God, Chance and Purpose. Can God Have It Both Ways?

Autor: Javier Sánchez Cañizares, Universidad de Navarra js.canizares@unav.es
Publicado en: Anuario Filosófico 41/3 (2008), 693-695. Recensión a David J. Bartholomew, God, Chance and Purpose. Can God Have It Both Ways?, Cambridge University Press, Cambridge 2008, 259 págs, 14 x 21,5, ISBN 978-0-521-70708-4
Fecha de publicación2008

Nos encontramos ante un libro valiente, escrito por un experto en ciencias estadísticas, en el que el papel del azar en la ciencia moderna se presenta con todo su esplendor. El autor afronta también las cuestiones sobre Dios y su actuación en el universo que inevitablemente surgen con este motivo. Como el título deja traslucir, la principal idea que se nos quiere transmitir es que el azar pertenece a la creación (p. ix, 14) y no es necesariamente el enemigo de lo racional o la antítesis del diseño. El azar quedaría dentro de la providencia de Dios (p. 99).

Uno de los méritos de esta obra es ilustrar la interconexión de orden y caos que se da en los diversos niveles de la realidad física. El azar estaría jugando el papel preponderante en los niveles más básicos y permitiría paradójicamente la aparición de la legalidad física en los niveles superiores. El orden surgiendo en la frontera de caos sería una característica de los fenómenos más relevantes de nuestro universo (p. 42).

Bartholomew rechaza la argumentación de los defensores del Intelligent Design (ID) que pretende eliminar el azar a toda costa. Lo hace mostrando los errores de Dembski en el cálculo de probabilidades y, más fundamentalmente, atacando la propia lógica de la argumentación de ID, a la que acusa de tautológica. Desde luego no se ve cómo se podría demostrar que el azar no es una explicación suficiente desde una metodología cuantitativa, como parecen pretender los defensores de ID. Como bien sabemos, el problema de la confrontación entre evolucionistas y creacionistas no es cuantitativo sino filosófico.

Estas consideraciones llevan al autor a una meta más ambiciosa: dar al azar su lugar adecuado dentro de la teología (p. xi, 226). Habría que reconciliar el papel central que tiene el azar en la actual visión científica con la manera en que la teología presenta la acción de Dios en el mundo. Las ideas de Bartholomew resultan especialmente sugerentes para afrontar la explicación de los desastres naturales o los milagros, pero son incompatibles con una teología que ve a Dios a cargo de los más mínimos detalles (naïve orthodoxy) y le hacen ser muy crítico con la visión de Dios que nos proporciona la Revelación (p. 242).

A lo largo del texto se observa una cierta oscilación conceptual en la utilización del término azar. El autor desea determinar lo más posible a qué se está refiriendo cuando usa esta palabra, pero el resultado no es satisfactorio. Por una parte, Bartholomew reconoce que azar se entiende sobre todo como ausencia de finalidad, pero considera esta visión como un malentendido absoluto (p. 175); por otra, parece adherirse a una interpretación gnoseológica del azar, cuya esencia sería la imposibilidad de predicción (p. 26, 214); en ocasiones, el azar se identifica con lo que no tiene causa (p. 218). A partir de sus afirmaciones más definidas, concluimos que Bartholomew se refiere principalmente a un azar epistemológico, aunque sin excluir el azar ontológico (p. 197-198).

Más problemático resulta el modo en que el azar y Dios se relacionan. El autor considera más acorde con la dignidad divina el no tener que controlar todos los detalles del universo (p. 205) y dejar que el orden y las regularidades se alcancen gracias al azar. Detrás de esta perspectiva se entreven, en nuestra opinión, dos dificultades: (i) Bartholomew tiene una visión de Dios antropomórfica (p. 125, 196, 205). Ve la complejidad de interconexiones entre causas y efectos como un problema para la potencia divina y acaba comprometiendo su soberanía en todos los niveles (p. 58). Habría una contraposición entre el Dios omnisciente y el Dios Amor (p. 152); (ii) Bartholomew y la mayoría de los científicos citados en el libro entienden la acción de Dios en el mundo de manera directa, inmediata, interfiriendo con los procesos de la naturaleza y cambiando probabilidades. Desde esa visión, las posibilidades serían que Dios actúe siempre, que no haga nada y corra el riesgo del azar en la evolución o que actúe ocasionalmente (p. 151-152). A pesar de las preferencias del autor por la segunda opción (p. 182), ninguna de estas tres propuestas resultan satisfactorias tal y como se plantean, pues no se tiene en cuenta que la actuación divina se da en el plano trascendental del ser (extendiéndose por tanto a todos los niveles de la realidad, también los más básicos) sin quitar causalidad a la naturaleza.

Finalmente, la obra de Bartholomew supone una ocasión para reflexionar sobre el modo de entender la primacía de la razón sobre el azar, característica de la filosofía clásica y del pensamiento cristiano. En nuestra opinión, hay que mantener que el intento de explicar el surgimiento de lo razonable a partir del azar es siempre insuficiente. Una cosa es que la racionalidad de cada nivel de la realidad sea diversa -que haya, por ejemplo, una apariencia de azar en los niveles microscópicos- y otra cosa es la racionalidad de la visión de conjunto, que relaciona unos niveles con otros. Obviamente, la consideración del azar como ausencia de finalidad en un nivel determinado no vale para el todo. Teniendo en cuenta la visión global solo se puede dar primacía a lo racional y a la existencia de una finalidad. Por ello, el azar gobernante los procesos microscópicos sigue obedeciendo al sentido último de la totalidad, puesto que los niveles superiores de la realidad poseen una consistencia propia no sólo probablemente, sino con la solidez que proporciona el trasfondo de la finalidad. En definitiva, nos parece que se trata de conceder siempre una cierta provisionalidad al azar, pues si este es absolutizado, resultaría incompatible con esa concatenación de niveles, de caos y de orden, que muestra el logos de la creación.