"Como científico, Hawking es un profesional; como filósofo, un diletante" (Entrevista a Juan Arana)

Publicado en: El Mercurio
Fecha de publicación:  Chile, 1 de febrero de 2015.

"El científico debe tener una ética, una posición política, una concepción de lo que le da sentido a la vida"

Muchos de los alumnos de Juan Arana -catedrático de la Universidad de Sevilla, y miembro de la Academia de Ciencias Sociales y Políticas de España- quedan sorprendidos cuando estudian el caso Galileo y descubren que este no fue condenado a la hoguera -a diferencia, por ejemplo, del filósofo Giordano Bruno-, que muchos de los grandes eclesiásticos de la época solían proteger a los científicos, y que en el enfrentamiento entre Galilei y la Inquisición, presentado como ejemplo arquetípico del conflicto entre ciencia y religión, incidieron de modo sustantivo cuestiones políticas de la época.

Especialista en filosofía de la naturaleza y en historia de la ciencia, Arana suele abordar temas como estos en sus libros y conferencias. Defensor de la necesidad de recuperar el diálogo entre los campos de la filosofía, la ciencia y la religión, estuvo recientemente en Chile invitado por la Universidad de los Andes. Aprovechó de reunirse con antiguos amigos, como el matrimonio de filósofos Roberto Torretti y Carla Cordua, y de realizar en sus charlas afirmaciones que más de alguien podría estimar hasta provocativas, como su convicción acerca de las raíces cristianas de la ciencia moderna.

¿En qué sustenta ese planteamiento?

"Hay una razón muy concreta: Prácticamente la totalidad de los creadores de la ciencia moderna, más del 90 por ciento de los grandes científicos en los siglos 16, 17, 18, y quizá no tanto, pero también sustancialmente en el siglo 19, eran personas de honda raigambre cristiana. Personas que se tomaban la religión muy en serio y a quienes ese sentimiento religioso les llevaba a hacer ese trabajo que después hemos denominado ciencia moderna. Cuando se comprueba que eso es así, no nos queda más que aceptar como un hecho que la ciencia moderna ha tenido raíces cristianas".

Sin embargo, en esos orígenes de la ciencia moderna aparecen con frecuencia los conflictos con la religión.

"Naturalmente, en esas sociedades tan cristianas, la autoridad religiosa implicaba una posición de poder, y estos conflictos se vinculan a menudo con ese tipo de cuestiones. Para los príncipes de la Iglesia, la ciencia aparecía como algo deseable. Y de la misma manera en que hubo conflictos entre Miguel Ángel y el Papa, los hubo entre Galileo y su protector y amigo, Urbano VIII. Pero se le ha querido dar un sesgo de enfrentamiento entre religión y ciencia a lo que fue un enfrentamiento entre personas concretas, cada uno de ellos con un elemento religioso, pero también con un elemento temporal".

¿Cuándo se produce el divorcio entre el mundo religioso y la ciencia?

"La ciencia, en sus orígenes, era un campo nuevo. Por eso, el científico debía partir de una fe: la de que la verdad que estaba buscando se podía encontrar. Y en el nacimiento de la ciencia moderna era la religión la que convencía a los grandes científicos, pensemos en Descartes, Newton, Maxwell, de que la naturaleza es algo hecho por Dios para que el hombre la pueda entender. Pero conforme avanzó la ciencia, llegó el momento en que esa fe no dependía tanto de un apoyo religioso, sino de los resultados conseguidos".

Pero el siguiente paso es más radical: estimar que la ciencia puede reemplazar a la religión.

"Hubo autores en el siglo 19 que propusieron seriamente la idea de que la ciencia podía dar una respuesta a todos nuestros problemas e incluso convertirse ella misma en una especie de religión. El más conocido es Comte, pero quien tal vez lo planteó de una manera más desarrollada fue Ernest Renan: que la ciencia puede convertirse en algo que no solo nos resuelva la vida material, sino que también nos dé una ética, nos ayude a organizar políticamente la sociedad, establezca valores y dé sentido a nuestra existencia. El siglo 20 ha sido un amargo despertar de ese sueño de la razón".

Sin embargo, hoy día voces científicas influyentes, como un Stephen Hawking, plantean que es posible entender toda la naturaleza del universo sin necesidad de religión y que esta constituye más bien un obstáculo.

