta.

Por el contrario, quien no ponga su fe en movimiento, no podrá comprender intelectualmente nada de la existencia de Dios. Por los caminos anteriores, se puede si llegar hasta la fe, pero sin fe no es posible avanzar en el conocimiento de Dios. Los antiguos maestros solían decir que la teología sólo se aprende "de rodillas".

En resumen

Un científico cristianodebe ser fielsimultáneamente a su concepción científicade la verdad como "adecuación entre las cosas y el intelecto", y a una segunda adecuación: la búsqueda del sentido que las cosas poseen en relación con el Plan de Dios. Lo debe hacer sin mezclar ambas concepciones, para no faltar a la verdad en ningún caso. Son dos caras de la verdad, autónomas, pero complementarias y no excluyentes *(26).

El hombre como científico, se debe someter a todos los controles que dispone la ciencia contemporánea para verificar la validez o certidumbre de sus afirmaciones. En esto no hay distinciones entre científicos, sean religiosos, ateos, indiferentes o agnósticos. La ciencia, para ser auténticamente ciencia, debe ser universal y tiende a ser cada vez más, una creación colectiva.

Como cristiano, deberá buscar además el sentido que esa verdad tiene en relación con el plan de Dios para toda la creación y obrar eligiendo en cada momento de su vida, aquella opción que más lo acerca a Él. Y Dios, por medio de Jesucristo le pide al hombre un mandamiento doble: "Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo". Petición que nos ha demandado en primer lugar, optar por tener fe en Él, y que luego se despliega en un abanico infinito de circunstancias en las que cada hombre, científico o no, debe obrar. El cristiano tiene un camino claro para seguir y obtiene su felicidad y liberación recorriéndolo. Pero en primer lugar, al comienzo de todo, está su aceptación de Dios creador, la "opción fundamental" tomada en su vida.

Esta definición sobre la doble perspectiva del cristiano, es de larga tradición dentro de la iglesia. Un ejemplo reciente se puede encontrar en la respuesta del Santo Padre Benedicto XVI, a la pregunta que le formulara el periodista Peter Seewald en su libro "Dios y el Mundo" *(27) :

Pregunta el periodista: "El teólogo Hans Urs von Balthasar -maravilloso nombre para un teólogo- opinaba que todas las cosas podían contemplarse desde una doble perspectiva, como hecho y como misterio. Visto como hecho, el hombre es un producto del azar al borde del cosmos, Pero visto como misterio fue deseado por Dios por amor a sí mismo. ¿Responde esto a la idea fundamental para poder aproximarse a la concepción cristiana del mundo y del hombre?

Responde el Cardenal Ratzinger: "Yo diría que sí. Al principio sólo percibimos simples hechos, aquello que es. Esto también es aplicable a la historia, que en el fondo podría haber sido diferente. Ciertamente nadie puede sentirse satisfecho con los meros hechos, aunque solo sea porque nosotros mismos somos en principio un mero hecho, y sin embargo, sabemos también que tenemos y podemos ser algo más que una mera existencia producto de la casualidad.

Por este motivo es imprescindible analizar lo que subyace a la pura factidad y comprender que el ser humano no ha sido simplemente arrojado al mundo por un juego de la evolución. Detrás está que cada persona ha sido deseada. Cada persona es idea de Dios. Todo lo que en principio está ahí fácticamente alberga un plan y una idea, que es la que después da sentido también a la búsqueda de mi propia idea y a la unión con el todo y con el curso de la historia."

Y cerramos este ensayo (con vuestro permiso por el atrevimiento), completando el verso de don Antonio de Icaza que utilizamos para comenzar:

Como queda demostrado, 
hay una pena mayor; 
contemplar el universo 
y no encontrar al Creador.