"Casos como el de Hawking ejemplifican los defectos de una cultura atomizada, separada en compartimentos estancos. De la excelencia científica de Hawking nadie duda, pero ese espíritu tan privilegiado adolece de una compartimentación: tiene una gran cultura científica, pero su cultura histórica y filosófica es deficiente. Yo diría que como científico es un profesional; como filósofo, un diletante".

¿Y qué ocurre con el evolucionismo? Muchos de sus divulgadores plantean su incompatibilidad con el pensamiento religioso.

"La teoría de la evolución fue algo así como el caso Galileo del ámbito protestante. Cuando surge la teoría de Darwin, esta produce una gran controversia religiosa, que sin embargo no se da en los países católicos. En estos últimos muy pronto aparecen personajes como Bergson y después Chardin, que no solo no rechazan la idea de la evolución, sino que la consideran como algo fácil de armonizar con la creencia cristiana. Porque la creencia cristiana tiene una visión dinámica de la historia; esta camina hacia la salvación común de la humanidad. La teoría de la evolución viene a traer esa visión lineal a la historia natural; entonces, no parece que tuviese que haber ningún conflicto".

¿Un evolucionista consecuente no debiera ser necesariamente un ateo?

"No es que no debiera ser, es que de hecho no lo fue. Darwin no era ateo, y Wallace, que fue el que codescubrió con él, era un creyente. Y la proporción de creyentes que hay entre los científicos evolucionistas es creciente a lo largo del tiempo. Es verdad que también ha habido otra línea, que comienza con otro discípulo de Darwin, Thomas Huxley, que ha tratado de desarrollar una visión del hombre como producto de la pura naturaleza. Para un cristiano no tiene ninguna dificultad afirmar que el desarrollo de la vida es un producto de la naturaleza, pero el hombre de alguna manera saca la cabeza de la naturaleza y tiene una dimensión espiritual, no reducible a lo biológico. Y eso no tiene que ver ya con la teoría de la evolución, sino con la interpretación que hacemos del hombre".

Usted ha hablado de un auge de la teología natural. ¿A qué alude el concepto?

"A la posibilidad de entender algo acerca de Dios no apelando a la religión, sino a las propias fuerzas del hombre. Esto se ha planteado fundamentalmente a partir de la filosofía analítica y de ciertos desarrollos de la filosofía post analítica que han vuelto al centro del debate: qué podemos decir, apoyándonos en la razón, de la existencia o no existencia, y de los atributos que pueda tener la divinidad. En este campo hay posiciones controvertidas. Hay teístas y quienes niegan esa posibilidad, pero el diálogo es constructivo. Y se han producido avances muy notables últimamente, como el paso del bando ateo al bando teísta del filósofo Anthony Flew. Este planteó que lo suyo no tenía nada que ver con una conversión religiosa, sino que solo por argumentos racionales él defendía ahora la existencia de la divinidad".

En la cultura popular no es eso lo que se percibe. Se piensa por ejemplo que en los laboratorios se podrá crear vida, y cuando eso ocurra la religión ya no tendrá sentido.

"En 1870 se podía pensar algo así, pero estamos en 2015. ¡Han pasado 135 o 140 años desde aquel momento en que se veía en la ciencia la panacea universal! La ciencia es ciencia, es conocimiento, pero el científico debe tener una ética, una posición política, una concepción de lo que le da sentido a la vida. Y si vamos a los grandes científicos tanto de ayer como de ahora, vemos que ninguno de ellos pretende atribuirle a la ciencia la capacidad de definir aquello. Entonces, si los grandes científicos no buscan en la ciencia lo que esta no puede dar, ¿por qué la gente de la calle sí? Porque se ha creado un mito a base de propaganda, a base de idiotización, y muchas veces esa es la mejor forma de manipular. Un elemento que tal vez incide en esto es cómo ha entrado la cultura de la comercialización en este ámbito. Hay agentes literarios que se dedican a reclutar premios Nobel y personas que han tenido gran relevancia científica, y les ofrecen contratos millonarios por libros para el gran público. Se da con mucha frecuencia el uso de escritores fantasmas con la firma de figuras destacadas. Cuando esos textos se presentan después como si fueran una suerte de Biblia, se está cometiendo un acto enormemente deshonesto".