Notas

  1. Ponencia presentada al congreso "Identidad Cristiana de la Persona". Universidad de Navarra. Septiembre de 2006.
  2. Esta doctrina ya está presente en San Pablo, cuando plantea su identificación completa con Jesucristo: "y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mi"(Ga 2, 20). Luego su historia se confunde con la historia del cristianismo y reaparece frecuentemente. Por ej., en la espiritualidad de T. De Kempis "La Imitación de Cristo", o más recientemente, en S. J. Escrivá de Balaguer "Es Cristo que pasa" RIALP, (Homilía para la fiesta de Cristo Rey, nos invita a ser: "alter Christus, ipse Christus"), por citar unos pocos autores.
  3. Sólo en el Catecismo de la Iglesia Católica ya tenemos numerosos puntos para considerar la palabra verdad en relación con la fe (58, 91, 105ss., 144, 213 ss., 1742, 1777, 2104, 2465 ss). Asoc. de Edit. (1992)
  4. SS Juan Pablo II "Veritatis Splendor", dedicada a analizar los fundamentos de la ley moral. Edit. San Pablo (1993).
  5. M. Artigas, "Filosofía de la ciencia experimental" EUNSA, Pamplona (1989). M. Bunge "La Ciencia, su método y su filosofía", EUDEBA, Buenos Aires. H. Mancini "Ciencia y Fe: la perspectiva de un físico". Nuestro Tiempo, Enero de 1995.
  6. M. Bunge "Causalidad: el principio de causalidad en la ciencia moderna" EUDEBA, Buenos Aires (1972) 3ra. Edición.
  7. J. Ferrater Mora. Obra citada.
  8. "Adaequatio rei et intellecto". Sin entrar aquí en la discusión sobre verdad ontológica y verdad lógica. Ver, por ejemplo, J. Pieper "La veritá delle cose".
  9. Ortega y Gasset, " Sobre ideas y creencias". El Espectador, Buenos Aires (1940).
  10. El propio A. Einstein, comenta en uno de sus trabajos que "una de las cosas menos inteligibles de la naturaleza es justamente ésa: que sea inteligible".
  11. M. Benzo, "Teología para Universitarios", Ediciones Cristiandad. Madrid, 6ta. Ed. (1977). Cap. III.
  12. Ver las famosas proposiciones de L. Wittgenstein, o B. Russell, "La Sabiduría de Occidente" Ed. Aguilar 2da. Edic. Madrid (1964).
  13. Ver un análisis más completo en M. Benzo, Obra citada.
  14. El peligro social que encierra este tipo de razonamiento ha sido detectado y analizado por los propios pensadores positivistas, que tratan de fundamentar una ética sobre otros principios, llegando a plantear incluso la posibilidad de "experimentos éticos" para validar determinadas teorías (M. Bunge, "Ética, Ciencia y Técnica", Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1996). Una tesis que se escucha actualmente para justificar la homosexualidad es sorprendente: supone que el hombre es una especie de andrógino hasta, digamos, los 15 años, y que a esa edad decide si quiere ser hombre o mujer. Si no coincide con la biología, se opera ( a costa de la seguridad social) y todo resuelto. Hay presidentes que apoyan esto: somos libres.
  15. M Benzo, (obra citada).
  16. Para apreciar la casi increíble disparidad de criterios sobre la antigua frase: "tu libertad acaba donde comienza la libertad de los demás", basta consultar la frase en Internet y comparar los resultados con otras entradas como "libertad y poder", "libertad y pobreza", etc.
  17. Al centrar su pensamiento en lo cuantitativo y reconocerlo como la única fuente de racionalidad, el hombre se sitúa, según lo formulara Sto. Tomás de Aquino, en una situación en la cual la "ley de Concuspiscencia" le impide ver la "ley Natural". El mensaje de la creación está oscurecido. Para un breve comentario sobre las "cuatro leyes" ver, p. ej. J. Ratzinguer, "Dios y el Mundo" pp. 150 y ss. Conversaciones con P. Sewald, Ed. Galaxia, Gutemberg. Circulo de Lectores. Barcelona (2005).
  18. Evangelio de S. Juan 14, 6.
  19. Cornelio Fabro "El problema de Dios". Buenos Aires (1970).
  20. "Veritatis Splendor" Obra citada.
  21. Mc. 10,46-52.
  22. Para mayor información ver, p.ej., los artículos sobre el origen del universo en http://www.unav.es/cryf
  23. M. Flamarique: "Escrutad las Escrituras (III)". Ciclo B domingo ordinario XXX, Desclée de Brower (1996).
  24. En mi opinión, en este acto consciente el hombre pone en juego el máximo de su dignidad como persona. Poder decidir libremente frente a Dios entre aceptarlo o rechazarlo, nos hace actuar con aquella libertad que tenemos a imagen de Dios, el Ser absolutamente libre. Por ello, simultáneamente, su rechazo absoluto y consciente es el pecado que trajo la condenación más absoluta, la que representa el Ángel Caído.
  25. Punto 54 y ss. Catecismo de Iglesia Católica. Obra citada.
  26. Los Físicos estamos habituados a trabajar con dualidad de conceptos en el plano del pensamiento. La Mecánica Cuántica es un ejemplo muy claro. Cuando consideramos la dualidad onda-corpúsculo para la materia y la energía, sabemos que en el fondo, "onda" y "corpúsculo" son sólo dos conceptos, que la realidad es muy compleja y que a veces no basta uno solo para describirla. Además, siempre hay una facilidad de lenguaje matemático para privilegiar el uso de uno u otro.
  27. J. Ratzinger "Dios y el mundo" pp.71 (Obra citada). Además de von Balthasar y del Card. Ratzinger, se puede leer esta misma concepción en otros teólogos contemporáneos como Hans Küng (diálogo con el cosmólogo G. Börner) "Ciencia y Teología" Investigación y Ciencia, junio de 2006).